«El pequeño Billy Twillig subió a bordo de un Sony 747 con destino lejano. Esto es lo que se sabe con certeza. Que subió al avión. El avión era un Sony 747, rotulado como tal, y efectivamente estaba previsto que llegara a un punto determinado un cierto número de horas después de que despegara. Esto es algo a verificar, un redondeo (un khalix, un cálculo), tan real como el número uno. Pero delante estaba el horizonte somnoliento, latiendo en el polvo y los gases, una ficción cuyos límites los determinaba la propia perspectiva, no muy diferente de esas cantidades (la raíz cuadrada de menos uno, por ejemplo) que conducen a nuevas dimensiones.
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