2 mar. 2011

Darse de baja

Hubo una época muy extensa, muy larga, en la que compraba libros. Gastaba un dinero considerable en todo tipo de librerías, industriales y anónimas, con encanto o sin él, en libros viejos y nuevos. Casi todo lo que compraba y leía era literatura, nada de best-sellers, sí algo de economía y empresas. No sé cuántos libros tengo, si los contara obtendría una cifra indecente. No me preocupa el espacio para guardarlos, mi casa es enorme y todavía cabrían tres o cuatro miles más. En cierto sentido tampoco el dinero resulta un problema, hay gente que desperdicia el sueldo en tabaco, bebida, marcas de ropa o hipotecas, vicios todos ellos mucho peores que la cultura. Así pues, debía de haber otro motivo para que hubiera dejado de comprar libros, pero no lograba dar con él por más que me paraba a pensarlo. Hasta ahora.

Creo que ya dije alguna vez que comencé a leer porque en casa de mis padres había libros y enfrente una biblioteca pública. Fue un comienzo subvencionado, gratuito, disparaba con pólvora del rey. En aquel tiempo, si me daban a elegir entre invertir mis pocos ahorros en un disco o en un libro, ganaba la música. También así se empieza a fumar, porque te dan un cigarro, pruébalo y me dices. O a beber, en las bodas y bautizos, convidado o a cambio del regalo que han pagado tus padres. Yo no bebo y ya fumo poco y liado, pero sí leo, y bastante. Aquellos libros de mis padres y los públicos cruzando la calle me engancharon a un vicio de por vida. Poco a poco se me fue quedando corto lo regalado y comencé a adquirir títulos de mi bolsillo. Creo que el primero fue de Poe, y el segundo de García Márquez. Luego fueron viniendo todos los demás. No ha sido hasta hace unos meses que comencé de nuevo a frecuentar las bibliotecas.

Pero el motivo real no ha sido el económico, aunque también debe de estar por ahí metido, en el subconsciente. Pensado en frío, da grima hacer la cuenta de lo gastado en libros. Si al menos fueran todos buenos, quedaría el consuelo de poseer una magnífica biblioteca. Como no es así, es sensato afirmar que toda biblioteca está compuesta de basura y algunas perlas; esas que alguna o varias veces son releídas; aquellas que más valdría haber dejado como pasto de los ratones y los críticos de la mediocridad. El lector anda a ciegas entre miles de títulos, antiguos y actuales. Si ese lector comete el error de abonarse a la novedad, el fracaso está asegurado por ambas partes, autor/texto y consumidor. Yo incurrí en tal falta.

Después de comprobar, en varias ocasiones, la escasa o nula calidad imperante en el terreno de lo novedoso, decidí suspender las compras y volver a la vieja táctica de lo prestado. Sin embargo, no tuve en cuenta que lo más preciado de que disponemos no es el dinero, al fin y al cabo no nos lo llevaremos al nicho o a la urna, sino el tiempo, que tampoco vendrá con nosotros y aún así lo dejamos escapar como si lo poseyéramos para siempre. Ni gratis resulta beneficioso perder las horas leyendo según qué cosas, pues dejarás otras sin leer, o incluso se corre el riesgo de acabar aborreciendo cualquier tipo de letra impresa, como le pasó a aquel amigo de quien hablé hace un par de semanas.

(También hay otra razón, más tonta; es cierto eso de que todos los caminos conducen a Roma. Vino mi hermano pequeño a casa, a por libros, y dejó la selección en mis manos. Le di El desayuno de los campeones, de Kurt Vonnegut, Glamourama, de Bret Easton Ellis, Factotum, de Charles Bukowski, y Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy. Tuve que reprimirme para no prestarle otras cosas, todas extranjeras, ninguna española; no me costó nada negarle las birrias. La cosa es que me despedí de esos libros como los del anuncio de aquel whisky, no recuerdo la marca.)

Efectivamente, hay obras valiosas que no he leído. Orientándome, como un zahorí con su vara, por entre la tinta actual, he dejado pasar unos meses preciosos sin hacer honor al sustantivo, que no adjetivo, lector. No me duele decirlo más de lo que debiera por saber lo que he perdido. Y no, desde luego, por comparación con la mayoría de quienes afirman dedicarse al meollo literario: si hubieran hecho los deberes, una de dos, o no publicarían las tonterías que escriben —por ejemplo, por vergüenza—, o en realidad no poseen el talento que dicen tener y, por tanto, han abdicado de cualquier esfuerzo por una evidente falta de aptitud.

Por eso, como no quiero dejar de leer —e incluso he convencido a mi amigo para que retome lo que, ahora lo sé, dejó por causas parecidas a mi actual apatía por la moda—, he decidido darme de baja de la novedad, al menos hasta que la única persona en cuyo criterio confío —nunca me ha decepcionado— me diga que tal cosa o tal otra merecen la pena; y me lo preste, claro. Quien haya venido leyendo lo que por aquí escribo, ya imagina a qué persona y a cuál criterio me estoy refiriendo.

También he tomado otra medida, ésta más radical, si cabe. He comprado un Kindle DX, maravilloso cacharro. Hasta ahora, si por casualidad me topaba con alguna “copia pública” de determinado libro que me apetecía leer, la imprimía y me dedicaba a ello igual que si las páginas estuvieran cosidas o encoladas entre tapas duras o blandas. Me interesa el interior de un libro, mucho menos su envoltorio. Pero andar con folios sueltos es angustioso en según qué circunstancias, y además esa práctica ayuda poco al castigado entorno. Un e-reader es más limpio, y ocupa mucho menos espacio. Tuve un iPad de pruebas, cortesía familiar, y al cabo de un rato de lectura de los míos mis ojos lloraban de puro agotamiento; ni loco compraría un artilugio así para leer todo lo que aún queda por leer.

¿Y por qué Kindle, por qué DX? Por el precio, por el tamaño de la pantalla. El coste de los e-readers de aquí es escandaloso, y el tamaño enano de la pantalla impide la lectura cómoda de ese tipo de libros que incluye gráficos y esquemas, que también los hay; no sólo de pura letra se vive en este mundo.

Mientras escribo esto, no veo la hora de ponerme a usar el Kindle. Supongo que esa vuelta a los orígenes me impulsará a escribir sobre libros antiguos y más conocidos. Ya será más difícil hablar de chavales recién paridos por una editorial, o de un premio literario cualquiera, da lo mismo si de primer o quinto grado. No creo haberlo hecho hasta ahora —digo sin que tuviera que arrepentirme de algo—, pero el camino ya estaba señalado. La tasa de abandono a las veinte, treinta páginas ha alcanzado cotas escandalosas, y mantener un blog hablando mal de tantos libros, como por ejemplo hace el tal Mal-Herido, no es mi estilo: aunque al principio hace gracia, la política del odio acaba aburriendo mortalmente. Mejor es decir que un libro es bueno, y obviar los muchos malos, no haciéndoles ningún caso y allá el lector atrevido que quiera perder su tiempo con semejantes cosas.

7 comentarios:

René López Villamar dijo...

El DX es muy buen cacharro. Mi e-reader de cabecera (tengo dos) es lo opuesto: un modelo portátil de 5 pulgadas porque paso mucho tiempo leyendo en el transporte público y algo del tamaño de DX sería contraproducente en el metro de la Ciudad de México.

Dos consejos básicos:

* Descarga Calibre para gestionar tu biblioteca.

* Cuida mucho de la tarjeta que esté anexa a tu Kindle. La tienda es demasiado tentadora.

Por cierto, si te interesa leer en tu DX, además de clásicos, cosas más contemporáneas, sobretodo en inglés, mándame un mail.

José Luis Amores dijo...

Gracias por los consejos, René, lo de la "tarjeta" ya lo había pensado, por la compulsión natural que tenemos a acumular...

Un abrazo.

Gissel Escudero dijo...

Pues yo también me he llevado muchas desilusiones literarias últimamente. Supongo que ése es otro de los motivos por los que escribo, y me da satisfacción que a mi madre le gusten más mis historias que los libros publicados :-P Ella y yo tenemos el mismo problema de espacio. Y encima no dejamos de comprar libros, aunque ahora yo sea más cuidadosa y lea primero las críticas en Goodreads (no me gusta perder el tiempo con libros que no valen la pena). Pienso comprarme un e-reader apenas tengan un precio razonable en mi país (sólo hay un modelo y a 400 dólares). Me encargaría un Kindle, pero antes tengo que averiguar si no me cobrarán impuestos por él... En fin, disfruta mucho tu aparatito. Piensa además en la cantidad de árboles que estarás salvando si el aparato es duradero y lees muchos libros en él :-)

José Luis Amores dijo...

Gissel, para comprobar el precio definitivo de un kindle lo mejor es darte de alta en Amazon y llegar en el proceso de compra hasta el momento anterior a dar los datos de la tarjeta de crédito. Ahí verás tanto los impuestos como los gastos de envío. Ayer comencé a utilizar el aparato y es una gozada...

Carlos González Peón dijo...

Leches JL, ¿se puede saber que haces? ¿Como le puedes ir por ahí regalando "El desayuno de los campeones" de Kurt Vonnegut a la gente, aunque sea familia, aunque sea tu hermano? ¿Sabes lo descatalogado que está ese libro, que no lo encuentro ni el biblioteca? Era poco matarte...

MK dijo...

Tolstoi y Chejov te salvan un mal invierno y si me apuras Jane Austen buena parte de la primavera.
Pero tampoco quiero pasarme.
Me gusta eso de que política del odio acaba aburriendo mortalmente Y aparcar la fealdad de lo mal escrito.
Hay demasiado bueno por leer y quien sabe cuanto tiempo para hacerlo.

José Luis Amores dijo...

Tienes razón. Eso es lo que denomino "fondo de armario", siempre tiene que estar bien surtido. Además casa con todo o va bien con todo.

Gracias por el comentario.

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