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12 sept. 2011

Los números temerarios

Michel Houellebecq es un provocador. Michel Houellebecq está de moda, es novedad. Michel Houellebecq escribe poemas que son bodegones de carne y novelas de sexo ficción, libros de teoficción, ensayos de socioficción. Michel Houellebecq es el único superviviente de un futuro naufragio: él ya está allí, donde (cuando) el presente ha sido devorado y los, así llamados, individuos reducidos a quincalla barata ofrecida en mercadillos de barrio. Y como está solo, se aburre e intenta llamar la atención de los habitantes del pasado: “¡Eh! ¡Aquí! ¡Venid!” Michel Houellebecq es el ontólogo de la posibilidad obligado a volver sobre sus pasos para indicar, de nuevo, cuál es el camino ¿correcto? En todo caso un camino intransitado que no elude la perdición ni el extravío.

Esto es lo que se denomina una publicación reciente. Una de las ventajas de escribir en una publicación reciente es que está todo por hacer, todo por escribir, todo por considerar, calificar, recomendar. La principal desventaja de una publicación reciente es que se da por descontada una tendencia a lo novísimo que mantenga alerta el interés de una, eso se espera, cada vez mayor legión de consumidores. El interés de esos adeptos al ahora se mide mediante la conjugación de variables tales como la abundancia manifiesta, su urgencia e irradiación; matizan el ejercicio de rápidos clics sobre títulos indicativos del relato, en tiempo real, del presente rabioso. Pero, descubrí hace tiempo, el presente no existe. Todo es pasado dudoso o futuro hipotético. Por tanto me acomodo en el estudio de lo que fue y en la proyección de lo que será. De eso escribo como si fuera producto del ya, y así voy construyendo, en el presente, la consideración del pasado que toda publicación que se precie debe poseer en su activo. De lo de ahora no tengo ni puta idea, ni me interesa.

Especularemos, pues, sobre una de las obras de Michel Houellebecq como si El mapa y el territorio no hubiera sido escrita. Nos situaremos más atrás, recién publicado lo que, eliminada la novedad, es ultimísimo libro del francés que calificó a España como “el tanatorio de Europa”. Así nos acercamos un poco a la eternidad, que reside en el pasado aunque crea depender del futuro. (Esto de avanzar de espaldas al presente, sólo a medias presenciando los afanes ajenos por dar forma a un ahora movedizo e hipócrita, lejos de convertirlo a uno en monumento salino, lo reconforta por saberse raro, por fin, en algo.) Un futuro matemático cuyo placer intrínseco radica en rellenar incógnitas con números temerarios.

En esos cálculos Houellebecq es un maestro. Su recién publicada La posibilidad de una isla, además de proporcionar risas a cuenta de la estupidez social y las taras georreligiosas, encarrila al lector hacia un delirio ni pedante y falaz (cosmovisión) ni aburrido (tostovisión). El protagonista, tras una temprana epifanía profesional que le procura el sustento de por vida —sopa boba sufragada por bobos—, se dedica a disfrutar de un devenir que poco a poco, ley inexorable que rige las biografías sin tener en cuenta el tamaño de la hacienda, se le va escapando por el único espacio que a su autor le importa: la entrepierna. El mundo, la sociedad, pertenece a los jóvenes; a los viejos el futuro les está vedado. Superada la juventud, no existe posibilidad alguna. A partir de ahí la vida es una mierda.

Eliminado, pues, de la ecuación el sexo desenfrenado —a cuyo servicio, para qué engañarnos, estuvieron el dinero y la fama—, el individuo está abocado al cero más riguroso y exacto, a la nada. En dicha matemática no caben los designios de antiguos e indemostrables preceptos religiosos. Sólo mediante la ciencia podrá el ser humano perdurarse a sí mismo, dar consistencia definitiva a la palabra futuro puesto que él estará allí para sentirlo y, lo que es más importante, sentirse.

Houellebecq vuelve a extrapolar, en La posibilidad de una isla, una alternativa literaria a las, por un lado, bobas futurologías residentes en los escombros de una moral tenuemente teñida de divinidad oportunista y políticas indefendibles, y los, por otro, desoladores exterminios de origen mudable en los que la cámara siempre enfoca el lado de los perdedores. Hay hecatombe, sí, pero narrada por los privilegiados ojos de los clones del protagonista primigenio; pero no hay moral, sino mera praxis profiláctica y firme determinación biológica y artificial de no desaparecer. Seres humanos nuevos (“neohumanos”) carentes de los defectos de la vejez, en cierta medida de la alimentación, y por supuesto del deseo carnal, de todo hedonismo, materialismo y banalidad triunfantes en el pasado siglo y lo que llevamos del presente.

No es casual que la novela arranque con la parodia del oficio humorístico — música que amansa a las fieras posmodernas, embrutecidas por el crédito financiero y los sinsabores de la carne— a cuenta de las innumerables disfunciones sociales, raciales y geográficas de que disfrutamos en nuestros días. Tampoco lo es que, a medida que la primera persona constata su borrado del mapa de los placeres humanos, aumente su consideración de la trascendencia propia. Es sabido que, en momentos de desesperación, cualquier majara es legitimado por la chusma para tomar las riendas de un futuro enloquecido. Por ambos motivos, el novelista introduce el elemento religioso, estrafalario por su concepción, importación de dogmas y dirección; pero ¿acaso toda religión no lo es? Sólo que en este caso la salvación, la vida eterna, es realmente viable gracias a avances científicos y no por la profesión de una trasnochada fe. Todo aquel apto para convertirse al nuevo credo sólo tendrá que dejar sus bienes en herencia a la congregación, y esperar a ser reconcebido en la flor de la edad, en cada versión más perfecto y autónomo y libre. Y más solo. Quizá sea ésa la aspiración de Houellebecq, de ahí el equívoco título de la obra: alcanzar una eternidad en la que la convivencia ha perdido su atractivo —empirismo victorioso en el derribo de aéreos castillos teóricos— por demostrarse nociva para los individuos, que ahora serían islas perfectas, autónomas, limpias de otredad.

Aunque la habilidad de Houellebecq simplifica el trabajo de lectura, que puede hacerse sin dificultad por todo tipo de sujetos con una mínima formación sintáctica, en realidad la novela está estructurada como una narración dentro de otra y dentro de otra más. El último clon del protagonista lee —y con ello narra al lector— los relatos de vida de su predecesor y de su original, y él mismo va desarrollando el suyo propio. Pretende el novelista con este recurso establecer la persistencia del arte narrativo sobre cualesquiera cambio ontológicos y cataclismos que diezmaran la humanidad, lo cual afirma su ideario estético. Pero lo mejor es que la temática de esa literatura del futuro estaría restringida al yo: leer cómo y qué fuimos antes de esta nueva concepción a la par que escribimos nuestra propia historia; todo “neohumano” escribiría su vida, cada cual con su propio estilo, abstraído de las de los demás, centrado en la tarea de, mediante el ejercicio literario, complementar la eternidad biológica alcanzada por obra, que no gracia, de la ciencia. No ve Houellebecq otra forma de mantener inextinguible la conciencia de uno mismo que mediante la escritura. La vida eterna residiría, pues, en el arte, al menos en parte, de la palabra.

No se pierdan esta última novela de Michel Houellebecq, de lectura obligada previa a su futura y ya discutida El mapa y el territorio, la cual, indudablemente, vendrá cargada de novedad y hazañas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hou es AMO.

AdmÍte.

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