24 feb. 2011

El póquer del mentiroso

¿Tiene sentido marcharse de una empresa cuando estás ganando montones de dinero? ¿Cuando, además, el país, el mundo está sumido en una de las mayores crisis económicas de las últimas décadas? ¿Se trata de una estrategia de jugador de póquer? ¿Sabes algo que los demás desconocen? Michael Lewis, autor de El póquer del mentiroso, editado por Alienta (Grupo Planeta), hizo lo primero, desvincularse por decisión propia de quienes le pagaban un salario desproporcionado; cuando sucedía lo segundo, en pleno crac bursátil generado por los motivos habituales, entre ellos la secular codicia; simulando una actuación que sí tenía que ver con una estrategia ganadora aunque no precisamente relacionada con el dinero; porque lo que él sabía, y sus compañeros de profesión no, es que ganar dinero sólo engendra ganas de ganar más dinero. Sabía que el dinero genera adicción. Que para llevarte una tajada, antes has tenido que cazar la pieza tú solo. Y que el viejo dicho El dinero no da la felicidad sólo se asume cuando —y sólo entonces— lo has probado en tus propias carnes. Hoy, me solidarizo totalmente con su proceder.

Cuando de veras comencé a trabajar (algo que llevo haciendo desde los dieciocho años, pero en serio desde los veintiuno), no existía Internet y el país estaba en plena crisis económica —una de tantas o la misma de siempre—. Fue en 1991 y poco antes había leído La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe. (Aunque la novela se editó en España en 1987, en aquel tiempo la palabra novedad servía para designar lo sucedido en un período significativamente más amplio que ahora.) De hecho, la leí dos veces porque yo quería ser como Sherman McCoy, el protagonista (en la relectura me salté sus problemas legales). Intenté trabajar en varios bancos, en una gran empresa textil, en dos sociedades de auditoría, en un conglomerado de compañías de importación de bibelots, etc. Cada vez que descubría un anuncio interesante en el periódico del domingo, tecleaba mi currículum vitae en la Olivetti Lettera 32 de mi padre. Pero las semanas y las entrevistas se sucedían y no encontraba trabajo. No es que me fuera la vida en ello: tenía un puñado de chapuzas por horas y aún no era Licenciado en nada. Pero quería algo mejor, y lo quería con cierta rapidez. Sin proponérmelo, empecé a exagerar los hechos. Añadí experiencia internacional, puesto que había viajado —en la práctica, como un mendigo— por todo el continente, incluida la por entonces inaccesible Europa del Este. En lugar de haber sido becario del departamento de contabilidad y finanzas de Benetton España, me convertí en Adjunto al Área de Auditoría Interna de Benetton (omitiendo aquella España). Haber ayudado a mi padre a confeccionar su declaración de la renta me facultaba para incluir Asesoramiento en Fiscalidad Estatal. Y jugar al Arcade en un Amstrad 64 me confería las aptitudes de un Usuario Avanzado de Entornos Informáticos, fuera esto lo que fuese. Siempre tuve más imaginación de la necesaria. Pero conseguí un trabajo.

Sin embargo, la ilusión me duró un par de lunas, porque al poco de firmar el contrato echaron por la tele la película Wall Street y quedé prendado de Gordon Gekko, encarnado por Michael Douglas. Volví a comprobar que ganar dinero era algo radicalmente distinto a lo que yo estaba haciendo. El dinero nunca duerme y, aunque no lo poseía, por las noches yo daba vueltas en la cama, insomne. Redacté, pues, más currículums. Hice entrevistas. Rechacé posiciones por motivos salariales; es decir, quería más dinero del que me ofrecían. Un día, harto de mi condición de esclavitud, constituí una empresa con un amigo y me largué. A modo de carta de renuncia, firmé una hoja en blanco y le pedí al Jefe de Administración que la rellenara él mismo. Era realmente joven. Me refiero a mí mismo.

Todo esto sucedía poco después de los acontecimientos que narra Lewis en su, por así decir, novela. Yo no la había leído hasta ahora, y me alegro del retraso, pues su poder de convicción es tal que hoy sería pobre por decisión propia. Si la Editorial Alienta la ha reeditado en 2011 ha sido por un genuino sentido de la oportunidad. Desde 2008, todos los lunes amanecen nuevos libros con la didáctica definitiva sobre los motivos de esta crisis que, asombrosamente, padecemos con resignación macabra. Los miembros gangrenados se nos van pudriendo mientras un puñado de neandertales discuten y ensayan pre-fracasadas alquimias para la recuperación. Otros, no necesariamente más listos pero sí más sinvergüenzas —nunca este adjetivo ha cuadrado mejor a un grupo, así llamado, humano—, sacan tajada de la desgracia mayoritaria. Ver las crisis como oportunidades, repiten los gurús a modo de mantra, ya deslucido. Atrapado entre estas fuerzas centrífugas, el ciudadano comprueba cómo su cotización baja enteros y, en demasiados casos, incluso se desintegra, convirtiéndose en peso muerto social.

Cuando escribí sobre Los señores de las finanzas, intenté reflejar cómo de su lectura podían extraerse conclusiones sólidas y avanzadas sobre los porqués macroeconómicos de la situación actual. El póquer del mentiroso ahonda, sin sospecharlo el autor cuando lo escribía en 1989, en las causas directas y visibles de esta crisis. Como recordaréis, Lehman Brothers quebró en septiembre de 2008 a causa de su severa exposición a algo llamado hipotecas subprime. En el fondo, éstas no son más que un híbrido entre dos productos financieros desarrollados a finales de la década de los setenta: los bonos hipotecarios y los bonos basura. Sus creadores —Lewi Ranieri, de Salomon Brothers, y Michael Milken, de Dexter Burnham, respectivamente— son personajes importantes en la novela. Ambos engendros financieros fueron desarrollados para mercadear con imposibles: por un lado, hipotecas ya constituidas y, por otro, préstamos a empresas con serias dificultades para devolverlos. Mezclad los dos y tendréis el cóctel ninja (acrónimo de, como sabéis, No Income, No Job, No Assets: Ni Trabajo, Ni Ingresos, Ni Propiedades): reventa de hipotecas concedidas a quienes ni por asomo podrán reembolsarlas. Vaya imbecilidad, ¿no? ¿Quién va a querer comprar eso? Como en el juego del baile alrededor de las sillas, que siempre haya un tonto que deba quedarse de pie al cesar la música no quiere decir que los demás no hayan conseguido asiento. Sólo que nadie sabe, a priori, quién será ese tonto. Entretanto, todos bailan y se divierten al compás. Y no otra cosa sino simple danza es la especulación financiera.

La literatura y el cine idealizaron a los operadores y vendedores financieros (los brokers). Se los denominaba Amos del Universo. Especulan en nombre de otros, que venden o compran o todo a la vez, siempre con el objetivo de ganar más dinero. Los que tengáis planes de pensiones, dinero en fondos de inversión, ¿habéis pensado alguna vez en quiénes están gestionando vuestros ahorros, vuestra vejez? Leer el libro de Lewis os pondría los pelos de punta. Antes utilicé la palabra neandertal para referirme a los políticos que intentan revertir el panorama, pero es en El póquer del mentiroso donde se usa para definir a los intermediarios de bolsa, bonos, obligaciones, divisas, opciones, futuros. Por el grado de codicia que demuestran —se trata de una historia real— les sienta mejor gentuza o, como ya dije, sinvergüenzas. “Sí, pero están forrados”, dirá alguien. Evidentemente, pero el valor que añaden es negativo por inversamente proporcional al mal que causan. Un daño que, además, es cíclico y predecible. A las cifras y hechos me remito. Cuestión diferente es aceptarlo. Que entre en la mollera. No se trata de cuestionar la existencia de los mercados financieros. Sin el de acciones y divisas, las empresas lo tendrían negro para financiarse —y no habría desarrollo económico ni de ninguna otra clase— y habría que calcular los valores de las monedas por medio de fórmulas esotéricas. Pero todo lo demás son subproductos indeseables, perversiones financieras ideadas para la satisfacción de unos pocos y el riesgo seguro de todos los demás.

Cuando las sillas alrededor de las cuales baila esa panda son retiradas de golpe o se rompen en cascada, ¿a que no sabéis sobre qué suelen caer esos enormes y adinerados culos? Sobre nuestras cabezas, amiguitos. ¿Os habéis preguntado por qué los productos de lujo se venden cada vez más, pese al brutal incremento de la pobreza general...? Basta: dispongo de un teclado y un ratón, no de un megáfono.

Así que, como no vamos a cambiar el mundo de la noche a la mañana, podemos ir adquiriendo una serie de conocimientos y principios no tan básicos ni elementales, por ejemplo leyendo este tipo de libros. La ignorancia genera conformismo o, en su defecto, violencia desestructurada. Y no es sensato aspirar al cambio por mediación mariana o armándose de palos y piedras. Solamente el saber proporciona las herramientas adecuadas.

Y como en su momento dijera Tom Wolfe, El póquer del mentiroso, además de culturizar, tiene la virtud de divertir.

4 comentarios:

René López Villamar dijo...

No he leído este libro porque no lo encuentro en inglés. Pero The Blind Side y The Big Short son ambos muy recomendables. Michael Lewis tiene una visión muy particular y clara de las cosas. No se si ya se han traducido o no, pero valen mucho la pena.

José Luis Amores dijo...

No he leído ninguno de los que nombras, pero del primero hay una peli del año pasado, que tampoco he visto. Su visión sí es muy particular, y diría que más acertada.

Víctor Galeo dijo...

Apuntado queda, suena muy bien. Muchas gracias por la recomendación.

Saludos!

José Luis Amores dijo...

Gracias a ti, Víctor.

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