20 sept. 2010

Pynchonpedia


Muchos adjetivos pueden utilizarse para calificar la literatura de Thomas Pynchon. Muchos, menos quizá uno: wiki (rápido, en hawaiano). Porque nada es rápido en Pynchon, excepto acaso la lectura que le otorguemos bajo la falsa sensación de estar comprendiendo todo lo que el autor expresa en sus líneas. El ADN de su narrativa es escurridizo, y probablemente se encuentre disperso en los lugares más inesperados. Escarbando en sus recovecos, deteniéndonos en sus más baladíes párrafos, hallaremos respuesta a los porqués menos consultados de nuestra contemporaneidad.

Una de sus novelas, Mason & Dixon, narra los periplos de Charles Mason y Jeremiah Dixon, astrónomo y topógrafo respectivamente, en el trazado de la línea homónima que desde la arbitrariedad de su delimitación rectilínea separa los estados de Pennsylvania y Maryland. Una línea recta que sorprende a quienes observen el mapa político de Estados Unidos, pues no puede imaginarse accidente natural que proporcione una frontera tan fiel a los más básicos postulados euclidianos (hasta las olas mejor trazadas llevan esa espuma ambidextra que las hace vibrar). Como tampoco sospecharse, dentro de la bolsa de conocimientos populares, la posibilidad de desaparición de un puñado de días del calendario de septiembre por los caprichosos cálculos de un astrónomo de la Royal Society. Ni imaginarse que el ketchup no fuera inventado por míster Heinz, sino que en realidad se trata de la mistificación americana de una adaptación malaya del ketsiap chino. Suma y sigue.

Pynchon rescata —y le entrega un sentido, lo vertebra dentro de ese devenir absurdo que nos empeñamos en denominar Historia— aquello que los biógrafos oficiales del Tiempo relegan al papel de mera curiosidad o anécdota. El término apócrifo se despoja en su literatura del carácter peyorativo que le otorga su asociación ilícita con las más burdas teologías católicas. No sabemos porque la oficialidad, con sus olvidos deliberados y su afán de resúmenes para vagos, no nos permite saber. Parece decirnos Pynchon que nuestro desconocimiento parte de una falta de curiosidad innata —una capacidad para no querer saber que residiría en lo más recóndito de nuestra amígdala cerebral— que él se propuso remediar. Cabe imaginar, como locura distópica para nuestro rígido acostumbramiento, una institución educativa cuyo programa fuera elaborado por él o a partir de sus textos. Sus alumnos más aventajados no tendrían más opción, al egresar, que dedicarse a vivir la vida, en el sentido literal de la expresión (me muerdo una falange para no escribir sintagma). Pues con la materia por él revelada sería más que complicado orientarse en este mundo de dogmas de la mayoría minoritaria y las minorías mayoritarias. Este mundo donde, paradójica y perversa inversión, la minoría es beneficiaria de algo más que las secreciones de la mayoría: obtienen gran parte de lo que a ésta se le niega por ostentar semejante poderío: qué mejor reparto entonces que una línea Mason-Dixon que sea totalmente recta y divida los bienes y derechos de acuerdo a una ética del azar y no a la retórica de la razón.

El Pynchon historicista —dejemos la palabra historiador para los versados en la glosa de los cánones estándar— se abruma a sí mismo de hechos paralelos, y en ocasiones divergentes, a los que en los manuales se postula como principales. Pero sus perspectivas son sólido reflejo mural de momentos evaporados que en su día no lograron cuajar en forma de hechos y acontecimientos memorables, y que en la actualidad vagan (injustamente) por entre las narraciones de un ayer inventado por los libros de ficción. Un Pynchon arqueólogo en los centros históricos de las ciudades españoles sería el terror de los promotores inmobiliarios y los comisionistas públicos. Reconstruiría aquello que el afán del hombre y sus guerras contra el pasado han dado en derruir. Otorgaría voz a quienes ni siquiera osaron tenerla, o fue tan efímera como una nota al pie de un anuncio en un periódico enterrado en los anaqueles de bibliotecas clausuradas. Lo tacharían de revisionista, porque su hilar causalidades nos conduciría a un estado anterior en el que los motivos que nos hacen ser lo que somos dejarían de tener vigencia, a favor de otros, tan disímiles con aquéllos, que nos empujarían a arrojarnos a las fosas del absurdo.

Pone así en cuestión la columna vertebral de la realidad. Frente a un ortodoxo análisis de los porqués del aquí y ahora, prefiere deambular entre los difusos límites de una pragmática del por qué no y una poética del redescubrimiento. La conclusión más justa es que no tenemos mejor antropólogo vivo. Tildar su literatura de paródica, o concluir que su objetivo es la edificación de universos paralelos, es no haberse enterado ni de la misa ni de las prisas que por salir de ella nos dábamos de pequeños. Con Pynchon se terminó la Historia. Sí: no fue Francis Fukuyama quien anunció la buena nueva de la inmersión de nuestros días en la sopa de anécdotas ecohistóricas, en un pensamiento único descafeinado patrocinado por el patrón oro. Ni tampoco Baudrillard, con sus ingeniosos chistes y su aptitud para componer espirales hacia un pasado finito. En realidad es a Thomas Pynchon a quien debemos la actitud de descreimiento con que posamos ante el televisor, los periódicos, Internet, la calle, los libros, las personas —o, mejor dicho, los personajes—.

Aunque tampoco resultaría tan grave si sólo nos quedáramos con sus facetas enciclopédica y narrativa, y despreciáramos (o aparcáramos) la ética o incluso filosófica. Porque tampoco, hasta ahora, hemos sido capaces de advertir que, antes que la Wiki-, ya existía la Pynchonpedia.

3 comentarios:

Carlos González Peón dijo...

Interesante. Siempre parece predominar el Pynchon fantástico sobre el Pynchon historicista. Supongo que porque la fama de incomprensible hace que muchos se queden en esa primera capa. Recuerdo (o creo recordar)que descubrí a los protagonistas de "Mason & Dixon" en el libro "Breve historia de casi todo" que leí hace unos cuantos años. No sabía entonces quienes eran pero su periplo fue uno de los acontecimientos mas divertidos que recuerdo del libro en cuestión(que estaba plagado de ellos, por cierto). Como parece haber sido la gallina antes que el huevo (Pynchon escribió lo suyo en 1997 frente al 2003 de Bill Bryson) sospecho que el humor que se desprendía del texto de Bryson tenía mas que ver con Pynchon de que aquel nunca llegará a admitir.

Anónimo dijo...

Hoy te has lucido , pibe. Totalmente de acuerdo con eso de Fukuyama y Baudrillard. Empecé ayer a leer a Pynchon precisamente con Mason y Dixon y además de recordarme al Plantador (y no sólo por lo de la línea)(espero grandes cosas, tanto del narrador como de sus sobrinos y amigos). Veremos que sale del producto de dos paréntesis.

José Luis Amores dijo...

Pues seguro que tienes razón, Carlos, y el influjo de este hombre llega hasta los anecdotarios. No olvidemos su papel inspirador en ciertos capítulos de Los Simpsons.

Amigo sumerio, te felicito por tu elección, y te deseo el mejor de los disfrutes mientras lees la novela.

Un abrazo.

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