5 ago. 2011

Mil violines

En 1980 no había Internet y las novedades llegaban a los pueblos antes que a los pisos de las ciudades. La mayor seguridad circulatoria que se disfrutaba en los primeros proporcionaba fluidez al intercambio de información, que en los barrios citadinos quedaba restringida a los chismes cacareados en las tienduchas de comestibles. Entre torres de cemento, para enterarte de “la vida” tenías que ser drogadicto o delincuente o ambas cosas, y estar siempre tirado en la calle.

Yo tenía 11 años y la música no me gustaba.

Mis abuelos, tíos y primos viven en un pueblo de Córdoba al que íbamos a pasar las vacaciones. Allí tenía un amigo que hoy es Inspector de Hacienda pero que aquel año, gracias a la influencia de un pastelero que usaba las mismas gafas que John Lennon, se afilió al heavy metal. Creo que lo primero que escuché atentamente fue Deep Purple. Y después Led Zeppelin y Scorpions. Hacía un frío brutal y el padre del pastelero nos daba copazos de licor de café mientras sonaba Highway Star a todo volumen. De este modo me hice adicto a dos asuntos importantes a la vez.

No sé si sabéis algo de historia de la música y sus realidades, pero os diré que en aquellos oscuros años las tendencias eran aún más excluyentes entre sí de lo que pudieran serlo hoy día. Si eras heavy no podías ser mod. Si te gustaba el tecno aborrecías el punk. La música clásica estaba descartada y el folclore sólo infundía asco. Incluso entre estilos afines había oleadas de odio: esos putos rockers, aquellos poperos maricones… Yo jamás derramé sangre alguna, aunque sí logré contagiar el virus pueblerino a unas cuantas almas cándidamente predispuestas que, desde entonces, insistieron en dejarse el pelo largo —cosa distinta es que lo consiguieran— y compraban a escondidas muñequeras con pinchos y camisetas de Iron Maiden.

Así las cosas, crecimos entre discos —eso que luego se llamó “vinilos”—, cintas TDK, BASF y REULO y libros y cómics. Nos convertimos en expertos coleccionistas e incluso en intérpretes amateurs. Tocábamos en improvisados estudios familiares y grabamos dos casetes que conserva como oro en paño nuestro antiguo “manager”, hoy director de una sucursal bancaria seguramente en apuros. Y cuando quisimos aprender a ligar y nos dimos cuenta de que los guitarrazos y la estética salvaje infundían desprecio e incluso miedo, rápidamente empezamos a valorar las bondades del pop. Vuelta a informarnos, a buscar y atesorar, a meternos de lleno en el ambiente que prometía el acceso al Mundo de las Bragas sin por ello abandonar filias anteriores. Implicarse hasta el fondo si recurrir a la traición, ésa fue siempre nuestra máxima.

Pasó el tiempo y, en cierto modo, la música quedó en el camino. O para el camino: cintas en el coche, cedés desparramados en el maletero, reproductores de mp3 para hacer más tolerable la tontería de ir de un sitio a otro. También quedó en el cerebro: “¿Qué estas pensado?” “Estaba cantando.” “¿Cómo?” “Con la mente.” Pasión oculta no por vergüenza sino por ubicuidad de otras realidades más acuciantes. Rodrigo Fresán con su magma lisérgico-musical y, mucho más tarde, Óscar Gual con su Cut & Roll me hicieron apreciar la asociación de música y literatura. Antes lo hicieron Thomas Mann y Sergio Pitol, también Nick Hornby (después que Fresán y antes que Gual). He leído biografías de compositores y músicos ad nauseam. Un joven Thomas Bernhard muy enfermo deseaba que le regalaran la partitura de La flauta mágica —y no sólo eso, la música y sus circunstancias son una constante en su obra—.

Me centro.

Yo a Kiko Amat no lo conozco de nada. Aparece un blurb suyo en la novela de Miki Otero, Hilo musical, y Javier Calvo lo mencionó alguna vez en su blog. Ni sabía que fuera escritor —todavía estoy rellenando lagunas, de ahí que persista en “leer”—. Pero cuando vi su libro Mil violines en la librería, me dije que tenía que leerlo. Para empezar, la portada es francamente extraordinaria; voy a decirlo sin rodeos: es chulísima. En el pasado muchos discos han sido adquiridos por esa razón, gracias a un trabajo gráfico estupendo y sin tener ni puta idea de cómo era la música que había en su interior. La carátula molaba y ya está.

En la carátula ya puede leerse un Aviso Importante: “Este es un libro sobre música pop”, de crónicas sobre pop y humanos. Por lo que yo digo que quien no ame la música pop —y quien no tenga la suerte de saber establecer los límites entre ella y cualquier otra cosa de las que se hacen pasar por música pop— o cuando no amándola ni aun conociéndola no sea capaz de disfrutar de lecturas que, a cada momento, le asaltan con referencias que desconoce —y no tiene curiosidad o ganas de saber en qué mundo está o ha estado viviendo, y por ello no entra en Google para complementar lo que unas líneas que economizan información en aras de una buena prosa no aclaran porque no están para eso— entonces debe abandonar YA la lectura de este texto o, al menos, pensárselo dos y hasta tres veces antes de adquirir el Mil violines de Kiko Amat. También podría considerar la opción de comprar el libro para aprender pues, estoy casi 100% seguro, leyéndolo se llevaría la grata sorpresa de, además, disfrutar.

Este párrafo era un elogio entre entusiástico y moderado al libro de Amat. Porque me lo he pasado muy bien leyéndolo. Libros así —sobre todo escritos así— debería haberlos a patadas y no escasear tanto. Me refiero a libros escritos de tal forma que sean capaces de atrapar a un lector profano en la materia principal que desarrollan. Como cuando David Foster Wallace se enrollaba sobre tenis o sobre un diccionario. No libros que se dedican a mal masturbar la literatura ajena para inseminar cerebros hambrientos de referencias fáciles. Queremos libros sobre economía bien escritos y que, a ser posible, hagan apasionante una materia que nos ha llevado a la ruina a todos. Guías de viaje sin la tontería poética ni la cháchara paisajística ni tampoco la frigidez esquemática de las guías de viaje al uso. Y libros de cocina, de electricidad, de física cuántica, de motores a reacción, de derecho comparado. Libros que despierten al humanista que todos llevamos dentro. La era del manual ha quedado atrás, el libro de referencia está obsoleto. El humor, la ironía y el calor humano son compatibles con las más rancias disciplinas, las cuales, convenientemente aderezadas, provocarían un renacimiento de todo aquello que, como gentuza que somos, hemos dado en inventar para hacernos la existencia más llevadera y/o complicada.

Pero volvamos a la música. La de Amat es el pop excepto algún fleco clásico (Piano concertó Nº 2, de Rachmaninov) y algunos más bestiajos. El mundo es un pañuelo. Reconoce haber descubierto la Gymnopédie Nº 1 de Erik Satie a los 38 años y no se avergüenza sino que se “alegra” por lo que le “queda por descubrir”. Reconoce tener suerte por “no estar de vuelta de todo”. Joder, sólo por una declaración como ésa —en un momento como este, cuando quienes se dicen cultos se harían el seppuku si desaparecieran Google y la Wikipedia— ya debería haber cola en las librerías. Emoción pura sin Movistar, sí. Pero también erudición, ritmo, buen pulso y buena letra. Y toneladas de humor. Muchas veces yo me he conformado con mucho menos, ¿y vosotros?

La selección de música y digresiones personales, sociales y autobiográficas es grande, de tal forma que resulta difícil no sentirse “tocado” en varias, muchas ocasiones. En un texto titulado “Fan en contra”, Amat señala las diferencias entre ser Fan en Contra y sentir un Placer Culpable. Su amigo Manolo dice que “cuando sufres un Placer Culpable […] te gusta algo que objetivamente es una mierda, y eso te hace sentir en falso, y no tienes demasiados argumentos para defenderlo aparte de la mera nostalgia, el puro mal gusto o la mala intención y el cinismo que brotan para esconder lo que simplemente es un gusto apestoso”. Y Kiko Amat define la expresión Fan en Contra como “algo de lo que por aesthetics o ideología o espíritu no estás totalmente a favor, pero que desde luego no es una porquería sino una obra de gran elevación, elegancia y genio […] Eres fan, pero a la vez completamente consciente de su peligrosidad y facilidad de defenestre”. ¿Os suena de algo? Eso es tener claro que el ser humano es un bicho que convive entre contradicciones de variado pelaje y lo demás son tonterías.

En cuanto a lo literario, las referencias son muchas. Amat hace que la convivencia entre vinilos y libros sea fácil y armoniosa. Pero yo buscaba una en concreto. Viene de una tarde que tenía cita con el oftalmólogo y cuando aparqué me di cuenta de que no llevaba encima ningún libro para entretener la más que probable espera. Como iba bien de tiempo entré en una librería cercana a la consulta y rápidamente seleccioné y compre 31 canciones, de Nick Hornby. Imaginaos de qué va. Aunque ni idea de cómo está escrito, ¿eh? Confieso que a cada vuelta de página de Mil violines esperaba encontrar la mención del libro de Hornby. Pero como Amat va a lo suyo, la cita aparece en la página 174 ¡a propósito de Dylan, Bob! (Tiembla, Fresán; aunque en Esperanto te pusieses ciego contigo mismo y, por derivación, con él.) Y no acaban aquí sino que se incluye la más explícita de todas: “Manual de literatura para punks (o como publicar novelas sin haber estudiado)”. Corresponded a la sinceridad que Kiko Amat entrega en su libro y responded a la siguiente pregunta: ¿cuántos de vosotros, lectores, empedernidos o no tanto, deseáis ser escritores publicados y con cierto éxito? Venga, no hace falta que dejéis comentarios, las respuestas apuntáoslas en la frente. Y me da lo mismo que ya seáis escritores publicados, con o sin cierto éxito, pues las puñeteras dudas os corroen las entrañas como aquel ácido tan bueno del Señor Lobo. La respuesta la encontraréis en este libro, a partir de la página 265: veinte consejos a modo de “clase práctica” de la que sólo extractaré parte del diecinueve:

19) Lean.

El texto completo en Mil violines, editorial Mondadori.

4 comentarios:

Pilar dijo...

Huy, cómo me suena todo esto que cuentas. Casi tan bien como la guitarra de Ritchie Blackmore. Ese hombre tiene magia en los dedos.
En cuanto a la última pregunta, puedo contestar sin reparos: Nunca desearía publicar un libro. Tengo tanto respeto por la literatura que no se me ocurriría escribir nada. Mi único afán es mejorar como lectora. Y eso hago, sigo al dedillo el consejo 19 de la "clase práctica". Lo cual, hoy, no es fácil. Lo difícil es acertar con las lecturas.

José Luis Amores dijo...

Querida Pilar, me pareció tan certera la receta de Amat que no pude resistirme a finalizar con ella. No hay nada como leer, en efecto, para curarse de muchos males, entre ellos cierta clase de pretensiones.

Un abrazo.

Carlos González Peón dijo...

Bueno, vale, un texto muy convincente. Anotada queda porque bueno... la música... uff... y pop, nada menos. Es que yo de eso no sé, pero si tu dices que vale la pena... te creo.

José Luis Amores dijo...

Creo que, como yo, te vas a reír, vas a aprender y te vas a resituar (esto ya lo comprenderás cuando leas el libro).

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