16 sept. 2011

Soy economista y os pido disculpas (2)

Florence Noiville nació en Boulogne-Billancourt, área metropolitana de París, a tiro de piedra del Campo de Marte y la Torre Eiffel. Tiene 50 años y es economista graduada en la École de Hautes Études Commerciales (HEC) de París; posee, además, un Máster en Derecho. Durante años trabajó para multinacionales como analista financiera. Dice que se hartó (“Cuando se sabe cómo leer presupuestos y cuentas de explotación, es como montar en bicicleta. El conocimiento se adquiere para toda la vida. De ahí la necesidad de pasar a otra cosa.”) y decidió cambiar números por letras. Hoy, además de escribir, dirige el suplemento Livres del periódico Le Monde. Casi todo esto me suena un montón, pero con menos brillo.

En realidad una traducción más correcta del título de este libro editado en España por Deusto (Grupo Planeta) sería Soy licenciada en la HEC y os pido disculpas, que vendría a ser como decir: “Soy economista licenciada en una de las escuelas de negocios más importantes del mundo, y por tanto he sido una de las causantes de la debacle financiera que ha asolado el planeta. Pido disculpas”. Desentrañemos los varios mensajes que esconden tanto el libro como la declaración implícita en su título original.

Mientras leía fui subrayando cosas, fiel a un estilo ratificado por Mario Muchnik. Lo primero fue: “En cuanto al marketing, ¿qué ha producido? Un consumo excesivo y febril, una ‘gigantesca pirámide’ de falsas necesidades y graves frustraciones con un riesgo de sobreproducción, un desempleo masivo y un despilfarro irreversible de los recursos naturales…” ¡Bravo! El griterío publicitario y las técnicas de venta han fabricado una raza de borregos adocenada por la religión de las compras superfluas. Esto es así desde casi principios del siglo XX. Pero si se piensa mejor el inicio puede remontarse bastante más atrás, cuando cuajó el concepto de burguesía, o cuando se despilfarraban recursos a la mayor gloria de reyes y aristócratas, o cuando se inventó el préstamo, el comercio, el dinero, la propiedad privada, la jactancia, la envidia, etc.

Noiville concluye en el flaco favor que ha hecho la ciencia económica a la sociedad, alimentando su voracidad hasta el enloquecimiento, y sobre todo alimentándose a sí misma hasta la implosión. Ya escribí sobre la importancia de conocer los orígenes de los sucesos, para poder comprenderlos cabalmente. En este artículo y en este otro recomendé libros que procuran al lector un acercamiento directo, sin intermediarios espurios, a asuntos del pasado cuyo paralelismo con las dificultades actuales es innegable. El libro de Noiville viene a señalar como causantes del desastre a un selecto grupo de privilegiados de la bacanal financiera. Al que ella pertenece, o pertenecía.

Porque, ladies and gentlemen, estudiar en instituciones como la HEC no es fácil. El candidato debe estar encarrilado desde la infancia. Aunque Noiville pone el ejemplo de la estudiante hija de una portera parisina —qué original— que estudió, es de suponer que becada, en la HEC, lo cierto es que el principal requisito para entrar allí consiste en el previo abono de un importe elevado. El pedigrí siempre cotizó al alza. Los estudiantes, dice, nunca tuvieron una especial preocupación por las salidas profesionales al término de sus carreras; les esperaban los mejores puestos en las mejores compañías y con los más altos salarios. Esto es lo que daban por descontado los padres de los alumnos, ellos mismos, los dirigentes de la Escuela y las empresas ávidas de carne de reemplazo. A los egresados se les entregaba, junto con el diploma acreditativo, la presunción de una magnífica formación y, ojo al dato, una brillante inteligencia. Amén de la banalidad de buena parte de las reflexiones de la escritora —al menos en lo que a mí, como economista, me concierne; otra cosa sería si el público objetivo fuera distinto—, lo que subyace bajo el texto, a ratos en primer plano, es la puesta de manifiesto de una casta profesional en cuyas manos, se afirma, ha estado y está el mundo. Asegura que por su gran inteligencia y sus excepcionales conocimientos del engranaje financiero, esa nobleza de la ciencia económica ha disfrutado de una patente de corso que no ha desaprovechado. Mientras que los ciudadanos de a pie —fontaneros, economistas, médicos o escritores—, pobres diablos, nos asoleábamos en el parque de los productos y servicios, ellos, Amos del Universo, estaban royendo nuestro futuro y el de nuestros hijos, hipotecándolo a perpetuidad por el simple hecho de que sabían cómo hacerlo.

El discurso recorre diversas experiencias de la autora, quien además entrevista a antiguos compañeros y a actuales estudiantes de la HEC. Constata que, aunque exista una larvada consciencia de que las cosas se están haciendo mal, la inercia y el acomodamiento pueden más que una ética no mamada desde la cuna —y que ahora, política y mediáticamente correcta, pretende imponerse desde la bandera de la indignación—. Valoramos el triunfo personal por sobre todas las cosas, y sólo en algunos individuos es posible observar una tendencia al cambio por cansancio o asco: economistas “quemados” de ganar dinero a costa del apalancamiento ajeno que buscan refugio en ocupaciones alternativas part-time, como la psicología, los deportes o las traducciones literarias desde el árabe. Noiville habla con ellos y con otros personajes en París, en Nueva York, o paseando delante del Taj Mahal. Es en el curso de un sueño, ambientado en su antiguo campus en el año 2019, cuando concibe una esperanza (onírica) y acaba pidiendo disculpas por ser economista —en el original francés, por ser licenciada en la HEC París—.

No todo es negativo. En el curso de sus investigaciones, recala en un seminario en Harvard en el que se reconoce que los MBA “cultivan ‘competencias cada vez más vacías y superfluas’ y ‘forman a los estudiantes equivocados de la forma equivocada y con las consecuencias equivocadas’”, y después ella misma acusa a ese tipo de enseñanza de coste prohibitivo de ejecutar un vacío y “gigantesco copia y pega”. Antes o después conoce a Yunnus, el banquero de los pobres, quien le descubre que “también los mendigos pueden hacer negocios”, y con ello, de alguna manera —es posible que sin pretenderlo—, avisa de las consecuencias desastrosas que para una gran parte del Tercer Mundo tendría un cambio de paradigma económico, del capitalismo hacia lo que fuese.

No, Florence, la culpa no la tenéis tú y tus compañeros de estudios. O no más que políticos, arquitectos, médicos, fontaneros, abogados, mecánicos y escritores. No podéis emular a Einstein, que se apenaba de, con su trabajo, haber dado pie a la invención de la bomba atómica. No sois tan inteligentes. En todo caso, normalitos, del montón. Aunque no seáis conscientes de ello, allá arriba, en vuestra cúpula de cristal, habéis estado a nuestro servicio. Mientras os dejabais el pelo y las neuronas diseñando productos para una vida peor, a ras del suelo nos lo hemos pasado en grande disfrutando de unos años cojonudos en los que algunos de tus compañeros de profesión regalaban a manos llenas lo que no tenían. Si yo te contara…

Siento que esta crítica no sea todo lo buena que podrías esperar, pero me debo a mis lectores. Sí, a esos a los que diriges tu libro, que espero se venda mucho. Te sorprendería saber lo escasa que es en España la ratio de numerólogos de las finanzas que también están abonados al arte. A ellos, ni con tu discurso ni con cualquier otro basado en palabras podrás convencerlos. Esa gente sólo entiende el idioma de las hostias y no te preocupes, estamos en ello.

Una última cosa. Ya sé que ahora te dedicas a asuntos librescos, pero como afirmas mantener contactos de alto nivel, diles de nuestra parte que arreglen la situación, pues de lo contrario serán ellos quienes caigan al vacío. Nosotros no. Nosotros ya estamos aquí abajo.

6 comentarios:

VOLIANIHIL dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
VOLIANIHIL dijo...

Yo ya no les pediría que arreglasen nada, forman parte de esa élite político-financiera prácticamente endogámica (que describes) viciada y que sólo sabe hacer eso, eso que hacen, y nada más que eso. Han estudiado para eso, han vivido de eso, se han preparado profesionalmente para eso. Porque no saben hacer otra cosa que eso. Un amigo trabaja en la City en una empresa de hedge funds y no han cambiado nada, no han "implementado" ningún cambio, no pretenden cambiar ni el modo, ni el cómo, ni el qué, ni el cuando si me apuras. Ellos, al igual que los demás ciudadanos, están enfermos de esa forma de negocio, son yonquis, enfermos. Insisto: no saben hacer otra cosa. Un ciudadano consumista tiene el subconsciente lleno de mierda, sí, pero cuando llega la pobreza a veces algunos llegan a recapacitar, aunque sea por las condiciones objetivas de su economía. Sí, sé que el consumismo existe hasta en la más baja escala socio-económica, pero algunos al llegar a ese punto son capaces de realizar una pequeña transvaloración y darse cuenta, de verdad y conscientemente, que todo "eso" no era necesario. Sólo espero que cuando muchos se recuperen no lo olviden, aunque es una droga y una enfermedad muy potente, ya lo vemos.

En el libro de Lafargue "El derecho a la pereza" se explica en parte la evolución de la burguesía en términos de consumo, como en los siglos XV y XVI vivía supeditada a "las pasiones", cuando no tenía tanto poder, es decir a consumir alegremente. En la época de Lafargue esa burguesía, saciada de todos los bienes, predicaba la abstinencia consumista a los asalariados, reduciendo a los trabajadores (productores) al mínimo de las posibles necesidades, condenándolo al único rol dentro del sistema productivo. En aquellos tiempos los socialistas como Lafargue defendían que esa moral era cristiana (la enfrentaba a la moral pagana del consumo), y que los trabajadores tenían el derecho de poder consumir y adquirir bienes de forma apasionada. Esas teorías socialistas (utópicas, no por el termino marxista sino por su creencia en el natural equilibrio humano del los vicios, ideal darwinista) sirvieron precisamente a las teorías capitalistas del productor-consumista, esa dualidad perfecta en un sistema de perfección liberal, ya no digo neoliberal.

Pero si buscamos a los culpables, se podría decir que todos, cada uno en su puesto y cada puesto tan importante como el otro, aunque en la escala social no lo parezca, aunque en la jerarquía laboral tampoco. Obviamente esa élite de la que hablas, de la que hablamos, es la máxima culpable y responsable, pero no debemos olvidar que todos participamos en el engranaje de este monstruo, lo peor es que la mayoría -los de abajo- de forma más o menos inconsciente (salvo una minoría con conocimientos de "los de arriba" pero con una posición distinta, y tal vez con una consciencia distinta derivada de esa posición).

José Luis Amores dijo...

Podría vivir sin la mayoría de cosas que poseo. Hace una semana, debido a un cambio, tuve que renunciar a leer el correo en el móvil. Al principio tuve ansiedad, lo reconozco. Y me levantaba por las mañanas corriendo a encender el portátil, para comprobar el correo del trabajo. Hoy, siete días después, ya me he acostumbrado. He dejado0 de recibir tantos mails y mi teléfono ha vuelto a sonar. Si me desprendiera del móvil, comenzaría a recibir cartas o llamadas al fijo. Y si de éste también, tendría que ir a visitar a más gente y éstos vendrían a mi casa. Volverían las relaciones humanas y las peleas a tortazos, no la frialdad de un mail o la impotencia de un teléfono.

Es un ejemplo. Si no existiera la financiación anónima, muchas empresas no se hubieran desarrollado, seguro. Pero de ahí a afirmar, como afirman los descerebrados de este tipo, que el progreso hubiera sido mucho más lento, o simplemente no sido, hay un abismo de falsedad y conveniencia.

El libro merece mucho la pena leerlo, se sea economista o no, para verdaderamente indignarse, tanto por los motivos en los que incido en el texto como por los que mueven a la autora. De esa indignación, más dirigida y certera que la tontorrona que genera el librito del abuelete francés, pueden salir cosas mucho más específicas y prácticas que las movilizaciones.

Muchas gracias por volver a comentar, Diego.

carlos maiques dijo...

Estos libros ponen de mal humor por muchos motivos, uno de ellos es la simpleza con que explican los protagonistas su devenir, punto por punto un bildungsroman arquetípico, en el cual las traiciones tienen consecuencias no personales,sino masivas. Han aprendido una lección mínima, íntima, y además aprovechan para restregarlo. No hay que olvidar cuando George Soros tumbó la libra esterlina, para demostrar la debilidad del sistema, embolsándose por el camino unos cuantos cientos de millones de dólares, pero podría haber sido peor.

Hay un cómic recién publicado,Quai D´Orsay, de Lanzac y Christophe Blain, en la que se desmenuza el estado mental -puro hybris,sincera falsedad y puñaladas sonrientes- de un político francés basado a grandes rasgos en Villepin y su voluntad de "gramdeur" (Lanzac es el pseudónimoo de un ex-asesor del recientemente exculpado)Es una comedia de terror. Están previstos dos tomos más, y no sé qué derroteros seguirá, pero recomiendo la lectura del libro, o un vistazo, para tener otra impresión de estos autoproclamados amos del universo. Gracias por la recomendación, espero no enojarme demasiado, o todo lo contrario. Un saludo y hasta otra.
--
Una reseña de Álvaro Pons
http://www.lacarceldepapel.com/2011/09/01/quai-dorsay/

Anónimo dijo...

(Del twitter de Ibrahb)
C. Castiñeiras: "Esto no es capitalismo. En el capitalismo, si alguien lo hace mal, pierde. Ahora, si lo hacen mal, no pierden"

¿Quién quiere un sistema de castas?

José Luis Amores dijo...

Leeré la historia de Lanzac y Blain (ya he visitado la crítica de Pons, gracias por el link).

Estoy convencido de que la caterva de másteres universales no tiene, inicialmente, conciencia del daño que hacen a un sistema que, en sus fundamentos, sólo buscaba hacer eficiente la circulación del dinero, eliminando o paliando los desajustes provocados por una insana localización del crédito, algo que da pie a la usura. Esos funcionarios del capital se malean definitivamente cuando advierten que hay formas "creativas" de hacer fortuna desviando al sistema de sus objetivos de servidumbre. La película Wall Street o el libro que comenté y enlazo en el post, El póker del mentiroso, dan fiel cuenta de que la perversión de fines es infinitamente más lucrativa que la fidelidad a los mismos. Se gana más dinero vendiendo opciones sobre acciones que colocando ampliaciones de capital o haciendo corretaje normal y corriente. Las fortunas que muchos hicieron titulizando paquetes hipotecarios de particulares pordioseros es inmensa si se compara con lo que las entidades financieras originals preveían obtener del simple negocio de prestar dinero para comprar una vivienda. (De hecho, parte del boom inmobiliario viene de esta práctica: había que dar hipotecas para después poder revenderlas y ganar más dinero con ellas.) La lista de perversiones es enorme. Y lo peor es que se vendió como parte inseparable del progreso. La expresión "mercado secundario" me provoca arcadas...

El sistema capitalista, anónimo, es drogodependiente. Consume dinero porque necesita consumirlo. En otro lugar dije que ninguna entidad financiera quiere, en realidad, que las Administraciones Públicas devuelvan el importe principal de sus créditos. Sólo quieren cobrar sus intereses a tiempo, y cuando llegue el vencimiento para recuperar lo prestado, renovar para seguir ganando más pasta. He estado mucho tiempo al lado de gestores bancarios dedicados al Sector Público y su objetivo es ése: cobrar, renovar, cobrar, renovar... ¿Cómo se puede permitir que pierda alguien tan "benévolo", eh? Ya no sólo por el desmoronamiento general que provocaría la caída de un par de grandes, sino porque son piezas necesarias del engranaje "dame, presto" que rige nuestras macroeconomías.

Publicar un comentario

Thomas Pynchon

El maestro

David Foster Wallace

Un discípulo aventajado

Entrevista en origen

A modo de evangelio

Hermano Cerdo

Sigueleyendo

Revista de Letras

Jot Down Cultural Magazine

Suomenlinna

Javier Calvo

Correspondencias

Hugo Abbati

Las teorías salvajes

Pola Oloixarac