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1 abr. 2011

BerryLeaks

El pasado domingo a las 21:30 escribí en mi muro de facebook: “Desde hace unos días recibo mails enviados en marzo de 2009, todos ellos referentes a una reunión virtual que debió tener lugar en esa fecha y que finalmente no se celebró. No he contestado ninguno porque me inquieta de cuándo podría recibir una posible respuesta”. Comoquiera que estas dos frases generaron, sin pretenderlo, cierta actividad discursiva y un moderado número de clics, voy a ampliar la información para quien pudiera interesarle.

En absoluto es broma, recibo correos electrónicos fechados el 9 o 10 de marzo de 2009, lunes y martes respectivamente. Van dirigidos a una antigua cuenta de correo empresarial en desuso redirigida a su vez a mi correo personal de yahoo. He preguntado a los informáticos de la empresa cómo es posible que reciba este tipo de mensajes de manera insistente y siempre de o desde los mismos días: 9 y 10 de marzo de 2009. Tras comprobar la veracidad de lo sucedido y después de indagar y bucear en las tripas del sistema de mensajería, concluyen que se trata de emails originales y no de copias con la fecha falseada pero no logran dar con la causa de la anomalía; sí, RBT, el más geek del grupo, ha bautizado apropiadamente el problema con el término “anomalía”, como en las novelas de ciencia ficción se denomina comúnmente a los clásicos y manidos desajustes temporales. Precisamente ahora, mientras escribo esto, recibo otro más: uno de la serie o conjunto final, enviado por MVS, quien el 10 de marzo de 2009 a las 12:31 dice, dijo: “Ok”.

El propósito de los emails es, o yo quiero verlo así, banal: la celebración de una multiconferencia sobre la situación de la delegación onubense de la empresa en la que yo trabajaba por entonces. Hay un intento de concreción de hora entre diversos personajes como NCC, ABS, CSR y JAC, aunque SBR, a la sazón Director General, establece por decreto las 16:30. Las comunicaciones subsiguientes versan sobre el orden del día de la reunión. El ambiente que se respira es conspiranoico (cfr. J.F. Ferré) con trazas de tenue indolencia. Finalmente SBR desconvoca la reunión al considerar, sin fundamento, que el temporal ha sido capeado por AGP. En aquella empresa como en tantas otras sus integrantes son identificados, en aras de la brevedad, por sus iniciales. AGP quiere decir yo, socio de aquella empresa y amigo de muchos de sus integrantes, accionistas o tan sólo empleados, además de compañeros de trabajo; aún hoy, después de un año y nueve meses de mi salida, seguimos siéndolo.

El asunto de fondo de aquella reunión desconvocada es o más bien era la delicada situación que atravesaba la delegación de Huelva. La empresa asiste técnicamente a ayuntamientos en materia tributaria. Durante siglos yo he asistido técnicamente a ayuntamientos en materia tributaria. David Foster Wallace dejó una obra inacabada, El rey pálido, que Javier Calvo está terminando de traducir y en la que podremos leer cosas sobre dos aburridos (sic) inspectores de hacienda de la América profunda. La empresa, sus integrantes, yo, hemos girado como peonzas por entre las profundidades de la España profunda y periférica, cabe decir por Toda España, de la que Huelva es mera muestra privilegiada de lo que sucede y no sucede en el cien por cien de municipios españoles. Así Huelva como Madrid, Valencia, Málaga o Bilbao. No pretendo desmerecer o resaltar un municipio sobre, o por debajo de, otros; respecto del tema que me ocupa son todos idénticos. Pero esos correos que me llegan desde el pasado se refieren a Huelva y no a Santiago de Compostela, Ciudad Real, Barcelona o Palma de Mallorca. Quizá otro día hable de Las Palmas de Gran Canaria, Melilla, Zaragoza o Santander, o puede que de Castellón, Oviedo, Sevilla y Pamplona. Pero ahora voy a ceñirme, a modo de una extraña forma de exorcismo digital, al denominado affaire Huelva.

A efectos informativos, Huelva es un municipio mediano-pequeño capital de la provincia española del mismo nombre que linda al norte con la provincia de Sevilla, al este con la de Cádiz, al oeste con Portugal y al sur con el Océano Atlántico. Desde allí zarpó Colón para escenificar el redescubrimiento de América. Huelva vive principalmente de la industria de la contaminación, pero también principalmente del sector agrario, del sector pesquero y del sector turístico; mientras duró el boom inmobiliario vivió principalmente del sector de la construcción; antes y después ha vivido principalmente del sector de la subvención, único en España por su ubicuidad, y del sector del subsidio de paro, principalmente también. Los sevillanos consideran Huelva una extensión de Sevilla, las playas de Sevilla están en Huelva, el Coto de Doñana está en Sevilla y las romerías de El Rocío son una fiesta popular sevillano-manchega. Como en cualquier otro lugar de la geografía española, allí hay poco o nada que hacer aparte de esperar no se sabe bien qué. Prometo que otro día escribiré sobre Cataluña.

Al igual que en el resto de los países españoles, la mayor parte de la población activa que aún cobra regularmente un salario en Huelva lo hace, le llega, de la Administración Pública. En Huelva hay empleados públicos incluso, literalmente, debajo de las piedras. Muchos onubenses nacen, aprueban una oposición o consiguen el oportuno empuje facultativo para cobrar su salario público de cada mes y, a partir de ahí, se dedican a esperar el advenimiento de una muerte tardía o temprana. Aunque es un poco cansado tanto de leer como de escribir, volveré a puntualizar que en aproximadamente otros 8.000 municipios españoles sucede lo mismo: el español, harto de tener que ganarse el pan mediante la exudación de un copioso y pestilente sudor corporal aspira mayoritariamente a una, así llamada, plaza fija, a ser posible en propiedad como antaño los pisos, los adosados y las plazas de aparcamiento. Plazas fijas como las ocupadas en Huelva por funcionarios, políticos, personal de confianza, personal a secas o amiguetes a secas. Puesto que Huelva está ubicada a 37º 15' 50'' de latitud norte y 6º 57' 47'' de longitud oeste, en ella el sol hace acto de presencia a una hora parecida a la de Londres, aunque sus empleados públicos no acaban de desperezarse hasta bien entrada la mañana o incluso el mediodía; de hecho, la mayoría padece el denominado tic del bostezo crónico, no se sabe si por sueño o por aburrimiento. Quede la cuestión zanjada con la idea general de que los empleados públicos onubenses, especialmente los municipales, no logran dar lo que se dice un palo al agua en toda su vida.

A Huelva llegué, como al resto de municipios españoles en los que he trabajado, por concurso público. Asistir técnicamente a ayuntamientos en materia tributaria es un eufemismo de outsourcingdemostrable que califica a alguien como experto se adquiere por el simple hecho de haber visitado alguna vez un ayuntamiento, aun en calidad de turista, por lo que es dable encontrar un buen número de empresas que se autoerigen como expertas en tales asuntos y con una generosa disposición de de personal con experiencia; por ejemplo la que prestaba el servicio en Huelva antes de que mi antigua empresa le arrebatara el contrato en concurso público. recaudatorio que es un eufemismo de subcontratación del servicio de recaudación de un ayuntamiento. Porque resulta más barato que el trabajo sucio de cobrar impuestos a quien no quiere o no puede pagarlos lo haga una empresa, los ayuntamientos suelen contratar una empresa. En lugar de mantener un grupo más o menos numeroso de funcionarios sin motivación ni ganas de trabajar, para dicha tarea se suele contratar una empresa. Como es humanamente imposible que cada ayuntamiento disponga de expertos en temas tan abstrusos y complejos como éstos, es habitual contratar una empresa que mantenga en cartera expertos en dicha materia. Empresas así hay pocas porque expertos así no hay casi ninguno. Sin embargo cualquiera puede fundar una empresa de este tipo, basta con ir al notario. Y la experiencia

A los empleados públicos del Ayuntamiento de Huelva no pude decirles, antes de dejar de ir por allí definitivamente y para lo que me quede de vida, cuán elevado es su nivel de incompetencia; especialmente el de los jefes, cuya cantidad no casualmente excede al de indios o funcionarios de a pie; Peter, el del Principio de, no podría estar más orgulloso de ellos. No les dije que su grado de inmoralidad en el ejercicio de una incesante labor de desperdicio sistemático del dinero de los contribuyentes es inversamente proporcional a su pasión desaforada por atiborrarse de churrasco, morcilla y gambas. No lo hice por prescripción facultativa contra las represalias económicas; el Ayuntamiento le debía a la empresa dinero, mucho dinero, el asunto emergió incluso a las portadas de periódicos impresos y digitales; toneladas de dinero cuyo pago no podía afrontar porque los políticos municipales habían dilapidado el patrimonio común en chuches. Los últimos días que estuve por allí vi poco a los políticos. Resultaría bastante obvio y repetitivo expresar el grado de inutilidad e incultura intrínseco a los políticos municipales onubenses y por eso no lo voy a hacer. Tampoco es necesario a estas alturas poner de manifiesto su incapacidad para gestionar siquiera sus propias vidas frente a su siempre excelente predisposición al mercadeo persa y a la ingesta de ingentes cantidades de cerveza, marisco, carne asada, vino, fuentes de pastelillos y derivados alcohólicos de alta graduación. El prototipo de político municipal onubense se asemeja bastante al arquetipo de político municipal español: calvo o con pelo; traje barato o moderadamente rebajado pero inadecuado a su porte y, ante todo, a su condición; de facciones desagradables; de dicción torpe e ideas robadas a periodistas imberbes; de figura marcada por el sobrepeso; de escasas letras, luces; de provincias aun habiendo en algunos casos nacido y residido en capitales populosas de carácter cultural cara a la galería turística; sin futuro; etc. Pero todo esto sobra, cualquier diario televisado de los de a mediodía es bastante más elocuente que mil, diez mil palabras para describir a esta abundante subespecie hispánica.

Me di cuenta de la ruptura de relaciones que dio pie a la fallida intentona de convocatoria virtual cuando aquella mañana del 9 de marzo de 2009, tras haber conducido dos horas y cuarenta minutos desde Málaga, otra ciudad cuyos habitantes y fisonomía reclaman a voces una parrafada similar, hasta Huelva para colocarme delante de la puerta del despacho de uno de los políticos municipales absolutamente intercambiable con cualquier otro de cualquiera de los 8.000 municipios españoles, éste no quiso recibirme, estando claramente en su interior, sentado y probablemente sin hacer nada. Atisbaba yo su oronda figura a través de las lamas de plástico de una persiana veneciana llena de polvo cuyo objetivo no era otro que difuminar ante los visitantes las oscuras actividades en que tanto él como sus compañeros de desgobierno ocupaban las escasas horas semanales en las que hacían acto de presencia en la oficina. No hacer nada y en caso de hacer algo hacerlo mal; destruir lo poco de que disponía la ciudad; dilapidar sus fondos; convocar periódicamente sesiones plenarias con el único fin de aumentar sus salarios; aparecer en primera página de periódicos nacionales junto con algún municipio madrileño, alguno barcelonés y un par de isleños como justos casos de pésima gestión, bancarrota, impago sistematizado, paralización administrativa y vergüenza nacional: éstas son, al parecer, habilidades suyas que los ciudadanos, cada cuarenta y ocho meses, refrendan y validan depositando sobrecillos en un recipiente de plástico con una raja arriba.

Es por ello que la reunión, de haberse celebrado, tampoco hubiera servido de nada. Los ayuntamientos españoles cambian de contratista cuando el que tienen les corta el crédito. La empresa que llegó después tampoco ha conseguido cobrar, pero de ella no me llegan emails, sí la esperada noticia de que, lógicamente, también ella abandona el barco. Tanto empleados públicos como funcionarios ejercen, pues, un delito de estafa continuada a ciudadanos y empresarios. Sucede en Huelva y también en otros municipios más bonitos o no tan feos, más grandes o no tan demediados, y con mayor prestigio o menos taras. La Administración Pública española, salvo honrosas y escasas excepciones, tiene la vergüenza totalmente perdida en todos sus ámbitos: municipal, autonómico y estatal. De ahí que le desvergüenza financiera y empresarial campe a sus anchas sin que nadie haga o pueda hacer nada.

Esto es un blog netamente literario, por lo que añadiré que del asunto se ha ocupado la literatura largo y tendido. Como el problema no es exclusivamente español, es lógico encontrar los mejores tratamientos en aquellas narraciones referidas a toda una nación y no a una localidad concreta. Son harto conocidos los casos de inutilidad y corrupción política y funcionarial franceses, británicos, alemanes, austriacos y estadounidenses, por no mencionar a los mucho más evidentes italianos, griegos, irlandeses, portugueses, rusos..., larguísimo y desesperanzador etcétera. En España son muestras recientes y notables las de Robert Juan-Cantavella en su penúltima novela El Dorado y Óscar Gual en algunos de los relatos incluidos en Fabulosos monos marinos. En ellos se cita de manera irónica, por ejemplo, la “honradez” de Carlos Fabra, actual presidente de la Diputación de Castellón y celebérrimo e inexplicablemente aun no reprendido por sus continuamente denunciadas actividades politico-privadas paralegales. O, en el plano audiovisual, la no lejana en el tiempo cinta La caja 507, cuya trama gira alrededor de los conocidísimos negocios urbanísticos ilegales en el municipio de San Roque, provincia de Cádiz, para cuyo Ayuntamiento, oh my God, también he trabajado...

Es posible que la espontánea recepción de emails desde aquel pasado perdido sea la vía que algún tipo de conciencia electrónica desarrollada por nosotros, al fin y al cabo cyborgs mutantes o mutaciones de cyborgs, tenga de recordar cierto tipo de deberes éticos para con la sociedad. Y qué mejor momento que ahora, pienso, cuando por la cercanía de las elecciones municipales españolas abrir un par de cajones tiene más sentido que nunca. Esa vieja Blackberry tiene los días contados, me han dicho que con una simple amenaza de baja tu operador de telefonía te regala otra nueva y libre de raras recurrencias temporales. Pero no voy a tirarla del todo, porque esa vieja Blackberry guarda tanta vergüenza ajena en su interior que incluso voy a cambiarle el nombre por el de BlackBerryLeak.

2 comentarios:

Berta dijo...

Un relato se ha puesto en marcha, a ver quien lo retoma, se lo vale.

Saludos primaverales.

José Luis Amores dijo...

Saludos, Berta.

Las "leaks" tendrán que esperar. Por lo pronto toda la semana que viene estoy de retiro forzoso de la literatura.

Gracias por el comentario.

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