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19 de sept. de 2011

Perros de porcelana

Venga, hoy voy a hablaros de una novela de suicidios en el entorno empresarial. De presiones, depresiones, adicciones, violaciones, locura y asesinatos en los bajos fondos de la esclavitud laboral. La intriga en la empresa vino a sustituir de manera fáctica los trapicheos en la Corte y los entornos aristocráticos. De alguna manera la democracia acabó también con el absolutismo en materia de historias interesantes. Las narraciones con personajes de sangre azul han quedado para ensuciar páginas de papel cuché o para ser declamadas en platós de televisión al servicio de audiencias masivas no-lectoras. Ahora, el poder narrativo que no elude la realidad está donde esté el dinero. Decía la propietaria de Ocaso Seguros refiriéndose a su vecina de enfrente: “En aquella acera están los títulos, y en esta el dinero”. Se le olvidó añadir que también la historia. Los relatos.

(Puedes saltarte este párrafo.) A poco más de veinte kilómetros de Sevilla hay una central de llamadas, o Call Center, propiedad de una Gran Empresa cuyos principales accionistas son el Banco de Santander y la aseguradora Génesis. Se trata de un edificio bajo, acristalado, próximo a un polígono industrial de cartón piedra. Uno sabe que está llegando al centro de llamadas porque a ambos lados de la carretera comarcal hay gran cantidad de vehículos aparcados de cualquier forma, sucios del polvo del desierto que se extiende en sendas márgenes. Son los coches de los empleados. Han sido denunciados cientos de veces a la guardia civil por vecinos enfadados y temerosos del peligro que representa todo ese trasiego de personas en plena vía interurbana. La dirección del centro pone a su disposición un aparcamiento gratuito en un solar anexo, también cubierto de tierra. El problema es que se tarda más en ir del extremo de ese improvisado parking hasta el puesto de trabajo que desde la cuneta. No se trata de pereza, o no solamente. También influye el sempiterno calor sevillano, que fácilmente alcanza temperaturas cercanas a los cincuenta grados y rara vez baja de los treinta y cinco en los meses centrales del año. Allí no hay quien viva y quizá por ello se decidiera construir el gran centro de llamadas en la zona. Lo mismo en Extremadura, o en Asturias. El desempleo masivo resultante de las reconversiones agrícolas, ganaderas y mineras devino alto nivel de docilidad de la población afectada, que se transmitió oral y gestualmente a hijos y nietos. Sin trabajo, sin futuro, y apegados a una tierra hostil. Quien puede y se atreve se marcha. Quien no, se jode.

Perros de porcelana es una novela escrita por Marin Ledun, francés de treinta y seis años doctor en Comunicación, novelista y ensayista. Para desarrollar con éxito según qué tramas no puedes ser más viejo, so pena de resultar sospechoso de fabulación desmesurada (“Tú no has podido vivir eso, tío”) o de torcer en exceso la realidad. Aunque Ledun parece haber habitado un par de vidas, habida cuenta de la presteza con que maneja caracteres de mediana edad, absolutamente quemados profesional y vitalmente. Su trama se desarrolla en un centro de llamadas de Valence, a 200 kilómetros al norte de la idílica Aix-en-Provence. En aquel centro de trabajo ha habido intentos de suicidio, palizas, suicidios efectivos y hasta un asesinato. Todo por cuestiones laborales. La narradora es médico de empresa, desquiciada por la presión a que se ve sometida en un entorno en rápida desintegración; todos sus pacientes trabajadores del centro aquejados de estrés, depresiones y tendencias suicidas.

La novela, en clave de thriller policíaco-laboral, es reflejo de una situación auténtica desarrollada en el seno de la multinacional France Telecom, más conocida como Orange (su key brand). Hace un par de años se hablaba en los medios de comunicación de la “ola de suicidios” en France Telecom. El ambiente se caldeó hasta tal punto que Nicolas Sarkozy se vio obligado a tomar cartas en el asunto. Causas de las tragedias: la presión por los beneficios, que dictaba reducción de costes en forma de políticas de traslados, degradaciones de puestos, tareas imposibles, despidos y mobbing. También: la negativa de los empleados a abandonar la empresa y buscar otro trabajo. Preferir explotar antes que claudicar. Niveles de resistencia llevados al límite de lo que, en cada caso, los afectados consideraban soportable. Otras causas: la dificultad de cambiar un estilo de vida acomodado, la inanidad residente en el concepto carrera profesional, la envidia de las situaciones ajenas, el efecto placebo de la química farmacéutica sobre los síntomas y su incapacidad para enderezar caminos torcidos. También: un ecosistema global sin fronteras, en el que los beneficios obtenidos en el exterior superan a los internos. Apertura de mercados. Disminución de la dependencia de una única fuente de ingresos. Internacionalización. Competencia creciente, guerra sin cuartel en el cóctel de precios y productos. Disponibilidad de mano de obra barata en países con escasa regulación laboral. Deslocalización. Sobreabundancia de manos sobre manos en origen.

(Este también es prescindible.) Una mañana de invierno di un paseo desde el Ayuntamiento de Cuenca hasta un puente elevado sobre un tajo de gran altura. Iba con un concejal y hacía un frío insoportable. Tratábamos problemas relacionados con el municipio. Allí arriba el hombre me dijo que en Cuenca el índice de suicidios era el más alto de toda España. Y que la fórmula preferida por los desesperados era arrojarse desde donde estábamos. Según él la ausencia de expectativas, unida a un clima extremo y una carencia estructural de diversiones provocaban las ganas anticipadas de irse al otro barrio. Acto seguido el concejal, que también era político en la Diputación, me ofreció un puesto directivo “cómodo y bien pagado”. Mentí cuando le prometí que me lo pensaría. Desde entonces tomé por costumbre la consulta esporádica de los índices de suicidios según el Instituto Nacional de Estadística. En 2009, último año publicado, un hombre se suicidó en Cuenca, mientras que en Málaga fueron 63 quienes se quitaron la vida, la cifra más alta del país, por encima de Madrid (31) y Barcelona (28). Pero si la consulta se hace a nivel provincial, Barcelona ostenta el récord con 294 muertes autoinfligidas, 13 más que en 2008: 21 por envenenamiento, 3 ahorcados, 141 que se arrojaron al mar, lago, embalse, río o pozo, 8 que se pegaron un tiro, 5 que saltaron por los aires, 4 que se abrieron las venas, 95 que se estrellaron con su coche o que se tiraron delante de un vehículo, y 2 que se mataron de tan mala manera que no hay forma de clasificar su muerte. 220 eran hombres y 74, mujeres. No me fui a vivir a Cuenca pero la situación no era tan mala como la pintó aquel hombre. Quería irme a vivir a Barcelona, pero ahora me lo estoy pensando.

Cuenta Ledun cómo los franceses son perfectamente capaces de quitarse la vida por motivos laborales. Ellos, como muchos de nosotros, se han percatado de que el estado de bienestar tiene, como los contratos de trabajo, duración determinada. ¿Y luego qué? ¿Resignarse a vivir con menos, o simplemente vivir menos? Las presiones, pero sobre todo la frustración, pueden hacer de una vida un infierno. La protagonista, Carole Matthieu, sufre por ambos motivos: presión desde abajo, en la consulta, al comprobar a diario cómo sus pacientes, los empleados de la empresa, se van desintegrando; y frustración por no poder influir en la política de la compañía que los aboca a tal estado. Además, el elemento familiar —una hija emancipada, un divorcio— viene a poner la guinda privada al cóctel de fracasos profesionales. Y todo esto ¿para qué? Planteamiento de cajón que se hace Carole en la página 372 (este no te lo saltes porque es genial): “Me digo que hubiera podido actuar de otro modo. Como mis pacientes, hubiese podido beber durante mese para ya no volver a despertarme. Hubiese podido doblar el espinazo y sufrir en silencio, para despertarme una buena mañana, con una cuerda en la mano, al pie de un árbol o de una viga. Tirarme bajo un tren o rezar en una iglesia, todas las mañanas, antes de ir al trabajo. Pasear por los centros comerciales y atiborrarme de productos y placeres ilusorios a precio rebajado. Hacer equilibrio entre las bajas por enfermedad, los fines de semana de talasoterapia y las fiestas familiares. Ponerme a hacer deporte, correr, nadar, escalar, recorrer el Vercors en bicicleta, disfrutar de las alegrías del barranquismo y de las bajadas en rapel, hacer yoga, hacer senderismo en el sur de Marruecos, iniciarme en la vela o el remo. Hacer como todos los médicos del trabajo, especializarme, cerrar los ojos, ir al trabajo, oír sin escuchar, hacer la lista de los síntomas pero nunca sacar conclusiones, esperar la pensión, tranquilamente. Casarme una segunda vez, abonarme a Le Figaro, a París-Match y a una revista de decoración de interiores. Tener más niños. Comprar una casa de campo. Construir una piscina. Planificar mis vacaciones con un año de antelación y coleccionar ‘cheques-vacaciones’. Registrarme en las llamadas redes sociales y contar mi vida a desconocidos que viven en la otra punta del planeta. Tener un amante o dos, quizá. Intentar acostarme con una mujer, para probar. Dejar de leer la prensa, salvo las páginas económicas y los artículos médicos. Vivir. Balar. Ladrar. Relinchar. Consumir. Por la noche, después del trabajo, plantarme delante de la tele, acariciando con la palma de la mano la cabeza de mi perro o la polla de mi marido. Nada más que eso, y nada menos. Justo lo que hace falta para que el tiempo pase y tener paciencia hasta que llegue la crisis cardíaca o el cáncer de mama”.

Con mimbres como los sucesos en Orange y el conocimiento de las circunstancias alienantes de una central de llamadas, Chuck Palahniuk escribiría una novela que se colocaría rápidamente en los primeros puestos de ventas literarias de su país. Marin Ledun, con esos mismos ingredientes y un estilo deudor a Palahniuk, no se lo pensó dos veces, se puso manos a la obra y ahora está nominado a cuatro premios literarios importantes. Con un casi perfecto dominio de esas cualidades que el lector no se para a detectar, pero que cuando hablamos de una buena novela están ahí —tempo narrativo, tensión, caracteres bien delineados, gambitos estratégicamente situados, etc.—, Ledun construye la posible crónica interna de cualquiera de nuestros Call Centers diseminados a lo largo y ancho de la piel que habitamos, este país donde la brutalidad es incluso terminológica. Tal es así que no se nos ha infligido la traducción fiel del título francés: Rostros aplastados. Quizá porque se tema que España, “campeona del low-cost” según cierto sector galo, esté tan al límite de sus fuerzas que estadísticas como la referida puedan verse geométricamente superadas a poco que se acicatee a sus potenciales integrantes, aunque sólo sea verbalmente, con un simple eslogan literario.

6 comentarios:

Carlos González Peón dijo...

Ummm, suena muy bien. Acabo de pedirla. (Es la décima desiderata de hoy. Me van a mandar a la mierda.)

Abrazos,

José Luis Amores dijo...

Para evitarlo, podrías anular las de autores españoles. Así te ahorras el bochorno bibliotecario y la paliza de leerlos.

Abrazo.

Carlos González Peón dijo...

Jajajajaja! y luego me llaman cabrón a mí...

Españoles sólo hay dos: Vila-Matas y Olmos. No está mal: 2 de 10. Curiosamente mi biblioteca es bastante reacia a gastarse los cuartos en lo que no es nacional y se sale un poco de lo común por lo que supongo que este me va a costar.

Abrazo,

Pilar dijo...

Yo he seguido los pasos de tu amigo. Hice la desiderata ayer. A mí me ocurre algo curioso, y mucho me temo que esta vez ocurrirá de nuevo: Los libros que pido a la biblioteca son los que me gustaría conservar. Y los que me compro, muchas veces no. Pero voy aprendiendo.

José Luis Amores dijo...

Este te va a gustar. Toca fibras sensibles además de estar muy bien escrito.

Respecto de la biblioteca te voy a contar un secretillo. Soy lector empedernido de Obras Completas, volúmenes cojonudos, bien encuadernados, mastodónticos y carísimos. Los voy cogiendo y leo una novela cada vez. Pero llega el momento de la devolución y, si quiero seguir en la brecha, no hay más remedio que cumplir, da igual si he terminado la novela en cuestión o no. Una lástima interrumpir la lectura así, ¿verdad?

Pero hete aquí que me hago amigo de la Directora de la Biblioteca, quizá porque sea casi el único usuario... Es broma. La mujer me dijo que los datos de los lectores, como por ejemplo, los títulos leídos por cada lector, no son accesibles para nadie, ni para ellos mismos. Entonces hice la prueba: devolví las Obras Completas de Vargas Llosa a las 16:35, curioseé diez minutos, y a las 16:45 las volví a sacar. Lo que quiere decir que, virtualmente, la biblioteca entera es mía, aunque sea en un régimen, digamos, de "propiedad condicional".

Pilar dijo...

Esa "propiedad condicional" me convence. Más me vale, porque casi no tengo sitio en casa ya. Además, tengo la suerte de que en la biblioteca que frecuento sólo tienen lista de espera las últimas novedades y sin son bestsellers más.
Ese truco del que hablas tengo que probarlo, je.

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