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18/8/2010

Overbooking


A efectos de nuestro análisis —necesariamente incompleto, superficial (puesto que en las conclusiones nos moveremos en la superficie de los acontecimientos para dialogar con ellos ahí, sin pretender cambiar su sustrato sino, en la medida de nuestra creatividad y de lo posible, sumarse a él), y no fundado en la razón práctica sino en la práctica de la razón—, la tendencia se inició con la comercialización de libros decorativos. El deseo de proveer al hogar de un ambiente culto, sin abonar el caro y engorroso fielato de hacer coincidir el contenido de las estanterías con el de la propia cabeza, provocó la aparición de un incipiente mercado de lujosas encuadernaciones de aire que, mediante su colocación agregada en baldas y estantes, otorgaban un aire victoriano a salones tradicionalmente decorados con tapetes de ganchillo, figuritas de porcelana y fotografías familiares. Alguna variante de la idea confería una mayor utilidad al vacío contenido entre tapas y lomos. Por ejemplo, servir de mini mueble bar, organizador de facturas, fotografías, cartas, e incluso de costurero, de caja de herramientas, de cigarrera, etc. El dueño de boiseries así emperifolladas podía entonces disfrutar del visionado de partidos de fútbol con la conciencia estética tranquila al poder ser reconocido por sus visitantes como persona leída y, por tanto, instruida.

Investigando las verdaderas razones del auge de este Nuevo Estilo interiorista, encontramos que sus raíces descansan en un indudable deseo de abandonar la incultura. Pues la moda de renovación interiorista no se detiene en el look de las repisas, sino que extiende sus tentáculos hacia las paredes, con la compra compulsiva de alcayatas —también cáncamos, y los correspondientes tacos— y sus reproducciones pictóricas a juego, que van desde los impresionistas franceses hasta la antigua modernidad de Klee o Kandinsky; la adquisición de facsímiles escultóricos o cerámicos, con predilección hacia la alfarería porcelánica china de gran envergadura, los mármoles griegos jibarizados o, más recientemente, el conceptualismo polimaterialista; el forrado de testeros mediante tapices con escenografías de época, antes de caza y ahora bucólicas (o con fotografías de gran formato, con predilección por los edificios estilo Metrópolis), y en los suelos la superposición de alfombrados cuyas tramas de poliéster tintado son claro simulacro de topologías extraterrestres. Y así podríamos seguir durante unas cuantas frases más, adquiriendo para nuestro análisis el coleccionismo de fascículos couché, de minerales falsos, de iconos pop, de artefactos de la modernidad reproducidos a escala doméstica, de cápsulas musicales clásicas en variados formatos reproductivos, de eclécticas muestras del séptimo arte clasificadas mediante ingenuas taxonomías comerciales que suelen apelar a criterios tan dispares como el origen geográfico de la producción, su autoría, su género, las épocas en que se comercializaron, los premios obtenidos, su temática, un actor, su banda sonora, etc.

Pero ¿en qué radicó este auge de la cultura como complemento personal? ¿Qué tienen de malo las estanterías vacías, o llenas de figuritas de Lladró o imitativas de éstas, o incluso la ausencia misma de estanterías? ¿Y qué si sus dueños son reconocidos dentro de su hogar como homos no-sapiens, dado que en el exterior, fuera de sus casas, no es posible portar píldoras estéticas de esa supuesta formación? Y aunque fuera posible —mediante complementos del vestir tales como Ipods, Ipads, e-readers, o usando prendas serigrafiadas con clichés culturales, o incluso llevando en la mano o en el bolso (siempre sobresaliendo una esquina) un vulgar libro—, ¿qué sucedería cuando el estetizado como intelectual abriese la boca para decir algo? Las respuestas son obvias: el individuo, en su esquizofrénico afán de reconocimiento, siquiera figurado, cavernario (el socorrido platónico), obtiene una inmediata y permanente recompensa al rodearse ampulosamente de iconos culturales; y frente a la hipotética interrogación por parte de interlocutores curiosos —y malpensantes (de esos post-socráticos)—, siempre caben respuestas tales como: lo leí hace mucho y ya no me acuerdo (un libro), lo compró mi mujer/marido (un cuadro, una alfombra), se los dejó mi ex y no ha vuelto a por ellos (casi siempre discos o cedés), son de mi hija (las mujeres, sobre todo las más jóvenes, presa fácil de la tentación ilustrada), o el socorrido y castizo vete a la mierda. Lo cierto es que debemos reconocer estas posturas (fallidas en su intento de creación de un simulacro intelectual) como singulares variantes del síndrome de Diógenes: la acumulación de basura cultural en tanto no destinada a mejor uso que el esteticista o decorativo.

¿Alguien tiene la culpa? Es decir, ¿hay alguien o algo a quien poder echárselas? La renovación culturizante es fruto del devenir posmoderno de una modernidad ausente o reprimida. El acceso masivo a instancias de educación superior acaba superando a generaciones anteriores que no tuvieron dicha posibilidad. Los especimenes nacidos a partir de los sesenta tuvieron, en su gran mayoría, que ingeniárselas por sí mismos para salvar la prueba cotidiana de los deberes escolares, puesto que sus padres provenían de un inmediato pasado dominado por el analfabetismo. Visto así, estos niños, hoy adultos, mantienen una relación de amor-odio con la cultura, traumatizados por la soledad infantil experimentada ante soporíferos textos (vidas que son sueño) de Calderón de la Barca o incomprensibles declinaciones latinas. Y entretanto sus padres fueron los ur-promotores de la moda estética del parecer que se sabe sin saber nada, amedrentados por la talla cultural que, merced a la escolarización, iban adquiriendo sus propios hijos, y atosigados por la sensación de estar varados en el limbo de la ignorancia, dentro de una sociedad que ponderaba cada vez más las apariencias de saber y pensamiento en lugar de fútbol y cervezas (espectáculo y juerga). Eclosión revisionista maquillaincultos que el mercado, nunca ajeno a las tendencias ontológicas (aunque éstas prendan sólo en la superficie), aprovecha de múltiples maneras. Círculo de Lectores, por ejemplo, tiene el merecido honor de haber distribuido más elementos decorativos que ninguna otra cadena de complementos del hogar. Así también Ediciones Rueda, que sólo por el precio de la entrega (acto comunicativo que, junto con la persuasiva llamada telefónica al azar, constituyen los únicos que se dan en su transacción; es decir, no hay posterior uso de la mercancía entregada más allá de su mero depósito en un hueco, quizá excesivo y huérfano de glamour intelectual) acerca a los hogares biografías diversas encuadernadas en lomos combinables con la ecléctica policromía kitsch del mobiliario contemporáneo. No olvidamos los célebres libros vacíos, o libros cáscara, arranque de esta disquisición, y que por mucho más baratos y fáciles de armonizar entre sí tuvieron un importante auge comercial en las décadas de los ochenta y noventa del siglo pasado. Y ya en nuestros días —aunque en un devenir actual de un impagable pasado antiestético del interior—, la fiebre del libro está siendo sostenida por diversos lobbys mercadotécnicos. Veamos, en principio y someramente, un par de casos paradigmáticos en párrafos aparte.

Pensemos en las publicaciones dedicadas al interiorismo y la decoración, que constituyen todo un sucedáneo de la efectiva renovación de los espacios. Al actuar como proyecciones inversas de la escasa o nula imaginación de sus hojeadores (del verbo hojear, pasar hojas), consiguen grabar en sus subconscientes determinados arquetipos estéticos, uno de los cuales es la virtud del libro como objeto que viste, en más de un sentido. Paradójicamente, siendo la mejor representación empírica del querer y no poder, su gran diseminación pone de manifiesto una magnífica utilidad como placebo ante el dolor causado por la pobreza económica de quienes adquieren tales revistas: no se aprovechan tanto sus ideas de conjunto —por motivos más que evidentes— como los pequeños detalles nada azarosos: libros sobre mesas de centro, bajo mesillas de noche (rara vez encima), en repisas de falsas chimeneas de falso estuco, en estanterías cerradas para protegerlos del polvo, en abiertas estanterías de escayola o pladur (unos sencillos materiales que nunca podrán abonar la deuda que, en la expansión de su uso, tienen con la literatura decorativa), sobre hamacas al lado de sombreros de paja sutilmente olvidados, etc. Estrategia de la consolación mediante el detalle que fue llevada a su máxima expresión hiperrealista en esa publicación permanente de decoración low-cost que son los centros IKEA. (Idea que merece, de nuevo, un punto y aparte.)

Aparentemente, su acierto arranca de un marketing enfocado al acercamiento de precios a las posibilidades de bolsillos en su mayor parte llenos de aire. Pero, en contra de lo que pueda pensarse, no ha sido la venta de estructuras desmontadas y empaquetadas al vacío la causa del éxito de IKEA, sino más bien los factores que hacen veraz su inicial política comunicativa: lámparas a 2 euros, juguetes a uno y medio, woks a 4, albóndigas suecas a tan sólo uno, etc. Estos precios irrisorios atraen al turista interiorista quien, al comprobar que ni lleva idea definida de lo que necesita o quiere ni tampoco dinero suficiente, acaba adquiriendo un par de chucherías inservibles y, eso sí, llevándose en la cabeza un nebuloso concepto acerca de la preponderancia del detalle sobre la mera superficie del artefacto que complementa. O sea, es el contenido lo que valúa el continente, pero entendido éste como el mueble en sí y aquél como lo que se pone encima. Objeto de investigación a este respecto debería ser el reciente esplendor internacional de la literatura sueca: ¿cuántos visitantes de cualquier establecimiento IKEA, al serles negada la adquisición de los libros suecos que, sobre baldas BILLY, decoran sus exposiciones —y que no haría falta traducir, porque no van a ser leídos—, no habrán terminado por acudir a otra multinacional menos quisquillosa (por ejemplo la FNAC) para quitarse el deseo de colocar sobre sus propios soportes MERKAMUEBLE un libro de, digamos, Mankell o de cualquier autor/a de la ubicua dinastía Larsson?

Como puede verse, la razón estética prevalece sobre la cultural, pues son más visibles los huecos en el mobiliario que los espacios cerebrales de contenido ausente. Pero ¿qué ocurre cuando la más o menos esporádica agregación humana exige a sus integrantes un mínimo conocimiento de los interiores del acontecer cultural? Trasladada la pregunta a nuestro devenir topológico más actual: ¿qué ocurriría —nótese el uso del condicional— en la calle, cuando no se tuvieran a mano Google y la Wikipedia, ni tampoco se dispusiese de la diacronía que sustenta las conversaciones en red, sino que se estuviera en la más prosaica y aterradora de las sincronías? La respuesta, obviamente, está en la aparición de un nuevo gregarismo, nueve puntos por debajo de la intelectualidad pero uno o uno y medio por encima del iletradismo. Aunque todavía en pequeño porcentaje sobre la totalidad humana, el fenómeno de la lectura no obligada por entornos formativos favoreció la irrupción comercial de los fast-books: libros que, al igual que sus homólogos comestibles, son fácilmente adquiribles y digeribles y, lo que quizá sea más importante, favorecedores de la plática sobre sí mismos —el libro, menos vehículo de placer intelectual que objeto de intercambio de los acontecimientos en él narrados—. Nace así una pseudointelectualidad basada en la paraliteratura, que encuentra un suculento mercado en las hordas de sujetos con mayor formación que sus progenitores y con nuevas necesidades de intercambios supuestamente divergentes de la vulgaridad más pedestre. Con todo, ambas necesidades convergen en una misma raíz: ser lo que no se es, aparentar un saber que no se posee más que por las vías vicarias de la narrativa de repetición, del coaching psicológico puesto por escrito (mutación de los consultorios sentimentales radiofónicos) y de la divulgación de una ciencia destilada.

Los promotores de mercado, conscientes del filón económico que supone la tendencia, se han dedicado a reclutar, a golpe de talonario, adeptos a esta nueva irrealidad literaria y filosófica —distopía que trae de cabeza a los autores de verdaderas literatura y pensamiento—. Hasta el punto de crear un gran núcleo productivo en torno a las figuras de sus autores y los géneros que trasciende el mero espacio contenido entre encuadernaciones. En un mundo absolutamente mediatizado, la falta de referencias narrativas actuales deviene pecado contra la moda de lo más leído, de lo más vendido. La no-actitud ante la literatura de quien no lee nada huele más a posición reaccionaria que a simple indiferencia ante la letra impresa (hay que ser muy burro para ser tan burro). Y los detractores de este estado de cosas —de este estado de objetos— son vistos como una pequeña nube de insectos entontecidos por el matamoscas de las superventas ajenas. Ganan, pues, la aventura de sujeto-verbo-predicado, la anécdota trivial y facilona, la superficie poéticamente enardecida (entre nardos), la ausencia imaginativa y el sentimiento de supermercado (siento, luego existo), pues logran comulgar con esa mayoría cuya suma de cualidades vencen; alcanzan tal nivel de empatía con ella porque de ella nacen, con ella se reproducen y en ella mueren.

Así las cosas, quizá quepa reflexionar sobre las posibilidades reales de extra-difusión (vale decir ventas —pero también lecturas— fuera de los círculos de la auténtica intelectualidad) de las verdaderas literaturas, sobre todo de las apellidadas nuevas. Hacer uso de las mismas trampas comerciales que las falsas es una opción nada desdeñable. Nos viene a la memoria aquel título del grupo Mojinos Escozíos, Más de 8 millones de discos vendidos, fácilmente extrapolable a figuras retórico-comerciales impresas en fajas ad-hoc tales como: 500.000 lectores no pueden estar equivocados (siendo más modestos que los Mojinos, o sea, sin exagerar tanto en la cifra, y no dando pistas de por qué esos 500.000 lectores no están equivocados ni respecto de qué), o 10ª edición (y que no tenga por qué ser mentira, pues las primeras nueve ediciones podrían haber constado de un solo ejemplar cada una —rarezas bibliográficas, además—), o también comentarios elogiosos de, por ejemplo, blogs amigos creados con intención comercial (y con nombres algo equívocos como Bavelia, El Kultural, Las Vanguardias, El Seminal, Ké Leer, etc.), etc. Pero también innovando en el formato de presentación: poemas dentro de una lata con la forma del Ipod (es decir, ir aprovechando los iconos tecnológicos de cada momento), o impresos en servilletas desechables (y comercializados no sólo en librerías, sino también a través del canal HORECA), libros con formas figurativas y decorativas, libros que son mitad en blanco (Moleskine), mitad impresa (la obra), y de nuevo etc. Qué decir de la distribución alternativa (esos mundos paralelos que procuran la visibilidad del objeto mercadeado), del coaching post-literario, del aprovechamiento a fondo de los fetichismos, de las posibilidades de la publicidad líquida, del no explotado concepto del livre-à-porter…, último etcétera .

Nota: Estos grumosos fragmentos (aquí resumidos) forman parte de una obra aún no intitulada pero ya subtitulada Yo he venido aquí a hablar de mi libro (en homenaje a Francisco Umbral, su mediático proferidor —se recomienda visitar en la wikicuote la completa nota sobre sus citas más célebres: http://es.wikiquote.org/wiki/Francisco_Umbral—). Su autor sostiene la necesidad de coger las riendas de la Caverna como único medio de sustentar, en el medio y largo plazo, las auténticas producciones artísticas (es decir, de alimentar a sus famélicos productores para que puedan seguir obrando con tranquilidad ventral), desplazadas por la manufactura automatizada e indiscriminada de los opios pseudoculturales comúnmente aceptados, tolerados.

(Versión en pdf de la revista Nuevo Stylo, especial CULTURA QUE VISTE, pinchando aquí.)


Próximo análisis: Sistemas piramidales.

7 comentarios:

Carlos González P. dijo...

Muy buena entrada. Realmente divertida. Me ha sacada una carcajada la idea de Círculo de lectores como la cadena de complementos de hogar que más vende.
No hay que olvidar, ahora que se acerca septiembre, todos los coleccionables que nunca se hacen. A destacar, en el ámbito de la decoración (porque así se publicitan a sí mismos)las novelas clásicas con simulación de encuadernación en cuero, letras doradas y diferentes formatos, para evitar precisamente que son objetos de decoración. Y eso no: hay que decorar, pero sin que se note.

De todos modos, los precios actuales de los libros nos conducen irremediablemente al minimalismo.

Hace solo dos días hablaba con un amigo español que reside en Londres desde hace muchos años y que está pasando aquí unos días y me decía que había salido escandalizado de una visita reciente a la fnac (de aquí). La literatura va camino de convertirse en un deporte de ricos. Acabermos enmarcando "Hamlet" y lo colgaremos con la lámina de Monet.

Bolmangani dijo...

Lo del minimalismo causado por el precio me ha parecido buenísimo. Estas asociaciones son interminables. Hoy, como es el cumpleaños de mi hija, uno de los regalos ha consistido en un poco de merchandising de Bob Esponja (Esponge Bob), y se me ha ocurrido que, mutándolo un poco, sería el embajador ideal del libro para críos: Esponge Book: aprietas y salen ideas y palabras en lugar de H2O.

Ideas como la del deporte literario. Bibliotecas como canchas públicas. Librerías como privadas (pay per view; pay per read).

Un abrazo.

Carlos González P. dijo...

Para vender libros gracias a Bob Esponja basta poner una pegatina suya en la portada de cualquiera. Déjalo en el banco de un parque y aléjate a observar.

(Ahora me vendría bárbaro haberlo hecho, grabado y colgado en Youtube. Lástima de improvisación.)

"A los que nos gusta leer" se nos ocurren siempre muchas ideas, casi siempre ingeniosas, para animar a la lectura. Lastima que "a los que nos gusta leer" nos equivoquemos siempre.

Demente dijo...

Buf, joder, pero qué difícil es salir de toda esa espiral, a nada que te despistes te la clavas a ti mismo.
Un artículo genial, gracias por ponerlo en nuestro muro.
Saludos!!

Zeta Ibarzo

Guillermo Loaysa dijo...

En lo que respecta a los autores clave y el miedo a que tanto best-seller termine hundiéndolos en el olvido, a mí me consuela -no sé si estoy en lo cierto del todo- pensar que el tiempo pone a todos en su sitio y que, al igual que la canción del verano, si algo no es bueno, simplemente no trasciende. Será cosa de una moda: estallará, hará rico al que sea y luego morirá. Como todas las modas.

Los clásicos -y los que aún no lo son pero llegarán a serlo- son otra cosa.

Por cierto, me ha encantado tu análisis. Especialmente cuando hablas de la paraliteratura. Y el párrafo siempre también es grandioso.

Bolmangani dijo...

Llevas razón, Guillermo. Pero me temo que la industria cultural ha ahogado ya demasiadas iniciativas, cuyo eco en el mercado ha sido tan débil que ha dejado a sus promotores temblando de hambre.

Gracias por el comentario (por certo ¿a qué parrafo "siempre también" te refieres?)

Saludos.

Anónimo dijo...

Creo que era José Manuel Lara (fundador de la Ed. Planeta) el que contaba una anecdota de como, por error, mando toda una enciclopedia de varios volumenes con las páginas totalmente en blanco, y nunca se quejó el cliente ni volvió a saber del tema...

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