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1 sept. 2010

Léeme, coño


Habida cuenta del éxito de audiencia de la primera edición de nuestra revista Nuevo Stylo (no ha habido que reciclar ningún ejemplar, se han leído todos), continuamos con la exposición sobre los porqués de la profunda depresión del panorama literario actual. Sólo que ahora hemos decidido transformar el formato estético, decantándonos por la más favorable cabecera Quimera —que, como todo el mundo sabe, es el título castellanizado de una deplorable novela del industrial de la escritura Valerio Massimo Manfredi—.

Concluíamos en el número anterior que a mayor educación, estatal y socialmente impuesta, mayor es la necesidad de apariencias de cultura. Veíamos cómo el ser humano desea no desentonar, e incluso destacar, entre sus bípedos iguales. Que para ello recurre a la estética, por constituir el más accesible medio de mímesis con los arquetipos culturales fabricados por los medios de comunicación. Pero no todo quedaba ahí, pues sin injerencias externas la traducción de conductas en el terreno superficial daría lugar a mayores ventas de clásicos universales y otras literaturas contemporáneas, en tanto que objetos decorativos que proporcionarían a sus poseedores una pátina cultural siquiera por vía osmótica o mediante ciencia infusa. Cosa que, como decíamos, sucede más bien a la inversa, ya que elementos distorsionadores del mercado cultural irrumpen en la década de los noventa del pasado siglo con una propuesta genérica de banalización artística, fruto de la pasión humana por el beneficio económico. En definitiva, las ventas de libros han crecido, sí, pero la literatura como tal es hoy un producto en desuso, obsoleto para el mercado, rancio, complicado, que no vende, que no engancha.

De esta situación los principales causantes no son los consumidores, aunque actúen como borregos límites al aceptar masivamente propuestas de compra de una infumabilidad rayana en lo perverso, sino los medios productores de esa mercancía paraliteraria. Y poca o nula responsabilidad cabe achacársele a los libreros, al menos así lo vemos desde esta parte no contratante. Pues la estructuración de las mercaderías en sus lineales les viene impuesta por las mismas editoriales y distribuidoras, y quien hiciere de su capa un sayo se expone al doble ostracismo de proveedores y clientes; es decir, al cierre o al traspaso. Mayor atención merecen, acaso de un modo superficial, las figuras de editoriales y empresas distribuidoras. En general, un editor hoy en día, en esta época postindustrial y postvirtual que nos está tocando malvivir, es un bípedo que fabrica productos de marketing bajo la falaz forma de propuestas literarias. Por supuesto hay excepciones, y aun intentos de diseminación de pseudoculturas mediante el uso irónico/desesperado de las más chabacanas herramientas de distribución de la industria cultural —recuérdese, a título de ejemplo, aquella serie de coleccionables de kiosco intitulada Narrativa inteligente, o más recientemente la alianza en este sentido de RBA y Anagrama (y nótese asimismo el paupérrimo beneficio cosechado en ambos casos)—. Sin embargo muy atrás quedaron aquellos Maxwell (no en vano Jorge Herralde acarrea como mote comúnmente aceptado el último mohicano). Ahora los editores suelen ser periodistas expertos en publicidad, copy-writers de medio pelo, economistas avezados en paramarketing y mentalismo, y semiexpertos en guerrilla comercial. Y en cuanto a su supuesta formación literaria, o bien la esconden en los cajones de sus mesitas de noche, o bien no la tienen porque nunca necesitaron de ella, a la vista de los gustos y preferencias que, entre todos ellos, han conseguido inculcar al lector-masa. Qué decir entonces de los distribuidores: amigo escritor, en el hipotético y muy improbable caso de que algún día de los venideros tu alcoholizado cerebro consiga supurar alguna genialidad, no creas que con embaucar a algún editor —y me estoy refiriendo a uno de los buenos, indios de la reserva— ya has triunfado. No. Aún tendrás que enamorar, mediante speeches inteligentes pero de fácil comprensión (aprehensión), a la caterva de distribuidores que posibilitarán que tu libro llegue a esas mesas y estanterías donde manos inexpertas los manosearán y dirán quién es éste y desde las que quizá, pero sólo quizá —nótese el matiz de elevada incertidumbre que implica la repetición—, vendas algún ejemplar. Te enfrentarás a un grupo de humanoides, gañanes post-paletos que, mientras sudas y hablas y defiendes tu obra (para ellos, tu producto, su mercancía), se dedicarán a hablar por el móvil, leer el periódico, consultar el correo electrónico, mirarle el culo a las azafatas (si se trata de una presentación formal las habrá), hurgarse la nariz, hurgarse las orejas, inspeccionar concienzudamente lo que sea que hallen en tales intimidades, buscar una espalda donde depositarlo, bostezar y enseñar las caries, hacer regurgitar sus tripas, eructar quizá no tan bajito, estornudar, sorberse la nariz, rebuscarse en los bolsillos, y finalmente, cuando termines de parlotear, indagarán el veredicto de quien ese día sea el encargado entre ellos de enterarse de quién coño eres tú y qué narices has escrito. Concluimos, pues, por esta parte, la de los dealers o creadores de mercado, su imposibilidad de cambio a corto y medio plazo. Pu€$ @ m@¥0®€$ b€n€fi©i0$ hi$t0®i©0$ 0bt€nid0$, m€n0® €$ £@ p€®m€@bi£id@d d€ €$t@ €$t®u©tu®@ @ ©@mbi0$ d€ p@®@digm@. Más fácil será que el actual estado de cosas se robustezca, ganando adeptos entre las mismas filas de creadores. Autores que o bien han venido rebajando sus ínfulas artísticas, acercándolas al gusto barato del consumidor, o bien han nacido del consumidor mismo, siendo, por ello, (im)pura producción endógena.

Entramos así, no ya en el tan discutido estado de industrialización de la cultura, sino en un auténtico negocio piramidal en el que el flujo de piedras entre base y cúspide es continuo. No se trata sólo de vender más de lo que sea con tal que se venda (con tal de que sea vendible), pues el mercado descubrió pronto sus propios límites: la gente no lee; es decir, lee menos de lo que industrialmente se es capaz de producir. Y no leen o leen poco porque no entienden qué tipo de satisfacción puede obtenerse de la literatura que sea comparativamente mejor que la destilada por otros tipos de entretenimiento u otras clases de aburrición. La forma más práctica de reclutar adeptos a los libros es, pues, hacerlos entretenidos. Fabricar novelas que enganchen. Producir aquellas historias que a la gente le gustaría leer. Narraciones on-the-rocks. Pelotazos que anestesien y entontezcan para así pasar mejor el rato. Novelones que, además, hagan ricos a sus autores, a sus editores, a sus distribuidores. Y para colmo, pregonarlo. Decir de Stephen King, de Ken Follet, de Michael Crichton cuánto dinero ganan, todo lo ricos que son. Hablar del autor y sus circunstancias. Novelar sus experiencias. Recopilar sus estados sentimentales. Hacer películas sobre ellos. Mitificar sus obras y al mismo artista. Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Benedetti y Vargas Llosa: fotos interesantes en las solapas de sus libros, algunos firmados en ferias del libro. Charlas y conferencias, encuentros, presentaciones, entrevistas, biografías inconclusas. Éxitos y penurias de escritores que, de tanto saber sobre ellos, nos son tan cercanos: autores modelo. Y si el razonamiento no resulta lo bastante universal, siempre podemos volver a Cervantes: plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro.

Roberto Bolaño dejó escrito que todo europeo, en tanto que lector, es escritor en potencia. «Además», dice el amigo americano de Javier Cercas en La velocidad de la luz, «ninguna persona normal lee tantas novelas como tú si no es para acabar escribiéndolas». En los pasados ochenta, una canción del grupo de heavy metal español Banzai decía «Tú puedes ser estrella del rock». Chuck Palahniuk habla con fervor minimalista en Error Humano de las clases de escritura creativa casera que recibió en la cocina de Tom Spanbauer —ponderando con entusiasmo la obra de Amy Hempel, de quien desde no hace mucho ya tenemos traducción completa; y alabando el trabajo de Spanbauer, del que Mondadori retomó hace poco la labor iniciada (y no reconocida) por Muchnik—. Hagamos un cóctel con todas estas circunstancias nada anecdóticas y lo que obtendremos será la versión lectora de la más famosa de las posturas del Kamasutra: el 69. Yo te leo, tú me lees. Un escritor le chupa la oreja a un colega que a su vez le está rascando la coronilla a él. Ambos entrando en un orgasmo compartido y multitudinario. Todos restregándoles a los demás sus páginas. Las alabanzas y parabienes son moneda de cambio corriente. La mayor crítica es la referida a faltas de ortografía y fallos gramaticales; es decir, una parte de la superficie; no busques fondo porque no lo hay.

Tras encenderse la luz, el bípedo advierte que unos centímetros más arriba de su ingle posee dos manos con un buen puñado de dedos. Aparece entonces el por qué no yo también, que es continuado por un aquí tienes los medios para aprender cómo. Todo lo cual da lugar por sí mismo a un nuevo y fabuloso nicho de mercado. Pues la fórmula viene, además, validada por esa débil justificación que es la historia. El Programa de Escritura Creativa (más conocido como Iowa Writer’s Workshop) comenzó en 1936. Y entre sus antiguos alumnos podemos encontrar figuras que alcanzaron gran reconocimiento en esto del escribir parrafadas para que las lean otros. Por ejemplo Wallace Stegner, John Cheever, Philip Roth, T. C. Boyle, Raymond Carver, John Gardner, Denis Johnson, Adam Haslett, A. M. Homes, Flannery O’Connor. Con semejantes ejemplos, ¿quién le dice a la López o al Fernández de turno que ella/él no puede también convertirse en escritor/a de éxito/s, ser admirada/o, ganar un montón de dinero/s y acostarse con muchos hombres, mujeres y viceversa? ¿Qué capullo de editor le va a quitar, con un simple rechazo de nada, la ilusión de ver impresa su obra, cuando además él/ella sabe que tiene un mercado lector cautivo en sus compañeras/os de taller literario/creativo/narrativo? En mis manos la posibilidad de recurrir a editoriales pequeñas, ansiosas de ocupar nuevos espacios. Puedo autoeditarme, sea con una editorial más práctica que las demás, sea mediante la impresión por encargo en una copistería moderna. Y si no tengo dinero, o ni aun pagándoles los editores tiquismiquis quieren publicarme el libro, tengo la opción de una timo-editorial en línea para desesperados, tipo Bubok. Sigo teniendo mi mercado interno, mis LIBs (Lectores Interiores Brutos), que me leerán e incluso me comprarán ejemplares para así ganarse una futura devolución de lectura de sus escritos. Y también ahora mis seguidores en Google, en Twitter, mis amigos en Facebook, mis fans, mis colegas de los clubs de lectura, mis amiguetes de juerga, del curro, de los partidos de los domingos, mi familia; y por supuesto todos los amigos y contactos de éstos. Con un par de ovarios/cojones la viralidad que puede alcanzar mi mierda de obra es tremenda.

Por simplificar, digamos que existen dos tipos de escritores amateur que pueden llegar a importunar las mesas de novedades de las ya castigadas librerías. Los jóvenes, desde los 14 o 15 años hasta los 50 —sí, no hay edades ya, vete dando cuenta de hasta qué punto está cambiando el panorama—, y los mayores, desde los 30 hasta los 70 o 75 años. A los primeros les mueve un afán exhibicionista. No les importan tanto las ventas como el reconocimiento. Prefieren el halago en corto, e ignoran la crítica supuestamente responsable. Son escritores coca-cola: quieren tener un millón de amigos aunque en realidad sean meras burbujas. Los segundos, por el contrario, se sienten impelidos por el modelo cervantino. Un buen día echan la mirada atrás y ven cuán largo es el camino recorrido. Al menos así se lo parece a ellos. Lo tienen todo, o es precisamente que no tienen nada y eso les impulsa a ponerse a narrar. Mientras que un buen porcentaje de los primeros basa su formación en la asistencia a academias de escritura, los segundos no creen siquiera necesitar estos rudimentos: les basta con la experiencia adquirida en la lectura de miles de periódicos, revistas, e incluso algún libro. Ninguno de los dos grupos está verdaderamente interesado en la literatura. Para ellos el término se reduce a pura cosificación material de un arte de compleja valoración. Para ellos sólo existe el libro. El libro en una librería. Con su nombre en el lomo. Escrito por ellos. La hostia.

Pero lo cierto es que venden. Organizan presentaciones. Firman ejemplares. Acuden a organismos administrativos encargados de favorecer al débil, y con el dinero de todos los contribuyentes se contribuye a que ellos ganen algo de dinero. Pero no se paran ahí. Ejercen un marketing incesante en la red. Practican el incesto lector con sus hermanos de correrías e inquietudes, lo que les proporciona un extenso punto de partida. Si han sido hábiles en la creación previa de un amplio círculo de futuros admiradores, resulta hasta factible que su libro vea más de una reedición, y entonces la viralidad aumentará gracias a las entrevistas en periódicos, revistas y radio. Se harán famosos, y su libro lo leerá todavía más gente. Ganarán más dinero, dejarán el trabajo en la fábrica de cartones y saldrán por las noches. Y no harán caso a quienes les digan que lo que han hecho no vale nada. Porque ésos serán de su misma calaña, pues ¿qué crítico serio va a perder el tiempo en leer esa montaña de infumables para, después, tener que escribir continuas crónicas de la indecencia? Los críticos de esta paraliteratura pertenecen a su propio círculo metadialéctico. Si se dedican a hacer proselitismo para lograr adeptos a sus propias subcreaciones, valorarán la obra de los demás como notable, magnífica, imprescindible. Si, por el contrario, son incapaces de producir escritos/amigos, harán grandes esfuerzos para denigrar a sus semejantes. Se trata, en definitiva, de un fenómeno idéntico a los sistemas financieros piramidales. O, si se prefiere, una fenomenal orgía kamasútrica en la que se cambia de pareja pero no de postura.

Cabría hacerse aquí reflexiones parecidas a las de Peter Sloterdijk en Normas para el parque humano, que resumo para quienes no tengan la paciencia necesaria para leérselas. Para controlar la parte bestial humana —de la que buena muestra sistémica es la situación descrita— serían necesarios un control y una selección de individuos que viniera a paliar el fatalismo del nacimiento, dando protagonismo a los nacimientos opcionales o a una política de selección prenatal. Estaríamos, pues, ante la tríada de acciones domesticación-selección-cría. Es decir, se devolvería su papel a los Maxwell, a los Herralde. Liberaríamos a los mohicanos del adjetivo último. Favoreceríamos la creación verdadera, y no las acciones de mercado disfrazadas de la falsa democracia del yo también. Limpiaríamos un espacio ahora ensuciado por impostores artísticos, aun siendo conscientes de que con ello eliminaríamos buena parte de la legión lectora actual, tan sólo dedicada a lamer orejas, a masturbar a su prójimo. Pero con ello haríamos desparecer buena parte de la confusión reinante, de los infieles literarios. Qué a gusto nos quedaríamos los verdaderos lectores.

Próximo análisis: Menéamelo.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

hola, Quimera ¿ No era una obra de Barth? Hay que decirlo de entrada para que no se me olvide. Por otra parte llevo pensando unos días en el punto discrepante que hay entre nosotros, o al menos en mi discrepancia fundamental y es ,a un lector de Bourdieu se le puede hablar con claridad,que antepones el carro a los bueyes y te empeñas en querer que las moscas coman miel. La miel no les sienta bien, no que queden presas de patas, no.Es que no la digieren. Si te das un paseo por el lugar reservado, que diría Pedro Hispano, donde nos conocimos y lees los comentarios a la Montaña Mágica, a Crimen y castigo,a Retrato de una dama , a Ana Karenina, al Diario de un seductor, podrás comprobar por ti mismo, que independientemente de las opiniones vertidas, siempre hay entre ellas un sustrato común: Nadie entiende en qué consiste el valor de la obra. Ese no entender no es un defecto subjetivo, ni un defecto creado por "la industria cultural" como se empeña en sostener La fiera literaria; es algo muchísimo más insidioso, y en cierta forma una mutación antropológica provocada por la sociedad industrial y su patológico fetichismo. O dicho de otra manera: el ámbito de la libertad se está reduciendo a casi nada y temo que no sea con libros como se pueda revertir esta tendencia. Y digo que temo que no sea con libros porque buenos libros no faltan, lo que faltan son hombres y mujeres que los entiendan, se los apropien y los hagan suyos. Joder, acabo de destilar una Ética.

Ramón Cerdá - novelista dijo...

Parece que nos empeñemos en que todos los lectores deban ser expertos en literatura y leer a Platón. Y los lectores (y leer siempre es positivo, se lea lo que se lea) quieren algo más que culturizarse hasta la médula. Quieren divertirse, entretenerse, huir de sus problemas y de la crisis de Zapatero.

Que los editores y distribuidores potencien ese público es lógico y normal, además de agradecer porque de un modo u otro fomentan la lectura, y que conste que mis libros no se encuentran en primera línea de batalla porque lo que decís de las distribuidoras es cierto y a uno no lo ponen donde uno quiere.

Pero no queramos que todo el mundo lea clásicos y poesía artística y participe en foros literarios de alto nivel. Dejemos que lean a Larsson y a Brown... y de paso, si alguien se decide, que lea algo mío ;-)

hrrp://www.ramoncerdanovelista.com

Ramón Cerdá - novelista

Bolmangani dijo...

Oveja, pero seguro que conocen más la de Manfredi, y no tienen ni idea de la de Barth. Lo digo para que tampoco se me olvide.

Como soy un optimista, pienso que el problema reside en las fábricas de pienso, y que eliminándolas las bestias irán a probar, como tú dices, la miel. Seguramente, y en cuanto a la taberna en que nos conocimos, lleves razón, pero tiendo a pensar que sólo en casos como ése, sistémicamente patológicos. Y date cuenta de que esa patología no reside al cien por cien en la memez de los integrantes o lectores que por allí pululan, pues seguro los hay (más de uno, más de diez, con eso me vale) con capacidad, digamos, innata, y concedamos que incluso aprendida, para valorar y entender (aprehender) arte verdadero y no sólo estampitas. ¿Estabas tú, no? Estaban Jack, Ivanovich, incluyo también a Arden, a Madison… El problema real entonces de la Taberna es la violencia con que trata a quienes comprenden que muchos de los demás no comprenden. Se trata, pues, de una falsa democracia, dedicada al lucro personal y a un muy particular hedonismo cultural de baja estofa. Cosas todas ellas que llevo años combatiendo mediante guerrillas, y no me ha ido tan mal.

Por cierto, imagino cómo has sabido que leo a Bourdieu, y te felicito por el buen gusto.

Ramón, bienvenido. He intentado leer algún relato tuyo, pero algo le pasaba a la web y no terminaban de descargarse. Como habrás comprobado, precisamente nos dedicamos aquí a combatir el actual estado de sitio a que está sometida la literatura. No tenemos en la cabeza que todo el mundo deba tener altas miras culturales. Pero me concederás que la preeminencia mediática (sólo para ganar dinero, y no para hacer más felices a lectores de ojo vago) dada a las easy readings (lecturas fáciles) es tal que ha acabado por relegar hasta niveles cercanos a cero al auténtico arte. De tal forma que éste ha acabado por convertirse en sucedáneo de los otros: si quieres algo mejor, debes bajar al submundo literario. Como me dijo un autor amigo hace poco más de un mes: “Tú has elegido autoexcluirte”. La frase era un piropo hacia mí, que por supuesto agradecí. Y eso no es aceptable. Que sea halago lo que debería estar más extendido, y no casi oculto.

Saludos a los dos.

Carlos G. dijo...

Disiento: la exclusión como norma solo conduce a la digresión generalizada y al final cada uno por su lado tampoco es plan.

Pero a lo que iba: este debate sugerido me parece apasionante. Como reciente descubridor de la cosa literaria me agrada la sensación de nadar entre dos aguas o de ser capaz de habitar en las dos orillas a las que se hace referencia. Creo que es importante leer, aunque sea la caja de cereales o el bote de gel como hace el amigo Buenaventura cuando no se lleva el libro a la bañera. Y no me parece mal que se lea a Dan Brown, porque también él tiene que comer. Me sorprende que se diga que es “bueno”. ¿Qué entretiene? Claro, como el “2012” de Emmerich, pero de eso a decir que estamos frente a una buena película hay un abismo.
Lo que me apena (nótese que ni me ofende ni me indigna) es que esas pequeñas maravillas que llevo unos meses dándome de bruces con ellas (culpable este blog y otros similares a partes desiguales) no sean más conocidas por el público masivo que solo hace unos meses departía amigablemente conmigo acerca de lo magníficamente montada que esta “La mujer de verde” de Indridason (no la estoy recomendando, que nadie se vuelta loco). Pero al mismo tiempo es normal: tal como dice Ramón un poco más arriba la gente lee para evadirse y/o divertirse y muchas veces estar metido en determinado círculo (léase género negro, léase género amarillo –y no abramos el debate de los géneros por favor-) es una dinámica de la cuesta salirse. Porque se está muy a gusto y te lo pasas muy bien y hay muy buen rollo y una cosa lleva a la otra. Lo digo por experiencia: tres meses ininterrumpidos de novela negra este año. La suerte, en mi caso, fue que me descubrieran la “Providence” de Ferré y que otra vez pero de distinta forma “una cosa me llevó a otra” y me encuentro ahora leyendo a Robert Walser a modo de prólogo para afrontar el Barleby y el Pasavento de Vila Matas. Esta última frase, hace dos meses, ni la hubiese entendido.
No sé lo que quiero decir con todo esto. Quizá que la forma de lograr que los demás descubran esos dulces tan ricos que tanto nos gustan a unos cuanto sea insistir, visitar blogs como este y animar a quien los escribe. Seguro que hay una combinación de palabras, que colocadas del modo correcto, lograrán un día despertar al lector que vive enquistado. Solo hay que dar con ellas.

Bolmangani dijo...

Ahora estaba al quite.

De acuerdo, en general, con lo que dices. Pero, una pregunta: desde que llegaste a "esta otra orilla", ¿cuántos ejemplares de "aquella otra orilla" has visitado en comparación con los de "esta"?

Carlos G. dijo...

Difícil pregunta. Bueno, no: mas laboriosa que difícil.

Hablo solo de este año, que es cuando recuperé el hábito:

23 de la otra orilla.
28 de esta orilla.

Hasta ahora había pensado que era al revés. Qué bien. Lo mejor son las previsiones de futuro a medio plazo (esas que se revisan continuamente y carecerán mañana de valor):
de 67 obras "destacadas" solo una es duda (por desconocida y moderna), el resto, las 66 restantes, son todas de esta orilla.

Lo peor de todo es que cuando fuera de internet (el mundo no digital, concretamente un parque infantil) cuando hablo de lo que estoy leyendo la gente me mira raro. Hace unos días, una amiga, justo después de presumir de haber leído la segunda parte de los pilares de la tierra (no me se el título, perdón) por lo mucho que le había gustado me preguntó, señalando el libro que tenía (yo) en la mano: "¿De que va?". Se trataba de "La subasta de lote 49". Y claro, me quedé sin palabras, yo, que me quedaba dormido en la página tres de dicha novela y allí la dejé.

Al mismo tiempo, ese placer de saber que tienes una joyita en la mano y que nadie, por ignorancia, la podrá destrozar... ¡ahhh, que cosa!

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