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2 de ago. de 2010

Vicente Luis Mora

Culebrón Nocilla (capítulo DOS)

Hay desde no hace mucho una interesante —y dura— serie de conclusiones metaempíricas sobre el analfabetismo digital relacionado con la edad de los sujetos. Quienes nacieron después de 1990 han crecido y, por lo tanto, vivido inmersos en la cultura digital. Para ellos las, así llamadas en los rancios círculos administrativos, nuevas tecnologías son lo que la luz eléctrica para el común de los mortales: algo cuyos perfectos uso y conocimiento se da por descontado; algo cuya presencia no puede ni podrá obviarse en su vida diaria. Como la televisión, o cultura de la imagen, para los nacidos después de 1960 —la reflexión está tomada del sujeto objeto de esta nota—. Para estos jóvenes de ahora, como para los de entonces la televisión, la cultura tecnológica es una condición ambiental más con la que tienen que convivir. Respiran bytes como quien escribe estas líneas esnifaba capítulos televisivos. Y para quienes nacimos antes de esa década novecentista la disyuntiva es brutalmente binaria: o te alfabetizas tecnológicamente y aceptas zambullirte —con todas las consecuencias— en ese nuevo magma aparentemente irreal, o desapareces para el mundo, náufrago de una realidad social que te repele a ti, no tú a ella. Esta bifurcación sociológica tiene un interesante aunque, a mi entender, parco desarrollo en la novela Cero absoluto, de Javier Fernández, otro cubito, otro nocilla.

Vicente Luis Mora (en adelante VLM) comprendió hace años este cambio ontológico, esta acumulación, quizá como ningún otro literato joven en España. Existes en la medida en que Google devuelve resultados indexados y asociados a tu nombre. Eres siempre y cuando tu identidad sea reconocida por un buscador sin necesidad de entrecomillarte. Comentas y te comentan, floreces en referencias y enlaces, en tu nombre germinan filas y columnas e imágenes y hasta sonido y movimiento. Qué mejor antología, pues, que esta nueva madre de todas las antologías. Así, VLM comenzó una vía de proselitismo literario en uno de los innumerables canales de esa realidad escrita de hoy en día que son los blogs. O la blogosphere (término acuñado en 1999 como una broma que devendría infinita). Su Diario de Lecturas —al que estoy abonado— fue convirtiéndose poco a poco en el medio de referencia para debatir el que quizá sea el cambio literario más importante en nuestro país desde la irrupción en escena de aquellos poetas del 27 —permitidme que me permita alguna que otra exageración—. Sin embargo, y esto es lo maravilloso de los blogs, la mejor de sus potencialidades, VLM parece surgir como un espontáneo. En efecto, al no brotar bendecido por premio importante alguno —quiero decir en el imaginario colectivo: un Planeta, un Primavera, un Herralde; algo de dinero o de relumbrón—, ni estar apadrinado o ungido por un mecenas reconocido —ABC, El País, El Mundo, como periódicos o en sus suplementos— lo suyo es una autopresentación en la sociedad de masas —antes ya se le conocía en cenáculos literarios, más o menos al alcance de cualquiera pero lejos, sin embargo, del gran público, tanto por distribución como por forma y contenido—. Un buen día aparca un rato los libros y, quizá harto de que la literatura que pondera sólo obtenga espacios marginales en los canales tradicionales, decide crear un tubo (tube) propio, exclusivo y, no en la forma pero sí en el fondo, diferente; seamos justos, seamos rancios, y digamos que, también, novedoso.

Recuerdo que desemboqué en su blog buscando semejantes que pusieran a parir la novela Doctor Pasavento, de Vila-Matas. Vicente lo hacía, como García Viñó con Javier Marías o con Antonio Muñoz Molina: punto por punto, concienzudamente pero sin atender a los aspectos infantiles e insustanciales manoseados por el crítico de la Fiera Literaria contra Marías, centrándose en cambio en la ausencia de mensaje y repetición temática ad nauseam de EVM. Coincidía con VLM en sus apreciaciones, algo para celebrar. Pero lo que él no supo o no quiso reconocer en aquel post, ni en primera instancia tampoco yo, es la labor didáctica emprendida, no sé si como objetivo principal o secundario, por Vila-Matas en el terreno literario. A estos efectos, la misma que Vicente lleva ejerciendo desde que conozco su blog aunque con otros autores y otros escenarios. Una didáctica que en el caso de Vila-Matas persigue (entre otros fines) una ósmosis con las decenas de personajes apropiados en sus textos, pero que en el de VLM se trata de una vindicación de la autenticidad novedosa de un grupo de autores (poetas, pensadores, narradores) cuya mugre es arrinconada con, quizá, los mismos mimbres retóricos con que la crítica ortodoxa enlució, enluce y no sabemos si enlucirá las múltiples prosas repetitivas que, a modo de novedosas obras, se presentan semanalmente como revelaciones y obras maestras en nuestro sombrío panorama literario español.

Voy a explicarme mejor. Vicente inaugura su blog en mayo de 2005 con una entrada en la que da a conocer sus naturales desviaciones, compartidas por quien así las califica ahora. A saber: la literatura posmoderna, mediante una reseña de una novela de 1963 de Leonardo Sciascia, raíz de la mucho más conocida de Italo Calvino Si una noche de invierno un viajero; la valoración y análisis de una obra poética de César Antonio Molina; y dos ensayos que disertan sobre los cambios ontológicos que nuestra sociedad afronta y experimenta y, en mayor o menor medida, sufre. Al final ofrece un breve semblante suyo en el que informa de edad, lugar de nacimiento, condición profesional actual, méritos públicos y acción cultural más significativa. Tiene esta reseña un único comentario: saludos vicente ! (sic). Hay que seguir siendo justos y aclarar que Vicente informa de su condición de crítico en revistas literarias de amplia distribución (los cenáculos). Es decir, se trata de un tipo, al menos en teoría —es decir, sobre el papel—, conocido en ciertos círculos y que presenta, analiza, da su opinión sobre obras literarias de unos determinados tipos y condición. Vicente define y delimita su mundo literario, el que le interesa, casi desde el principio de su vida pública —alguna excepción hay—. Sin embargo el feedback es escaso. Sólo el paso del tiempo, el asentamiento temático de sus artículos y, por supuesto, su voluntarismo van convirtiéndole en figura reconocida en Internet, en referente para un sector de la cultura española incómodo con la masiva aquiescencia general con los intereses editoriales mayoritarios. Es decir, VLM consigue —además de otros logros beneficiosos para sí mismo, de lo que debemos y queremos alegrarnos— atraer al entorno de su dialéctica (o ética, o poética, como él dice) a ese pequeño sector de lectores, críticos y escritores representantes de una parte de la vanguardia literaria española que se ve normalmente empequeñecido por el acaparamiento focal de diferentes grados de vulgaridad comúnmente tolerada, aceptada y consumida.

El tono de VLM es, desde esos primeros momentos, intelectual, erudito, mayestático en ocasiones —me refiero al uso ocasional de la primera persona del plural, como hacía aquel Luis, rey de Francia—, mordaz e hiriente cuando denosta, soberbio en su expreso desdeñamiento de quienes mejor ni hablar (innombrables por tan nombrados, ahora ninguneados), doblemente locuaz y asertivo cuando realiza las apologéticas de sus espacios electos y autores predilectos —algunos de los cuales, como errabundos cubitos, se van añadiendo a la pasta cremosa y marronácea que aún está por florecer—. Es decir, si despojamos su prosa crítica de su fondo, nos quedamos con lo de siempre. Lo cual sería improcedente y caprichoso porque así desvirtuamos la receta: el principal logro de VLM ha sido, hasta el momento, y mediante la poderosa combinación de talento y contenido, hacer converger en su blog, no sólo a sus reconocidos acólitos ganados a pulso y letra, sino a todo un conjunto de lectores insatisfechos con el orden natural y secular de las cosas que buscaban, ahora sí, una Luz Nueva. La didáctica de VLM es por tanto, como la de Vila-Matas, incontrovertible. Caminos y figuras disímiles, desde luego. Comparación, en cierto modo, antitética, también. Pero su relativo éxito hasta el momento no se debe —no solamente— a la adoración de ese pequeño sector de la cosa literaria o cultural que actúa simbióticamente con él mismo. VLM, aun imbuido en un mecanismo de relojería en apariencia estanco, dejó, siquiera por la mera apertura y gratuidad del medio elegido, una puerta abierta a la entrada de otros jadeos; o mejor sería decir al más puro y elemental voyeurismo, callado y ramplón, de quienes, no teniendo nada que decir o no atreviéndose a ello, han ido convirtiendo al objeto de sus miradas (los posts de Diario de Lecturas) en el sujeto autor de los mismos; han ido creando al VLM que, hoy por hoy, consta en el imaginario colectivo del lector de blogs o noticiarios sobre literatura. La paradoja es que, aun abierto al diálogo con cualquiera que lo inquiera, apetezca o necesite, lo engrandecen quienes con él no hablan pero de él hablan.

Encontramos, así, otra diferencia más frente a la didáctica de autores como Vila-Matas: Vicente tiene la posibilidad diaria de dialogar con sus lectores, y la exprime. El medio potencia el acercamiento. Ya no es necesario esperar a una charla, una conferencia o una mesa redonda para poder uno asignarse un rol varios grados por encima del de lector llano y esclavizado por la clásica dictadura del negocio editorial. El blog arrima al autor a su texto por medio de los feedbacks y los comentarios. No hay intermediación de editores, imprentas, distribuidores y librerías. El autor es por primera vez parte indisoluble de su obra y, como el antiguo Peter Gabriel en sus conciertos, se lanza al público pero no de espaldas sino de frente; expone su jeta para que incluso se le pueda dar de hostias. El propio Vicente ha admitido en su blog el temor que le inspiran los venideros comentarios de cierto grupo de lectores asiduos cuando está redactando un post. Es decir, este tipo de literatura que él hace está verdaderamente influida por la imagen que sabe —no piensa que sabe, sino que positivamente conoce— que sus lectores (los que dan la cara) tienen de él en sus mentes por mediación de sus escritos. Ejerce su literatura, que practica tal y como adjetivaron a las críticas de Sebald: literatura sobre literatura; la ejerce, decía, como una verdadera escritura sobre la marcha (work in progress cabría decir) en su comentarios y aclaraciones a los comentarios de sus lectores. VLM se asoma a la entrada de la caverna, hace allí un dibujo en la cara externa de la roca, los lobos de afuera la ven, la olfatean y lamen, todos a la vez pero sin verse entre ellos mientras lo hacen, como si estuvieran —lo están— en dimensiones distintas; algunos de esos lobos en realidad son corderos, otros están mudos, pero un grupo de ellos, sin ser manada, deja allí sus propios dibujos, sus secreciones, y VLM sale de nuevo, a ratos, algunas veces con temor, pero siempre agradecido (actitud sabia), para responderlas y comentarlas, en muchas ocasiones, otra vez, con nuevos dibujos que van superponiéndose al original, perfilándolo pero, eso creo, nunca emborronándolo.

Hay entonces un VLM crítico, conocido en su principal medio de difusión o diseminación (la red), polémico por sus enfoques, apreciado por eso mismo. Si bien no faltan quienes lo califiquen de intruso. Aunque le achaquen una falta de base, de estudios (Vicente es jurista), aunque lo tilden de academicista diletante, a éstos les mueve, probablemente y envidias aparte, el convencimiento consolador de que las maneras y temática de VLM son impostadas, forzadas y espurias. Piensan que sólo pretende llamar la atención en beneficio propio y de sus acólitos y compañeros de fatigas —cuyos futuros éxitos seguramente sabrán retribuir el empujón que en su momento supo darles VLM—. Es en esto último en lo que en algún caso acierten, pero ello no puede ser considerado demérito de la obra de Vicente: son cosas de la amistad, que en ocasiones (seguro pocas en VLM) nos nubla el juicio. Su criticismo en los no pocos momentos en que se enfrenta a la obra de un amigo sigue siendo riguroso, sin la vergonzante apariencia de devolución de posibles débitos. Un ejemplo: Vicente, en su blog, tira de las orejas al cubito Agustín por no haber leído El imitador de voces, de Thomas Bernhard, cuya estructura, dice —pero yo creo que su analogía en este caso es aleatoria, hay muchos más casos, bastante más claros, que podría haber puesto—, es similar a la de Nocilla Dream; y como se trata de quien se trata, pone un ejemplo de sí mismo, de caída en idéntico desliz con un relato propio, similar en su tratamiento a uno de Cortázar que admite no haber leído. O sea, no se arredra, pero se justifica mejor ante su amigo con una mínima dosis de autoflagelación. Y tanta importancia le da al suceso como para duplicar la existencia escrita del mismo mediante su inclusión en su libro La luz nueva, del que hablaremos un poco más adelante.

Existe, pues, admitámoslo, una marca V&L&M en la crítica literaria de nuestro país, centrada en la creación, mediante su discusión, de un espacio narrativo distinto, en la refundación de una post-narrativa de principios de siglo que, absorbiendo materiales anteriores (reciclaje de textos) y mezclando mundos paralelos al de lo puramente escrito entre las tapas de un libro (narrativa audiovisual, periodística, publicitaria, los propios idiomas y recursos de la red…), recoge —o no, no terminan de aclararse del todo las cosas— el testigo del posmodernismo y continúa hacia delante, hacia ese allá que, quién sabe, quizá nos devuelva al punto de partida, convertido ya en camposanto o en su reflejo.

Una única cosa le afearía yo a VLM en este sentido, el de su crítica. Estamos de acuerdo en que, como dice Germán Sierra en su novela Intente usar otras palabras, “de lo que no se habla no existe”. Es por ello por lo que, por encima de la forma, lo valuable en los posts de VLM sea el acercamiento explícito de otras (nuevas) literaturas —aunque también hay que reconocer que, sin esa forma, ese acercamiento no se hubiera producido con tal éxito entre determinadas calañas pues, parafraseando a Gombrowicz, somos esclavos de la forma; primero reconocemos el valor estético y después puede, quizás, a lo mejor, quién sabe, nos detengamos a examinar el ético—. Sin embargo, cómo decirlo, esa didáctica podría ser mejor puesta en valor despojándola, aun con el dolor que ello implica, de unas cuantas capas de forma que acaban escondiendo el fondo para el común de los lectores, oscureciendo el mensaje que Vicente, en su empeño por darlo al conocer al mundo vestido con lo que considera las mejores galas posibles, termina arrinconando por culpa del uso abusivo de las enemigas más acérrimas de todo esfuerzo didáctico: la dialéctica y la retórica. Este aspecto y su densidad lo igualan, en sus esfuerzos, a las oscuridades reinantes en los mundos seculares de los más rancios analistas. Digamos que su belleza lo estropea, mata a quien no la soporta por no entenderla —o porque no le dé la gana de esforzarse para entenderla—. Sin saberlo VLM, acaso sospechándolo, estos años en que ha estado predicando ante un grupúsculo literario que se ha ido ensanchando poco a poco, también ha habido unas cuantas abejas que han ido libando sus textos para fecundar otros campos, otras flores en las que germinarían nuevos lectores de las propuestas por él recogidas (acogidas). Esta intermediación es la que verdaderamente ha subido su cotización, no como crítico, sino como descubridor en sus reseñas de alternativas literarias a los facsímiles dominantes. Digo que no como crítico porque en la vida real, en la calle, los lectores sólo aceptan propuestas binarias: ¿qué hago con esto?, ¿lo busco y lo leo, o no?, dime. Todo lo demás, para ellos, son florituras, explicaciones que quizá buscarán después, no antes, para satisfacer una curiosidad; o por el simple placer de leer literatura sobre la literatura a la que acaban de adherirse. Así, una postura aún más inteligente por parte de VLM sería establecer dos niveles de crítica: una, expansiva y densa, para su grey habitual; otra, líquida, destilada e incluso gaseosa para el vulgo lector, ensanchado éste en los últimos tiempos por causa de la democratización del acceso a la cultura, por la puesta en valor de las inteligencias que siempre estuvieron ahí pero no salieron del campo o las fábricas sino para hurgar en los basurales de las novelas de kiosco y los periódicos deportivos —no nos engañemos, no constituyen gran masa, pero existen, hay público potencial, pues, susceptible de ser captado—. Es decir, Vicente, podrías ejercer, tú que sabes y nosotros sabemos que sabes, una verdadera acción de marketing de largo recorrido, utilizando para ello, en su aspecto visible, las más elementales armas de la publicidad de masas: el impacto y la sencillez, la ironía y el humor, los afectos y las tentaciones, la inteligencia y la candidez. Los otros comentaristas, esa gran mayoría que escribe sobre quienes escriben, ejercen según estas quizá burdas técnicas, con mayor o menor fortuna y mejores o peores mimbres, pero con el espectro de autores que no necesita precisamente de ese esfuerzo o aliento porque ya tienen el suficiente impulso mediático convencional para ser. Obtienen (buscan) la audiencia fácil por medio de un producto fácil porque así es fácil. Pero no nos equivoquemos, parte de su audiencia no quiere encontrar, una y otra vez, el producto fácil: simplemente busca; hay una búsqueda continua y permanente que no esconde un sincero deseo de escapar del bucle de autores y obras bendecidos por los ancient media, por esas técnicas de marketing asentadas por un empirismo pavloviano. En realidad, quieren hacer un camino de Santiago a la inversa. Aparcar al falso santo y acompañar a otros caminantes en busca de algo que no sean túmulos y tumbas. Ahí tienes, pues, un espacio más para la crítica. Úsalo. Colonízalo y busca a quienes puedan ayudarte en el envite. Deja de mirarte el ombligo y desmárcate de simples propuestas vestidas con la mitra de lo complejo para pasar a verdaderas acciones. En una palabra, vende. Porque la literatura que predicas no es compleja, ni densa, ni abstrusa, ni difícil, ni incomprensible sino, muy al contrario, llena de vida, de luz y de sangre y, sobre todo, nueva y magnífica.

Post-scriptum after-reading: Leo un nuevo texto uvelemiano al que llego a través de su blog. En éste se anuncia la intención de hablar sobre Alba Cromm. Sin embargo Vicente no quiere escribir sobre su novela, aunque haya llegado hasta allí “para hablar de su libro”. Por el contrario, define un nuevo término, Pantpágina, para recoger en su definición todos aquellos textos que utilizan materiales excéntricos a los comúnmente utilizados en derecho, digo narrativa. De paso arremete contra los críticos pagados con nuestro dinero, el de los lectores. Sigue actuando, por tanto, como judío contra romanos, en lugar de utilizar la ancestral táctica de aquéllos contra éstos: asimilarse para de esta forma, desde dentro y sin renegar de sus verdaderas creencias, quedarse con todo lo que poseen —lectores conversos— y entonces, una vez las cosas en su sitio, derribar decorados y ofrecer la verdad desnuda.

(Sólo UN ANUNCIO y volvemos.)

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Alba Cromm es un libro muy malo, se ha de ser torpe para no verlo

Bolmangani dijo...

Magnífica argumentación, Anónimo.

Mercedes dijo...

También yo buceo en las librerías buscando algo realmente nuevo en la mesa de novedades; vivo decepción tras decepción. "No importa -me digo después de llegar a la página 20-, hay tantos clásicos, tanta literatura de la primera mitad del siglo XX esperándome...". Creo que visitaré el blog de Vicente Luis Mora, tal vez me lleve una grata sorpresa.
Interesantísimo post. Gracias.

Bolmangani dijo...

Te la llevarás seguro, Mercedes. Aunque luego te costará encontrar las obras que menciona y analiza.
Gracias a ti.
Saludos.

Carlos González P. dijo...

Estupenda entrada. Cuando descubrí a VLM tuve la misma impresión que tu, la de que estaba frente a un personaje interesantísimo que pecaba de cierta inaccesibilidad en el lenguaje. Claro que se le puede entender, pero a veces cuesta. Una de las cosas que mas me gusta del blog es asistir a las conversaciones que originan los temas propuesto por el conductor (VLM)y encontrarme con otros autores (German Sierra, Ferré, Javier Calvo, etc) departiendo alegremente. No se si en algún blog coinciden a menudo Reverte con Asensi con Navarro pero me cuesta creer que sea así.

Ayer, por cierto, empecé ALBA CROMM. No leí lo suficiente para emitir juicio alguno pero de momento lo que he visto me ha gustado.

Juan Arenas dijo...

Pues tenía razón el anónimo. Se ha de tener poca idea de literatura para no ver que Alba Cromm es un petardo.

José Luis Amores dijo...

No cabe duda de que tú si la tienes, J. Me aplico el cuento y le hado llegar tu magnífico feddback al autor.

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