19 abr. 2011

Literatura bebible

Hace un par de meses, quizá menos, recibí un mail en el que se me invitaba a colaborar en una revista de crítica literaria de nueva creación. La lista de nombres de posibles colaboradores que incluía estaba llena de stars, algún/a superstar, un par de supernovas, una pandilla de gamberros estudiosos de la cosa literaria y el intruso necesario en toda lista así que era yo. Intuían o sabían los emisores de aquel mail algo de mí mismo que yo desconocía. Dudé un par de días que entretuve con el habitual cachondeo, a cuyo término decidí aceptar y así se lo comuniqué a los organizadores de la revista.

Había un problema, al menos para mi forma, no ya de ver las cosas, sino de escribirlas: la extensión de las críticas debía estar entre las 250 y las 330 palabras. Pocas para según que obras, muchas para tantas otras... Los mails acerca de detalles de lanzamiento, diseño, línea crítica, composición del staff colaborador, etc. se sucedieron. Y en un momento dado fueron solicitadas las críticas en sí: el fundamento de toda revista literaria, anuncios aparte. Pero ¿sobre qué escribir?

Estuve dándole vueltas otro par de días, mientras conducía, leía o hacía como que hacía deporte. Pensé en libros viejos o viejísimos, descatalogados, o pirateados y disponibles e internet. Imaginé críticas de una brevedad absoluta y ejemplar. Iba escribiéndolas mentalmente, como suele ser la costumbre. Entretanto recibí la noticia de que ya había tres críticas para el día del lanzamiento y faltaba una, sólo una, para cuadrar el número deseado por los promotores de la nueva publicación. Entonces me decidí y envié dos propuestas de las que, con corrección, decoro y amabilidad, me fue señalada una, indicándoseme, además, un excepcionalmente generoso plazo de entrega de mi breve texto.

Y me fui a París. Viaje que quizá un día cuente, a trozos, o quizá no. La acción del título elegido transcurre en aquella ciudad, la más literaria del mundo. Se trata de una novela de amor escrita por una mujer que me fue amablemente enviada por la editorial que recientemente la ha dado a conocer en castellano. En la novela hay amor, sexo, alcohol, lujo, pobreza, desesperación y literatura, mucha literatura además de París, mucho París. En mi viaje a París, acaso ya apremiado por la cercanía del plazo límite de entrega de mi breve texto, me acordé bastante de aquella novela cuyas páginas revivía en parte paseando por los lugares en ella retratados. Las novelas, como las ciudades, son susceptibles de revisitarse, tanto literal como mentalmente. Sólo he estado tres veces en París, pero muchas más si se cuentan las visitas literarias, esos viajes mentales.

Ayer abrió por fin la revista su persiana con las cuatro breves críticas anunciadas en petit (o grand) comité. Una de ellas es de mi puño y teclas. Pero, en lugar de copiarla aquí abajo, prefiero poner un enlace para contribuir a su difusión. Mucho me temo que lo vale: http://revista330ml.blogspot.com/


P.S.: Mientras escribía estas líneas de arriba, recibo un encantador mail de 4 amigas que dice así:

Amigo Amores:

Somos 4 amigas de Barcelona que hemos abierto un blog que quiere ser un observatorio del mundo editorial en castellano. […] Defendemos los buenos libros y las editoriales de verdad, es decir, defendemos el LIBRO.

[…]


Un beso muy fuerte.

La sargento Margaret.

Todavía no hay Señora a la que haya dicho no, o dado la callada por respuesta.

1 comentario:

Belda dijo...

Pensaba que era una buena noticia, de rigor, hasta que he visto que Luna de Miguel también participa.

Por favor...

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