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30 may. 2011

One hundred

Antes de colgar el post número 100 de este blog —aunque en realidad el cien ya se cumplió hace tiempo, sólo que a lo largo de este año he ido borrando aquello que me ha parecido, y todavía habré de seguir podando, por lo que seguro retornaré varias veces más a la cifra redonda—, voy a la presentación de una novela escrita por Alfredo Taján, director del Instituto Municipal del Libro de Málaga. La novela, galardonada con el XV Premio de Novela Ciudad de Salamanca, la publica una empresa gallega llamada Ediciones del Viento. Después sabré que versa sobre diversas intrigas imaginarias e imaginadas en un hotel de Torremolinos, el Pez Espada, y en su presentación, además de sensiblerías y cosas inteligentes e interesantes sobre su autor, se dirán cosas inteligentes e interesantes sobre la novela en sí. No voy solo, acompaño a Juan Francisco Ferré; quiero decir que tampoco él va solo. El acto se celebra en el emblemático Hotel Málaga Palacio, desde cuyo ático es posible admirar y, a la vez, detestar una de las ciudades más literarias del mundo. Pero ahora nos demoramos en una de las entreplantas, en uno de los salones otrora pomposos y ahora funcionales, antes glamurosos y hoy corporativos, antaño castizos y decadentes y este día aspirados y asépticos. Como al fin y a la postre se trata de la presentación de un libro, no esperamos encontrar a prácticamente nadie, como mucho el habitual grupo de desocupados que, por causas aleatorias, un día eligieron la literatura como medio de lifting vital. Sin embargo y para nuestra sorpresa, la planta baja del hotel bulle de cuerpos. No vienen a la presentación de la novela de Taján, nos decimos, seguramente esperan a algún gurú de las ventas inmobiliarias, de la comercialización turística, de las pirámides financieras, de la redención de la pobreza. A tal suposición contribuye el atuendo generalizadamente caro y hortera del grupo humano apretujado frente a los ascensores, su avanzada edad también generalizada, la ingente cantidad de tinte y amoniaco desparramados sobre sus cabelleras: no pueden ser escritores, tampoco críticos, y los lectores nunca, nunca vienen a este tipo de… no sé cómo denominarlos. Digo esto mientras subimos a pie los dos tramos de escaleras enmoquetadas y atravesamos una de las salas de desayuno comunal. La novela se vende a la entrada del salón, que va llenándose con los cuerpos que el ascensor vomita desde el hall. Venían a esto, sí… Juan conoce gente: escritores varios de entre los que recuerdo y conozco a Pablo Aranda —Pablo, coño, aquel finalista del Primavera con La otra ciudad el año que ganó de Prada con La vida invisible, ese pestiño insufrible (el de de Prada, aclaro)—. Se saluda y se charla en corros, hay fotógrafos, un equipo de televisión, un alcalde (de Málaga), chaquetas y corbatas y pantalones con raya, vestidos palabra de honor y toreras con profusión de estampados, pocas zapatillas de deporte. Nos sentamos y da comienzo el show. Lo habitual, lo predecible, es justo decir que lo justo: el autor es erudito, valiente, dotado de un intelecto sin par, viajero incansable, con triple nacionalidad o casi, con una creatividad empresarial, además, encomiable, pues dirige la cosa literaria municipal sin, en la práctica, disponer de dinero para ello, etc.; de joven fue músico y tuvo unos inmejorables mentores, siendo ahora mentor disputado por hordas culturales que ven en Málaga el edén literario del XXI, y en él al guardián de la sabiduría, etc.; la novela es digna sucesora de toda una larga tradición narrativa sobre la Costa del Sol de cuya nómina, sinceramente, no me acuerdo, etc.; la editorial no conocía Málaga y está gratamente sorprendida de sus calles, sus playas, sus gentes, sus librerías, sus hoteles, sus actos literarios, su empuje, sus poetas, sus alcaldes y sus empresarios, se sorprende de que Málaga exista y sea tan bella, soleada, tranquila y rica en experiencias, etc.; el autor se maravilla de lo nutrido de la afluencia, expresa su agradecimiento, bromea, trivializa su figura, resta importancia a su trayectoria, eleva la voz para luego hacerla descender y dar por terminada la parte unidireccional del acto, etc. Ahora comienza otra, por así decir, más interactiva, más participativa.

Subimos a la última planta, como King Kong pero civilizadamente, utilizando las entrañas del edificio. Personajes vagamente cool pululan alrededor de una piscina sólo ocupada por una gaviota enorme, oronda. Bebemos, bebemos, bebemos, comemos, bebemos, bebemos, comemos algo. Se echa en falta la heroína, pieza fundamental en toda tragedia que se precie. ¿Quién paga todo esto?, me pregunto. Taján es el anfitrión perfecto, el escritor hoy de moda en la ciudad —reconozcámoslo de uan vez por todas— más literaria del mundo. No sin pena, y desde luego sin gloria, tomamos la decisión de irnos a casa, aunque antes recalamos en el Negro, bar de moda en la calle de moda en la ciudad de moda. Hablamos de literatura y circo, de literatura y moda y diseño, de dinero y política, de historia y copas. Hablamos de imágenes, de cine, de efectos especiales. Especulamos acerca de un buscador de realidades visuales. Juan me ha regalado un ejemplar del número 25 de la revista Eñe, donde publica un relato titulado Bad Romance (sí, como el tema de Lady Gaga). Otros autores como Denis Johnson, Gabriela Wiener y Rodrigo Hasbún (así hasta un total de diez) completan el especial Un Gin Tonic, por favor. Llego a casa y me pongo a leer a Ferré y a Johnson.

Bad Romance trata de la inversión por el devenir. La fantasía del Rey Kong implantada en la actualidad como simulacro esperpéntico suyo, como eco argumental transformado por el devenir histórico, desprovisto de la compasión y del histrionismo del espectáculo primigenio y por ello doblemente trágico, brutalmente real. De nuevo el cebo de la sensualidad atrae a la bestia, sólo que el bruto lo es ahora por aprendizaje pavloviano y no por la hipertrofia acaecida en un entorno prehistórico protegido de la evolución. Por supuesto, la bestia es el hombre y la inteligencia se sitúa en el lado femenino. Asistimos a la descripción del horror, localizado en geografías iraquíes y ejecutado por los maestros de su puesta en escena. Un horror por cuya última depreciación mediática adquiere aquí un grado superlativo. No recuerdo un tratamiento tan directo y realista de la atrocidad en la literatura reciente, quizá sólo un caso poco conocido, el del relato Porno duro de Gabe Hudson, incluido en el número 8 de Granta en español, 2007. Allí Hudson utilizó los facials (eyaculaciones faciales) pornográficos para designar/enfatizar los disparos que los marines norteamericanos efectuaban contra las caras de los soldados iraquíes, consiguiendo su máxima deformación. Pero la mecánica narrativa no funciona en ese caso más que como una suerte de imaginería truculenta deudora (tributaria) del gore. Muy al contrario en Bad Romance, donde la monstruosidad es relatada retrospectivamente sobre un lecho, en plena decadencia poscoital, rodeada de un vaho de sensualidad y desenrollada contra el decorado de un lamento aprovechable, en última instancia, por la inteligencia femenina pero sin perturbación moralista ni carga sentimental… Una escenografía magistral en la que, además, parafraseando a Palahniuk precisamente sobre el mencionado Hudson, Ferré nos recuerda que la [guerra] literatura puede ser tan divertida como el infierno. Ciertamente, concluyo un par de días después, la diferencia entre este relato y el resto del cuaderno es brutal.

Sin embargo la contaminación nubla el juicio lector. O puede que la enfermedad, tónica de lo literario, no sólo impida un criterio adecuado, sino que además provoque un hartazgo tal que la búsqueda haya sido dada por concluida, y ya sólo se espere pasivamente la aparición de alguna improbable epifanía. Sí, el hastío es connatural a la inundación de literatura lisiada, analgésica, prejuiciada hasta el límite, que se refocila en su padecimiento y que hace virtud de su decadencia. Literatura, ésa, de todo a cien. Por supuesto, todavía nos queda la literatura nómada de Taján, las inversiones literarias de Ferré, las probabilidades narrativas de Aranda, todos ellos universos por explotar.

No se vayan todavía, aún habrá más…

3 comentarios:

Carlos González Peón dijo...

Muy interesante. A la revista Ñ no tengo acceso pero algo se me ocurrirá para hacerme con ese relato. El resto (de la revista), salgo que digas lo contrario, me dará un poco igual. No así la presentación literaria. Qué bien os lo montáis por ahí....

José Luis Amores dijo...

El resto de la revista tiene anuncios muy buenos, muy vistosos y a color. Además simula un libro (de hecho, se autodenominan la "revista para leer"), por lo que es susceptible de colocarse de pie, no tumbada, en una estantería. Así las visitas verían un lomo más...

Respecto del acto literario, "ya te digo", Málaga es una de las ciudades más literarias del mundo. Podrían escribirse enciclopedias enteras sobre esto. Sin ir más lejos, el lunes que viene, en plena Feria del Libro de Málaga, unos amigos montamos una tertulia pública sobre la película de Rossellini "El General della Róvere". Como todo el mundo sabe, el tema subyacente a la obra es la impostura. Hay convocados tantos actos, tan variados, bonitos e interesantes que tan sólo disponemos de media hora para exponer nuestros puntos de vista y teorías fílmico-literarias en el Magno Edificio del Rectorado Universitario. Antes y después de nuestra intervención hay más actos, todos regados con la inveterada copa de vino español. Yo, por si acaso y para contemporizar, llevaré media botellita de Lambrusco della Emilia, por si el vino oficial no estuviera a la altura.

Carlos González Peón dijo...

Resumiendo: que en Málaga lo que os gusta es beber y todo esto de la literatura no es más que una excusa para poneros morados. Tenéis que dejar de sufrir: el vino también es cultura; se justifica solo.

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