16 oct. 2011

el afinador de habitaciones

y yo lo he pensado muchas veces: que estás en tu ataúd, o en tu lecho de muerte, y estás ahí, mano sobre mano, esperando que pase algo, y de repente, de la forma más sobrenatural, ves una cosita que sale así, que sale de ti, y revolotea desmañadamente por la habitación, y un par de vueltas y se escapa por la puerta, o por la ventana entreabierta, y te das cuenta de que es el alma, con sus alitas y todo, y que se va, que se va sin ti, y que tú no eras el alma, que no estabas en el alma, que estabas en el cuerpo, y que te quedas

Yo también lo he pensado. Me he pensado muerto, pero a diferencia de lo que escribe celso castro (sic.) me he visto muerto y entero en esos pensamientos —también en sueños, lo que querrá decir que esta idea está muy arraigada en mi cabeza—. Quiero decir que el alma no se me ha ido a ningún lado porque sé que no hay otro lado que no sea este y que tampoco hay alma ni tonterías por el estilo. Todo ha sido imaginación febril y sádica torturando mentes ansiosas por ser inseminadas de fantasías. Y entonces cientos de miles de millones de personas esperando a morir para hacer la prueba. Mientras tanto, aquí, billones de cabezas pobladas de fantasmas siempre propios, nunca ajenos. Digo que morimos y morimos. No hay más. De nada sirve lo de antes porque no habrá después en el que (/donde, /cuando) hacer valer, intentar remediar, aumentar la envergadura de la mentira, obtener perdones, seguir incordiando a los vivos o prorrogar la espera. Espera de esperanza, que es una palabra hueca.

Así que aprovecha y no desperdicies tanto el tiempo. Haz cosas con las que disfrutes y deja que los demás hagan lo propio. Yo te propongo leer y pensar como actividades complementarias de una dieta todo lo desequilibrada que quieras. Cada ocho horas, después de las comidas. Según lo que elijas, la lectura puede producir somnolencia; y pensar, insomnio. Las interacciones y los efectos secundarios son tantos que es mejor obviarlos. En casos de sobredosis, no hay desintoxicación posible. Me refiero a sobredosis de verdad, en vena, pues hasta para ser yonki literario hay clases y maneras y estilos.

Sobre qué pensar no voy a darte ninguna indicación ahora, el tema es largo y tengo poco tiempo. En cambio puedo hacer lo habitual, recomendarte un libro: el afinador de habitaciones, escrito por celso castro. (Si cuando me refiero a obra y autor no utilizo mayúsculas es por respetar ciertas normas sintácticas adoptadas por castro. Esas normas no complican la lectura, puedo asegurártelo. Asumiéndolas, si las haces tuyas y eres un lector auténtico, conseguirás cierto estado de tranquilidad. En este tema de la relajación no puedo ser más concreto, lo siento.)

Dicen de el afinador de habitaciones (sic.) que es un libro singular, que no es una novela cualquiera, que es difícil de encasillar. También le adjudican los epítetos original y moderna. Todas estas afirmaciones no son más que reclamos turísticos que alejan al viajero de un posible destino. Hay novelas singulares y narrativas inclasificables porque hay miles de novelas estándar y toneladas de narrativa convencional. Lo moderno es reciclaje de inventos olvidados y la originalidad invención destilada en alambiques sintáctico-gramaticales. Se asocia lo diferente con lo imposible y lo raro. También con el fracaso. Se busca legitimidad mediante la exclusión, aunque después la lógica comercial obligue a exponer de manera conjunta lo que se anunciaba diferente. De esta forma se quiere llamar una atención que ya debería saberse refractaria y autista. Esa estrategia me parece errónea y perjudicial para la literatura en su conjunto. Letal para un libro solo, único, singular, original, moderno: hostias, cuánto despropósito aun cuando sea bienintencionado. Si quiero señalar a una tía que está muy buena entre un montón de tías buenas que hacen topless la señalo con la mano y digo “¡Mira qué tía tan buena!”. (Perdón por el símil pero la literatura es como una playa abarrotada en la que todo el mundo está más o menos desnudo por mor de exhibirse y es difícil hacer notar cuál es la tía más cañón o el tío más cachas y por eso digo que simplemente hay que señalar con un dedo que no tiemble, un dedo que no se acobarde, y decir alto y fuerte lo que haya que decir, sin miedo, joder: esta novela es la hostia, es buenísima, tío, ¿pero no ves lo buena que está? Sin miedo a ser tachados de promiscuos porque la literatura es pura promiscuidad, date cuenta. Unas veces está más buena y otras regular y aun de la mayoría es mejor callarse como putos, pero cuando encuentras alguna de las primeras no tengas recato en decirlo aunque te hayan enseñado que señalar es de mala educación y poner símiles machistas es retrógrado y de pésimo gusto.) Lo digo y ya está. Esta-novela-es-buena-léela-y-déjate-de-hostias. O algo así.

Por eso digo que el libro de celso castro (sic.) es una novela a secas, que trata cierta clase de juventud, incomprensión y amor. Su principal diferencia estética estriba en su tipo de juego con las imágenes poéticas: se hace en un grado tan experto que ni te enteras de que te la está metiendo (poesía) doblada: su autor tiene los pies en la tierra y la cabeza a considerable distancia de las nubes, situada a una altura estándar, de ahí que partes que parezcan narración no lo sean en absoluto (poesía). Luego está la historia. Celso Castro (echadle la culpa al Word) tiene cincuenta y cinco años y quien esto escribe está a punto de los cuarenta y tres. No somos niños ni siquiera biológicamente jóvenes. Castro ha leído un huevo, lo insinúa en la propia novela y da muestras fehacientes de ello. Yo he leído un huevo y lo digo: he leído un huevo. Por tanto una historia de ¿amor? en la ¿juventud? en medio de una gran ¿incomprensión? tiene que ser igual de difícil para él escribirla que para mí leerla. O está muy bien escrita, fenomenalmente bien escrita, o al lector mayor de dieciocho años se le cae de las manos al segundo renglón.

No se me he caído. Yo quería saber qué le pasaba al protagonista, por qué bebía tanto coñac y dónde estaba su familia. Luego supe que el coñac es literatura y el amor es literatura y la incomprensión es literatura. Literatura que en este caso es poesía, novela, filosofía y pensamiento en carne viva, pensamiento orgánico y vivo que relaciona y se alimenta de vida, letra, amor y muerte. Intuí que la novela era biografía y que la vida de quien la escribía debía de corresponderse con la escrita, de ahí que el afinador de habitaciones sea primera parte de una trilogía titulada relatos del yo. Pero no sé si estoy en lo cierto y me da igual porque lo que importa es que leía y sentía que lo narrado había sucedido de verdad, que quien lo había escrito no podía inventar de esa forma y engañar al lector tan descaradamente. Entonces pensé que Castro jugaba con ventaja, que a él le habían sucedido cosas excepcionales en su juventud y que además había sido bendecido con un don que le permitía contarlas de una manera excepcional. Que así cualquiera, pero en realidad tan pocos. Es decir, todavía no sé si Celso Castro es buen escritor o no, de lo que estoy seguro es de que esta novela sí lo es; razón en su interior.

Esta es, pues, mi idea de perder el tiempo, leer esta clase de cosas y luego otras totalmente diferentes. Y en ocasiones escribir sobre ellas, sobre todo si me han gustado mucho, para que otros sepan que en medio de toda esa carne expuesta hay cosas que opino merecen mayor atención que una mirada rápida y desentendida. Creo que castro (sic.) es una de ellas.

4 comentarios:

Pilar dijo...

Mira que sois complicados los hombres a la hora de decir un piropo ¿eh? Al final ¿está muy buena o es del montón? La novela, digo. Porque la tía, según he entendido, era una tía a secas, je.

Un abrazo.

José Luis Amores dijo...

La novela, la novela. No, no es del montón. Siempre hay que elegir con cuidado pero con esta novela no hay que gastarlo (el cuidado) y puedes lanzarte a ella sin ningún cuidado. Sólo un consejo: no la leas demasiado rápido, sería un desperdicio.

Sí, somos complicados.

Carlos González Peón dijo...

Coincido. La leí este fin de semana y disfruté cada página. Y eso que no me gusta el coñac. Tenía además el "añadido" de poder imaginarme cada uno de los escenarios porque pasé por todos ellos infinidad de veces.

Ya estoy tardando en hacerme con "Astillas".

José Luis Amores dijo...

De esta lectura pueden obtenerse más conclusiones. Lástima que no quiera/deba destrozar el disfrute de otros posibles lectores.

El coñac es un símbolo, aunque castro le haya dado a la copa en su juventud para ahogar ansiedades.

Me voy de nuevo. Saludos.

Publicar un comentario

Thomas Pynchon

El maestro

David Foster Wallace

Un discípulo aventajado

Entrevista en origen

A modo de evangelio

Hermano Cerdo

Sigueleyendo

Revista de Letras

Jot Down Cultural Magazine

Suomenlinna

Javier Calvo

Correspondencias

Hugo Abbati

Las teorías salvajes

Pola Oloixarac