En 1980 no había Internet y las novedades llegaban a los pueblos antes que a los pisos de las ciudades. La mayor seguridad circulatoria que se disfrutaba en los primeros proporcionaba fluidez al intercambio de información, que en los barrios citadinos quedaba restringida a los chismes cacareados en las tienduchas de comestibles. Entre torres de cemento, para enterarte de “la vida” tenías que ser drogadicto o delincuente o ambas cosas, y estar siempre tirado en la calle.
5 ago 2011
4 ago 2011
Un momento de descanso
Conocí a otro de nuestros mejores novelistas hace un par de meses, con motivo de la presentación de su última novela en Málaga. Fui con Juan Francisco Ferré, uno de nuestros mejores novelistas y amigo personal de Antonio Orejudo, el presentado. El presentador fue Pablo Aranda, también novelista aunque en dique seco (Pablo y yo nos hicimos amigos después, en la cena, bebiendo y comiendo y confesándonos lo mucho que aún nos queda por leer y la burrada de libros que, cada uno por su lado, hemos leído ya).
2 ago 2011
Sobredosis
Llevo más de tres semanas sin escribir ni aquí ni en ningún otro sitio. El motivo es el ya avisado, he estado fuera, pero también ha influido la aparición de una cierta clase de hartazgo no tan grave, creo, como para que deba consultarlo con un urólogo. Con todo, en este tiempo he leído, según se mire o valore, mucho, más tranquilo que en otras ocasiones en las que también estuve viajando. Y la selección ha sido, en general, tan buena que por momentos me entraban ganas de agenciarme un PC y una conexión para tan sólo decir, bien alto y claro, tras el título, “¡Eh, vosotros! ¡No os perdáis este libro! ¡Es una maravilla!”
9 jul 2011
¡Vamos a morir todos!
Hace un par de meses volví a París y, una vez allí, el deambular me llevó hasta el cementerio de Montparnasse. Pensaba yo que no bastaba con que leyera literatura y escribiera sobre ella sino que también, para sumergirme un poco más en esta locura escasamente colectiva, debería posar en una o dos actitudes literarias de las comúnmente aceptadas, al menos en lo que a signos externos se refiere. Fui también al cementerio de Montparnasse porque antes no había ido a los de Roma, Aix-en-Provence, Londres, Múnich, Berlín, Viena, etcétera, donde, popular y turísticamente, consta que hay tantos hombres de letras enterrados, esperando visitas y fotos. Y además porque había leído aquel texto de William T. Vollmann, incluido en la famosa antología, sobre millones de muertos en el subsuelo de París.
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