20 feb. 2011

No me gusta el negocio editorial (y dos libros)

Voy a contaros por qué no me gusta el negocio editorial aunque asumo que el papel del editor es casi indispensable. No me gusta porque hace de la literatura, que es arte, un negocio. Ya escucho voces: “¿Y qué hay de malo? Tenemos que comer”. Ya, pero el problema es que, en el 99% de las ocasiones, el entramado editorial hace de la literatura un mal negocio, sobre todo para los autores. Por contra, veo al editor como al ineludible coach de todo escritor, sea veterano o no. Como de su mano no ha salido el manuscrito, puede permitirse el lujo de ser crítico con él, siquiera al modo en que se es crítico con los actos de un hijo, con la ventaja de que el autor no es, en condiciones normales, hijo del editor, lo que facilita respuestas tales como: “No”. También es posible decir (imponer) “¿Y si modificaras esto o lo otro?”. En esas dos contestaciones tipo es donde veo la necesidad de editor. Uno que le escupa al otro un no rotundo a tiempo, o le proponga, en los casos en que sea factible (quiero decir que tengan remedio posible), los tijeretazos o subsanaciones que su talento y experiencia le dicten.

Sin embargo esto se da pocas veces. Decir “No” muchas, desde luego. Casi siempre con razón, pero sólo casi. Y cuando se dice “Sí”, ¿se hace pensando en el negocio? Por supuesto, aunque sea pequeño, aunque sea minúsculo, aunque sea, como suele decirse, lo comido por lo servido. Siempre habrá negocio, la mayoría malo o pésimo por escaso, pero toda piedra hace pared, como dicen en Valencia.

Precisamente de esa tierra me llegaron libros, y también de un poco más cerca. Soy un tipo con suerte: entre la biblioteca, los préstamos peer to peer y los regalos hace tiempo que no suelto un euro en librería alguna, ni siquiera en esas con pestazo a ácaros, las de lance. También soy un afortunado porque a lo regalado le tengo que mirar poco el/los diente/s, no porque sea gratis, sino porque su contenido es tan salvable o más que aquello por lo que en su día, tiempo ha, echaba mano a la cartera.

Ahora voy a unir pensamiento y hechos hablando de dos libros por riguroso orden de lectura.

Los observatorios, de José Eduardo Tornay

Este libro me lo regaló, junto con otros en vías de próximo consumo, el dueño de la editorial EDA, ya amigo personal. La diferencia con esos “otros” es que este en concreto se lo pedí yo porque descubrí a Tornay en facebook y supongo que me llamó la atención puesto que el hombre es de, o vive en, Algeciras, y como localidad que conozco más o menos bien, me extrañaba que alguien de allí pudiera escribir cosas y que además Paco, el dueño de EDA, se las publicase. (Como puede apreciarse, con o sin vuestro permiso, he ido degradando la gramática a efectos más o menos prácticos.) Digo esto porque he trabajado cerca de Algeciras y, de hecho, vivo a tiro de piedra de tan lejano y todavía europeo pueblo, y os puedo asegurar que, como zona genérica, hay pocos trozos terrestres mejores para practicar el tumbing low-cost o para, directamente y parafraseando a Houellebecq, dedicarse a morir a tiempo completo. (Lo que me recuerda que hace una semana murió en Estepona, por allí cerca, mi admirado Gary Moore. Descanse en paz.) Pero vivir es ya harina de otro costal. Digamos que en la mayoría de lugares de la geografía española no se vive, sino que se muere poco a poco, y a veces a chorros. Esto, quiera él o no, se le nota a Tornay en sus temáticas y enfoques. Vivir ahí, allí, aquí es simplemente imposible. Cruzar esa frontera que separa la buena vida de la muerte en vida sencillamente conduce, como diría Thomas Bernhard (quien por cierto también estuvo en un tris de palmarla en Torremolinos), directamente a la destrucción.

En esencia leí el libro de Tornay en un centro comercial a unos 160 km. al este de Algeciras, mientras mi familia se atiborraba a palomitas delante de una pantalla de cine. Yo elegí quedarme afuera, en uno de esos bares en los que aún se podía fumar y donde un chico lloraba la separación de su chico delante de una chica que abría poco la boca. En la tele echaban un partido de tenis. Como ruido de fondo para la lectura de Tornay no estaba mal, aunque hubiera preferido algo más de mugre.

A lo que vamos: qué bien escribe Tornay, y eso que es de Algeciras. En esta parte final de Europa que es España, en la que me incluyo por motivos de nacimiento, residencia y —por si fuera poco— economía, no niego la existencia de gente interesante. Conozco a unos cuantos individuos y, con bastante esfuerzo, estoy hallando gente con intereses afines. Pero son excepción, y como los poderes públicos son iletrados, incompetentes y corruptos, dudo mucho que la situación vaya a mejorar. O deriva uno hacia la brutalidad también, o se marcha a mejor sitio (también queda la opción bernhardiana de pasar a mejor vida, que excluyo porque de otra cosa quizá no, pero de esperanza y proyectos vitales ando sobrado).

En la literatura de Tornay existe esa tensión: la de la elección entre la permanencia y la huida, y también entre aquel inmovilismo y la muerte. Los observatorios es un libro de cuentos de los que recuerdo bastantes, lo que quiere decir que son memorables. Recuerdo a una pareja iniciando un absurdo camino a Santiago desde, cómo no, Algeciras. A un tipo que, diagnosticado de una enfermedad incurable, decide encerrarse en una urna para morir en ella. A una mujer sola que da una fiesta que sus amigos no intuyen es de despedida. A otro personaje acosado por una percusionista demente. Recuerdo playas, ferias y polígonos industriales. Me acuerdo de buenos arranques de frotarse las manos, planteamientos atrayentes y desarrollos de rascarse la barba.

De su lectura obtuve aproximadamente el 40% de las afirmaciones hechas al principio: buenas, magníficas ideas que quizá hubieran necesitado, en ciertos momentos, un centrifugado adicional, un jarro de agua fría o una lumbre para continuar ahondando un poco más. Faltó el coach cabrón que mi amigo editor no es, aunque la mano de EDA sí se observa en los detalles logísticos y, of course, en la acertada elección: a Tornay no había que decirle “No”. Me atrevo a decir que, sin preocupaciones prosaicas, Los observatorios sería un libro ligeramente distinto y más pulido. Aun así, y comprobando adónde ha llegado y llegará el nivel literario en este país —y no me refiero precisamente al siempre pujante sector de la narrativa comercial—, definitivamente me quedo con cuantas cosas escriban los escasos Tornays que vayan surgiendo, sean de Barcelona, Málaga, Algeciras o Mozambique. Al fin y al cabo, hoy en día todos los lugares están hechos una pena, y será mejor dejar de observarlos y centrarse en quienes los habitan y escriben.

Todas las tardes café, de Santiago García Tirado

Si yo fuera Santiago y hubiera escrito este libro, también de cuentos, lo habría dejado sin título. Pero si yo fuera Santiago, tampoco lo habría publicado, al menos en la forma en que él lo ha hecho. Pues sin consultar el diccionario tengo claro que publicar debe significar “hacer público” algo, y que levante la mano quien conozca —ni siquiera digo haya leídoTodas las tardes café de Santiago García Tirado. Pocas veo... Eso no es publicar: eso es matarse a trabajar para al final recoger migajas, y no me refiero al dinero.

Entonces, si yo fuera García Tirado, ¿qué hubiera hecho tras escribir Todas las tardes café? En primer lugar, cambiarle el título o dejarle aquel que, por defecto, suele ofrecer el procesador de textos de turno: sin título.***. (Se me acaba de ocurrir y mola, sobre todo esas estrellitas.) ¿Y luego? La respuesta que daría a esa estrategia post-scriptum es atrevida, extraña, repulsiva y divertida, pero estoy en ello, aún no he terminado de destrozar su escasa forma. Sólo sé que si, por ejemplo, quisiera destacar posando desnudo no se me ocurriría hacerlo —en definitiva, ser consumido— en medio de una de esas manifestaciones de gente en pelotas que se estilan, de vez en cuando, en las grandes y cabreadas urbes. No por temor a comparaciones físicas, sino porque quién iba a fijarse en nadie en particular en medio de tanta carne. Y no otra cosa que carnicerías se me antojan las librerías actuales, en las que, además, el solomillo suele estar escondido, mientras que a la vista tan sólo se encuentran hamburguesas incomestibles.

Dejando de lado títulos y anticuadas estrategias de distribución —de todos los libros, no sólo del de Santiago—, tengo que decir que también dentro de este ejemplar hay relatos memorables —si no fuera así no escribiría sobre él. Pero aquí no hay más juicio que el del propio escritor. Él se lo guisa y él se lo come. Un día se sentó o paseó o ambas cosas una detrás de otra, y pensó en relatos que ya tenía escritos y en otros que su cabeza había ido madurando. Ideó una puesta en escena y se puso a trabajar. Así fue construyendo una trama de personajes que son insertados con inteligencia en varios relatos, acostumbrando al lector a cierto tipo de ecosistema y a sus figurantes, quienes ocasionalmente tienen sus páginas de gloria. Se supone que todos los relatos van a tener de fondo el café, como bebida y/o como lugar, pero no es así, aspecto que se agradece. El autor va tocando palos, algunos actuales y otros universales: la guerra, la fama, el acoso, el amor, la pérdida de un ser querido, la demencia, el abandono, la vejez, el maltrato, el reencuentro... Incluso intercala breves relatos que, al modo cortazariano, dan vida a objetos y los organizan en sociedades con sus propias políticas y pautas de comportamiento. La variedad cromática es amplia, pero el estilo se mantiene y otorga una coherencia sólida más allá de ese patrón unificador que podría ser una cafetería pero que se revela como mera excusa.

Santiago G. Tirado, como a él le gusta firmar, ha leído mucha literatura en castellano del lado de allá. Yo, que he consumido menos que él, me atrevo a sumar a Onetti al ya mencionado Cortázar más juguetón —con los objetos y los seres inexistentes, pero también con ciertas sintaxis y gramática— como referencias estilísticas particulares. Además, tiene tendencia a embellecer las frases con toques cuasi aforísticos y un grado tal de asertividad que, en ocasiones, bordea lo castizo, aunque sin llegar a adentrarse en él ni, por fortuna, incurrir en el chovinismo lingüístico (si tal cosa existe).

Se trata, pues, de un buen escritor, dotado de una estupenda imaginación asentada en un imaginario eminentemente social, capaz de construir un atractivo relato sobre, por ejemplo, el abandono familiar basándose en un juego de desplazamientos de roles y liderazgo entre los trabajadores de una cafetería. O de describir el principio del fin de la vida mediante los pensamientos de un anciano perdido entre unas calles que hasta ayer mismo le eran conocidas.

Y ahora os voy a pedir

que no busquéis en las librerías estos dos títulos, pues perderíais el tiempo. Quizá en alguna biblioteca se haya colado un ejemplar, o posiblemente en las editoriales quede algún resto. Si queréis leerlos, buscaos la vida, y así le otorgáis un nuevo sentido epistemológico a vuestro devenir.

También veo justo avisaros que ambos autores son cuarentones; es decir, viejos o casi ancianos. Ello tiene el inconveniente de que su literatura es seria, madura y reflexiva además de, como he dicho, imaginativa. No vais a encontrar ahí facilities o commodities post-loquesea —aunque Tornay es la leche torciendo tramas y subtramas—. Como tampoco frasecillas sacadas de un taller de escritura recreativa —porque a G. Tirado no hace falta que le enseñe ni distraiga nadie—.

Bien. Ahora voy a ponerme a escribir sobre otro libro que terminé anteayer.

2 comentarios:

Gissel Escudero dijo...

Pues por lo que yo he visto/leído hasta ahora, el negocio editorial tiene que reformularse para que se vuelva rentable no sólo para los distribuidores. Hay prácticas editoriales que están simplemente obsoletas.

Aparte de eso, y después de haberle echado un vistazo a muchos libros autopublicados... pues qué quieres que te diga, yo sigo pensando que los editores son necesarios. De lo contrario, los lectores-escritores (como yo) o los lectores críticos nos sentimos en la obligación de coger un boli rojo y empezar a corregir las metidas de pata. Los autores amarán sus libros como si fueran hijos... pero tienen la mala costumbre de soltarlos al mundo bastante desaliñados. Y no me refiero sólo a la ortografía :-/

Santiago G. Tirado dijo...

Tomo nota de todo cuanto señalas. El texto es largo, y es necesario haberte seguido en otros muchos post para entender que lo que propones es un modo de edición ambicioso. Respetuoso con la obra pero también exigente. Provocador, por qué no. Me quedo con esa frase en la que haces diagnóstico del estado de la literatura actual en español para ponerla de muy bien a excelente. Queda por ver si el factor editorial es consecuente y se recupera la figura del editor a la antigua usanza. Ya hemos visto lo que ha ocurrido con el sector periodístico cuando el único parámetro de valoración ha sido el económico. Lo que fue El País, y en lo que va quedando, pongamos por caso.

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