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13 may. 2011

Coetzee-Xtreme

Sé de buena tinta que la concesión del Nobel de Literatura no genera muchas más ventas de las que ya tuviera el autor antes de recibir al motorista con la notificación. Si además el premio se otorga en uno de esos años reservados para el pago de deudas internacionales o interculturales, las editoriales lo tienen aún más crudo para rentabilizar el obligado gasto en reimpresiones. Probablemente la causa sea la acostumbrada: la literatura no vende porque no interesa. Harían mejor en emplear todo ese papel y toda esa tinta en la fabricación de billetes falsos; actividad mucho menos peligrosa y bastante más lucrativa.

Un caso demostrativo de lo enunciado es el de Coetzee. Recibe el Noble Nobel en 2003, tras una sólida y larga trayectoria literaria. En España, Mondadori se frota las manos e inunda el mercadillo con el correspondiente producto, ya reducido a merchandising del ahora verdadero producto: el escritor John Maxwell Coetzee. El habitual grupúsculo multiétnico acude a comprar lo que por otra parte no deja de ser novedad: uno que escribe bien y, además, tiene algo que decir. Se desata una especie de furia Coetzee y da la impresión de que los pro-coetzianos proliferan como hongos, o que se reproducen por esporas. Sin embargo, el cómputo final de ventas es irrisorio. Como siempre, los ingresos sedimentan en bolsillos de promotores inmobiliarios, supermercados, franquicias, bares, camellos, clubes de carretera y futbolistas. Un libro sigue resultando excesivamente caro y su consumo poco atractivo; un caña a dos euros, uno por el agua y el otro por la espuma, no.

Coetzee conoce estas paradojas y en cada una de sus obras no deja escapar la oportunidad de insistir en ello. Sólo que su inteligencia le permite disimular tales manifestaciones entre palabras y metáforas brillantes. En el complejo palimpsesto que son sus narraciones, bajo esa inicial pátina de sencillez, digamos que a media distancia entre la capa de objetivos aparentes y el fondo de auténticas intenciones, subsiste la empresa, en su caso con poco o ningún tinte satírico aunque sí despiadada, de poner de manifiesto el sempiterno enfrentamiento entre el sector culto de la sociedad (el verdaderamente culto, de mayoría empobrecida) y el que no lo es (acomodados o no). Pero en ese señalamiento Coetzee no emplea materiales sarcásticos, y en rara ocasión utiliza la invectiva. Se limita a exponer unos hechos históricos, pintando contra el telón de fondo difícilmente mejorable constituido por la Sudáfrica del apartheid. No se trata, por supuesto, del único fin de su literatura, aunque sí el más obviado por los lectores, críticos o no.

Sin embargo, en contra de lo que podría parecer, utiliza ese enfrentamiento cultural como parte y medio de una estrategia de demolición de su figura pública, de socavamiento de su imagen. En su última obra publicada en España, Verano, completa el ciclo autobiográfico iniciado con Infancia y Juventud, dejando a su alter ego escrito con la inquietante edad de 35 años, nel mezzo del cammin di nostra vita: estudioso de la obra de Elliot y de su comúnmente admirado Virgilio, Coetzee parecería utilizar una metáfora dantesca para anticipar su muerte a los 70; vaticinio no cumplido, pues ya los ha sobrepasado. Hubiera sido Verano el epitafio de un gran escritor empeñado en autoderrocarse de un trono que parece considerar inmerecido.

Como es sabido, Verano está compuesta por cinco entrevistas y dos pequeñas recopilaciones de extractos de diarios personales de la época. Coetzee ha muerto en Australia y un investigador literario habla con personas que le conocieron y tuvieron cierta relación con él. Cuatro mujeres y un hombre. Se le describe y narra como sujeto asocial, huraño, equivocadamente comprometido con su entorno, no demasiado brillante, fracasado congénito en sus relaciones amorosas e incluso acosador incipiente. En las entrevistas, que son relatos escritos con una habilidad deslumbrante, lo acompaña una figura paterna patética y demediada, más un estorbo que un sostén aunque también sería válida una inversión de papeles. Circunstancias, entorno, comportamiento y opiniones sirven para caracterizar a un Coetzee extremo en cuanto a lo que de él se decía, por otros y fuera de la ficción, como persona y no como escritor: frío, helado, desagradable y torpe, nadie. No tiene mucho sentido, al menos desde la óptica literaria, preguntarse si lo narrado es cierto. Sí merecen interrogación, a mi juicio, los porqués de tal acción y actuación.

Creo ver al menos tres razones fundamentales y dos derivadas. Respecto de las primeras, una podría ser, simple y llanamente, contar la verdad, aunque esta verdad no nos interese, o quizá sólo nos interesara en la medida en que se ajustase al arquetipo del héroe literario más o menos clásico; aquel nacido para convertir el mundo en frases y éstas en arte, y no alguien necesitado de que le expliquen ese mundo que, por lo que se ve o se lee, no comprende. Pero la verdad puesta por escrito tiende a deformarse, tanto por la incapacidad del lenguaje para ponerla de manifiesto como por la visión y la opinión de quien la escribe. Que en este caso es el propio autor y, por tanto, sospechoso de pseudofraude. He aquí, pues, la segunda razón: tratar de desmitificar una figura enNOBLEcida por haber sido enNOBELcida. Coetzee observa al Coetzee mediatizado y concluye que no soporta la fama, aborrece esa imagen suya repetida hasta la saciedad y se propone, con lo que acaso él crea la verdad, desmitificarla mediante el uso de sus mejores armas, las literarias. Para lo que escribe su propia historia, interrumpiéndola en los albores de lo que hoy se conoce y entiende como marca Coetzee: el autor, sus obras, el premio y los chismorreos alrededor de su persona. Enseñando al individuo despojado de estos atributos, eligiendo las escenas precisas para mostrarlo al mundo en un estadio anterior a su concepción como el J. M. Coetzee recreado por los medios, lo desmitifica y, con ello, lo destruye.

Intuyo una tercera intención, más simple y personal, en parte substanciada por las dos primeras. Coetzee podría haber entrado, incluso antes de recibir El Premio, en un bucle interrogativo: ¿por qué yo?, ¿no os dais cuenta del tipo de individuo que estáis ayudando a encumbrar? Sean o no ciertas las revelaciones biográficas contenidas en Verano, lo cierto es que, como se dijo más arriba, ofrecen una imagen demeritada de quien objetivamente es uno de los mejores escritores de nuestra época. Coetzee podría comprender el interés suscitado por su literatura, un interés deseado y perseguido como escritor; cómo no, pues en caso contrario poco sentido hubieran tenido los esfuerzos en publicarla. Pero no estaría conforme con lo que de intromisión (y fabulación) en su ser privado conlleva esa paulatina (y acelerada a partir de 2003) fama. De ahí la vuelta de tuerca que supone Verano en el ritmo de revelaciones biográficas. Unas revelaciones que, concordando con el habitual amarilleo sobre sus modos de estar y comportarse, van más allá de la penetración en la sórdida cotidianidad del joven literato que fue, adentrándose en un diorama de inducción al rechazo sólo entrevisto en personalísimos diarios kafkianos.

Las razones que he dado en llamar derivadas entran en terrenos exclusivamente literarios. Una sería la ya apuntada referencia a la Divina Comedia de Dante. Verano se situaría en un plano paralelo a la segunda parte, la del Purgatorio, con sus siete cornisas (cinco entrevistas más dos capítulos fragmentarios de sus diarios personales), y con una Beatrice central en este caso brasileña, o brasileñas si hay que hacer caso del testimonio ofrecido por la mujer entrevistada.

Pero también cabría encontrar en el texto una primaria intención referencial a la obra de Marcellus Emants, uno de los autores incluidos en su libro de ensayos Costas extrañas (Mondadori, 2004). Trata este ensayo fundamentalmente de una novela de Emants, Una confesión póstuma, en la que el protagonista, Willem Termeer (trasunto deformado del Willhelm Werther de Goethe), teme enfrentarse a su auténtico yo, «un yo impotente, cobarde, ridículo». Entre otras múltiples y numerosas coincidencias, Coetzee apunta que Termeer fue llevado a la escuela y abandonado allí «como un conejo en una jaula de fieras [...] siente la hostilidad de la gente que intuye que hay algo raro en él y quieren eliminarlo por el bien de la especie. Sus congéneres son bestias salvajes, y la sociedad misma un gigantesco sistema de ruedas y engranajes en el que las criaturas ineficientes como él están predestinadas a ser aplastadas». (Como el Coetzee a que él mismo nos ha acostumbrad: a disgusto con su entorno, incómodo en el mundo.) La confesión de Termeer «es casi tanto una pieza de análisis introspectivo y de astuto exhibicionismo como una desesperada súplica de piedad», la cursiva es mía. Esta hipótesis nace por la dificultad de sustraerse a la aglomeración de similitudes e intertextos, desde el título de la novela aludida (Una confesión póstuma, y recordemos que Verano es una confesión posterior a la muerte de Coetzee) hasta las propias conclusiones del ensayista Coetzee sobre la novela de Emants: «No podemos separar a Willem Termeer de Marcellus Emants: el autor se implica en el proyecto anómalo de su criatura para transmutar en oro el metal de baja ley de su yo», para terminar diciendo de Emants que es «un pensador menor, un artista menor, un psicólogo menor (¿y quién no lo es?) […] atrapado en las redes de Rousseau».

En todo caso, una obra sorprendente tanto por la elevada calidad de su factura como por los múltiples estratos que cabe deducir en su análisis, que siempre será incompleto y probablemente fuera de lugar. Lo que seguro nunca estará de más es leer a Coetzee, sea lo que sea lo que éste tenga que decir.

1 comentario:

José Luis Amores dijo...

Esta es la segunda vez que publico este post. Ayer Blogger, por problemas de mantenimiento, lo borró, junto con varios comentarios del post anterior.

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