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12 ago 2010

¿Es necesario leer a William Gass?

El post que sigue es bastante antiguo y, aunque escrito por un amigo, no puedo estar de acuerdo con el tono ni con parte del contenido. A quien quiera conocer mejor parte de la obra de William Gass, le recomiendo este otro, más actualizado y con un texto del propio Gass traducido al español: http://bolmangani.blogspot.com/2012/03/vida-entre-estanterias.html

Los que no somos científicos, sabios o entendidos en algo (en nada, añadiría para hablar con propiedad) podemos tomarnos la licencia de plantear las cuestiones como si fuésemos niños de diez años (o de menos). Vaya eso por delante. Estás a tiempo todavía, amable lector, de seguir leyéndome, después de esta inicial aseveración, pues esto no ha hecho más que comenzar: eres libre de seguir buceando en estas modestas líneas sobre literatura o de aprovechar tu tiempo por algún otro rincón del ciber-espacio, por ejemplo, buscando fotos de Shakira, descargándote películas o música de Internet (algo que no sintoniza ni con la ley vigente ni con los planteamientos sempiternos de Ramoncín) o jugando al tetris.  

Si sigues todavía aquí, amable lector, sólo me queda agradecerte la confianza que depositas en mí y confiar en no defraudarla. No pretendo grandes cosas con este escrito, debes saberlo: a lo mejor, simplemente, pensar con los dedos, que es como otro modo de pensar. Es razonar pero, para ello, escribir, aunque no sé si es bueno tener el gatillo tan ligero. Vamos al grano, en cualquier caso. No hace mucho acabó en mis manos “En el corazón del corazón del país”, de William Gass, autor al que ni conocía (sí, amable lector, tengo algunas lagunas tan impresionantes que floto en ellas como si de un Mar Muerto literario se tratara). El libro no cayó del cielo, como solían hacer las maldiciones bíblicas. No. Lo depositó en mis manos una mano nada inocente: la siempre inteligente mano izquierda de José Luis Amores, buen amigo, lector poliédrico y auténtico sabio de la cosa literaria. Sabedor de que intento emborronar papeles con algo así como poemas, relatos y no sé qué cosas más, supo encontrar un banderín de enganche inigualable para convencerme y animarme a la lectura de Gass: alguien que emborrona textos debe conocer los escritos de Gass. Dicho y hecho. La experiencia fue positiva y, por eso, me animo a contar mis sensaciones con la lectura. Sensaciones discutibles, a lo mejor erróneas, fruto de mi imaginario personal (a lo mejor no existen libros, sino que los que existen son los lectores...), pero que considero sinceras y, por ello, las escribo aquí. Adelanto que todavía no estoy en edad de embaucar: podré estar equivocado, pero todavía no soy malvado. 

“En el corazón del corazón del país” (1958) está compuesto por cinco relatos: “El chico de Pedersen”, “La señora Ruin”, “Carámbanos”, “Del orden de los insectos” y el que da título al libro, “En el corazón del corazón del país”. Si uno lee la solapa del libro espera ciertos experimentos formales y una temática claramente norteamericana. La duda parece legítima: ¿merecerá la pena, con todo lo que ha llovido, dedicarle tiempo a Gass, hoy? ¿Aquí y ahora, Gass? ¿Seguro? ¿No llevamos ya mucha mili yanqui a la espalda para estar con esto ahora: mucho Dos Passos, mucho Capote, mucho Faulkner, mucho Twain, mucho Scott Fitzgerald, mucho Kerouac, mucho Miller, mucho Poe, mucho Williams, mucho Wolffe, mucho Hemingway, incluso, etc.? ¿Aportará algo? ¿Es necesario leer a William Glass, a estas alturas del partido, después de haber metabolizado a tantos, de antes y de después? 

Sí, es necesario, existe un valor añadido interesante en sus trabajos. La lectura es provechosa como fin, pero también como medio. Como fin proporciona placer estético al lector, esa especie de lector-macho del que hablara Cortázar, en terminología que nunca me convenció. Los temas que aparecen o sugieren son los típicos del imaginario norteamericano, ya se pueden imaginar: nieve en el Medio Oeste norteamericano, el “corazón del país”, individualismo y, a lo mejor, darwinismo social más o menos travestido, vecinos cotillas y con tiempo para husmear, pollo de Kentucky, rifles y a(r)mas de casa más o menos aburridas, animales de compañía o casi, relaciones personales, amorosos asientos de atrás del coche y cosas así. Norteamérica me hizo así. Norteamérica se hizo así: es, posiblemente, la soportable levedad del ser norteamericano. Todo eso que tenemos tan archiconocido, no se puede negar, pero escrito algo antes o de modo diferente, lo que tiene su mérito. Otros vendrán luego y nos calentarán la cabeza con todo eso y más, pero Gass será quien dé la vez a algunos. Hay que valorarlo.  

Además, no sólo es destacable lo que cuenta (juega con el imaginario propio), sino cómo lo cuenta. La forma es digna de ser destacada, pues para mí es lo más sugerente: los exitosos experimentos de Gass en sus relatos deben ser destacados, pues otros vendrán colgándose medallas que no siempre están limpias de óxido. Uno piensa sobre algunos temas y, a toro pasado, retroactivamente, se da cuenta de que tal o cual andamio ya estaba por aquí. Mamma mia! Creíamos estar descubriendo la tortilla de patatas y resulta que ya la cocinaban desde hace años. Como sucede con casi todo en la vida… Si en lo que toca a los temas el mérito de Gass es sistematizar algo de aquello sobre lo que otros volverán con los años (algunos lo trataron también antes), pues es parte del imaginario colectivo, en lo que toca a la forma, Gass es aire fresco que no puede dejarse pasar. No podemos no leerle. Su experimentalismo sirve para parir textos que no sólo ofrece temas muy norteamericanos, sino que se nos cuenta todo de un modo muy especial.  

En este sentido, cada relato tiene sus virtudes particulares, claro está: así, “El chico de Pedersen”, con ciertos ecos de Poe, tras congelar a un niño nos congela el alma entre la nieve, la ventisca y las disquisiciones de una familia media norteamericana de la región, con problemas de alcohol incluidos. Uno imagina al padre de familia con la camisa de cuadros, saliendo con la botella de alcohol al exterior de la casa, donde le espera un coche todoterreno y, en su caso, un sombrero vaquero colgado de un clavo. El rifle lo tendrá dentro, pero siempre a mano, y no quiere líos con gente semi-congelada o fresca. Problemas de la vida: cómo una familia puede intentar escurrir el bulto, después de verse enfangada en un problema humano, y es que el alma se termina planteando problemas universales. 

“La señora Ruin” o el tiempo y ánimo para seguir la vida de las demás personas, intentando mantener intacta la propia (puede que esto no sea posible…). “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”, que le hubiesen contestado a Juan de Mairena. Al menos, en las rúas yanquis, todo sea dicho. En Estados Unidos también existe una Norteamérica profunda, como en todos sitios, sólo que aquí esa tierra profunda lleva camisa de cuadros, rifle, chicle y vigila la normalidad de sus vecinos desde detrás de los visillos (entre visillos, que escribiera alguna gran escritora española). Siento repetir lo de la camisa de cuadros y el rifle, pero no soy yo el insistente, sino la realidad. No maten al mensajero (o, al menos, no le agredan por motivos ajenos a su voluntad). Soy un simple Notario aséptico. ¿No será la realidad la que nos aburre? 

“Carámbanos” incide en esa tierra profunda, atrincherada entre sus cuatro paredes, en una sociedad que a lo mejor se cae, pero que es la nuestra, y posiblemente nos hundamos con ella (no se sabe si arrastrando a todo el vecindario). La camisa de cuadros la dejaremos ahora tendida en los cordeles, para que no me critiquen por incidir siempre en lo mismo. Posiblemente sea lo único que el vendedor de casas deja fuera de sus cuatro paredes: la pérdida de identidad entre la nieve provoca que sea mejor atrincherarse entre los propios carámbanos, pues aunque no deje de ser una celda, es nuestra celda protectora. 

“Del orden de los insectos” me resultó, como lector, el más delicioso y poético de los relatos. Va más allá: esa cosa cuasi-insulsa que llamamos existencia y que se caracteriza por la levedad de su ser, no sabemos si soportable o insoportable, puede llevarnos a la necesidad de construir paraísos artificiales, en este caso cargados de animalitos y de clasificaciones (como pudo haberse cargado de otras cosillas). En el cuento, la belleza del animal nos obnubila. ¿Será que necesitamos obsesionarnos con algo? ¿Será que nuestra vida a veces está demasiado vacía de contenido? Mírense el ombligo, por si acaso. En cualquier caso, obsesionarse con la belleza me parece una de las mejores obsesiones. 

Por último, “En el corazón del corazón del país” es un bello homenaje al amor, a un amor que, como todas las más bellas pasiones, no puede terminar bien. La lluvia de ideas que nos lanza el autor hace que un tema tan antiguo como el mundo, el amor, suene a novedoso. A lo mejor la buena literatura debe ser algo así: lograr que lo de siempre suene como novedoso. Habrá que pensarlo. 

En fin, amigos, no les caliento la cabeza más con estas brillantes historias de personas grises. También los seres grises somos hijos de Dios, y Gass así lo reconoce. Si siempre me gustó el agua con gas, ahora también quiero disfrutar de Norteamérica “con Gass”.



Primera breve pero necesaria aclaración

Antonio Quesada es el amigo a quien utilizaba como medio de entrada a una mala reseña, puramente anecdótica y totalmente prescindible, publicada aquí. Sus circunstancias profesionales están, más o menos, radiadas en esa nota. Sin embargo el mero dato biográfico en una persona de su edad, por su parquedad, acota injustamente al sujeto, reduciéndolo a mero inicio y, con algo de suerte, a un ya se verá. 

Le echaba yo en cara la índole de sus lecturas, que él hace en todo tiempo y lugar (incluso a pie, es decir: andando), pervirtiendo la teoría de la relatividad. Pues cuanto más corre él por las páginas, más nos deja atrás a los demás en conocimiento y experiencia, esos dos atributos que suelen alejar a quienes los poseen del fundamentalismo de la ignorancia. Pero su parcialidad excluidora de casi todo lo mal llamado experimental consideraba yo que podía estar esclerotizándolo, restándole algún grado a su siempre magnífica capacidad de perspectiva y toma de referencias, impidiéndole ver ese óxido que menciona en muchas de las medallas de rastrillo que les colgamos a nuestros falsos ídolos. Y estaba equivocado, pues aunque el criterio sea pervertible, no lo son en cambio la inteligencia ni la capacidad metafórica, que en él florece incluso a raíz de leer un texto en el que predomina la despersonalización, la ausencia básica del yo, y donde es difícil descubrir la poesía de las camisas a cuadros y los rifles en los porches. 

Lástima que esté Antonio un poco en off pública, y que no se prodigue más a golpe de tecla —algo que, por otro lado, él y nuestros comunes llevan (de manera indirecta Antonio, más explícita lo demás) señalándome y afeándome durante casi seis años—. O puede que no encuentre espacio, pero esto que digo es absurdo. 

Acabo diciendo que con la escritura de estos cuatro párrafos estoy transgrediendo oblicuamente un par de absurdas reglas escritas hace más de una década en mis actos: no hablar de los amigos en público, y no leer poesía. Pues como es él el que habla de sí mismo, a través de su experiencia como lector, y también él quien hizo poesía con su texto sobre otro eminentemente posmoderno, no me puedo autoinculpar de abolir, siquiera de manera eventual, esos límites. Pero, claro, ars oblige. En este caso el de Antonio.

Segunda breve pero necesaria aclaración

1. Filiación: En el corazón del corazón del país (In the heart of the heart of the country, 1958). Autor: William Gass. Editorial en España: Alfaguara. Año: 1985. Páginas: 256. Descatalogadísimo, pero encontrable en bibliotecas, librerías de viejo, préstamos personales, etc. 

2. Sobre la ignorancia (no la novela de Kundera La ignorancia, sino lo que ahora viene): “William Gaddis tiene unos cuentos maravillosos (En el corazon del corazon del país) sobre gente gris de vida gris” (sic). De una entrevista a Rosa Montero, en su respuesta a la pregunta trece de la misma.


Nota del 12/09/2011: Artículo complementado con este.

16 jun 2010

El canto de la espada

Ando leyendo a Mishima, El rumor del oleaje. Mi mujer prestó el libro a una madre del colegio y no nos lo devuelve. Para mí que, además de no leérselo, lo ha perdido, la muy guarra. La culpa la tiene mi mujer, que fardó en un desayuno andaluz con otras madres de haberse leído a varios asiáticos. No dijo japoneses o chinos, no. Dijo asiáticos, para dificultar aún más las cosas.

Le he dicho que, cada diez minutos, le pida que nos devuelva el libro, y ella me dice que ya lo está haciendo (ahora vuelve a hablar con la madre por el móvil, pero no del libro, me apuesto un cubalitro). (Y me juego otro cubalitro más a que no lo devuelve porque lo ha perdido y quiere encontrarlo pero no para devolvérnoslo, no, sino para leerlo y así saber por qué Mishima es más especial como forma de pasar el rato que, pongamos por caso, la telenovela Mar de Amores.)

Como llevamos así más de un mes, fui a la biblioteca y saqué prestado El rumor del oleaje. Lo estoy leyendo y compruebo que me acordaba de muy poco pero que, releyéndolo, es como volver a montar una bicicleta que hay olvidada en casa de mis padres.

Hace poco más de ese más de un mes mi mujer y yo fuimos a una “Velada sobre Literatura Coreana” en el edificio del Rectorado de la Universidad de Málaga. Los asistentes eran: Kim Hoon, novelista de 62 años; Kim Kwang-Kyu, poeta de 69 años; y Yi In-seong, novelista de 57 años. Kim Ki no pudo venir por estar rodando el capítulo de Pelotas en que se alía con el maquillador de cadáveres para hacer ver a la chica de ambos que no se puede jugar (mucho menos amar) a dos bandas. También asistieron: Francisco Ruiz Noguera, poeta; Antonio J. Doménech del Río, profesor de la UMA; y Antonio José Quesada Sánchez, poeta, profesor de Derecho Civil e íntimo amigo nuestro. Finalmente, había una traductora de coreano y unos treinta cacharros muy modernos que servían para que las más o menos treinta almas que asistimos a la Velada pudiéramos escuchar las traducciones. Todo ello gratis.

Abrió la charla Ruiz Noguera, quien dijo desconocer a los coreanos y pidió disculpas a éstos vía la traductora, aunque aclaró que antes de entrar había leído unos poemas del segundo Kim que le habían deslumbrado. Dijo algunas cosas más, aplaudimos un poco y entonces habló Doménech, quien sorpresivamente no necesitaba a la traductora para entenderse con los coreanos. En ese momento, quienes habían hecho amago de levantarse para salir de allí se lo pensaron mejor y decidieron quedarse un rato más, a ver qué tal.

Doménech dijo que le fascinaba la cultura asiática, en especial la coreana. Tanto que incluso le había dado por aprender un poco su lengua (aunque, en nuestra opinión, exageró con aquel “poco”). Presentó a los coreanos y, antes de darles la palabra a éstos, le ofreció el turno a Quesada, nuestro amigo.

El año pasado, Antonio Quesada paseaba ganduleando cerca de los tablones de anuncios de la Facultad de Derecho. Como en ese momento no tenía ningún libro a mano para abstraerse de las inocencia, indolencia e indecencia que le rodeaban, se puso a escudriñar los papelillos pegados en aquel corcho gigantesco. Y entre apartamentos y camas con derecho a caca y pis entrevió un anuncio formal del Primer Premio Mundial de Ensayo sobre Literatura Coreana. Es decir, una convocatoria. En plazo.

En la biblioteca sólo tenían un libro firmado por un coreano empadronado allí. Aunque no olvidemos que Antonio vive en Málaga y ya se sabe. El libro en cuestión era El canto de la espada. Año y pico después, la traductora de coreano, a una pregunta impertinente de un lector impenitente, aclaró que la traducción del término no era exacta, aunque sí aproximada. Pues el término original connotaba los castellanos canto y llanto a la par. Alguien preguntó que si como un fado. La traductora dijo que tampoco lo veía claro pues había una cantante de fados que sonreía mucho al cantarlos. Quizá fuera pertinente decir un llcanto o un cllanto, pero ninguna de las dos palabras existe en castellano. Así pues, canto y sigamos.

Quesada leyó el canto un par de veces, como Schopenhauer aconsejaba hacer con la música, elaboró un lúcido y divertidísimo ensayo sobre el mismo, lo presentó a concurso y, a renglón seguido, procedió con característicos soltura y donaire a ganarlo.

No recuerdo de qué habló Antonio en su intervención, pues me dediqué a hacer fotos todo el tiempo desde varias esquinas. Mi mujer tampoco se acuerda de gran cosa porque se olvidó de apagar el gadget traductivo y escuchó las palabras de nuestro amigo en el feminizado coreano de la traductora.

En otro momento cabrá hablar tanto de Kim Kwang-Kyu como de Yi In-seong y sus respectivas obras. Ahora, y centrándonos en el primer Kim, es decir el Hoon, diré tan sólo lo que otras veces y en lugares diferentes he dicho: el mercado dirige nuestros gustos. He leído a Mishima, a Kawabata, a Oé y también a Murakami. Tengo muchas ganas de leer Brothers, de Yu Hua. No he leído a Yoshimoto ni a Kirino, si tales agrupaciones son pertinentes o permisibles. De lo leído guardo buen recuerdo excepto de Murakami, aunque es posible que el problema sea mío por ver sólo praderas donde otros disfrutan de montañas. Pero a lo que voy es a que desconocemos ese mundo que hay afuera. Cada vez que entro en una librería, he de buscar lo que llevo en la cabeza como Lavoisier rastreaba los átomos ya adivinados por Demócrito o Epicuro. Recuerdo entonces la voz en off de Expediente X: “La verdad está ahí fuera”.

Y como comienza a ser habitual, aunque confío en que no os habituéis, en lugar de una crítica os pongo un extracto del libro que me he dado el trabajo de escanear, pasarle el OCR y hacerlo legible después, para que no se diga.

Extracto de El canto de la Espada, de Kim Hoon

P.S.: Miro ahora la Wikipedia para asegurarme de que la referencia a X-Files no es apócrifa y me encuentro con las siguientes perlas:

“No confíes en nadie.”
“Niégalo todo.”
“La verdad está lejos de aquí abajo.”
“Y sin embargo se mueve.”
“Cree la mentira.”
“Todas las mentiras conducen a la verdad.”
“Dios te ama.”
Thomas Pynchon

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