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24 ago. 2011

Made by Culture

No hace mucho confesé a un amigo sentirme avergonzado por dedicar parte de mi tiempo libre a escribir sobre los libros de otros y ni un minuto a considerar, “en abierto”, los comúnmente llamados “problemas humanos” o sociales de los que, cada vez más, la oferta supera ampliamente a la demanda. Se lo dije hace tres meses, aunque hasta la fecha he seguido generando sólo palabras sobre palabras, en apariencia ajeno a la tormenta de mierda en que nos hemos acostumbrado a respirar.

La mierda crece y su hedor parece menos insoportable con la nariz encajada entre las páginas de un libro. Sin embargo, la probabilidad de que también éste (el libro) forme parte activa de esa mierda y contribuya a la generación acelerada de basura ambiental es alta. Y para advertirlo no hace falta leer nada, sino que bastará con dar una vuelta por unos cuantos blogs “literarios” para atufarse de peste y odio, tanto por sus contenidos como por los comentarios: los de los reseñistas por el sadismo con que se flagelan consumiendo literatura que, de antemano, sospechan pésima; y los de los comentaristas por lavar rencores y frustraciones a base de espumarajos e insultos. En la antigua crítica escrita más de lo mismo pero al contrario: felicitaciones y felaciones. Del interior de los libros, mejor ni hablar. Lo que sucede en el mundo literario de la segunda década del XXI es mero reflejo de la fiesta de dentelladas, pajillas y contrapajillas con que mis conciudadanos españoles distraen sus días vacíos. Así, se siente uno como músico en el Titanic, pero rodeado de todo tipo de eructos y ruidos expelidos y gritados en claves diferentes. Y, sí, efectivamente, esta cosa —La Cosa En Sí en la que todo cabe, incluso la literatura— se está hundiendo.

Como es natural, carezco de recetas, en realidad nadie las tiene (mentiroso quien diga lo contrario). La gente se fabrica sus refugios, a la manera de los búnkeres antinucleares del siglo pasado: unos cuantos, el trabajo y/o el dinero; otros tantos, la familia; pocos, los amigos; casi ninguno, el arte; la mayoría, el espejo y la estupidez infinita.

¿Y qué puede hacer la literatura en todo esto? ¿Debe la escritura reflejar la realidad, o intentar crearla? ¿Debe luchar contra ella, con el objetivo de cambiarla, de mostrar su posible (y alternativo) devenir futuro? ¿Sirve el arte para algo? ¿Tener o no tener? ¿Sálvese quien pueda? Éstas son las preguntas en versión estable sin respuestas satisfactorias. Mi opinión es que la división entre intelectualidad y ejecutividad da lugar a que el establecimiento de cualquier teoría/propuesta/denuncia sea inútil por estéril. Se lee poco y se aprende menos, y casi nada de lo leído y/o aprendido se aplica. Escribir propuestas de soluciones, o denuncias, desde el interior de las páginas de un libro sujeto a un Precio Venta al Público es, además de mezquino, fútil. El Arte, malo o bueno, no puede aspirar a cambiar nada sino tan sólo a formar parte de un vasto proyecto educativo que sea medio y no, en modo alguno, fin en sí mismo.

Dejemos, pues, a un lado la teoría y basémonos en datos contrastables. Estamos rodeados de recursos sin utilizar, desperdiciados. Me refiero al saber humano. Y también a las personas. Hay ahí fuera mucho conocimiento huérfano de aprendizaje y uso y muchos huecos cerebrales (lo que tradicionalmente se denomina ignorancia) por rellenar. La Administración Pública ha intentando establecer las adecuadas relaciones entre incompetencia y conocimiento pero, como sucede con toda iniciativa que parte de la Administración Pública, digamos que no se han conseguido los resultados esperados —hay unos cuantos más sinvergüenzas enriquecidos a base de subvenciones, mientras que la ratio de incultura no para de aumentar—. Ciñéndonos a nuestro país, España, la cuota de brutalidad entendida como incapacidad para hacer las cosas bien —devengando un beneficio, no sólo inmediato sino también futuro, repartido entre una amplia base de sujetos y no concentrado en unas pocas manos garrulas— es directamente proporcional al bestialismo de nuestros gobernantes pasados y actuales y, por desgracia, venideros. Decir iletrados, patanes, imbéciles, malvados, etc., es quedarse cortos. Nuestro patrimonio —saber, personas, territorio, capital— no está ni ha estado siquiera mal administrado, sino que lleva casi un siglo abandonado por completo a cualesquiera inclemencias, indolentemente expuesto a la rapiña y el escarnio. Confiar en que gentes que viven de, por y para la mutación del sistema que ha causado esta ruina van a solucionar, o paliar, esta situación es un acto de fe que contraviene las más elementales leyes de la razón. De ilusión no se vive, más bien se va muriendo en el engaño.

Pero de nada sirven tampoco las acciones surgidas desde el exterior. El porcentaje de acomodados en un turbio bienestar es tan grande que, a poco que la lluvia de dádivas les favorezca con unas gotas, se mostrarán reacios a cualquier incierto vector de cambio. A un estómago satisfecho con fritanga y embutidos le importa una higa el futuro. Vive en un eterno ahora flatulento en el que el presente de los demás se reduce a mera noticia entrevista entre bostezos y cambios de canal. Una viuda de afiliación reciente al famoseo de la telebasura, preguntada acerca del movimiento 15-M, dijo: “Tienen pulgas”. Ésa es la visión de la gran mayoría de la suociedad: quienes se salen del guión son simples quinquis, clochards en potencia, desechos humanos. Si su número y huevos fuera más relevante, tendríamos guerra civil, que destruiría pero no cambiaría nada.

Para cambiar un sistema enfermo que no reconoce su mal —y que por lo tanto no se deja operar, ni se aviene a someterse a tratamiento alguno—, la “medicina” deberá ingeniárselas para engañarlo. Disfrazarse de manera convincente para que el enfermo la ingiera y así actuar desde dentro. Me dirán que de esta forma nacieron muy buenas iniciativas en el pasado —pienso en ciertos cooperativismos—. Luego se desvirtuaron, y terminaron sirviendo a alteraciones genéticas de aquello contra lo que lucharon en sus orígenes. Pero esto lo que demuestra es que las más bajas pasiones humanas acaban sobreponiéndose a cualquier iniciativa motivada por nobles objetivos. En mi opinión —otra vez— esto es efecto de la incultura generalizada y secularmente instituida/aceptada. Un pequeño grupo de individuos con algo más de ilustración que el resto propone una alternativa que los demás aceptan. Trabajan codo con codo hasta que un día se demuestra que la aportación de cada cual no es alícuota. O dentro de la comunidad surgen voces discordantes —generalmente desde la masa iletrada— que cuestionan no ya el reparto de bienes sino el mero equilibrio de poderes. De ahí al establecimiento de nuevas normas y complicaciones que corrompan el sistema —y cuyos resquicios permitan la proliferación de nuevas y más acusadas diferencias— hay un paso, que siempre se acaba dando.

Así que tenemos, por un lado, destrucción inútil, y por otro, protestas tomadas a mofa. Ninguna de las dos opciones ha demostrado su validez. Sólo cabe, pues, la mencionada transformación desde el interior. Dado que el sistema permite su dirección y gestión por individuos de escasas luces y manifiesta maldad, nada impide el acceso al mismo a sujetos mejor dotados ética e intelectualmente. Si la cuota de éstos es tan baja se debe a que el camino pervierte y/o cansa: unos acaban aceptando la corrupción como algo inherente a la naturaleza del sistema, y otros se contentan con ocupar cualquier remanso, más o menos placentero, libres ya de verdaderos esfuerzos, desde donde pontificar sobre las imperfecciones del sistema que, se suponía, iban a ayudar a cambiar. Cabe inferir que en ambos casos el bagaje intelectual era insuficiente, pues la única forma de obtener la necesaria fuerza interior para no desviarse ni desfallecer es poseer una importante y completa dotación de conocimiento, y no ese saber fragmentario e inconexo a que nos hemos acostumbrado.

Como dije al principio, no tengo recetas. Pero he visto y vivido casos. Casos de personas ilustradas que ayudan a que determinadas empresas sean más humanas que otras. De individuos que ejercen su profesión con una excepcional amplitud de miras, entregando con ello, a cambio de una remuneración insignificante, un servicio impagable. Casos de sujetos que, en sus cargos públicos ganados a pulso y no gracias a cierta cantidad de votos, sostienen con sus ideas y esfuerzos instituciones que sin su concurso ya serían historia. El problema es que debería haber más como ellos, muchos más, y no tan pocos.

Sostengo, pues, que todo cambio debe venir desde dentro. Que para ello el sistema debe ingerir colesterol bueno —empresarios, directivos, políticos, funcionarios, profesionales liberales, artesanos— dotado de una cuota de conocimiento y ética muy superior a la comúnmente aceptada por el sistema. Que la medicina debería ser fabricada en grandes cantidades, previendo las mermas que se producirán por las inevitables deserciones: codicia, corrupción, indolencia, teoría, etc.

Para lograrlo, sólo cabría decir: lean ustedes, no paren de leer. Lean novelas malas para aprender de ellas y lean novelas buenas para disfrutar con ellas. No olviden leer historia y ciencia, no se dejen llevar por exclusivismos rancios que sólo consideran literatura lo santificado por una crítica mezquina. Lean también diccionarios, aprendan a leer en lenguas extranjeras. Interésense por la música, la pintura, la fotografía, la arquitectura. Vayan al cine a ver películas de ciencia ficción o socioespeculación. Lean filosofía, aprendan economía. Examínense sus cuerpos y no sólo las partes visibles y epidérmicas; consulten enciclopedias médicas como si les fuera la vida en ello. Un par de buenos tratados de botánica, otro de zoología y uno más de antropología los traerán de vuelta desde las nubes. Salgan a la calle y conversen con desconocidos. Agradezcan continuamente, incluso por escrito. Lo que me recuerda: escriban continuamente; aunque sea fácil hacerlo mal, no por eso se arredran quienes de ello hacen un oficio. Amen a alguien y demuéstrenselo. Odien lo justo y practiquen un desprecio sostenible. Y nunca se ofendan demasiado: piensen que tanto ellos como ustedes sólo son pedazos de carne agarrados a una roca vulnerable y sumamente hostil; al fin y al cabo, no somos sino víctimas de una ínfima probabilidad harto demostrada.

Si me hacen caso, llegará un momento en que estos hábitos formen un espeso sedimento en sus cabezas. Lodo que irá cuajando y fermentando formas sustanciosas y nutritivas. De ello puede uno alimentarse cuando el cerebro esté hambriento. Coman entonces, y después dense el placer de generar por ustedes mismos, aun sin ser originales pues ni falta que les hace semejante idiotez. Así, casi sin darse cuenta, habrán aprendido a pensar. Ese pensamiento formará, a poco que se lo use, un criterio sobre los más variopintos asuntos. Sin excluir la posibilidad de que surjan determinadas excrecencias llamadas ideas. En ocasiones esas ideas pueden no estar del todo equilibradas, como aquellos criterios adolecer de fundamentos precarios. Pero no se preocupen, bastará con insistir en las acciones menos explotadas de la lista anterior y la desviación o la inestabilidad desaparecerán.

Creo necesario, antes de continuar con las bondades de un way of life como el descrito, advertirles de los efectos secundarios de este tipo de regímenes. Probablemente comiencen a sufrir. No por que les duela algo, sino a causa de la estupidez ajena y sus consecuencias. Poco a poco advertirán que quienes eran sus amigos ya no tienen nada que decirles, ni ustedes a ellos. El odio hacia sus trabajos no cambiará, aunque sí lo harán las razones en que se basaba hasta ahora. Sus sistemas de creencias heredados se irán a la porra, siendo sustituidos por otros completamente nuevos y portátiles, mutantes, adaptables y ergonómicos. Dejarán de ver televisión, por lo que no estarán debidamente informados de las últimas propuestas comerciales. Es decir: navegarán ustedes a contracorriente. Cabe la posibilidad de que reciban algún palo que otro.

Pero no se apuren: “donde las dan las toman”. Por ejemplo, esas ideas que aparecerán tras la recién adquirida habilidad de pensar, ¿para qué sirven? No sólo para disfrutar con ellas, para chuparlas, como diría Beckett, sino también para construir. ¿Cómo? Si han sido equilibrados en sus lecturas, en su aprendizaje, y no han leído sólo productos de escritorzuelos contemporáneos, además de cierta cantidad de literatura en su cabeza tendrán algo llamado conocimientos. Hoy por hoy esos conocimientos al servicio de una, así llamada, empresa sirven para poco o para nada. El estudio y práctica estándar está enfocado a una mínima porción del saber humano, con el aparente fin taylorista de dividir esfuerzos, pero con el auténtico de crear dependencias absurdas y efectivos esclavismos. Pero ahora ustedes han conseguido una visión global de eso que llamamos conocimiento. Son ustedes unos ilustrados que, además, han aprendido a pensar y poseen criterio. Nada les es completamente ajeno ni indescifrable. Todo está en esos libros de los que la literatura es, por fortuna, ínfima porción. Aún no son conscientes de ello, pero junto con el saber y la posibilidad de ampliarlo han adquirido ustedes una irrenunciable valentía. Ahora ustedes tienen huevos. Ya no son esclavos. Han dejado de ser cifras. Pueden elegir, tomar decisiones. Pueden crear para cambiar lo que consideren no está bien. ¿Que es difícil? Fíjense en nuestros empresarios: brutos ignorantes. Piensen en nuestros gobernantes. El de ahora, un patán demostrado; cualquiera de los que, por desgracia, se avecinan, unos fascistas declarados. Sea cual sea el camino que ustedes elijan, contrapondrán equilibrio contra fanatismo y extremismo, verdad y conocimiento frente a falacia y fe ingenua. Pero habrán tenido iniciativa. Tanto para ésta como para la valentía sería necesario desarrollar, al margen, todo un manual a modo de recomendaciones de uso. Pero no hará falta si de verdad han leído historia, política, economía, alguna novela que otra. No habrá tentación de caer en la codicia —sólo si las lecturas no han sido equilibradas, ya saben: demasiados libros de negocios—. Ni de sucumbir a la molicie institucional —ya saben: demasiada literatura—. Tampoco de dominar a los semejantes —ya saben: ninguna lectura, ni literaria ni de ningún otro tipo—.

No hace falta que un régimen como el esquematizado sea obligatorio, ni que venga nadie como yo a ponerlo de manifiesto. Quienes ya leen mucha literatura, y sólo literatura, saben cuánto tiempo están desperdiciando; son conscientes de ello y de la inutilidad de su empeño. Y a quienes no leen qué puedo decirles desde aquí, pues ni siquiera les llegará el mensaje. Si acaso a ambos, lectores compulsivos de novelas y despreocupados incultillos a merced de alientos poderosos: dejad de protestar y poned manos a la obra: a aprender, idear, crear, dirigir, conquistar, cambiar.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Hoy estoy casi totalmente de acuerdo contigo y además me apunto a eso que dices de : "Amen a aguien y demuéstrenselo. Odien lo justo y practiquen un desprecio sostenible". De verdad que a veces siento que el odio me ciega y en muchas más ocasiones la impotencia.

José Luis Amores dijo...

La impotencia es directamente proporcional, querido O., al objetivo de nuestros odios. Por eso propugno un desprecio paliativo, e incluso me atrevo a proponer un mantra que va mu'bien para ciertas ocasiones límite: "¡¡Gentuza!!"

Sargento dijo...

Querido Jose Luis:
Muy bueno lo tuyo. Me ha gustado mucho y me ha hecho pensar. Me gustó lo de adquirir "huevos" en la lectura y lo del peligro de solo leer literatura: me declaro culpable. Propósito de enmienda. pero no estoy de acuerdo con que la única forma de cambiar el sistema es desde dentro y con ilustrados. Si de España hablamos, hace falta mas. El sistema nacío podrido (con la transición). No demando revoluciones, dios me libre. Pero la reforma (y uso la palabra "reforma" con toda su intención y significado político)debe ser más profunda y radical. Y uso "radical" en el sentido que le daba aquel político italiano Marco Pannella del que ya nadie se acuerda.
Un beso patrullero
La sargento Margaret

José Luis Amores dijo...

Querida Sargento, igual me equivoco, pues antes el conocimiento casi siempre conducía a la ira y a los golpes. Pero en todo caso sería un paso. Yo veo islas enanas (no balsas a la deriva) en las que sus "residentes" parecen estar desarrollando una forma alternativa de hacer y gestionar, y lo que es más importante: desde dentro. Éstos son los que podrán cambiar las reglas del juego. Son relativamente jóvenes, de 50 o 55 años hacia abajo, no tienen deudas con el pasado, ni tampoco rencores que lavar; la historia de este país no les importa más que su flora y fauna, la conocen pero no les condiciona. Si no fuera por este tipo de gente, España ya se habría ido a hacer puñetas entre tanto imbécil adicto a Telecinco y tanto sinvergüenza que sólo busca su provecho.

Igual, dentro de un par de posts dedicados a la cosa de las letras, escribo uno de ejemplos prácticos. Seguro que entonces se me entenderá mejor.

Un abrazo.

Carlos González Peón dijo...

Yo soy más pesimista que tú: no creo que el cambio sea posible. Dice Jacques Barzun en algún momento de “Del amanecer a la decadencia” que los períodos culturales son cíclicos y que ahora mismo nos encontramos al final de uno que empezó en el 1500 (más o menos) y por eso, viene a decir, está la cosa tan malita en lo que al arte se refiere. Ese libro se publicó originalmente en el año 2000. Ya hace tiempo, sí. Es de suponer que la cosa ha seguido cayendo desde entonces y es de imaginar que no va a cambiar esa trayectoria tan evidentemente descendente.
Decía que soy más pesimista porque yo este mal que nos aqueja lo veo extenderse a tan largo plazo que mi esperanza de verlo es nula y creo que la decadencia de la que habla Jacques Barzun no tiene fin.
Así que ni desde dentro ni desde fuera, Jose Luis, mientras lo que prime sea el capital pero ya no sabemos vivir de otra manera y alcanzar el poder es someterse a ello. Ya sabes, lo de no hay Papa bueno.
Cuando hablas del sadismo de ciertos blogs y de lo contraproducente de leer lo que suponemos que no nos va a gustar tienes más razón de un santo (qué expresión tan horrible) y asumo mi parte de culpa, faltaría más, pero la alternativa (hablar sólo bien) no es decente ni (leer sólo lo bueno) siempre divertido. En el fondo creo en lo que defiendo por más que lo haga desde la irreverencia: es necesario denunciar lo malo -lo sabes tan bien cómo yo- contarle a la gente que se la están metiendo doblada es tan o más necesario que dedicar las tardes del domingo a leer un ratito a Dostoievski. Respecto a los comentarios poco o nada puede hacerse más allá de darles la importancia que merecen. Puestos a prohibir habría tanto que prohibir antes que eso…

Pero el problema es demasiado complejo y no hay solución posible. Ya Flaubert se quejaba amargamente en sus cartas a Sand de lo turbio del entorno; Tolstoi en sus diarios habla mal de muchos libros (recuerdo que “Oblomov” no le había gustado) y no hace tanto Gaddis tiraba a dar contra todo lo que se movía. Quiero decir que esto es lo de siempre, que viene de lejos y que no va a cambiar. Será cuestión de compaginar la denuncia con el placer, también por comparar, y repartir estopa o besar a quien lo merezca. Quizá para compensar el baboseo de los suplementos culturales. ¿Recuerdas la pregunta del Wikilit de Quimera: qué pasaría si los escritores dijesen lo que piensan de verdad? ¿Pues qué iba a pasar? La revolución, eso iba a pasar, por más que todos dijesen que “nada” porque en todas partes cuecen habas y todos tienen algo que contar como todos tienen algo que ocultar y del chaparrón aquí no se iba a librar ni dios. En ese sentido sí te doy la razón: la solución –parte, al menos- está dentro. Lástima, mejor le iría si no fuese así.

José Luis Amores dijo...

No, Carlos, no. El cambio empieza por uno mismo. El cambio no va a venir a tu casa a avisarte: “Hola, tío, estás de suerte. Eres el siguiente en la lista, te toca cambiar. Prepárate”. Esa actitud es negativa por pasiva, y gente como Barzum, o Lipovetsky, son meros escribas del devenir; no intervienen, no opinan, hay poco o nulo pensamiento, sólo interpretación. Para saber lo que está pasando no son necesarios sociólogos o historiadores (es como cuando un meteorólogo te dice que hace sol en tu ciudad y que ayer llovió), basta con poner la tele y extrapolar un poco. Y lo que está pasando es que unos pocos llevan décadas aprovechándose —increíblemente, bajo el manto artificial de la democracia y del estado del bienestar— de todos los demás; de una otredad brutalmente pasiva que no hace nada por remediarse a sí misma.

Defiendo, como desde que abrí este blog, que la causa fundamental hay que buscarla en la incultura instituida, normalizada y reglamentada; la incultura como base ontológica sorbe la que edificar un éxito cortoplacista, pero también una ruina soberana a largo plazo (que llegó). No hay más que fijarse en cuáles han sido los iconos del éxito en la sociedad española: futbolistas analfabetos, cantantes prefabricados, empresarios con dedos como mazorcas de maíz. Antes de sus respectivas caídas, Ruíz-Mateos era un ídolo de masas, Mario Conde daba charlas en las universidades, el dueño de FADESA ocupaba portadas salmón (éste se plantó minutos antes de la debacle), al Pocero le dieron la medalla al mérito por el trabajo… Y el ciudadano, escudado en el “qué voy a hacer yo, pobrecito de mí”, acepta y firma un contrato de adhesión porque carece de recursos; o porque es muy vago para procurárselos. Somos sibaritas de medio pelo, contentos con nuestros cuatro días de fiesta, el tinto de oferta y el nórdico de IKEA. No sabemos decir “no me sale de los huevos” excepto cuando la masa acompaña, y aun así cuántos no lo hacen sino por mera diversión y vía de escape ocasional…

Respecto del tema literario, sólo pongo de manifiesto que la corrupción y la vagancia alcanza todos los ámbitos. Es indignante que sujetos forrados con best-sellers infumables despotriquen desde tribunas pagadas, diciendo en cada momento lo que “el pueblo” quiere escuchar. Es indignante que la batalla por culturizar a la sociedad haya degenerado en la creación de una exoestructura de escritorzuelos mamando de la teta estatal. Y sobre los libros “merecedores” de mala prensa, piensa (lo sabes) que sin que se los ponga a parir no venden un pimiento. Son reconocibles, y sus consumidores saben a qué atenerse (y si no es así, es su problema, la literatura no es tan importante). Es como quien va a McDonalds, ya sabe qué menú le van a poner por delante. Por eso sólo escribo sobre títulos que, a mi juicio, tienen calidad. A los demás les digo que les vaya bonito.

Formarse o tragar, ésa es la cuestión.

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