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3 ago. 2010

Publicidad agresiva: libreros que se vuelven velociraptors

Llevo unos días navegando por la red a ratos, entre trabajo y trabajo y funciones básicas y funciones básicas. Además de —como cada vez más españoles— leer el periódico, he ido entrando en decenas de blogs de letraheridos más o menos confesos, mejor o peor dispuestos a salir del armario. Cada uno hace de su capa un sayo y escribe sobre lo que le parece, en variada forma y diverso fondo. Pero lo que más me ha satisfacido de esta caótica investigación ha sido ver confirmadas mis anteriores conclusiones basadas en una, digamos, observación desvaída de las tendencias lectoras: se lee de todo y al buen tuntún; se considera la leche lo que no es más que mera banalidad encuadernada (ahora es fácil perpetrar estas desaforadas y apresuradas críticas sin gastar ni un euro, pues las editoriales tienen a bien ofrecer un trozo del principio del libro —¡ah, qué principios! — para enganchar al cándido lector —no me explico cómo todavía a ningún distribuidor se le ha ocurrido vender libros en los puestos de helados de las playas, en los chiringuitos, ofrecerlos como packs junto con las tumbonas (para dormir mejor la siesta), las cremas solares y los artículos de playa; como souvenirs exóticos en la tiendas de recuerdos (typical spanish, oiga), lleve dos y pague tres o al revés; e-books en los estancos para quienes utilicen el kindle o similar, junto con las recargas del móvil o del bonobús; libros ofrecidos a voces por esas arenas de obra que achicharran los pies urbanos (más negocio para los del top-manta); cómo aún no ha ideado nadie la explotación in situ, a pie de orilla y en toda situación favorable, de la aburrición del veraneante, de la necesidad del ligón de mostrarse culto ante la maciza que lee en topless, de rellenar con palabras ajenas las noches en blanco por defecto de protección solar o escándalo vecinal; cómo no haber creado aún máquinas expendedoras de literatura, o adaptar el formato de bolsillo a las ya caducas de tabaco; por qué no haber aprovechado el tirón de ventas del Ipad para cargarlo con la mitad de un libro y esperar a que el lector compre el resto; o ya puestos, por qué nadie hace toallas playeras con el primer capítulo de un libro impreso, o camisetas, o incluso sombrillas para ir girándolas y leer los poemas estampados en cada triángulo de tela mientras estamos tumbados… no me explico esto ni tantas otras malas historias—).

Hay una librera de Cambrils, Natália Zarco, que, harta de comprobar cómo el primitivismo inunda las estanterías supuestamente dedicadas a la literatura, ha decidido pasar a la acción y autodenominarse librera velociraptora. Y le han hecho una entrevista en un periódico, en la dice considerarse fundamentalista, estar harta de la literatura de supermercado, y dispuesta a luchar por (no contra) la literatura sumergida (el término, sobre todo en estos tiempos, me parece genial). Coincido con ella en que “la ambición intelectual del lector se ha perdido totalmente”. El artículo está en catalán, lengua que leo y entiendo pero que, por pereza y torpeza, no hablo. Como guinda recomienda en su página de Facebook, para leer en plena canícula, Breves entrevistas con hombres repulsivos, de David Foster Wallace.

Venga, con un par.

3 comentarios:

Carlos González P. dijo...

Interesante. No se me escapa el apellido: "Zarco" igual que el del particular antihéroe de "Black black black" de Marta Sanz. Yo no conozco el catalán pero se entiende casi todo. Y estoy muy de acuerdo, ahora que acerco a nuevos autores me doy cuenta (algo había visto ya) lo difícil que es encontrar todo lo que no sea betseller.

Guillermo Loaysa dijo...

Plas plas plas.

Sumergida es la palabra, sí.

Y muy buenas algunas de las sugerencias para editoriales. Pero cuidado, no las digas muy fuerte no vaya a ser que no pillen la ironía.

Bolmangani dijo...

Anteayer estuve en la playa por la tarde. Y a eso de las siete aparece un chaval con una bandeja gidantesca. Yo estaba en el agua y, desde lejos, parecía que estuviera repleta de bocadillos. Pero al salir y acercarme vi que eran ¡dulces!, ¡recién hechos! Aunque la cala era pequeña, no consiguió llegar al final: los vendió todos en un santiamén. Y estaban buenísimos. La idea, perfectamente ejecutada, en el momento oportuno (la hora de la merienda) y a un precio razonable (1 euro por pieza) es lo valuable.

En otro sitio me contaron que alguien vendía y firmaba ejemplares de su novela ¡en una piscina municipal! Y que los agotó todos.

Creo que toda idea que se salga de lo común puede resultar válida si está bien concebida y se lleva a cabo inteligentemente. Así la ironía se convertiría en paradoja. Si no se venden más libros es porque la creatividad se agota en el acto de escribirlos.

Saludos.

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