24 sept. 2010

Tanta gente sola


No sé si resulta procedente escribir sobre Juan Bonilla. Unas razones empujan a ello, y otras lo desaconsejan. ¿Qué hago?

Venga, corro el riesgo.

Todo fiel lector de Juan Bonilla es, en puridad, un fiel relector de Juan Bonilla. En mi caso, comprar libros de Juan Bonilla se fue asemejando cada vez más a algo así como estar suscrito a una publicación aperiódica. Leía unos relatos suyos que me gustaban, y tiempo después se me aparecía otro libro de Juan Bonilla en el que, al llegar a casa y abrirlo —sí, lo compraba sin mayor investigación, sólo porque era de Juan Bonilla—, descubría los mismos relatos leídos meses (o años) atrás en otro libro de Juan Bonilla. Pero, no contento con la inversa recompensa recibida por el autor y su cada vez diferente editorial —no escarmentado, ni enfadado, ni siquiera decepcionado por el coleccionismo a que Juan Bonilla me iba empujando—, cuando veía en las librerías otro libro de Juan Bonilla cuyo título no conociera de antemano, olvidaba lo que me hubiera llevado a ellas sustituyendo mi objeto de deseo por aquella nueva obra de Juan Bonilla. Lo cogía entonces sin apenas curiosear el interior antes de pasar por caja. Quizá resignado porque intuía —sabía— lo que iba a encontrar escrito en sus pocas o muchas páginas: los mismos relatos de siempre ya impresos en otros libros de Juan Bonilla. Esos mismos relatos ahora estirados, o compactados, o recortados, o comentados al margen. Los mismos relatos conectados entre sí mediante un hilo conductor que podía estar fabricado a base de manías de coleccionista, de fetichista, de buscador de fama, de récords mundiales, de anti-récords, de suicidios y concursos televisivos, de deseos insatisfechos, de recuerdos y me-acuerdos, de medicaciones para la depresión, para la tristeza de estar solos, para el abandono, para las enfermedades raras, para las manías y las paranoias e incluso para la muerte en vida. Pero también engarzados mediante poemas y poetas, obras falsas y falsas obras, citas explícitas e intertextuales de autores famosos y mezclas de tributos a iconos de la baja y la alta cultura. Todo ello dentro de una acción rota por su capacidad digresiva, y cuya base de reflexión y pensamiento de cosecha propia son, más que una repetición, una iteración politemática cuyos puntos de fuga quizá no seamos capaces de vislumbrar hasta que, (re)escritura de Juan Bonilla mediante, tengamos al alcance de la mano otro nuevo libro de Juan Bonilla.

A la escritura de Juan Bonilla me aficioné en 2003 a raíz de que le dieran el Premio Biblioteca Breve por Los príncipes nubios. Lector tardío de Juan Bonilla porque durante unos años mantenía un prurito (que ahora reconozco absurdo) que me impedía acercarme a la narrativa española del momento. Sin embargo ya conocíamos a Juan Bonilla gracias a Mateo Gil (Nadie conoce a nadie, 1999). Luego me picó la curiosidad y comencé a leer relatos de Juan Bonilla. Lo que quiere decir que ya llevo varios años leyendo los mismos relatos de Juan Bonilla.

Aunque todo esto es cierto y falso o exagerado al mismo tiempo. Pongamos por caso su último libro de relatos, Tanta gente sola (Seix Barral, 2009). Lo leí hace relativamente poco. Dije que era coleccionista de las obras de Juan Bonilla, pero no perseguidor de las mismas. Por lo tanto asumo —y sé positivamente— que aún me quedan libros de Juan Bonilla por leer. No muchos, pero sí algunos. Como sospecho lo que encontraría en cada uno de ellos en el caso de que me pusiera en serio a buscar y comprar los que aún no tengo, prefiero que sea el azar quien me los ponga por delante. Ayer por la tarde, sin ir más lejos, he adquirido una reedición de El que apaga la luz (Pre-Textos, 1994 y 2009). Me he topado con él en una librería de segunda mano, y no he podido resistirme.

Pero hablaba de Tanta gente sola. Lo leí con la rara satisfacción —y con la costumbre— de ir reencontrando los relatos antes leídos en otros libros de Juan Bonilla. Pero modificados, con adiciones que facilitaban la relación entre unos y otros y hacían posible una nueva lectura que trascendía el encerramiento de los personajes en narraciones únicas y desprovistas de nexos comunes. Personajes escapistas que reaparecen, ya sea como principales o secundarios, a lo largo de cada uno de los cuentos, no circunscribiéndose así sus circunstancias a la narración original para la que fueron concebidos. Como si se negaran a morir del todo. Como si Juan Bonilla se resistiera a abandonarlos a la suerte de los lectores, esa entelequia intelectual que nunca termina de definirse. Como si los personajes de Juan Bonilla fuesen algún tipo de zombies literarios.

Tanta gente sola reúne nueve relatos de Juan Bonilla, de los que mi memoria —que mi pereza connatural impide corroborar con un adecuado examen de los datos de que dispongo— ha sido capaz de reconocer al menos cuatro como reelaboraciones, más o menos literales, más o menos transformadas, de sendas narraciones anteriormente incluidas en (o constituyentes de) otros libros de Juan Bonilla. Los premios del recuerdo han recaído en El cromo de Boronat (un cuento sobre lo que puede llegar a hacerse por culminar un afán coleccionista), Algo más que simplemente existir (sobre el anhelo de reconocimiento que lleva a un chaval a intentar batir algún tipo de récord con tal de aparecer en el Guinness), Alma cargada por el diablo (sobre los celos retrospectivos) y El lector de Perec (de nuevo sobre el coleccionismo además de homenaje a Georges Perec, pero también sobre los intentos de reproducir la literatura en la vida real). Los tres primeros aparecían, al menos, en la recopilación que Juan Bonilla hizo para la editorial Berenice, titulada Basado en hechos reales —en adelante B, libro que me provoca una especial satisfacción consignar aquí puesto que quizá sea, por cantidad y calidad, la mejor antología de relatos de Juan Bonilla realizada hasta el momento—. Y el último constituyó tema único para Je me souviens (Algaida, 2005), a su vez incluido en Nosotros los solitarios (Pre-Textos, 2001).

Pero no acaba ahí la labor de rescate y reescritura de Juan Bonilla en Tanta gente sola, sino que se prolonga más allá, haciendo un excelente ejercicio de meta-escritura en los relatos Todos contra Urbano (sobre las envidias y pasiones que levanta un gris pero imbatible concursante de Cifras y Letras: post-versión de La ruleta rusa —incluido, p.e., en B, ídem en un programa-concurso en el cual el objetivo es seguir vivo tras jugar a lo que ya habéis adivinado), Fregoli (sobre una rara enfermedad que provoca al que la padece que se sienta perseguido por una persona a la que cree ver en todas partes: after-versión de VitíligoB, donde el protagonista sufre la enfermedad de mismo nombre que provoca manchas blancas en la piel), Metaliteratura (reflexión irónica sobre el significado del prefijo meta- asociado a la literatura, a la vez que narración sobre las consecuencias de trasladar la literatura a la literalidad de la vida real, base ésta sobre la que también descansa el mencionado El lector de Perec, y reflexión, aquélla, en la que se instala el relato Una novela fallida B—) y En la azotea (de nuevo la temática de los concursos televisivos, pero ahora bajo la estética de un macabro e imposible reality show).

(Uf.)

Dejando de un lado las sinapsis entre las otras obras de Juan Bonilla, y centrándonos en las abundantes que pueden encontrarse tan sólo en el interior de Tanta gente sola, cabría destacar que en todos ellos, explícita o sesgadamente, el personaje toma —o ha tomado, o se siente abocado a tomar— antidepresivos. Hallamos repetidos los términos lorazepam, tranquimazín, pastillas antidepresivas, pastillas de Planck, pastillas a secas, ansiolíticos, psicoanalista, tranquilizante, depresión, tormento, e incluso una composición arbitraria de caracteres (CIBSOASIL, en Cifras y letras) en la que Juan Bonilla reconoce el nombre de un posible medicamento. Como dije tres párrafos atrás (o cuatro, si contamos el resoplido), los personajes navegan entre relatos. Así, sospechamos —advertimos, reconocemos— que el poeta protagonista del relato que abre el libro es narrador explícito/oculto en los siguientes, cuando no abiertamente secundario. Los mismos recordman aparecen en varios relatos, así como Azurmendi, la belleza de instituto; las obras del poeta (Verso perverso, Prosa porosa y Balada baladí) son repetidas en diferentes lugares, y la primera de ellas llega incluso a constituirse en lectura escolar obligatoria, etc. Y las referencias o tributos a autores admirados por Juan Bonilla están esparcidas como simientes que elevan la talla de los textos: cita a Humbert Humbert, a adoradores de colegialas, a Lolita directamente, a la novela Risa en la oscuridad, y a Nabokov por si no nos habíamos enterado de su desviación, que oportunamente compartimos. También hay un diario de polvos como el que elaborara aquel personaje de Un cuento de hadas, el relato de Nabokov, un intento de batir el récord de vivir en un árbol (El barón rampante, Italo Calvino), turismo literario basado en La metamorfosis de Kafka, o en Lolita de Nabokov (otra vez), o en Moby Dick de Herman Melville. Y se rinde homenaje, como ya dije, a la obra Je me souviens (Me acuerdo) de Georges Perec.

Juan Bonilla cava túneles narrativos, descubre filones a los que se agarra y que se solapan y que va puliendo entre una narración y otra. Da forma a mundos obsesivos. Crea continuamente alter egos alterados. Esparce pistas para luego borrarlas de un plumazo. Difumina lo que quiere cuando le parece, y ofrece un fogonazo cuando ya mirábamos para otro lado. Dosifica las tensiones para que así nosotros, sus lectores, terminemos comiendo de su mano. Y todo eso lo hace con los mimbres de siempre, los suyos de toda la (su) vida. Aunque los ata de diferente manera y con juncos nuevos, y así el canasto es totalmente otro. Compadezco al estudioso que, el día de mañana, decida o le encarguen analizar y compendiar sus Obras completas. No le arriendo las ganancias. Menuda tarea le espera.

La conclusión que cabe obtener de esta amalgama de referencias, autorreferencias, metarreferencias y vectores que se disparan en múltiples direcciones, incluso hacia la misma obra de la que estamos hablando, es que Juan Bonilla es un excelente re-escritor de lo propio y de lo de los otros a los que admira. Un autor, en mi opinión, indudablemente necesario en nuestro panorama literario actual. Panorama acaso un tanto frío por la parte delantera, y amojamado por la trasera. Y que Juan Bonilla, situado en tierra propia y al margen de taxonomías que quizá ni le interesen, anima con su arte de la iteración. Arte capaz de mantener interesado a un re-lector añadiéndole a sus textos de siempre nuevas motivaciones en forma de pistas, conexiones, ganchos intelectuales y su continua cita y recuerdo de sus reconocidos maestros. Y que en este libro, como postre, hace una ofrenda no explícita, admirablemente oculta, a uno de sus autores más queridos: J.D. Salinger. Pues Tanta gente sola contiene, como una de las geniales obras del americano, Nueve cuentos. Ni uno más, ni uno menos.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Me sorprende y ya nada me sorprende . He pasado la noche sin dormir intentando hilvanar un texto que tenía como piedra angular la siguiente cita:" Y así uno puede reirse, y creer que no está hablando en serio,pero sí se está hablando en serio, la risa ella sola ha cavado más túneles útiles que todas las lágrimas de la tierra, aunque mal les sepa a todos los cogotudos empecinados en creer que Melpómene es más fecunda que Queen Mab. De una vez por todas sería bueno ponernos de desacuerdo en esta materia"

Anónimo dijo...

Querido amigo, sólo una apostilla. La editorial Berenice no está desaparecida. Infórmese mejor o consulte su web y no deje ese bulo desinformado por los aires porque no sabe el daño que hace. Un cordial saludo,

www.editorialberenice.com dijo...

Qdo. amigo, no se tome esto como una extraña ficción de Juan Bonilla, como aquella novela suya Cansados de estar muertos, pero nos dirigimos a usted desde Berenice, y no crea que le escribimos desde la ultratumba. Sólo para comentarle que su suposición sobre nuestra defunción es algo aventurada, aunque ciertamente todo bicho, bueno o malo, muere. Le aseguro, pues nos pellizcamos las carnes y ya lo creo que duele, que seguimos vivos y que si quiere un certificado de supervivencia, en su caso de resurrección, puede hacernos una visita a nuestra web www.editorialberenice.com y verá que gozamos aún de vida, aunque la salud esté por los suelos. También le rogamos, si tiene a bien, suprima ese pequeño desliz en el calificativo, que ya sabe como se las gasta la red, y le agradecemos muy mucho el elogio a nuestra edición de la antología de Juan Bonilla. Sin otro particular y agradeciendo su interés,(aunque tómese el justo por nuestros bien), reciba un cordial saludo,

Carlos González Peón dijo...

Mira que le tengo yo cariño al Bonilla este. La lectura de "Cansados de estar muertos" tiene gran parte de culpa de haber hecho de mi el tipo de escritor que soy hoy. O de una parte al menos.

Ese de relatos -"Basado en hechos reales"- me he cansado de buscarlo aquí y allá pero como Bonilla no ha reservado espacio en las estanterías de los mas vendidos me tendré que buscar las castañas por otro lado.

José Luis Amores dijo...

Respuesta apresurada a Anónimo 2 y a Editorial Berenice: corregido el fallo. Siento enormemente el desliz, achacable a una excesiva confianza en fuentes extraoficiales, a las que no puede suponérseles mala fe, sino a su vez mala información. No volverá a ocurrir. Tengo que decir que el catálogo de Editorial Berenice siempre me ha parecido de los mejores, y su valentía editorial, digna de encomio.

Saludos.

José Luis Amores dijo...

Arreglado el imperdonable desliz, y con algo de más tiempo, os comento:

Oveja, porque sé que eres tú, si pones ese extracto de Rayuela es por algo que no acierto a descubrir. Mi memoria se está desconectando poco a poco de mis acciones e incluso de mis recuerdos, por lo que he tenido que recurrir a Google para identificar el texto matriz. Ilumínanos, por favor, con la relación que descubres entre ambos textos.

Carlos, supongo que la mejor forma de hacerse con el libro es pedirlo directamente a Berenice. Bonilla nos gusta. Bonilla nos apasiona. Me encanta la re-escritura de Juan Bonilla. Cansados de estar muertos como metáfora de la situación en que se encontraban sus textos antes de cada reedición con modificaciones magistrales. Bonilla los hace revivir en cada edición. (Y no es broma, sino tan sólo una afición mía a decirlo todo con risas y letras.) La mejor, como dije, la de la cordobesa Berenice (aunque ahora viven en Sevilla o será que la visitan con soltura: a ver si nos vemos, yo voy semanalmente por allí y sería un honor ser recibido).

Un abrazo a todos.

www.editorialberenice.com dijo...

De nuevo desde Berenice (Córdoba), para agradecerle su gesto y su comentario. Un abrazo a todos y gracias,

pd. El libro de Bonilla si está por ahí, no está tan perdido en librerías. Si no lo encuentra, nosotros se lo servimos con mucho gusto, pero siempre hay alguna buena librería, como decimos, "de prórroga".

Anónimo dijo...

Ay,Ay, Ay José Luis, si vuelves a leer tu texto verás que has escrito: "Juan Bonilla cava túneles narrativos" y el texto de Rayuela es del cap 71 en el cual se habla de: "los famosos obreros que en 1907 se dieron cuenta una mañana de agosto de que el túnel del Monte Brasco estaba mal enfilado y que acabarían saliendo a más de quince metros del túnel que excavaban los obreros yugoslavos viniendo de Dublivna". Era un túnel de viejo topo lo que unía los textos; y aunque parezca y quiza lo sea totalmente arbitraria la conexión yo la veo tambien en otros planos: ¿ O no fue en un túnel de la montaña de basura de los Fraguel donde usted por sus razones y esta oveja porque venía huyendo de pastores armados con la peor de las intenciones, acertamos a encontrarnos?. Pensando en las razones con las que los pastores pretendían estupefactarme recordé a modo de defensa la cita sobre la risa y pasé la noche en blanco.
De Bonilla no puedo decir nada , salvo que en este otoño que se cerca leeremos algo suyo, tiene padrinos

José Luis Amores dijo...

Anda tú, y cómo quieres que me acuerde y que además relacione cosas tan aisladas. Rayuela lo leí hace pocos años, en mi época de reconversión. Pero tan febrilmente que pasajes enteros sencillamente se han largado de mi memoria.

Con todo, espero que no haya que cavar más túneles que los que nosotros mismos nos impongamos por criterios de puro y simple divertimento.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Probablemente un libro muy desconocido de Bonilla, una selección de sus ensayos sobre literatura publicados por la universidad de Valladolid bajo el título de La plaza del mundo.
Buen artículo el suyo. Enhorabuena.

José Luis Amores dijo...

Es una de las ventajas que tenemos los fans de Juan Bonilla: la sempiterna posibilidad de encontrarnos con incunables de Juan Bonilla. Esta que dice usted no la conocía. Habrá que seguir convocando, pues, al azar.

Gracias por el comentario.

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