16 nov. 2011

El espía

De acuerdo con que los límites de la literatura son difusos. En bastantes ocasiones resulta arriesgado decir que esta o aquella novela relegada a uno u otro género comercial no pueda ser considerada también literatura. Asumamos que esa problemática está superada y que carece de importancia. Más preocupantes son las fronteras que los lectores suelen marcar dentro del territorio de lo que claramente y sin discusión es literatura. Fronteras de todo tipo, algunas tan pueriles como la edad de los autores y, por derivación, la de sus lectores.

Creo que me caracterizo por un desprejuiciamiento radical respecto de las condiciones subjetivas de un autor a la hora de encarar la lectura de sus obras. Nada me importan su sexo, filiación social o edad. El libro es al margen de quien lo escribió. Aunque la mayoría de las ocasiones aquellas cualidades marcan el tono y el tema narrativo, atiendo solamente a la calidad de lo que leo —y si, valga el ejemplo, el autor es joven y sus personajes también lo son, aprecio la autenticidad de estos últimos, no los años de aquél. De lo contrario estaría reduciendo caprichosamente mi ámbito literario. Otro ejemplo: lector que de sus contemporáneos sólo lee lo escrito por aquellos cuyas edades sean superiores a X, o sólo lo de varones mayores de X, o sólo obras publicadas en las editoriales Y y Z escritas por varones de X años en adelante…, la creación de subconjuntos puede resultar cómica e interminable. Pero sucede, el prejuicio espurio parece ser connatural al lector, en realidad una especie de mecanismo de defensa frente a un conjunto de defectos propios que no voy a enumerar.

Traigo un caso personal, para que no se diga. Una novela que me recomendó hace meses un escritor mayor que yo. Concreto: con muchos más años que yo y que parece que, en lo que respecta a literatura actual, sólo lee a escritores de su edad o más viejos, varones todos, fundamentalmente hispánicos. No hizo falta más: la repulsión que siento ante ese tipo de actitudes, ante ese abandono autoconsciente de perspectiva, se trasladó automáticamente hacia la obra recomendada, y decidí no leerla jamás. Es decir, actué como él, limitándome de manera absurda el terreno literario.

Pero la he leído. Aunque el laconismo del título, El espía, tampoco provocaba mucha atracción. ¿Quién espía? ¿El qué? Le di la vuelta a la novela (es patético leer las contraportadas, es preferible la sorpresa, aunque en este caso…) y leí: Ezra Pound. Y eso cambiaba las cosas. ¿Ezra Pound espía? Pero si el viejo Ezra estaba como una cabra…

Yo de Ezra Pound sabía cosas, muchas si se tiene en cuenta que no soy un entusiasta de sus Cantos, que me parecen un coñazo si no se sabe leer poesía como es debido. Precisamente mi tercer acercamiento a Pound fue a una especie de tratado o ensayo o manual suyo sobre cómo leer, ABC of Reading, continuación de otro también explícito, How to read, ambos traducidos al castellano aunque no tengo esas ediciones. Su lectura me resultó hace quince años altamente instructiva y divertida, tanto por la materia como por el intento brutalmente parcial e interesado de Pound en introducir al lector en su particular concepción de la poesía y las letras. El ABC es un libro de texto ideal para talleres literarios, válido tanto para estudiantes como para profesores, e incluye cosas como esta:

“Los profesores o conferenciantes son un peligro. Muy raras veces reconocen su naturaleza o su posición. Un conferenciante es un hombre que tiene que hablar durante una hora. Francia posiblemente obtuvo el liderazgo intelectual de Europa cuando acortó su tiempo de clase a cuarenta minutos. Yo también he dado conferencias. El primer problema del conferenciante es tener bastantes palabras para rellenar cuarenta o sesenta minutos. Al profesor se le paga por su tiempo, y sus resultados son casi imposibles de evaluar. El hombre que de verdad sabe puede decir todo lo comunicable en muy pocas palabras. El problema económico del profesor (de violín o de idiomas o de cualquier otra cosa) es cómo alargarlo para que se le paguen más clases. Se puede ser tan honesto como se quiera, pero el peligro está ahí incluso si se lo conoce. He sentido escalofríos hasta con este breve libro. De buena voluntad, pero porque uno debe hacer una estimación aproximada, los editores me enviaron un contrato: de 40.000 a 50.000 palabras. Quizá las supere, pero aquello introduce una “condición”, un componente de error, una distracción del auténtico problema […].”

El “auténtico problema” era cómo calcular de la manera más objetiva posible la envergadura de una declaración. Decir las cosas que tienes que decir con la máxima economía de medios. Pound me hubiera expulsado sin dudarlo de sus hipotéticas clases. Y yo a él le hubiera puesto un cero por su charlatanería, que dificultaba ver al genio literario que tecleaba sin descanso. Y porque además necesitó numerosos ensayos, cartas, páginas de periódico y decenas de horas delante de un micrófono para expresar, directamente pero también entre líneas, un sentimiento indigerible para su época, orígenes y condición: estoy en contra del liberalismo, lo que me provoca un fervor anticapitalista y antiburgués que me inclinan a comportarme de forma en apariencia reaccionaria, y la derivación natural de esos sentimientos, en estos años 30 y 40 y en la Vieja Europa, es declararme fascista y antisemita y pensar, hablar y escribir como tal. Y lo ejerció de tal forma, con tal cantidad de verborrea y énfasis e histrionismo, que incluso pareció que Pound estaba mal actuando, que tuviera otros objetivos distintos del mero colaboracionismo entusiasta. Que Ezra Pound fuera en realidad otra cosa. ¿Qué? Quizá un espía.

Escribir a estas alturas de la fiesta sobre la traición del viejo Ezra no tiene mucho sentido. Llovería sobre charcos secos y se estrellaría contra los procesos de rehabilitación ejercidos por sus amigos Hemingway, París era una fiesta, y T.S. Elliot y las hordas de poetas que han visto en él un modelo técnico a seguir. Pero especular con que Pound fuera en su otra realidad no literaria no un fascista traidor a su patria sino el más leal de los ciudadanos por sacrificar su imagen pública y su honor por la causa de la libertad, etc., es una tesis fantástica que bien merece una novela, nunca un ensayo. Novela que escribió Justo Navarro.

En El espía vemos al Pound colaboracionista con el fascismo italiano y, por extensión, con el nacionalsocialismo. Pound viviendo con su amante y con su esposa. Escuchando música, escribiendo, viajando por Italia con base en Rapallo. Haciendo pasillo. Ninguneado. Un tipo raro de quien no se sabía bien qué pensar. Pero Navarro lanza vectores narrativos al pasado que lo conectan con quien después fuera director de la CIA, y con personal de la OSS en Italia. Se exponen los hechos con claridad meridiana: sometido a vigilancia, tanto por los fascistas como por la inteligencia aliada; y también la hipótesis plausible, magistralmente engarzada al final de la novela, de que ese no estar del todo claro qué era Ezra Pound tuviera un origen que sólo cabe calificar como heroico. ¿E infundado? Al menos argumentado en la ficción: en la novela aparece el propio Justo Navarro viviendo en Pisa, donde Pound estuvo preso en tanto que se le trasladaba a Washington para su juicio. Esto es fascinante: Navarro teje con maestría su propia ficción de los conocimientos y azares que le llevan a conocer la hipótesis del espionaje y, de ahí, a desarrollar la novela.

De verdad que creo que nunca terminaremos de leer y escribir sobre la Segunda Guerra Mundial y sus personajes, lugares y circunstancias. La atracción temática es formidable. Según muchos la Historia terminó antes de que comenzara la segunda mitad del siglo XX. De ahí en adelante no ha habido más que simulaciones históricas o historia creada sobre las que no merece la pena insistir. A favor de esta tesis está el hecho de que una y otra vez se vuelva sobre un pasado que la gran mayoría de nosotros no vivimos, pero que compramos, engullimos y hacemos propio. El mismo Pound resucita cada década, no sólo se le novela sino que también se reeditan sus obras con gran calidad. No estaría mal que resucitaran sus obras críticas y ensayos en su totalidad para que quienes las desconozcan, que son muchos, tuvieran otra vara de medir lo que es literatura realmente.

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