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6 sept. 2011

Esperanto

Ésta es la última que me faltaba de Rodrigo Fresán, a cuya literatura me hice adicto en 2003, a raíz de la lectura de Jardines de Kensington. Dos años después, en un periódico local, escribí esto: “Mantra es difícil de localizar”, aunque yo ya la había leído tras encontrarla en una librería de viejo, un ejemplar en cuyo interior el antiguo propietario olvidó una postal de Acapulco. El resto lo fui adquiriendo conforme se presentaba, cabeceando no pocas veces cuando en los anaqueles de una librería de Freixas se pasaba a Fuentes, sin la debida pausa.

Sin embargo todo lector de Fresán que se precie sabe, a estas alturas, la dificultad que entraña rematar el afán coleccionista con un autor que no cesa de revisar su obra, supuestamente corrigiéndola y aumentándola en cada nueva edición. Hace poco discutía con un amigo acerca de Historia argentina, su primer libro y gran best-seller, que yo conocía de la mano de Tusquets y mi amigo gracias a Anagrama “en edición corregida y aumentada”. Por poco no nos retiramos el saludo porque, sí, ambos estábamos en lo cierto y, también en esta ocasión, Fresán había vestido el mismo muñeco con distintos trapos (la mía de Tusquets, anterior en fecha, también había sido corregida y aumentada). Rodrigo, eres un cabrón. Estás metido en un bucle del que no sabes o no quieres salir. Nos mareas con cambios de editorial, formato y edición. Esperas a que tus libros se agoten y entonces parezca como si nunca hubieran estado en circulación y ni siquiera tú existieses. Si no fuera por tu infatigable labor recensora, cualquiera diría que no eres sino producto de la imaginación de lectores enfermos, que eres un personaje no editado de Stanislaw Lem, que eres un tipo que lee a bordo de una colina móvil de Barcelona mientras alguna que otra hormiga anda allá abajo buscando tu anterior obra, agotada, descatalogada, olvidada o simplemente imaginaria. Pero tus libros existen. Lo sé porque los tengo en mi poder, aunque seguro que son segundas o ulteriores ediciones, corregidas y tal. Y los he leído con atención y creo que con devoción, Rodrigo, dándome cuenta de que, en la práctica, llevas escribiendo el mismo libro todos estos años, sólo que dosificando las entregas, demorando la conclusión, falseando todos esos momentos en que el lector coloca la palabra FIN al final de las páginas, justo antes del relleno, las adendas, los agradecimientos y la bibliografía.

Pero, Rodrigo, también eres, déjame que te lo diga, un gran escritor, de esos de los que pocos quedan en nuestra lengua vernácula. Con una historia digna de thriller cinematográfico, perfectamente acoplable antes de los títulos de crédito de una producción hollywoodiense, montas una recherche lisérgica en forma de novela troceada según los días de la semana. Y vuelves atrás, para así poder avanzar en una en el fondo desgraciadamente clásica historia argentina que tú revistes con tintes apocalípticos y actualizas al lenguaje contemporáneo. Que no es otro que el de la música, el éxito, la fama y la enfermedad. Y la muerte, el fin siempre postergado. Y, me olvidaba, El Amor (Redux). Tus fijaciones.

En aquel artículo que escribí para un desaparecido periódico local “digo fijación porque tanto en Jardines de Kensington como en su novela anterior, Mantra, Fresán basa el grueso de sus desarrollos en ambos conceptos: una particular recherche del protagonista que habla y habla sin parar, entretejiendo su propia historia con la de la trama aparente, frente a un oyente sin capacidad de interpelación: en el caso de Mantra porque ambos, emisor y receptor, están muertos, mientras que en Jardines de Kensington quien escucha es un niño actor maniatado y amordazado”. Esos conceptos a que aludo son la infancia y la muerte, “como si los estados (o tan sólo estado) intermedios se limitaran a una suerte de limbo entre los únicos momentos verdaderamente interesantes de la vida: la infancia por ser la época de los descubrimientos, en la que todo o casi todo lo que sucede, sea por la virtud magnificadora que el recuerdo otorga al pasado (a sus imágenes), sea por esa especial consciencia del tiempo anterior a uno mismo, de la cercanía al no-estar, se graba con especial firmeza en la mente, condicionando de manera irremediable lo que constituirá ese futuro que se vislumbra lejano; y la muerte, que en las dos novelas es anticipada, y por tanto recreada, por los protagonistas, quizá por ser también el momento en el cual nos despojamos de todo lo superfluo (pero no de los recuerdos infantiles), quedando así el ser genuino y no la amalgama de sucesos, dolor y aspectos prestados de los que se nutre la consistencia de la llamada edad adulta”.

Y me quedaba muy corto, naturalmente. Me dejaba atrás las canciones, a Dylan y a Los Beatles, a Kubrick, a HAL9000, a Vonnegut. De hecho estaba obviando el mundo referencial de Fresán, su Holyland particular y compartida con sus —no sé si muchos o escasos— lectores. Marginaba lo mejor de todo: sus epifanías, su pensamiento, sus imágenes.

Pero ¿de qué va Esperanto? Trata sobre un tipo al que nadie entiende. Un supuesto incomprendido traumatizado por una infancia teatral en la que no falta la madre malvada, el padre que se larga ni el tío benévolo y rico que se haga cargo del infante abandonado a su mala suerte. Campo abonado para lo que vendrá después: historia argentina en incómodos plazos, dos finales trágicos más un renacimiento económico y sentimental a modo de entremés, y una caída en el pozo de la incapacidad y el tormento, irresolubles de no mediar la correspondiente catarsis en forma de venganza. Todo eso y más, claro. Porque ninguna historia en manos de Fresán es lineal —debería aprenderse ya en los colegios: la vida no es una raya, solamente algunos encefalogramas lo son— ni el tiempo es lo que parece en condiciones normales, libres de literatura: en manos de Fresán el tiempo se dilata y las sensaciones se acumulan sin atropellarse, suspendidas unos centímetros sobre la página con el propósito de fecundar la imaginación ajena. De nuevo, pocos autores más en castellano dotados de esa forma de mirar.

Lo dejo aquí, en vuestras manos, aunque debo hacer una advertencia de esas que hacen poca o ninguna gracia a las partes implicadas en el Contrato Literario. Rodrigo Fresán es un autor literario puro. Eso que para los lectores diletantes, enemigos del riesgo y amigos de la simplicidad, suele suponer incomprensión y bostezos. Hoy día quedan muy pocos autores literarios puros por esa y otras razones (principalmente porque detrás del mostrador de la literatura, ya lo dije, se sienta cualquiera). Así que quienes recalen en este texto buscando apertura tras un régimen de aventurillas e inanidad canonizado por algún Dukan de las letras, les recomiendo que pasen de largo y vuelvan cuando se sepan capaces de apreciar y valorar en serio. Sí, daos un paseo y coged fuerzas, y no tengáis miedo a que, entretanto, el asunto prescriba o caduque: este tipo de literatura soporta las modas y las corrientes y hasta los tsunamis, no tiene edad y el paso del tiempo tan sólo las corrige, y las aumenta.

2 comentarios:

carlos maiques dijo...

Hola. Me quedo con ganas de saber qué te pareció El fondo del cielo, que a tu dealer JFFerré no llegó a entusiasmarle en comparación con otros libros anteriores. Si te da tiempo, que lo dudo, podrías hacer una sección, una especie de Suite 2001 Fresán. Sin duda, un autor lleno de ideas, como no dejan de surgir en sus prólogos (tengo un amigo que lo aborrece porque el entusiasmo no le hace ahorrar el "spoiler", y eso, ahora que lo pienso, da en la clave que apuntas sobre lo de autor literario puro)
Sigo leyendo materiales. Un saludo y hasta otra.

José Luis Amores dijo...

Efectivamente, difícil tendría enrollarme sobre un solo autor, aunque se trate de Fresán.

El fondo del cielo me pareció una fresaniada alucinógena de la que, no obstante, disfruté como un enano. Aunque creo que la novela se resiente de los cambios de humor y temática fundamental que experimentó a raíz de la indecisión de Fresán, que primero la tituló Tsunami, luego Pop y finalmente como la conocemos. Alguien que anuncia los títulos eventuales de sus novelas inacabadas se expone a que sus seguidores montemos estas teorías imaginarias y leamos con cierto grado de prejuicio o sugestión, llámalo como quieras. De todas formas, creo que sus lectores no buscamos tanto narración como materia suspendida en esos huecos que tan bien sabe rellenar con literatura de verdad.

Gracias por comentar.

Un abrazo.

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