9 nov. 2011

Últimos días en el Puesto del Este

Estoy a punto de terminar de leer una novela que me han regalado. Eso es tener mucha suerte, que a uno le regalen libros, teniendo en cuenta además que ningún mercado está para dispendios. Porque los mercados están muy mal, no paran de decirlo: que si van a tener que emigrar por culpa de la piratería, que si cierran o se ponen a saldo o directamente quiebran un montón de editoriales, que para qué publicar a la “vieja usanza” si una niña americana es capaz de vender un millón de ejemplares de fantasía sin editor ni agente ni hostias en verso… Hasta los hay que dan cifras del dinero que ganan por anuncios en sus webs de creación literaria y las comparan (esas cifras) con lo que obtendrían si publicaran sus cosas en papel. Y sin embargo voy a la librería y veo miles de libros, y gente que los compra; y voy al peluquero y no soy el único que espera su turno leyendo; y como aquí nunca hace frío, tampoco me siento raro si decido leer en plena calle, en una cafetería, cerca de otro/s lector/es, aunque el número y volumen de quienes nunca leen siempre sea mayor y más alto. Me parece que si el apocalipsis tiene que llegar, aún queda mucho tiempo para que la bestia auténtica nos alcance.

Sigo confiando en la literatura. La mayoría de las páginas que se publican me parecen prescindibles, pero también me parecen prescindibles muchas otras cosas y facetas de la vida y ahí están, ocupando sitio y demandando atención y dando por culo. Los libros hacen poco daño o ninguno. Basta con no abrirlos o no acabar su lectura. Hay muchos que no me gustan con fundamento, y otros a los que ni me acerco por motivos espurios. Por ejemplo, generalmente huyo de todo aquello que encaje comercialmente en algún, así llamado, género (fundamento/prejuicios). Intento que no se note, pero la omisión sistemática me delata. Aunque tampoco hablo de poesía, que sí leo y en general me gusta (prejuicios derrotados). Quizá suceda que el tiempo es siempre poco y a mí me sabe aun a menos, y que prefiera dedicarlo a lo que me entusiasma de veras y no a lo que sólo “me gusta”. Pero incluso así, tampoco puedo decir que no salga con frecuencia del perfil que he ido fabricándome con el paso de los textos, y que no vaya de un libro a otro, deliberadamente perdido y sin reloj que diga qué coño estás haciendo. Y por todo ello me doy cuenta de que un lector, si no es inclasificable, es que no se ha enterado de nada.

Voy a hablar del libro que ya sí he terminado. Es de Cristina Fallarás, sobre cuya novela anterior escribí, creo que bien, aquí. Se titula Últimos días en el Puesto del Este —seguro que ahí hay un juego de palabras con los lugares que no soy capaz de descifrar—, ha ganado un premio y la edita DVD. Esta novela, como la anterior, es negra, como apreciará el hipotético lector que haya llegado hasta este párrafo si observa fijamente su portada. Casi todas las portadas de los libros de DVD son iguales. Los libros de DVD suelen gustarme mucho, cuando los encuentro. Pero esta nueva novela de Fallarás no es negra por dentro. Lo sospechaba incluso antes de recibirla, cuando supe que era DVD quien la editaba, porque DVD cubre de negro lo que por dentro asume otros muchos colores. Así que acerté, nada de género narrativo ad-hoc, ningún detective cagándose en el mundo ni asumiendo poses imposibles y repelentes. Ningún personaje que venga a repetirnos que el mundo es una mierda y que estamos esclavizados por oscuros estratos de poder y riqueza sólo accesibles bajo el foco enfermo de un plumífero vicioso, thrillero inventor de tramas parapolicíacas sumido en su propio suspense vital. Fantástico entonces, pero ¿de qué va la nueva novela de Fallarás?

¿Habéis leído La carretera, de Cormac McCarthy? En aquel librito ya había sucedido el apocalipsis, y un padre y un hijo buscaban comida, refugio, se defendían, se amaban e intentaban llegar al mar para no se sabía bien qué. El padre fabricaba esperanzas y el hijo tenía a su padre, poco más hacía falta para comprender la historia. La madre los había dejado, y McCarthy tuvo la valentía de otorgar el papel materno al padre. Quizá fuera una reivindicación, pero sólo por ese detalle, tan magistralmente llevado desde el principio hasta el final, acabé siendo muy fan de una novela que, es de ley reconocerlo, está muy sobrevalorada. Pero las motivaciones del público son tan oscuras como esta que acabo de confesar, y La carretera acabó siendo un best-seller de proporciones apocalípticas, aun cuando si se la compara con las otras obras del autor, palidece sin remedio.

Últimos días en el Puesto del Este también es una novela apocalíptica, pero en ella quien se ha largado es el de siempre, y los motivos no se aclaran hasta el final. Leía sin poder evitar compararla con la de McCarthy, quien pone a rodar a sus personajes y nunca explica qué suscitó el estado de cosas ni por qué, se centra sólo en la evolución particular de la pequeña historia de supervivencia para que sea ella la que vaya ofreciendo las muestras que configuran la desolación. Aun así es fácil imaginar una precuela cargada de bombas atómicas. Nos decimos que no puede ser otra cosa. Pero me equivocaba, no encontré más paralelismos ni espejos deformados entre ambas obras. Fallarás troca roles protectores, cambia peregrinación por energía estática, dinámica por la entropía que provoca un estado de sitio, sequedad y diálogos por prosa poética, llantos y lamentos por pasión y celos e infidelidad; reduce el paisaje a meras rendijas, entreteje pronósticos a través de ojos cegados por el deseo, se ceba en el canibalismo. ¿De qué tipo es este otro apocalipsis?

Mientras leía pensaba en el panorama cultural, devastado por los salvajes. Después pensé más a lo grande y jugué con la idea del contexto socioeconómico, que da para escenificar cataclismos a mansalva. Formidables metáforas y vaticinios, si los tiros van por ahí. (No quería recurrir a catástrofes privadas aunque la tentación era mucha por lo seductor de la hipótesis: apreciar biografía desdibujada por la ficción donde posiblemente sólo haya ficción.) Lo cierto es que no lo cojo, no acabo de comprenderlo o quizá sea que estoy dando todos los pasos en falso, empezando por los géneros y los colores de las portadas. La otra novela de Cristina Fallarás es otra cosa. Hace un par de semanas la vi expuesta en el panel de recomendaciones de la biblioteca que más frecuento. En aquellas páginas la protagonista estaba embarazada, se agarraba la barriga gorda; en las de ahora tiene ya dos hijos a los que proteger y: “Los niños son la parte vulnerable de mi fortaleza. Tengo los niños al aire”, p. 69.

(Me parece que un poco sí voy cayendo.) Antes, sí, el mundo era negro, un desastre humano. Ahora el mundo ya no está, la amenaza se ha cumplido y los motivos no importan. Lo principal es que una mujer fue amante, esposa y ahora es madre y no tiene salida. La vida verdadera ya no es factible, gente que lee mientras toma un té, antes humanos, han sido ahora reducidos a bestias dominadas por la superstición. Muy posiblemente sea ésa la visión de Cristina Fallarás y creo que se anticipa demasiado, aún hay esperanza porque ahora es hoy y no mañana. Ayer un tipo entretenía la espera leyendo literatura y no era yo, que no leía porque lo miraba a él. Iba por la mitad de un tochazo memorable y cuando se sentó en la silla habló sin alzar la voz. El poder de la literatura. Sí, todavía pueden cambiar algunas cosas.

Si me equivoco, no importa. Si estoy en lo cierto, entonces habría que leer primero la anterior novela de Fallarás, aunque sea negra, aunque ya sea antigua y anacrónica con estos tiempos cataclísmicos. A mí aquella me gustó más.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Por lo que leo, el cambio no le ha sentado bien del todo a la dama, que estaba más cómoda en terreno conocido, o en el que la conocíamos.

Buen texto.

Anónimo dijo...

Y el han dado 15.000 leuros PÚBLICOS: http://www.radiohuesca.com/noticia/452830/Se-publican-los-Premios-Literarios-de-la-pasada-edicion-en-Barbastro.

A saber como serían las demás novelas.

José Luis Amores dijo...

Anónimo de las 13:26, da igual cómo fueran las demás novelas presentadas a concurso, porque esta es la mejor y la única que por esa vía ha sido publicada. No sabía lo del premio en metálico (quién sabe si se lo han pagado ya o no...).

En todo caso, anónimos ambos, no digo que la novela sea mala, sino que a mí me gustó más la anterior, y que puestos a elegir, elijo. Ella sabrá hacia dónde quiere llevar su carrera o su narrativa. De lo que no cabe duda es de que le gusta correr riesgos.

Saludos.

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