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9 sept 2010

Alba Cromm

Hace algunos muchos años yo era asiduo de la revista Heavy Metal sin estar abonado a ella. De hecho, la música que suelo escuchar en el coche está casi restringida a dos docenas de cedés de los que más de la mitad pertenece a ese ámbito del ruido y los gritos. En mi reproductor de mp3 hay clásica y chillidos a partes iguales. Uno es de una forma pero los demás lo ven de otra totalmente diferente. Lo que quiere decir que las clasificaciones nunca nos hacen justicia. En realidad, somos mucho más bestias de lo que parecemos.

En un número de aquella revista leí una crítica de un concierto de Steve Vai. Esa noche Vai tocaba acompañado al teclado por Tony McAlpine. Como todo el mundo sabe, Steve Vai es el guitarrista más rápido del mundo, pues es capaz de meter seis notas diferentes en un segundo; y McAlpine hace lo propio con las teclas de cualquier cosa que las lleve e incluso con las cuerdas de una guitarra. El cronista decía que, en un momento dado, Vai le hizo una señal convenida a McAlpine y éste comenzó un solo virtuoso, sin más relación con el tema que el gesto de su compañero. Un solo que se alargó tanto como los de John Lord en The Mule, de Deep Purple. Virtuosismo metido con calzador para dar descanso a Steve, pero también para demostrar a la audiencia lo bien que Tony sabe tocar. Lo que nadie comprendió es que aquella noche Vai y McAlpine fabricaron una versión metálica de lo que los catetos llaman pastiche.

Sobre esta sinrazón, este no venir a cuento del exhibicionismo de capacidades, escribe también David Foster Wallace en La niña del pelo raro. Utiliza para ello un símil tomado de la infancia: una niña que va en bicicleta e intenta llamar la atención de su madre con un “¡Mira, mamá, sin manos!”. La referencia es, por supuesto, irónica, pues él mismo no desperdicia ocasión alguna para hacer lo propio. Lo que hay que agradecerle pues, como una vez dijo una amiga, “me da igual de qué se escriba, con tal de que esté bien escrito”. Se refería a magníficamente escrito.

La literatura de Vicente Luis Mora participa de estas desviaciones. Temática, estilística y estructuralmente. Javier Calvo ha dicho hace poco que los libros de Vicente Luis Mora son eso: libros de Vicente Luis Mora. Reconocibles por su disimilitud con el precedente, pero también valientes por su cambio de registro. Por su permuta entre instrumentos. Porque, como Tony McAlpine en su alternancia instrumental, en uno explora las relaciones entre espacios, arquitectura y literatura (Pasadizos), en otro reúne relatos cuya condición común es el encerramiento (Subterráneos), en el de al lado realiza un recorrido por el presente narrativo español (La luz nueva), y en el precedente examina las circunstancias tecnológicas y sociales que están propiciando la proliferación de formas y formatos literarios distintos (Pangea). Uno puede pensar que Mora se aburre de temáticas y morfologías y va probándolas, sobándolas hasta cansarse de ellas para pasar a otras diferentes, más avanzadas. O más seculares, pero revistiéndolas con la pátina de lo post, de lo after, de lo afterpost. Así, por ejemplo, el final de Pangea es revelador, pues prefigura lo que podrá venir a continuación: la consolidación de su faceta de pensador, de filósofo cultural.

Sin embargo, Mora hace un “¡Mira, mamá, sin manos!”, que bien podría ser como tomarse un kit-kat bocabajo, y coloca en los escaparates de las librerías Alba Cromm, justo al lado de El oficinista de Saccomanno. Una novelita fácil. Una novelita lumpen. Novelita porque es corta. Fácil porque en ella Vicente huye, excepto en contadas ocasiones, del estilismo retórico con que obligamos a nuestras neuronas a hacer gimnasia. Lumpen porque la temática principal es la caza del delincuente. Fácil porque su lectura es ideal para macizas desbordantes en bikini. Lo que quiere decir que es apta para todos los públicos. Para todos lo lectores. Propia para que todo aquel que lea se introduzca en una forma de hacer literatura que va mutando de obra en obra. Porque Mora ha simplificado el discurso, despojándolo de casi toda superfluidad, hasta dejarlo en su razón de ser más elemental: contar una historia. Una historia cuyo hilo narrativo logra despertar tensión hasta en el lector más desconfiado por experimentado y, por desgracia, viciado

Me imagino a ese lector pensando, al comprobar la existencia de Alba Cromm en Novedades: ¡Coño, una novela de Vicente Luis Mora! Un lector que no lee best-sellers. Que ni siquiera los ve, pues su sentido visual ha sido entrenado para aislar los productos literarios de sus sucedáneos. Pero, además, ese lector es como el crítico de la película Ratatouille: está tan de vuelta de la literatura que acude a valorar las nuevas obras de escritores jóvenes cargado de sacos de escepticismo. Como él ya es viejo, o como él no ha sido capaz de emular las proezas de sus héroes secretos, sus prejuicios sobre la brevedad de las biografías de los demás no le dejan apreciar, en primera instancia, el valor intrínseco de determinadas tintas frescas. Sin embargo, compra el libro. En la caja de la librería responde a las preguntas de la dependienta con monosílabos que son murmullos esquivos. Y llega a su casa y comienza la lectura de la historia.

Esa historia va de una mujer policía que se dedica a perseguir delincuentes sexuales. Más concretamente, pederastas. Esa mujer, Alba Cromm, en tanto que personaje de novela, tiene un pasado que no cabe desvelar aquí. Aunque sí es pertinente decir que ese pasado condiciona su comportamiento social e incluso profesional. La policía tiene una amiga psicóloga. También hace migas con un periodista que está elaborando un reportaje sobre la pederastia. Hay acontecimientos que, por evidentes, se ven venir, y otros no tanto o —si el lector tiene a bien abandonarse a la lectura y dejar de estar tan tieso y envarado, siempre a la caza y acecho del error, de la metedura de pata aunque sólo se trate de un burdo anacronismo (porque además no los encontrará, por más que se empeñe)— en realidad nada: son pura sorpresa cuyo objetivo es el respingo, sea éste mero arqueamiento de cejas o puro erizamiento del vello de la nuca. Con todo, a nuestro lector lo primero que le llama la atención —y lo primero que mentalmente apunta como nota negativa basada en su oposición a la estética programática— es el formato estructural de la novela. Porque no se trata de una novela, sino de una revista. Una revista para hombres machistas: Upman. Y además futurista en la corta distancia: 2017 o algún año más. Nuestro lector piensa entonces en la ironía que supone proyectar un futuro tan cercano. Por un lado, Mora no arriesga demasiado, excepto en una circunstancia que ya se comprobará, al imaginar posibles evoluciones del estado actual de la cosa social. Por otro, da por sentada una inminente ruptura del matriarcado que ontológicamente corresponde, pero al que el gran péndulo se está demorando en llegar. La inversión se da, en efecto, con una violencia superficial esperpéntica. Que se dedica a poner de manifiesto aspectos de la estética y modos de vida de los macho-men aparentemente ya superados. Pero que Mora piensa que no lo están. Que persisten aletargados en el subconsciente masculino. Tras pensarlo un rato, nuestro lector considera que quizá Mora lleve razón en esto. Y prosigue la lectura. Ya menos desdeñoso, Ahora pensando que quizá Vicente Luis Mola.

Lo siguiente que encuentra, una vez avanzado el número de páginas, es el preaviso de una mutación del último relato de Subterráneos. Una máquina que piensa y habla, conectada a todas las demás máquinas del mundo. Un centinela informático cuyo cometido es proteger la entrada a la caja de Pandora de un Richard Branson mesmerizado. Y, por consiguiente, una evidente tentación para todo hacker que se precie (y hay uno, el hacker, que se llama Nemo: como el pececillo de colores de la aleta lisiada; como el capitán del Nautilus). Pero también anuncios publicitarios —recuérdese que estamos dentro de una revista— cargados de ironía, alguna que otra reflexión filosófica —recuérdese que estamos ante una novela de Vicente Luis Mora—, y una continua especulación subyacente sobre el sentido final de la última frase del primer párrafo de este texto —recuérdese que un texto sobre otro texto de Vicente Luis Mora no tiene más remedio que ser circular, aunque intente escapar de esa circularidad siquiera sea mediante algún tipo de radialidad—: en realidad, somos mucho más bestias de lo que parecemos.

El lector se salta la cena. La novela no es larga, pero lo obliga a conectarse a Internet para consultar algunos blogs. No es la primera vez que esto se hace, piensa. Seguramente Vicente se habrá inspirado en aquel experimento de J.J. Abrams en Wired. Ahora va entendiendo bastante mejor los conceptos desarrollados en Pangea: Vicente ha vomitado en Alba Cromm su visión personal de la sociedad en que ha sido insertado: machismo larvado, proliferación de desviaciones sexuales que atentan contra la alteridad, efectos secundarios de las guerras recientes, desconfianza como barrera relacional, tensión moral, violencia sistémica que fomenta la implosión de conductas aberrantes sin más causalidad que la existencia de alrededores, desbordamiento de los medios de expresión fuera de su entorno natural: blogs, chats, crónicas periodísticas, entrevistas, grabaciones, vídeos: meta-hipertextualidad.

Sin darse cuenta, el lector ha terminado la novela. Se queda un buen rato pensando. Le viene a las cejas la palabra pastiche. Pero la descarta porque hace tiempo que se depila el entrecejo. Igualmente desecha los términos polifónica, coral, trhiller, género, nocilla y mutante. Escarba en sus lecturas y advierte que las referencias explícitas a Slavoj Zizek no son gratuitas. Qué decir entonces de las de Sloterdijk. Son la segunda muestra incontestable de la honradez del autor. La primera es la elección de la temática y la delicadeza en su tratamiento. Pues Mora podría haberse puesto morado escribiendo escenas snuff. Regodeándose en ellas, como los malos imitadores de Bret Easton Ellis. Pero no lo hace. Le basta hacer decir a sus personajes que lloran después de verlas. No las narra. Para qué. Y para colmo, le repugna admitirlo, la novela le ha enganchado; vaya verbo más desagradable para ir asociado a la literatura; sobre todo si esa literatura, en uno de sus niveles, denuncia la práctica del vicio. Del estar enganchados.

Por todo ello ese lector, ahora, piensa como quien esto escribe: Alba Cromm Mola. Vicente Luis Mora Mola.

2 ago 2010

Vicente Luis Mora

Culebrón Nocilla (capítulo DOS)

Hay desde no hace mucho una interesante —y dura— serie de conclusiones metaempíricas sobre el analfabetismo digital relacionado con la edad de los sujetos. Quienes nacieron después de 1990 han crecido y, por lo tanto, vivido inmersos en la cultura digital. Para ellos las, así llamadas en los rancios círculos administrativos, nuevas tecnologías son lo que la luz eléctrica para el común de los mortales: algo cuyos perfectos uso y conocimiento se da por descontado; algo cuya presencia no puede ni podrá obviarse en su vida diaria. Como la televisión, o cultura de la imagen, para los nacidos después de 1960 —la reflexión está tomada del sujeto objeto de esta nota—. Para estos jóvenes de ahora, como para los de entonces la televisión, la cultura tecnológica es una condición ambiental más con la que tienen que convivir. Respiran bytes como quien escribe estas líneas esnifaba capítulos televisivos. Y para quienes nacimos antes de esa década novecentista la disyuntiva es brutalmente binaria: o te alfabetizas tecnológicamente y aceptas zambullirte —con todas las consecuencias— en ese nuevo magma aparentemente irreal, o desapareces para el mundo, náufrago de una realidad social que te repele a ti, no tú a ella. Esta bifurcación sociológica tiene un interesante aunque, a mi entender, parco desarrollo en la novela Cero absoluto, de Javier Fernández, otro cubito, otro nocilla.

Vicente Luis Mora (en adelante VLM) comprendió hace años este cambio ontológico, esta acumulación, quizá como ningún otro literato joven en España. Existes en la medida en que Google devuelve resultados indexados y asociados a tu nombre. Eres siempre y cuando tu identidad sea reconocida por un buscador sin necesidad de entrecomillarte. Comentas y te comentan, floreces en referencias y enlaces, en tu nombre germinan filas y columnas e imágenes y hasta sonido y movimiento. Qué mejor antología, pues, que esta nueva madre de todas las antologías. Así, VLM comenzó una vía de proselitismo literario en uno de los innumerables canales de esa realidad escrita de hoy en día que son los blogs. O la blogosphere (término acuñado en 1999 como una broma que devendría infinita). Su Diario de Lecturas —al que estoy abonado— fue convirtiéndose poco a poco en el medio de referencia para debatir el que quizá sea el cambio literario más importante en nuestro país desde la irrupción en escena de aquellos poetas del 27 —permitidme que me permita alguna que otra exageración—. Sin embargo, y esto es lo maravilloso de los blogs, la mejor de sus potencialidades, VLM parece surgir como un espontáneo. En efecto, al no brotar bendecido por premio importante alguno —quiero decir en el imaginario colectivo: un Planeta, un Primavera, un Herralde; algo de dinero o de relumbrón—, ni estar apadrinado o ungido por un mecenas reconocido —ABC, El País, El Mundo, como periódicos o en sus suplementos— lo suyo es una autopresentación en la sociedad de masas —antes ya se le conocía en cenáculos literarios, más o menos al alcance de cualquiera pero lejos, sin embargo, del gran público, tanto por distribución como por forma y contenido—. Un buen día aparca un rato los libros y, quizá harto de que la literatura que pondera sólo obtenga espacios marginales en los canales tradicionales, decide crear un tubo (tube) propio, exclusivo y, no en la forma pero sí en el fondo, diferente; seamos justos, seamos rancios, y digamos que, también, novedoso.

Recuerdo que desemboqué en su blog buscando semejantes que pusieran a parir la novela Doctor Pasavento, de Vila-Matas. Vicente lo hacía, como García Viñó con Javier Marías o con Antonio Muñoz Molina: punto por punto, concienzudamente pero sin atender a los aspectos infantiles e insustanciales manoseados por el crítico de la Fiera Literaria contra Marías, centrándose en cambio en la ausencia de mensaje y repetición temática ad nauseam de EVM. Coincidía con VLM en sus apreciaciones, algo para celebrar. Pero lo que él no supo o no quiso reconocer en aquel post, ni en primera instancia tampoco yo, es la labor didáctica emprendida, no sé si como objetivo principal o secundario, por Vila-Matas en el terreno literario. A estos efectos, la misma que Vicente lleva ejerciendo desde que conozco su blog aunque con otros autores y otros escenarios. Una didáctica que en el caso de Vila-Matas persigue (entre otros fines) una ósmosis con las decenas de personajes apropiados en sus textos, pero que en el de VLM se trata de una vindicación de la autenticidad novedosa de un grupo de autores (poetas, pensadores, narradores) cuya mugre es arrinconada con, quizá, los mismos mimbres retóricos con que la crítica ortodoxa enlució, enluce y no sabemos si enlucirá las múltiples prosas repetitivas que, a modo de novedosas obras, se presentan semanalmente como revelaciones y obras maestras en nuestro sombrío panorama literario español.

Voy a explicarme mejor. Vicente inaugura su blog en mayo de 2005 con una entrada en la que da a conocer sus naturales desviaciones, compartidas por quien así las califica ahora. A saber: la literatura posmoderna, mediante una reseña de una novela de 1963 de Leonardo Sciascia, raíz de la mucho más conocida de Italo Calvino Si una noche de invierno un viajero; la valoración y análisis de una obra poética de César Antonio Molina; y dos ensayos que disertan sobre los cambios ontológicos que nuestra sociedad afronta y experimenta y, en mayor o menor medida, sufre. Al final ofrece un breve semblante suyo en el que informa de edad, lugar de nacimiento, condición profesional actual, méritos públicos y acción cultural más significativa. Tiene esta reseña un único comentario: saludos vicente ! (sic). Hay que seguir siendo justos y aclarar que Vicente informa de su condición de crítico en revistas literarias de amplia distribución (los cenáculos). Es decir, se trata de un tipo, al menos en teoría —es decir, sobre el papel—, conocido en ciertos círculos y que presenta, analiza, da su opinión sobre obras literarias de unos determinados tipos y condición. Vicente define y delimita su mundo literario, el que le interesa, casi desde el principio de su vida pública —alguna excepción hay—. Sin embargo el feedback es escaso. Sólo el paso del tiempo, el asentamiento temático de sus artículos y, por supuesto, su voluntarismo van convirtiéndole en figura reconocida en Internet, en referente para un sector de la cultura española incómodo con la masiva aquiescencia general con los intereses editoriales mayoritarios. Es decir, VLM consigue —además de otros logros beneficiosos para sí mismo, de lo que debemos y queremos alegrarnos— atraer al entorno de su dialéctica (o ética, o poética, como él dice) a ese pequeño sector de lectores, críticos y escritores representantes de una parte de la vanguardia literaria española que se ve normalmente empequeñecido por el acaparamiento focal de diferentes grados de vulgaridad comúnmente tolerada, aceptada y consumida.

El tono de VLM es, desde esos primeros momentos, intelectual, erudito, mayestático en ocasiones —me refiero al uso ocasional de la primera persona del plural, como hacía aquel Luis, rey de Francia—, mordaz e hiriente cuando denosta, soberbio en su expreso desdeñamiento de quienes mejor ni hablar (innombrables por tan nombrados, ahora ninguneados), doblemente locuaz y asertivo cuando realiza las apologéticas de sus espacios electos y autores predilectos —algunos de los cuales, como errabundos cubitos, se van añadiendo a la pasta cremosa y marronácea que aún está por florecer—. Es decir, si despojamos su prosa crítica de su fondo, nos quedamos con lo de siempre. Lo cual sería improcedente y caprichoso porque así desvirtuamos la receta: el principal logro de VLM ha sido, hasta el momento, y mediante la poderosa combinación de talento y contenido, hacer converger en su blog, no sólo a sus reconocidos acólitos ganados a pulso y letra, sino a todo un conjunto de lectores insatisfechos con el orden natural y secular de las cosas que buscaban, ahora sí, una Luz Nueva. La didáctica de VLM es por tanto, como la de Vila-Matas, incontrovertible. Caminos y figuras disímiles, desde luego. Comparación, en cierto modo, antitética, también. Pero su relativo éxito hasta el momento no se debe —no solamente— a la adoración de ese pequeño sector de la cosa literaria o cultural que actúa simbióticamente con él mismo. VLM, aun imbuido en un mecanismo de relojería en apariencia estanco, dejó, siquiera por la mera apertura y gratuidad del medio elegido, una puerta abierta a la entrada de otros jadeos; o mejor sería decir al más puro y elemental voyeurismo, callado y ramplón, de quienes, no teniendo nada que decir o no atreviéndose a ello, han ido convirtiendo al objeto de sus miradas (los posts de Diario de Lecturas) en el sujeto autor de los mismos; han ido creando al VLM que, hoy por hoy, consta en el imaginario colectivo del lector de blogs o noticiarios sobre literatura. La paradoja es que, aun abierto al diálogo con cualquiera que lo inquiera, apetezca o necesite, lo engrandecen quienes con él no hablan pero de él hablan.

Encontramos, así, otra diferencia más frente a la didáctica de autores como Vila-Matas: Vicente tiene la posibilidad diaria de dialogar con sus lectores, y la exprime. El medio potencia el acercamiento. Ya no es necesario esperar a una charla, una conferencia o una mesa redonda para poder uno asignarse un rol varios grados por encima del de lector llano y esclavizado por la clásica dictadura del negocio editorial. El blog arrima al autor a su texto por medio de los feedbacks y los comentarios. No hay intermediación de editores, imprentas, distribuidores y librerías. El autor es por primera vez parte indisoluble de su obra y, como el antiguo Peter Gabriel en sus conciertos, se lanza al público pero no de espaldas sino de frente; expone su jeta para que incluso se le pueda dar de hostias. El propio Vicente ha admitido en su blog el temor que le inspiran los venideros comentarios de cierto grupo de lectores asiduos cuando está redactando un post. Es decir, este tipo de literatura que él hace está verdaderamente influida por la imagen que sabe —no piensa que sabe, sino que positivamente conoce— que sus lectores (los que dan la cara) tienen de él en sus mentes por mediación de sus escritos. Ejerce su literatura, que practica tal y como adjetivaron a las críticas de Sebald: literatura sobre literatura; la ejerce, decía, como una verdadera escritura sobre la marcha (work in progress cabría decir) en su comentarios y aclaraciones a los comentarios de sus lectores. VLM se asoma a la entrada de la caverna, hace allí un dibujo en la cara externa de la roca, los lobos de afuera la ven, la olfatean y lamen, todos a la vez pero sin verse entre ellos mientras lo hacen, como si estuvieran —lo están— en dimensiones distintas; algunos de esos lobos en realidad son corderos, otros están mudos, pero un grupo de ellos, sin ser manada, deja allí sus propios dibujos, sus secreciones, y VLM sale de nuevo, a ratos, algunas veces con temor, pero siempre agradecido (actitud sabia), para responderlas y comentarlas, en muchas ocasiones, otra vez, con nuevos dibujos que van superponiéndose al original, perfilándolo pero, eso creo, nunca emborronándolo.

Hay entonces un VLM crítico, conocido en su principal medio de difusión o diseminación (la red), polémico por sus enfoques, apreciado por eso mismo. Si bien no faltan quienes lo califiquen de intruso. Aunque le achaquen una falta de base, de estudios (Vicente es jurista), aunque lo tilden de academicista diletante, a éstos les mueve, probablemente y envidias aparte, el convencimiento consolador de que las maneras y temática de VLM son impostadas, forzadas y espurias. Piensan que sólo pretende llamar la atención en beneficio propio y de sus acólitos y compañeros de fatigas —cuyos futuros éxitos seguramente sabrán retribuir el empujón que en su momento supo darles VLM—. Es en esto último en lo que en algún caso acierten, pero ello no puede ser considerado demérito de la obra de Vicente: son cosas de la amistad, que en ocasiones (seguro pocas en VLM) nos nubla el juicio. Su criticismo en los no pocos momentos en que se enfrenta a la obra de un amigo sigue siendo riguroso, sin la vergonzante apariencia de devolución de posibles débitos. Un ejemplo: Vicente, en su blog, tira de las orejas al cubito Agustín por no haber leído El imitador de voces, de Thomas Bernhard, cuya estructura, dice —pero yo creo que su analogía en este caso es aleatoria, hay muchos más casos, bastante más claros, que podría haber puesto—, es similar a la de Nocilla Dream; y como se trata de quien se trata, pone un ejemplo de sí mismo, de caída en idéntico desliz con un relato propio, similar en su tratamiento a uno de Cortázar que admite no haber leído. O sea, no se arredra, pero se justifica mejor ante su amigo con una mínima dosis de autoflagelación. Y tanta importancia le da al suceso como para duplicar la existencia escrita del mismo mediante su inclusión en su libro La luz nueva, del que hablaremos un poco más adelante.

Existe, pues, admitámoslo, una marca V&L&M en la crítica literaria de nuestro país, centrada en la creación, mediante su discusión, de un espacio narrativo distinto, en la refundación de una post-narrativa de principios de siglo que, absorbiendo materiales anteriores (reciclaje de textos) y mezclando mundos paralelos al de lo puramente escrito entre las tapas de un libro (narrativa audiovisual, periodística, publicitaria, los propios idiomas y recursos de la red…), recoge —o no, no terminan de aclararse del todo las cosas— el testigo del posmodernismo y continúa hacia delante, hacia ese allá que, quién sabe, quizá nos devuelva al punto de partida, convertido ya en camposanto o en su reflejo.

Una única cosa le afearía yo a VLM en este sentido, el de su crítica. Estamos de acuerdo en que, como dice Germán Sierra en su novela Intente usar otras palabras, “de lo que no se habla no existe”. Es por ello por lo que, por encima de la forma, lo valuable en los posts de VLM sea el acercamiento explícito de otras (nuevas) literaturas —aunque también hay que reconocer que, sin esa forma, ese acercamiento no se hubiera producido con tal éxito entre determinadas calañas pues, parafraseando a Gombrowicz, somos esclavos de la forma; primero reconocemos el valor estético y después puede, quizás, a lo mejor, quién sabe, nos detengamos a examinar el ético—. Sin embargo, cómo decirlo, esa didáctica podría ser mejor puesta en valor despojándola, aun con el dolor que ello implica, de unas cuantas capas de forma que acaban escondiendo el fondo para el común de los lectores, oscureciendo el mensaje que Vicente, en su empeño por darlo al conocer al mundo vestido con lo que considera las mejores galas posibles, termina arrinconando por culpa del uso abusivo de las enemigas más acérrimas de todo esfuerzo didáctico: la dialéctica y la retórica. Este aspecto y su densidad lo igualan, en sus esfuerzos, a las oscuridades reinantes en los mundos seculares de los más rancios analistas. Digamos que su belleza lo estropea, mata a quien no la soporta por no entenderla —o porque no le dé la gana de esforzarse para entenderla—. Sin saberlo VLM, acaso sospechándolo, estos años en que ha estado predicando ante un grupúsculo literario que se ha ido ensanchando poco a poco, también ha habido unas cuantas abejas que han ido libando sus textos para fecundar otros campos, otras flores en las que germinarían nuevos lectores de las propuestas por él recogidas (acogidas). Esta intermediación es la que verdaderamente ha subido su cotización, no como crítico, sino como descubridor en sus reseñas de alternativas literarias a los facsímiles dominantes. Digo que no como crítico porque en la vida real, en la calle, los lectores sólo aceptan propuestas binarias: ¿qué hago con esto?, ¿lo busco y lo leo, o no?, dime. Todo lo demás, para ellos, son florituras, explicaciones que quizá buscarán después, no antes, para satisfacer una curiosidad; o por el simple placer de leer literatura sobre la literatura a la que acaban de adherirse. Así, una postura aún más inteligente por parte de VLM sería establecer dos niveles de crítica: una, expansiva y densa, para su grey habitual; otra, líquida, destilada e incluso gaseosa para el vulgo lector, ensanchado éste en los últimos tiempos por causa de la democratización del acceso a la cultura, por la puesta en valor de las inteligencias que siempre estuvieron ahí pero no salieron del campo o las fábricas sino para hurgar en los basurales de las novelas de kiosco y los periódicos deportivos —no nos engañemos, no constituyen gran masa, pero existen, hay público potencial, pues, susceptible de ser captado—. Es decir, Vicente, podrías ejercer, tú que sabes y nosotros sabemos que sabes, una verdadera acción de marketing de largo recorrido, utilizando para ello, en su aspecto visible, las más elementales armas de la publicidad de masas: el impacto y la sencillez, la ironía y el humor, los afectos y las tentaciones, la inteligencia y la candidez. Los otros comentaristas, esa gran mayoría que escribe sobre quienes escriben, ejercen según estas quizá burdas técnicas, con mayor o menor fortuna y mejores o peores mimbres, pero con el espectro de autores que no necesita precisamente de ese esfuerzo o aliento porque ya tienen el suficiente impulso mediático convencional para ser. Obtienen (buscan) la audiencia fácil por medio de un producto fácil porque así es fácil. Pero no nos equivoquemos, parte de su audiencia no quiere encontrar, una y otra vez, el producto fácil: simplemente busca; hay una búsqueda continua y permanente que no esconde un sincero deseo de escapar del bucle de autores y obras bendecidos por los ancient media, por esas técnicas de marketing asentadas por un empirismo pavloviano. En realidad, quieren hacer un camino de Santiago a la inversa. Aparcar al falso santo y acompañar a otros caminantes en busca de algo que no sean túmulos y tumbas. Ahí tienes, pues, un espacio más para la crítica. Úsalo. Colonízalo y busca a quienes puedan ayudarte en el envite. Deja de mirarte el ombligo y desmárcate de simples propuestas vestidas con la mitra de lo complejo para pasar a verdaderas acciones. En una palabra, vende. Porque la literatura que predicas no es compleja, ni densa, ni abstrusa, ni difícil, ni incomprensible sino, muy al contrario, llena de vida, de luz y de sangre y, sobre todo, nueva y magnífica.

Post-scriptum after-reading: Leo un nuevo texto uvelemiano al que llego a través de su blog. En éste se anuncia la intención de hablar sobre Alba Cromm. Sin embargo Vicente no quiere escribir sobre su novela, aunque haya llegado hasta allí “para hablar de su libro”. Por el contrario, define un nuevo término, Pantpágina, para recoger en su definición todos aquellos textos que utilizan materiales excéntricos a los comúnmente utilizados en derecho, digo narrativa. De paso arremete contra los críticos pagados con nuestro dinero, el de los lectores. Sigue actuando, por tanto, como judío contra romanos, en lugar de utilizar la ancestral táctica de aquéllos contra éstos: asimilarse para de esta forma, desde dentro y sin renegar de sus verdaderas creencias, quedarse con todo lo que poseen —lectores conversos— y entonces, una vez las cosas en su sitio, derribar decorados y ofrecer la verdad desnuda.

(Sólo UN ANUNCIO y volvemos.)

27 jul 2010

Culebrón Nocilla (capítulo UNO)

Hace pocos años incrementé mi obra inédita con un relato que, más o menos al principio, dice así:

“Mira las solapas y, en su mayoría, ve caras viejas. Jóvenes —que lo sean más que él— aún hay pocos. Pero todo se andará, aunque evite incurrir en este pensamiento como cuando era pequeño y dudaba sobre la autenticidad de la pureza de la Virgen. Tanto éste como aquél son tabúes autoimpuestos que le torturan; por ser dogma el segundo, el primero es sólo cuestión de tiempo que pase de mero escozor a grito salvaje en sus tímpanos.”
Recuerdo cuando a Rodrigo Fresán se le consideraba un joven valor de la literatura en castellano. Era joven, desde luego, pero no precisamente un yogur con la fecha de caducidad impresa en el lejano futuro. Jóvenes promesas literarias con cerca de 40 (cuarenta) años y que hoy ya los sobrepasan con creces. ¿Qué hicieron para llegar ahí? ¿Cómo se las ingeniaron para despuntar en un panorama editorial sencillamente aterrador, plagado de falsos artistas, y cuyos planteamientos estéticos son tan espurios como los meramente financieros o inmobiliarios?

Pensemos que el mundo literario visible es la punta de un iceberg. Por debajo, tragando agua y bilis, hay todo un continente de autores que esperan su momento para salir a la superficie. Libran batallas para, como mucho, aspirar a dar unas boqueadas de aire frío antes de sumergirse de nuevo en un océano helado.

De vez en cuando, un cacho de hielo se desprende de la mísera y abigarrada base y sale a la superficie. Solo. Sin la seguridad que da la masa visible (y la invisible) frente el calor de los focos que amenazan con derretirlo en pocos segundos. Pero puede ser que este osado trozo famélico de reconocimiento atraiga a otros semejantes. Más cubitos que, quizá inopinadamente, se unirán a él hasta formar un pequeño islote que comenzará su ya no tan solitaria andadura por aquellas aguas, estos mares. Utopía: hundir el presuntuoso Titanic. Abrirle un agujero en la cubierta de estribor para que se vaya a pique y todos esos falsos viajeros a ninguna parte dejen de ufanarse de ir en primera clase.

Esto es una historia sobre la evolución de las especies. Como nos contaron y hemos leído, la vida se inició en el agua. Los cubitos de hielo consiguieron hacer una mínima brecha en el Titanic y pusieron rumbo a la orilla. Allí se dieron cuenta de que no se descongelarían si se mantenían siempre juntos. El primer cubito se llamaba Vicente, el segundo Agustín. Estaban además Javier, Eloy, Lolita, Jorge. La gente comenzó a reconocerlos por la calle. Mira, ahí van esos cubitos. Como las calles estaban sucias, y además hacía mucho calor para unos simples cubitos, de ser transparentes tornáronse de un marrón uniforme y brillante, color chocolate, y perdieron la consistencia sólida; su ser devino crema; untuosos con ellos mismos aunque algo ásperos para los demás. Entonces el cubito Agustín soñó con cuando era pequeño y su madre le ponía Nocilla sobre rebanadas de pan para merendar. La Nocilla tenía la misma consistencia que ellos ahora: mantecosa, marrón chocolate. El cubito escribió, pues, un poema en prosa y lo tituló Nocilla Dream.

Yo pedí Nocilla Dream por mail y me lo enviaron por correo y fui a pagarlo al banco. Mucho debió de interesarme lo que el cubito Vicente escribió sobre el primer poema en prosa del cubito Agustín para que soportara aquellas burocracias. Y Agustín, tras comprobar que los focos no derriten, sólo calientan los ánimos y las ánimas, compuso otras dos obras más, Experience y Lab, con el Nocilla delante. Triple (o trilógico) éxito, pues. Entretanto a los cubitos, ya reconocibles por la pátina crema(tística) que iban dejando por las avenidas y plazas cuando desfilaban, los críticos taxonómicos les fueron añadiendo, como quien pega chicles en el pelo de los demás, otros trozos de hielo desperdigados que danzaban por ahí. Quizá estos últimos se dejaron querer por causa del chocolate. Quizá no. Lo cierto es que ahora había ya cubitos Manuel, Juan Francisco, Mercedes, Robert, Mario, Jordi…: todos Nocillas a los meros efectos administrativos. Se erigieron (o los erigieron) en el Nocilla Team y, reconocidos como en su momento lo fueron los Globetrotters, fueron libres de irse a trotar por el mundo, enseñando sus cabriolas y mates —los "mira, mamá, sin manos"— en canchas posmodernas, vanguardistas, canchas con un solo espectador o miles, según se terciara.

Es decir: ya podía hablarse de Generación. Como la del 27. O de grupo consolidado, como el de Bloomsbury. Pero con base en los 70 y en blogs, en lugar de otros tipos de espacios más prosaicos y épocas absurdamente pretéritas. Especies de espacios que no se llenarían por más que hicieran inmensas listas de pensamientos dichos y por decir. Fue más o menos entonces cuando uno de los mejores cubitos, digamos un cubito añadido —no sé si decir postizo o evitarlo; quedémonos con lo de mejor cubito—, se sacó de la manga el término Mutantes. Porque los cubitos ya no eran lo que fueron, habían cambiado. De ricos en hidrógeno y oxígeno habían pasado a estar compuestos por leche, cacao, avellanas, azúcar y grasas saturadas. Era el momento de la diáspora, del spin-off. Cubitos tan gordos no podían limitarse a estar siempre juntos. Hagamos las Américas, se dijeron. Hagamos vidas paralelas, pero separadas —acordaron. La red es un espacio que lo soporta todo, incluso la distancia. Un acuerdo peligroso pero a la postre inteligente y rentable. Una apuesta literaria afterhours.

Antes de ello sufrieron, no obstante, penalidades. Fueron vilipendiados, pasados por las piedras de la crítica, acusados de plagio intelectual y de banalidad conceptual. Parte de la culpa de estos ataques la tuvieron los propios cubitos, a los cuales, como suele decirse, les va la marcha. Por ejemplo: se arrogaron la capacidad de renovación de la literatura española. Como si ellos, por razón de constituirse en mera agrupación reconocible en los medios, fueran los únicos a quienes pudiera atribuirse la construcción de cosas diferentes y avanzadas con las letras. Una postura un tanto maniquea que parecía negar la posibilidad de innovación fuera de su círculo. Los de al lado, algo que estaba cantado, se cabrearon. Pero los de enfrente se enfadaron mucho más, pues se veían retratados en las etiquetas que uno de los cubitos, el más jurista y quizá el menos cubista, procedió a adjudicar a sectores enteros del frigorífico literario. (Divide y vencerás.) A éstos les dedicaron el epíteto de tardomodernos, otorgándoles una fecha de caducidad basada en los gustos atrofiados de los lectores, éstos en su mayoría acomodados a la sopa boba ofrecida por las editoriales mayoritarias y los críticos financiados por los mass media. A los primeros (los de al lado, es decir, sus semejantes puros) los consolaron dedicándoles piropos posmodernos, y a quienes evidenciaban trazas de permeabilidad al cambio que ellos propugnaban comenzaron a llamarlos, como ya he dicho, mutantes.

Mutar ¿hacia dónde? El cubito Vicente, con la frialdad que otorgan los ensayos tecnológicos, predijo un mundo pangeico, mixto, digital, audiovisual. Un mundo literario construido mediante la unión de fragmentos narrativos provenientes de múltiples disciplinas —queda mejor decir interdisciplinar, pero no me da la gana—, sin excluir las tecnológicas y científicas. Un espectro espacial en el que todo tiene cabida, desde los textos reciclados (que no son otra cosa que las citas de toda la vida y los intertextos literarios) hasta los SMS escritos con la jerga propia de los mismos. Pero además los anuncios publicitarios, los extractos de comentarios en foros y blogs, las llamadas telefónicas, los territorios de la arquitectura y la geografía. Esta política anexionista, de nuevo colono en la vieja América, devino amplio concepto de basura literaria, científica y tecnológica cuyas aprovechables partes conviven en un nuevo espacio, el literario, que aspira a adaptarse a los frenéticos ritmos sociales sin desdeñar —en una postura contraria a la de la tradicional alta cultura, que las consideró siempre bazofia de baja extracción— cualesquiera de sus exponentes (y excrecencias) ontológicas. A todo esto el cubito Vicente le denominó la Luz Nueva, para intentar borrar el otro adjetivo decididamente más pringoso y menos poético: es decir, Nocilla. El objetivo es limpiar de obsolescencias el futuro inmediato. Renovar superficies pintando —componiendo, pensando, versificando, posteando, escribiendo— de otro modo que se diluya con el carácter de la sociedad actual. Poco falta para que, como en las mejores pesadillas de los inventores de reality shows, sean los lectores quienes acaben escribiendo los libros de los autores, interviniendo en ellos mediante un papel que supere al clásicamente pasivo de la pura y simple lectura.

Después del pacto para ampliar horizontes físicos e intelectuales, los hielitos han seguido creciendo y publicando. Es posible que hayan bajado un escalón para así poder coger de la mano —manos heladas, despersonalizadas, manos sin un yo reconocible— a un grupo de lectores más nutrido, porque el número de los anteriores era realmente pírrico. Ahora encontramos cubitos mejor dirigidos. Hielos sólidos en Alfaguara (Manuel Vilas), témpanos reconocidos en Seix-Barral (Vicente Luis Mora), aludes de nieve en la Pompeu Fabra (Eloy Fernández Porta), o rocas de hielo en Anagrama (Juan Francisco Ferré). Algunas barras de hielo están temporalmente hibernando, a la espera de próximas publicaciones. Estos cubitos saben a dónde van porque de hecho vienen de allí. A mí, personalmente —y desmintiendo el tono de lo escrito hasta ahora—, me gustan varias de las escarchas que producen estos hielos. Suelo coger un vaso ancho y llenarlo a medias de una bebida fuerte y completarlo con otra más banal, habiendo puesto antes un solo cubito, cualquiera de ellos, para degustarlos de uno en uno. Porque las agrupaciones están bien para salir a la superficie, pero luego te das cuenta de que frente a un teclado sólo cabe uno. Y que todos los demás, detrás o al lado, mirando y apuntando, no ayudan sino, más bien, estorban.

Próximo capítulo: El cubito Vicente Luis Mora.

18 jul 2010

Diez días y nueve noches y cinco o seis libros

Como me gusta vivir el presente más que cualquier otro disfrute de los humanos conocidos, y el indicativo es una magnífica manera de ajustarse al mismo, voy a explicar en ese tiempo lo que apenas hace unos días me ha pasado o ido pasando. Rabiosa actualidad en todas sus formas narrativas por igual.

Son unos días que hemos pasado en Provenza. Nueve y pico. Es la cuarta vez en mi vida que visito dicha región, y si no cometiera exceso poético menos alejado del yo, diría que las lágrimas se me saltan en la cola de embarque del aeropuerto, a la vuelta. Estamos, pues, en Provenza, con su centro desplazado en Aix-en-Provence, centro de cultura y culturas, ciudad del agua latina en donde rara es la fuente cuyas aguas son nocivas para el interior de los cuerpos: y qué exteriores. Pareciera que la nota media para vivir allí estuviera sobreelevada, o que hubiera numerus cláusus para la fealdad. Aix es el goce estético aun de lo destrozado y grotesco. El placer de la calle y sus viandantes, su arquitectura decrépita, la canícula envolvente en las butacas de las braseries. Pero también son la música, la lectura, el cine y la pintura y la escultura. Aix es eso y los vinos de los campos que la almohadillan, sus plats du jour, formules petit-déjeneur, les boulangeries et patisseries y hasta el oriundo Carrefour y los ubicuos Intermarchés Casino. Todo ello aderezado avec les pichets de vin rosé con cubitos de hielo y el poulet au four aux herbes sur lit de pommes de terres: bagatelas que se crecen con los sobrantes de luz y los balsámicos ritmos de la crème frâiche.

Como digo, es la cuarta vez que voy y vengo. Una, hace veintidós años, camino de otra parte. Otra, once atrás. (Estas dos primeras en furgoneta y coche, un goce añadido.) Y la penúltima el verano pasado, como intermedio de unas jornadas de trabajo en Cataluña. Sin embargo, Provenza se desnuda cada vez un poco más ante mis ojos. Adquiere otras tonalidades, su sol reverbera distinto. Francia se suma a mi particular cesto de afectos por más que los españoles seamos allí históricamente mal recibidos. Pongamos la otra mejilla entonces, pues a lo mejor ahora recibimos un beso en lugar del último de los inmerecidos escupitajos.

Vemos varias jornadas de Tour y nos emocionamos con los naturales de allí. Desayunamos celebrando la toma de la Bastilla entre desfiles televisados por las calles de París. Acallamos nuestro júbilo ante el gol de Iniesta puesto que mañana es lunes y laborable y el partido se alargó demasiado. Veneramos las sobremesas y los interludios, y por supuesto las esperas y los trasnoches, empapándonos de literatura. Aprendemos los reflejos de la lengua vernácula en la de nuestros vecinos y nos vamos desprendiendo de esa mugre inculta que es hoy la masa tan sólo bilingüe; ya sólo hará falta no desesperar y cejar en el empeño; puede que la vida aquí sólo sea un tiempo muerto antes de volver allí.

Pero hoy no quiero caer en los pútrida patria que reuniera Sebald, por mor de la alegría pero también porque allí he leído —leo— a Vicente Luis Mora. VLM me ha mostrado lo ya entrevisto (durante años en su blog) y leído (adquirido y mediante préstamo) pero en su mayoría oculto por esa montaña de prejuicios del morigerado mercado editorial español. Una lista de autores y títulos cuya próxima lectura me genera una impaciencia similar a la de una cita con Marion Cotillard, casualidades francesas en Inception (la vi en una entrevista en TF1 junto con Leonardo DiCaprio, bellísima; no veo, igualmente, la hora de ir al cine —pero habrá que esperar hasta el seis de agosto—y sumergirme en la película). Mañana mismo me acerco a la biblioteca con predisposición al saqueo —previa devolución religiosa de volúmenes por mis ojos ya violados—, y por si acaso con mis dos carnets (el mío y el de mi mujer) para así hacerme con hasta diez títulos (es decir, poco más de una semana).

Como no soy ni nunca seré crítico, ni académico, ni dialéctico, ni retórico, sino lector puro, en serie, quizá divagador entusiasta, polígrafo inédito, navegante de los ellos/ellas y escéptico del yo, no podré dar, cuando lo haga —si llego a hacerlo—, una imagen pura y científica de lo que subyace en la crítica literaria y literatura crítica de Vicente Luis Mora. Tampoco lo hago con los autores y libros que comento. Sólo intento mostrar mi entusiasmo, desbrozar el difícil camino de las elecciones futuras a quienes, como yo, el arte literario les puede por sobre otros tipos de narrativas. En todo caso, y quizá especialmente con VLM, tratar de aquilatar su verdadero valor despojándolo de sus artificios connaturales, simplificándolo y acercándolo a quienes puedan interesarles las aperturas de nuevas puertas a otro tipo de luces. Una labor de médium entre dos mundos triste y eternamente irreconciliables: la lectura como goce estético y sus logos y taxonomía. Siento como si estuviera hablando de Kurtz, de El corazón de las tinieblas. Pero ni yo soy Marlowe (ni tengo delante a otro intermediario), ni este Kurtz está muerto sino tan vivo como su literatura. Soy ese simple yo lector que mira pasar, por la ventanilla de un Renault Clio alquilado, viñedos y montañas y bahías y calas, escuchando a ratos canciones comentadas con cuchicheos foráneos. Somos lectores perdidos en un hangar repleto de arte de repetición desprovisto de toda tecnología aunque rebosante de tontología. Somos quienes nos dicen que seamos. Pocas veces quienes podríamos ser si una luz nueva nos iluminase.
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