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12 abr. 2011

Literatura de Barrio

La literatura es una mierda
Roberto Bolaño

Cuando el sábado escribí Dictadura y Literatura (texto) omití adrede la imposición que ejerce cierto amplio sector de la cosa literaria en, me atrevo a afirmar, el mundo entero y no solamente en este país. Me refiero a las Instituciones a ellas les gusta verse escritas empezando con mayúscula...—. El asunto da para varias páginas e incluso para, en manos de algún avezado imitador de Vila-Matas que no soy yo, toda una teoría completa. Teoría y práctica, pues a cuenta del analfabetismo inmanente en nuestro país (voy a circunscribirme a la tierra que mejor conozco), la Administración Pública o Admón. Pública o AAPP o Instituciones han ido creando durante las dos últimas décadas una megacorporación antiestética dedicada a la promoción de nuestras letras. Por lo que salté por encima de esta particular forma de dictadura paraliteraria y, entretanto, pensé que el texto estaría más animado con alguna imagen, digamos, alegórica:


Mi conocimiento de este submundo tan extendido no es todo lo parco que yo quisiera. Hace ocho años entré en contacto con un grupo de poetas y/o escritores que editaban el suplemento dominical de literatura de un diario ya extinto. Les envié una crítica de Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, y otra de El fantasma de Harlot, de Norman Mailer. Es probable que entre los dos textos sumaran 10.000 palabras; una bestialidad. Mi madre se sintió orgullosa de su hijo el domingo que apareció publicada la primera parte de la crítica a la novela de Bolaño; mi padre la leyó entera; mi mujer la guardó en una carpeta de gomas que posteriormente engordó con sucesivas críticas, artículos y columnas que fui publicando en aquel mismo periódico y en otras revistas literarias, deportivas, gastronómicas, feministas, políticas, locales, etc. Este estado de cosas duró aproximadamente dos años. Como pago de aquella actividad los críticos o escribidores recibíamos todos los meses una opípara cena en un restaurante en la que, aparte de comer y beber a gran velocidad, se hablaba de política normal y de política literaria; después venían las copas y los chistes sobre política y tías normalmente desnudas; de literatura en sí no se hablaba nada.

Un día me invitaron al acto de presentación de un libro de poemas escrito por uno de los escritores y/o poetas ya por entonces amigo personal. Debo aclarar que, por razones que no vienen al caso, en general soy un mal lector de poesía. Me aburrí bastante y recuerdo que salí pitando tras la copa de vino español. Aquel poemario formaba parte de una colección editada por el Ayuntamiento. La intención era dar a luz uno cada trimestre o cada semestre, no lo recuerdo. La colección la dirigía el poeta y/o escritor mayor de los que publicaban en aquel diario ya extinto. Poco a poco, cada trimestre o semestre, se fueron editando los poemarios ad-hoc de todos y cada uno de esos poetas y/o escritores. A algunas presentaciones fui; a otras, por motivos de trabajo, no. Entre librito y librito, continuaban las cenas y las copas y los chistes de política y tías mayormente desnudas, y una noche se me propuso publicar a mí. Poesía; quiero decir: poesía. Primero dije No. Aunque luego, secretamente, escribí algunos versos sueltos, como para ir haciendo dedos; pero me dispersaba y terminé confeccionando trozos de chistes más o menos ingeniosos. Por lo tanto aquel No fue la respuesta definitiva. No mucho después vino la crisis o el largo inicio de la crisis y el Ayuntamiento eliminó el presupuesto para este tipo de cosas, aunque no del todo.

Se trata de un caso, un sólo caso. En el Centro Andaluz de las Letras, la narrativa financiada con fondos públicos acumula polvo y ninguna lectura en estanterías atestadas de euros desperdiciados. Anualmente las Administraciones Públicas convocan cientos, miles de concursos literarios de poesía, relato, novela y hasta ensayo. Mis amigos poetas y/o escritores han ganado unos cuantos y se han embolsado cantidades dispares pero ninguna fama, ningún lector: siguen siendo lo que fueran antes de ser premiados; literariamente no existen.

Ahora tengo una hija a quien el colegio obliga a estudiar Literatura. Ese estudio consiste en la elaboración de biografías resumidas de escritores españoles o españolizados y en su memorización consecuente. Para el mundo de la enseñanza la literatura es local, lo mismo que para los centros gallegos, madrileños, vascos, catalanes, andaluces, canarios, extremeños, castellanos, valencianos, aragoneses, mallorquines, etc. de las letras, la literatura, la cultura o lo que sea que se promocione en ellos. Me pregunto qué tipo de biografías deberá resumir mi hija cuando acabe con los grandes escritores españoles —la última fue la de Cela, en la que me permití la licencia de incluir como mejor valorada por la crítica su novela Oficio de tinieblas, 5—, ¿acaso la de escritores promocionados por esos centros? No me extrañaría, una de las actividades por ellos financiadas consiste en la lectura de poesía por parte de escritores locales en los colegios e institutos, y cada escritor y/o poeta, claro está, barre para su casa; no me imagino a un poeta vallisoletano leyéndoles a los críos poemas de Yeats, a no ser que Yeats esté, o él crea que esté, entre sus influencias y después, aprovechando que el Pisuerga pasa cerca de allí...

Por lo tanto, Dictan los Centros Regionales de las Letras o la Cultura o el Folclore con su chovinismo y su ausencia de criterio. Utilizan nuestras letras consagradas como medio vicario para descender hasta los clubes vecinales de poetas y escritores infumables, y a quienes por su activismo político-literario premian con un par de cafés y algún bocata de calamares.

También imponen desde instancias más elevadas la Nación o el Estado con sus Ministerios y éstos con sus Institutos Sacrosantos y sus sucursales internacionalmente ubicadas. Su objetivo es la difusión de la Literatura de la Nada. Y con sus concursos, premios, accésit y micropublicaciones crean un caos perdurable que no hace sino enrarecer y envilecer aún más lo ya de por sí enrarecido y envilecido.

No sé cuántas veces os habéis planteado el sentido de los premios literarios. Ya sabemos que en los mejor dotados la corrupción es brutal, pero al fin y al cabo éstos los convocan editoriales, que son entidades privadas cuyo fin último es lograr el máximo beneficio económico. No así los premios públicos; me refiero a sus objetivos, porque en lo que respecta a la corruptela, en ellos es sencillamente escandalosa. De Thomas Bernhard se editó el año pasado un librito recopilatorio de textos relacionados con los premios que recibió a lo largo de su carrera, Mis premios. Es famosa la anécdota, narrada también en El sobrino de Wittgenstein, en la que cuenta el desplante verbal que le hizo a una toda una ministra austriaca en el acto de entrega de uno de los premios, creo recordar que el Nacional de Literatura. Los premios no sirven a la Literatura sino al aparato que subsiste y medra tras ellos. La abyección, por utilizar un término bernhardiano, de los premios es total. ¿Qué significa ser jurado de un premio literario? ¿Quién valida el criterio del jurado, sus estudios, su trayectoria, sus obras, sus lecturas? Habida cuenta de la ínfima calidad de las obras ganadoras, ¿por qué no se declaran continuamente desiertos los premios? ¿Para qué cojones sirve un premio? Estamos hartos, estoy harto, de leer primeras páginas de obras premiadas que son una auténtica bazofia, carne de trituradora de papel. Y las peores son, por supuesto, las premiadas por instituciones públicas; con nuestro dinero, con tu dinero. Auténtica literatura de barrio, o de barriada.

En un magnífico artículo publicado en Hermano Cerdo (A Reader's Manifesto) se dan varias claves lateralmente relacionadas con lo denunciado aquí. El texto es largo, pero su lectura merece mucho la pena. En el cuarto párrafo comenzando por el final, el autor escribe: “la cadena de papel de la mediocridad se perpetúa a sí misma. La escritura floja engendra floja lectura que engendra una escritura aún más floja”. Si esto ocurre en el, llamémosle así, libre mercado, cómo serán las cosas en un escenario intervenido por los poderes públicos cuyo supuesto fin es culturizar a una masa que secularmente desprecia las letras. El resultado es de sobras conocido: mediocridad con sello de calidad público; paraliteratura de escalera de vecinos con pestazo a coliflor hervida.

Como es natural, de aquellos escritores y/o poetas sólo conservo dos amigos, a los demás los fui perdiendo —como Vila-Matas sus teorías— con cada opinión mía expresada sin palabras. No les culpo, debe de ser muy duro que alguien te diga que ese ambiente en el que te has movido durante buena parte de tu vida no vale nada, o no vale lo que crees que vale. Uno de esos amigos que conservo es un gran poeta que introduce citas de canciones de Shakira en sus poemas y que dice que la mayor parte de la literatura española es una mierda, ¡bravo! Otro es también un gran poeta, pero sobre todo un gran pensador, obsesionado con las calles de Roma, la vida en Roma, los escritores y los artistas de Roma. Este último fue capaz de ganar un premio de ensayo sobre literatura coreana habiendo leído solamente una novela coreana, probablemente la única traducida al castellano hace un par de años. Como premio, además de algo de dinero, lo invitaron a viajar a Seúl para dar una conferencia. Naturalmente, fue, y después dio otra más en Málaga, a la que asistí. El espectáculo ofrecido por el otro conferenciante español (había tres escritores coreanos con la correspondiente traductora) fue bochornoso: admitió no saber nada de literatura coreana, no haber leído a ningún escritor coreano y sólo un par de poemas coreanos antes de sentarse a la mesa; manifestó, en suma, su connatural desprecio a todo aquello que no oliera a simbolismo local, a nardos, a granos de arena de playa y a café con churros...

Llevo un buen rato encallado en este párrafo. Quiero terminar el texto así, dejarlo inconcluso, cojo, descompensado, feo, barriobajero. Los ejemplos se me acumulan en los dedos pero no quiero ofrecer un recital de anécdotas (me han llegado a contar que en una conferencia literaria financiada con fondos públicos de mi ciudad de residencia, uno de los ponentes sacó una ocarina y se puso a improvisar melodías; parece que el asunto terminó a gritos y con algo más que amenazas verbales...). Baste quizá con reafirmar que Esto, Eso, Aquello no es Literatura, y que los escritores en ciernes harían mejor en seguir leyendo, mantener las manos quietas y no dejarse llevar por cantos de camarillas domésticas que sólo buscan perpetuar su mediocridad. Quizá así se consiguieran salvar algunos muebles, todavía.

3 comentarios:

Carlos González Peón dijo...

Genial, me he reído mucho y me he pasado los diez minutos de lectura subiendo y bajando todo el rato la cabeza, como diciendo "sí". Ahora, en compensación, una pequeña historia de barrio. En la biblioteca del lugar en que yo vivo, que es un sitio relativamente pequeño (llegan los coches y todo) hay una biblioteca. Es una biblioteca que no compra libros. No se niega, simplemente no los compra si no es bajo demanda. Es decir, que si no vas junto a la buena de la bibliotecaria (que es, por cierto, una mujer encantadora) y le dices que quieres el último libro de Javier Marías, lo más probable es que si a ella no le gusta el pobre de Marías se quede sin vender un ejemplar. Esto al principio me cabreaba mucho porque a mí me gusta ir a las bibliotecas públicas con la misma actitud que si fuese al corte inglés con los bolsillos cargaditos de billetes -una fantasía como cualquier otra- pero me he acabado rindiendo ante lo evidente y dándole con ello la razón a la mujer: la gente no lee. ¿Esto a qué venía? Ah, sí. El caso es que en esa biblioteca hay un mostrador, como en la mayoría, y sobre ese mostrador, cerca de la puerta, hay siempre dos o tres libros. Son dos o tres libros iguales. Son el mismo libro y son de poesía. Están escritos por un autor desconocido y editados gracias al patrocinio de Concello, sin premio ni nada. Llevo como dos años visitando un mínimo de una vez al mes esa biblioteca y llevo dos años viendo sobre el mostrados los mismos dos o tres libros de marras. Envejecemos juntos, eso es bonito, pero me pregunto de quien habrá sido la genial idea de publicar un libro de poesía de un señor desconocido en una remota población donde la única biblioteca que hay en veinte kilómetros a la redonda no crece porque a nadie le interesa demasiado su contenido. Gracias al Virgen de la Repanocha que niños sí tenemos y ya se ocupan ellos de fundirse el presupuesto en cuentos y comics y película de dibujitos que si no a ver qué hacíamos en mi ayuntamiento con el excedente económico derivado de tanta incultura voluntaria.

Me ha salido un comentario un poco largo pero me pillaste tomando un café y he querido hacer algo de tiempo mientras se enfriaba.

Saludos, estimado, y gracias por el buen rato que me has hecho pasar.

Santiago G. Tirado dijo...

Ayer comentaba Manuel Vilas que a algunos autores "de manual" los considera muertos-muertos, mientras que podía citar a otros que son muertos y sin embargo permanecen muy vivos. Curiosamente, y compadeciéndome de paso de tu hija, constato que gran cantidad de autores muertos-muertos son los que "oficialmente" se siguen difundiendo en libros de texto, muestras, conferencias, etc.
A esto muchos lo han llamado el "mecenazgo del estado": una soberana pamplina a costa de nuestra cara de idiotas contribuyentes.
Y en efecto: la mediocridad sigue imperando.

José Luis Amores dijo...

Gracias por vuestros comentarios. Me parece genial tu anécdota, Caros, así como la expresión que apunta Santiago: "mecenazgo del Estado". Ahora sería cuestión de incluir, pero no es momento ya para ello, un carrusel de anuncios publicitarios tipo "Apadrina un escritor desgraciado", o la transcripción de una llamada desde un Call Center persuasivo que en lugar de vender conexiones ADSL intentara convencer a la gente de que leyeran los poemas vecinales del tipo del 4º-B, ese tan raro con perilla y sin hijos, el de la mujer que pasea a varios perros mugrientos y que da de comer a todos los gatos del parque; sí, hombre, ese que un día publicó un libro de impresiones momentáneas de la felicidad esquiva patrocinado por el Ministerio de la Vivienda Indigna y premiado en el XXXVIII Certamen de Narrativa Peculiar Transsuburbial con un accésit y dos globos de Burger King. Sería estupendo disponer de ese tiempo...

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