7 jun. 2011

Reality fake

Quiero continuar reflexionando sobre la simulación, sobre la impostura como medio para alcanzar un objetivo, y sobre lo que sucede cuando el disfrazado acaba tan imbuido en su papel que pierde la noción original de realidad y asume la personalidad simulada hasta sus últimas consecuencias. Como recurso me serviré de una película de Roberto Rossellini sobre la que ayer departimos en una tertulia-acto con motivo de la *** edición de la Feria del Libro de Málaga.

El General De la Rovere es un relato del célebre periodista italiano Indro Montanelli (1909-2001). Forma parte de los denominados Incontri, pequeños retratos de personajes a modo de semblanzas cuasi periodísticas, escritas con un estilo particular y desenfadado que bebe de las formas de hacer chejovianas. En España se editó traducido por Plaza & Janes en 1969, junto con una selección adicional de relatos, en la misma línea y temática de fondo, sobre otros personajes conocidos por Montanelli en su devenir vital y profesional.

Tuve mi primer contacto intelectual con la obra de Indro Montanelli en 1996. En el otoño de aquel año se suscitó en torno a la actividad desarrollada por la empresa de consultoría económica de la que yo era socio una cierta polémica que trascendió a la prensa. Mi empresa asistía a ayuntamientos en la mejora de su capacidad para generar ingresos propios, no dependientes del humor y benevolencia de administraciones supramunicipales, lo que era visto en algunos círculos políticos como una vulgar pantalla para ocultar un ánimo meramente recaudatorio, de intensificación de la presión fiscal ejercida sobre los ciudadanos por parte de las corporaciones locales que contrataban nuestros servicios. Saltamos a los medios sin pretenderlo y, en un momento dado, fuimos casi conminados a ofrecer nuestra propia visión de la actividad y de lo que con ella se pretendía. La oportunidad se presentó bajo la forma de debate televisivo entre las distintas fuerzas implicadas —o que, en algunos casos, se habían inmiscuido por voluntad propia— en la polémica. Yo no era ya ningún niño. Estaba a punto de cumplir veintiocho años y, de acuerdo al espíritu de la época, había conseguido construir una imagen profesional de mí mismo a base de un programa compuesto a partes iguales de estudio, ingenio, esfuerzo y estoicismo. Sin embargo nunca había estado expuesto a una cámara, por añadidura, hostil. Sabía bien que iban a presionarme y a procurar demostrar, mediante una estrategia de ridiculización, la ineficacia que se pensaba subyacía bajo tales tipos de medidas técnico-económicas. Así desenmascararían al impostor que, razonaban, había conseguido embaucar a una clase política secularmente débil de carácter e iletrada. Le conté todo esto a una amiga de tiempos universitarios que había derivado hacia el ámbito de la comunicación. Ella se había convertido en una experta en hacer pasar por verdadero, ante los demás, lo que incluso quizá siéndolo no lograba por sí mismo aparentarlo. Mi amiga me recomendó leer una obra de un italiano famoso en la que, recuerdo, se ofrecían consejos certeros sobre cómo comportarse delante de periodistas, por ejemplo en una rueda de prensa. No recuerdo el título del libro, ni tampoco el catálogo de comportamientos que acabé anotando y ensayando mentalmente, tan sólo que —decía Montanelli— era de ayuda tener entre las manos un objeto con el que poder entretenerse mientras se respondían las preguntas, por ejemplo un bolígrafo o unas gafas (que no fueran de sol, aunque quizá este detalle lo esté inventando ahora, sobre la marcha). Superada la prueba con éxito, olvidé tanto los consejos —que seguramente acabé interiorizando con la repetición y el paso del tiempo— como el nombre de su autor o compilador.

Casi década y media después leí Anatomía de un instante, de Javier Cercas. Como es sabido, en este libro se analizan de manera concienzuda, bajo una fórmula narrativa a medio camino entre el ensayo y el drama, la pléyade de causas que dio forma al crisol en que se fraguó el golpe de estado del 23 de febrero de 1981. En el análisis individualizado y relacional de sus actores activos y pasivos, se incluye la figura del entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez. La quinta parte de esta obra se titula, significativamente, ¡Viva Italia!, y en su capítulo tercero escribe Cercas: “El 18 de febrero de 1981, cinco días antes del golpe de estado, el periódico El País publicó un editorial en el que comparaba a Adolfo Suárez con el general De la Rovere. Era otro cliché, o casi: en el pequeño Madrid del poder de principios de los ochenta —en ciertos círculos de la izquierda de ese pequeño Madrid— comparar a Suárez con el colaboracionista italiano del nazismo convertido en héroe de la resistencia que protagonizaba una vieja película de Roberto Rossellini era casi tan común como mencionar el nombre del general Pavía cada vez que se mencionaba la amenaza de un golpe de estado”. Un par de párrafos después, Cercas extracta el contenido de la película de Rossellini —que no de la historia originalmente pergeñada por Montanelli— en lo que, a mi juicio de ahora (no de cuando leí el libro), constituye una reducción periodística de la, a su vez, desnaturalizada versión de Rossellini de una historia magníficamente bien ideada y estructurada en origen.

Como he dicho al principio, el retrato de De la Rovere ofrecido por Montanelli en sus Incontri no pasa de ser una crónica más del encuentro que el periodista tuvo con Enmanuelle Bertone (no Bardone, tal y como se tradujo al español en la versión fílmica y como reproduce Cercas en su relato) en 1944 en la cárcel de San Vittore, donde ambos fueron encerrados por el ejército de ocupación alemán. El periodista conoció a Bertone (en su papel de De la Rovere) en audiencia concedida por éste en su celda, y poco después, merced a una argucia de sus amigos del exterior, Montanelli pudo huir de la prisión. En el relato primigenio, se narra el entierro del farsante junto con los demás ejecutados en Fóssoli, la reverencia que rodeó al acto, en la que se admitió sin reservas al impostor Bertone, enterrado pues como General De la Rovere y no como el mentiroso y traidor potencial que en realidad fue. Montanelli describe el encuentro que ambos tuvieron en la cárcel y el boato que rodeaba al personaje, cuya celda era significativamente más cómoda que la de los demás reclusos. Narra esquemáticamente las vicisitudes de Bertone después de la huida de Montanelli: su traslado a Fóssoli, su desenmascaramiento oficial, la nula importancia concedida a esta circunstancia por sus compañeros —para quienes, dados su comportamiento y asunción del papel hasta el momento, se había convertido de pleno derecho en un General De la Rovere icónico—, los trabajos forzados que no intentó eludir y su fusilamiento junto a otros sesenta y cuatro hombres más. Posteriormente, el propio Montanelli colaboró con los guionistas Sergio Amidei y Diego Fabbri en el relleno narrativo de las lagunas de su relato, a fin de que la historia pudiera ser “contada” a un público para el que la inferencia no ha sido nunca, ni será, su fuerte. El resultado es un relato claramente excepcional, desprovisto de juicio moral más allá de la —por otra parte ineludible— forma de presentación de los personajes y elección de escenas. Los tres escritores, pero sobre todo Montanelli, dan cuenta detallada de la transformación experimentada por Bertone, que a partir de ciertos momentos y acontecimientos clave del relato decidió asumir el papel asignado en su totalidad, y no sólo en sus aspectos fáciles o cómodos. Es esta transformación de segundo grado la que faculta tanto a Cercas como al segundo protagonista del relato (el coronel alemán Müller) a transmutar en heroísmo la impostura de los sujetos de su análisis: Müller, “Nosotros, los alemanes, juzgamos a este país por sus generales auténticos. Y es con los falsos que da su medida”. Validación de la impostura en tanto que medio para alcanzar un fin superior (Cercas: “la política es un teatro y nadie puede actuar en un teatro sin fingir lo que no siente”), pero sólo si aquélla es totalmente interiorizada por quien actúa; es decir, el actor debe desaparecer, y sólo debe quedar el personaje.

La versión traducida del relato es doble, incluye tanto el original como el que sirvió de base al guión utilizado por Rossellini en el rodaje. Asimismo, en el libro se incluyen los relatos “De Sica”, sobre el actor que encarna a Bertone en el film —en este caso Vittorio De Sica aparece como director y el impostor es un actor que, ejerciendo de personaje de los bajos fondos milaneses, consigue engañar al propio Montanelli; aunque también el propio De Sica es desenmascarado más tarde cuando fingía un reúma falso…—; “Santoro”, sobre un egiptólogo falsario, durante un tiempo profesor en la Sorbona pero descubierto por sus avergonzados compañeros; “Kuebler”, ex-coronel alemán que se suicidó en Lepizig tras el final de la guerra por ser, literalmente, incapaz de tomar decisiones sobre su propia vida; “Kornilov”, farsante ruso afincado en París, vividor a costa de los demás, a quienes hacía creer mil y una historias sobre el advenimiento de una inminente fortuna que beneficiaría a todo aquel que se mantuviera fiel, a su lado; “Ciervo Blanco”, un falso sioux italiano que divertía a las tropas estadounidenses en el frente, descubierto por Montanelli por su particular forma de mirar a las mujeres (“sólo los italianos saben mirar así”); “Don Caló”, mafioso siciliano, artista del disfraz y la simulación…; y, finalmente, “La mariscala” y “Quisling”, definitivamente relatos menores que los ya mencionados. Como se ve, la temática dominante de estos incontri es la impostura, siendo evidente por qué el elegido para ser llevado al cine fue el relato sobre el falso Della Rovere y no otro.

A mi juicio, las diferencias entre obra escrita y filmada son abismales, hasta el punto de poder calificar el trabajo de Rossellini en esta ocasión como decepcionante a la luz de la lectura del material en que se inspiró. La ausencia de escenas enteras en la película, la casi total desatención a los detalles, cuidadosamente expresados en papel y no recreados en la versión rodada (restando ambientación y, por lo tanto, historia), el alargamiento innecesario de planos y secuencias, la sobreactuación en bastantes escenas de los dos protagonistas y la escasa e incluso, cabría decir, nula preparación de los secundarios: todo ello no hace sino reforzar la idea de que Rossellini hizo esta película a regañadientes. Simulación, pues, a gran escala y no sólo como motor de la trama narrativa: la de Rossellini como director premiado por esta obra, la de Montanelli al darse por satisfecho del resultado especular de su trabajo escrito e incluso la de los adoradores declarados de la película.

¿Qué propicia el triunfo de la impostura, preferida continuamente a la verdad? Creo que la respuesta reside en la necesidad de héroes en todos los niveles, aunque aquéllos sean falsos. En el plano político: Adolfo Suárez asumiendo hasta las últimas consecuencias su papel de paladín de la democracia y enfrentándose así a quienes, al “permitir” su nombramiento como presidente del Gobierno, tan sólo pretendían legitimar de cara a la galería la continuación del status quo anterior; después de él, en España la impostura política no ha sido ejecutada con tan alto nivel de eficacia, dejándose ver en las burdas “actuaciones” de sus sucesores (en todos los niveles) hasta qué grado nuestros representantes —electos y aspirantes— han sido conscientes de las ventajas de la simulación frente a la verdad, de la preferencia popular del arte del engaño contra una realidad secularmente incómoda. En el terreno artístico: no sólo la facilidad de digestión del arte dirigido a —y diseñado para— la masa explica su enorme aceptación, sino que también el grado de artificio imperante en sus temáticas respecto de la realidad facilita un agradable adormecimiento frente a las utilizadas por otros artistas que, en su afán por representarla —independientemente de si el tratamiento utilizado es realista o no—, la muestran desnuda —o crudamente interpretada— y con sus aspectos más desagradables totalmente a la vista e incluso enfatizados. Y sin olvidar que el triunfo de la impostura en el ámbito social es síntoma de la necesidad popular de asistir al espectáculo de superación de sus iguales, siquiera sea como exponentes materiales, palpables, de la posibilidad de vencer la cotidianidad, tan absurda e insoportable. De esta forma se explicaría el auge de glorias ilegítimas como las de los personajes que rodean al mundo del famoseo, aclamaciones desmesuradas como las recibidas por los deportistas “de élite”, veloces encumbramientos de cantantes profesionalmente nacidos de concursos amateur, e incluso la fascinación que despiertan determinados críticos —sociales, políticos, culturales— que, mediante un discurso grosero que consigue difuminar su auténtica impostura, alcanzan el favor de un público frente al que en realidad actúan como primus inter pares.

Impostura en todos los frentes, todos los ángulos, todas las perspectivas: lo real muere cada día a manos de una mentira continuamente reelaborada y adaptada a las circunstancias; realidad decepcionante y angustiosa frente a impostura salvífica y dopante. Los héroes ya no están hechos de papel o celuloide sino que se les exige la materialidad de la carne, su inmediatez. Es la hora del reality fake. De ahí que ya no se repruebe la mentira sino su falta de sofisticación. Ahora se le exige al impostor que ejecute un buen fraude, que al menos en esto no nos defraude.

4 comentarios:

M dijo...

Falso pero creíble. Eso parece ser lo que cuenta, en efecto. Por lo demás, este interesante texto me lleva a la peli d'Orson Welles "Fake", muy recomendable, estupenda.

José Luis Amores dijo...

Bueno, el maestro tenía que salir a relucir. Me fascinan los fraudes bien ejecutados, y no descarto continuar diseminándolos por aquí (fraudes, intentarñe que "bien ejecutados") como ya hiciera en el affaire Pynchon o en el Yates de Lin.

Sargento dijo...

Leyendo esto tuyo, Jose Luis, me he acordado de lo que decía el otro día Juan Marsé defendiendo el futuro de la novela:"No sé qué pasara en un futuro próximo, pero de una cosa estoy seguro: la imaginación novelesca -cualquiera que sea el soporte que lo transmita- no morirá jamás, porque el hombre siempre necesitará correctivos a la realidad hostil mediante la imaginación".
Tu texto me hace pensar que puede que la opinión de Marsé esté más referida al pasado que al futuro. Todos necesitamos "correctivos a la realidad" pero hoy en día la mayoría no los busca en las novelas sino en ese "reality show". Da miedo. Si eso es así la novela quedará como algo marginal. prefiero dejar de escribir
Un beso
La sargento Margaret

José Luis Amores dijo...

Tal y como está la novela, o ya puestos, la literatura, a mí me importa un carajo si muere de verdad o no. Date cuenta de que la gentuza que compone más del 90% de la sociedad (soy consciente de la generosidad del porcentaje), esa que ve reality shows y sucedáneos disfrazados por pudor, han conseguido que en la literatura se infiltre la peste general. La batalla (si alguna vez se la pudo llamar así) se perdió hace décadas. Lo de ahora es pura simulación, puro fraude. El progreso humano, querida Margaret, tiene estos efectos colaterales: con el ánimo de entretener, de alcanzar un bien común “repartido”, destroza paisajes.

Publicar un comentario

Thomas Pynchon

El maestro

David Foster Wallace

Un discípulo aventajado

Entrevista en origen

A modo de evangelio

Hermano Cerdo

Sigueleyendo

Revista de Letras

Jot Down Cultural Magazine

Suomenlinna

Javier Calvo

Correspondencias

Hugo Abbati

Las teorías salvajes

Pola Oloixarac