Buscar este blog

Cargando...

28 abr. 2011

La barrera del miedo

En su día leí esta novela de Isaac Rosa (El país del miedo, 2008, Seix Barral) esperando una evolución, o al menos una continuación, una especie de mantenimiento, de la deriva formal apreciable en El vano ayer y en la remasterización de La malamemoria. No fue así, y lo que acabé consumiendo, con bastante rapidez, fue un ensayo amenizado de ficción sobre el catálogo de miedos contemporáneos que asedian al ciudadano de clase media. Un ensayo en cierto modo psicológico; digo esto seguramente condicionado por haber leído que Rosa se reconocía a su vez influenciado por sus lecturas del psicólogo Carlos Castilla del Pino. Después me dediqué a ratos a reflexionar sobre el andamiaje y objetivos de El vano ayer, y me olvidé de El país del miedo. Incluso llegué a convencerme de que esa novela no me había gustado, de que debido a su extrema sencillez, facilidad de lectura y propósito diáfano no tenía nada nuevo que enseñarme. Al fin y al cabo me siento una persona completamente consciente de los miedos evidentes, tanto de los que lo son más como de los que lo son menos, que asolan a las clases menos pobres de esta sociedad. Me parecía fuera de lugar, en mi caso, que tuviera que venir un escritor a describírmelos y analizármelos, y que yo me prestara a ello con tal docilidad.


Por supuesto mi lectura fue impura, contaminada por unas altas expectativas literarias en un sentido muy diferente al giro temático y, por supuesto, estructural que el autor le había dado a su manera de hacer las cosas. Llegué a pensar que Isaac Rosa pretendía con esta nueva novela llegar a un público más amplio que el alcanzado con la anterior, por un mero deseo de mayores fama y dinero: aun tratándose de una novela así, se vendería bien a sus anteriores lectores por el simple hecho de que la había escrito Isaac Rosa; y cuando fueran apareciendo las primeras opiniones del establishment crítico, el más maleable por el establishment editorial, el que más miedos y reticencias tiene siempre a la hora de condenar o ningunear, la masa de lectores más devota de una sencillez previamente masticada acudiría rápidamente a la tienda para adquirir su ejemplar; Rosa siempre estaría a tiempo, en proyectos posteriores, de enmendar la plana ante la posible perplejidad del público culto y leído, pero para entonces la base de su audiencia se habría ensanchado y los ecos de su nombre resonarían en un un sector más amplio de la caverna.

No era la primera vez ni la última que sucedía algo así. Unos iniciales y acertados niveles de exigencia y puridad que otorgaban tal, esta vez sí, merecido reconocimiento daban derecho a un lugar privilegiado en las mesas de novedades que parecía estúpido desperdiciar. Hubiera sido como si Rafa Nadal no aprovechase su éxito deportivo para asociar una o dos decenas de productos con su imagen y así rentabilizarla de la manera más óptima. Rosa era muy visible y su anterior obra excelente; con la reedición ironizada de su primera novela que era ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! se había ganado además una reputación literaria fuera de lo común para un escritor de su edad y su escasa producción; y para colmo la literatura había entrado ya de lleno en el siglo XXI, asentándose la consideración hipermercantilizada de la narrativa como producto fungible en el mercado de las ideas subyacentes a ella; era lógico el intento de sintonizar con el lector, además de en la temática, en la forma, entregándosela lo más light que se pudiera sin caer en niveles tópicos.

Pensaba todo eso y en parte sigo aún pensándolo, quizá para seguir acertando en algo pero también para no dejar de equivocarme en todo. Ahora pienso distinto, o mejor sería decir que he dado rienda a ese pensar de una forma diferente.

Tener una mente dispuesta a la permeabilidad propicia estas paradojas. Una opinión puede fosilizarse, pero también consumirse e incluso romperse en pedazos por la irrupción de motivos, o motivaciones externas, más poderosos y afilados. Aun si me encerrara solo en una cabaña en medio de una montaña solitaria, el simple hecho de manosear pensamientos acabaría erosionándolos y, tras su desaparición, su lugar sería ocupado por otros nuevos, no necesariamente derivaciones de las migajas de aquéllos.

Uno de esos pensamientos que he chupado a conciencia tiene que ver con la desaparición del concepto miedo. Miedo como manifestación autoinducida del rechazo a lo desconocido, intuido o imaginado, dañino física o moralmente; o a lo conocido indeseado por las mismas razones. Quedaría, eso sí, el horror como forma evolucionada del miedo. Porque en realidad éste habría ido mutando en lugar de disolverse: la asistencia espectacular, a diario, a las causas del miedo, a todo aquello temido, experimentadas por otros acaba por transformar el temor en dolencia propia; sólo faltaría recibir en carne las mismas humillaciones narradas, todas las torturas denunciadas; ser despojado de cualquiera que sea mi estatus, de mis bienes, de cualquiera que sea mi libertad, de mi inteligencia y hasta de mi memoria; ser reducido a nada y procurar que por siempre recordase aquel estado pretérito semilibre y superpoblado de miedos y a salvo de la mayoría de padecimientos; saber que esa nueva situación sería irreversible y por tanto perpetua; erradicar con ello el concepto de esperanza, imposibilitando, además, toda posibilidad de venganza. Entonces, con el conocimiento de primera mano, quizá apareciera un nuevo y auténtico miedo por el padecimiento del otro, seres queridos o no, que sí seguirían experimentando esos otros miedos básicos, enraizados en la amígdala o fijados, mediante aprendizaje y sugestión, en el córtex.

Estos pensamientos provienen en parte de la lectura de aquellos miedos en su mayoría absurdos y evolucionados desde una comodidad instaurada legal e ilegítimamente. Miedos contemporáneos, coetáneos, miedos de clase. Esa manualización de miedos construída por Isaac Rosa es una forma de constatación narrativa de la infecundidad del devenir social. Su acierto en la composición del catálogo es de algún modo metáfora de hasta qué punto está conforme la sociedad con su propio grado de estupidez. Gente temerosa de circunstancias y factores de una nimiedad insoportable comparadas con el continuo fluir de noticias sobre desgracias humanas. Los filtros humorísticos, deportivos y erótico-festivos ofrecidos por la sociedad del espectáculo no pueden ser suficientes para ocultar el horror que debería erradicar de una vez por todas esos miedos, transmutarlos en horror y finalmente en padecimiento compartido. La verdadera barrera, quizá imposible de derribar, es la estupidez. A un tonto vacunado de espanto se le asusta fácilmente con un ratón o con historias de fantasmas, pero no es fácil hacerle sentir horror y, con él, verdadera empatía por quienes lo protagonizan. Y es tan fácil fabricar tontos en serie; tan sencillo propagar el virus de la estupidez; tan necesarios, además, para el mantenimiento de los niveles de audiencia...

Probablemente fuera éste el objetivo último de aquella novela de Rosa: mostrar a lectores cada vez más tontos, más sistemáticamente estupidizados, cuáles son sus miedos de tontos y que un día, a fuerza de recapacitar en lo sencilla y tontamente que estaba escrita, establecieran por fin, cada uno por su lado, un baremo más ajustado que los descalificase como miedos auténticos. Quienes lo hayan comprendido entrarían entonces en la segunda fase, la del horror.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Thomas Pynchon

El maestro

David Foster Wallace

Un discípulo aventajado

Entrevista en origen

A modo de evangelio

Hermano Cerdo

Sigueleyendo

Revista de Letras

Jot Down Cultural Magazine

Suomenlinna

Javier Calvo

Correspondencias

Hugo Abbati

Las teorías salvajes

Pola Oloixarac