26 may. 2010

Una conversación



[…]

–Vaya. Por supuesto que el Nobel no es un premio literario usual, pero, al fin y al cabo, es un premio literario. Y bueno, claro, escritor no es sinónimo de ‘escritor’. Gente que escribe la hay a montones, profesionalmente me refiero, o esporádicamente aún más, como complemento no ya económico sino, diría yo, ‘vital’; por la pulsión de hacer cosas distintas a las del día a día. Cuántos periodistas, por ejemplo, escriben con un estilo absolutamente genial y genuino y no se dedican, por ese motivo, a publicar libros, ni siquiera recopilaciones de sus mejores artículos. Acabo de leer ‘Utopía y desencanto’, de Magris, una recopilación de artículos literarios y también no literarios, y el libro me ha encantado. Aunque este hombre no hubiera escrito y publicado sus magníficos ‘Danubio’ y ‘Microcosmos’ o sus otras obras que no le he leído, solamente por esa recopilación merecería mis más absolutos respeto y admiración. Pero entonces no sería ya lo que entendemos por un escritor, sino tan sólo un profesor de literatura que, de vez en cuando, escribe artículos y alguien, en un momento dado, le anima o presiona para que los refunda en forma de libro; magnífico, insisto.

[…]

–Tu profesor, bueno, se gana la vida escribiendo, desde luego. Pero no comprendo a qué viene el ejemplo. Ese señor es, desde todos los puntos de vista, escritor, porque, aun con menos éxito o reconocimiento de lo que seguramente merece, escribe novelas, poesía, relatos: hace literatura en definitiva. Sus demás ocupaciones no son literatura, sino algo con lo que entretener el tiempo y llenar la barriga. Y si le gusta eso otro, pues mejor. Hasta del mismo Pessoa no se puede decir enteramente y con seguridad que no le gustase su trabajo en la contaduría de Vásques. Seguramente a ambos, profesor del Ateneu y contador de libros portugués, les gusta y gustaba su trabajo aunque no dudarían ni habrían dudado un instante si un relativo reconocimiento les hubiera permitido dedicarse por entero a la producción literaria; es decir, lo que el pueblo llano, entre el cual me encuentro comprendido, entiende por producción literaria.

[…]

–Por otro lado, no estoy de acuerdo con lo que dices de Walser. Primero, Vila-Matas no conoció a Walser. En este sentido hay que estar a lo que su amigo Seelig ha dicho de él, de Walser, hay que creérselo o no creérselo y ya está. ¿O no conocéis las anécdotas relacionadas con la herencia literaria de Kafka recuperada por Brod, ese continuo (de Brod) encontrar nuevos cuentos del checo en su escritorio de Tel Aviv? Hay mucho mito ahí, o mucha mitificación, que a Vila-Matas le viene de perlas para su trabajo, en el querer desaparecer de Walser, en el pretendido ser menos que cero. Yo, antes de creer lo que dicen sobre él, empecé a leer todos sus libros, poco a poco, y ya casi no me quedan. Voy a poneros un significativo párrafo de su librito ‘El paseo’, del que quizá luego, con más tiempo, os haga una reseña y os explique mi visión de esta obra, donde podréis apreciar hasta qué punto la ironía de Walser esconde un profundo anhelo de reconocimiento:





“—Permítame decirle —dije abierta y sinceramente al impositor o alto funcionario impositivo que me prestó su autorizado oído para seguir con la debida atención el informe que le presentaba— que como pobre escritor y plumífero u homme de lettres disfruto de unos muy cuestionables ingresos. Naturalmente, en mí no se puede apreciar ni hallar rastro de cualquier acumulación patrimonial. Constato esto muy a pesar mío, sin por otra parte desesperarme ni llorar ante el lamentable hecho. Me las voy arreglando, como suele decirse. No practico lujo alguno; eso puede usted verlo con sólo mirarme. La comida que como puede calificarse de suficiente y escasa. Se le habrá ocurrido creer que soy dueño y administrador de múltiples ingresos; pero me veo obligado a salir cortés pero decididamente al paso de esta creencia y de todas estas sospechas y decir la sencilla y desnuda verdad, y ésta es en todo caso que estoy libre de riquezas, pero en cambio cargado de toda clase de pobreza, de lo que tendrá la bondad de tomar nota. Los domingos no me puedo dejar ver en la calle, porque no tengo ropa de domingo. En lo que respecta a vida sólida y ahorrativa, recuerdo a un ratón de campo. Un gorrión tiene más expectativas de convertirse en acomodado que el presente informante y contribuyente. He escrito libros que por desgracia no han gustado al público, y las consecuencias de ello son angustiosas. No dudo ni por un momento de que usted lo apreciará y en consecuencia entenderá mi situación financiera. No poseo posición ni prestigio social; esto es claro como el sol. Obligaciones para con un hombre como yo no parece haber ninguna. El vivo interés por las bellas letras se da de manera en extremo escasa, y la crítica implacable que todo el mundo cree poder ejercer y cultivar sobre nuestra obra constituye otra fuerte causa de daño y frena como una zapata la realización de cualquier modesto bienestar. Sin duda hay bondadosos benefactores y amables benefactoras que me apoyan del modo más noble de vez en cuando; pero un donativo no es un ingreso, y un apoyo no es un patrimonio. Por todas estas razones, elocuentes y sin duda convincentes, mi estimado señor, quisiera solicitarle que prescinda de todo aumento de impuestos como el que me ha anunciado, y tengo que rogarle, cuando no conminarle a ello, que estime mi capacidad de pago tan baja como sea posible.





»Ruego su lectura atenta y no diagonalmente.

[…]

–En otro orden de cosas, Vila-Matas pone ahora el ejemplo de Bove, que tampoco sirve precisamente porque su obra más conocida (de las traducidas al español), y la que dicen define mejor el carácter y circunstancias del autor, es ‘Mis amigos’: los amigos que no tiene y desea tener quizá utilizando para ello, para conseguirlos, la propia escritura: fama, moderada desde luego, pero fama en fin de cuentas. Thomas Pynchon tampoco me sirve para el ejemplo: el que no quiera relacionarse con el abominable mundo mediático no quiere decir que no haya perseguido fama y dinero. Hay otros mejores ejemplos de ese querer desaparecer que no son citados en el libro de Vila-Matas, aunque seguro que los conoce. Creo que no los menciona porque sabe perfectamente que su público está esperando que cumpla, como de hecho ha cumplido, su función didáctica, sin relanzar al mercado de las reediciones cosas que quizá pudieran ser consideradas por buena parte de sus lectores (realmente el grueso de sus lectores) como extravagantes o en extremo dificultosas o tediosas según el gusto de la época.

[…]

–Y ahora, ¿por qué denigro los Planeta y similares? Pues por la misma razón que, aunque caiga en saco roto, no me cansaré, al menos en mi círculo y sin que un aparente énfasis o vehemencia puesto en el empeño me resten ni un segundo de vida, de machacar la telebasura, a los políticos que se lo merecen y a toda la escoria social, económica y cultural que nos rodea e inunda. No me cansaré pues, aunque persiga un fin utópico y en todas las épocas haya pasado más o menos lo mismo, considero que la concesión de un premio literario es prescriptora, considero que la sociedad está en pañales y, aunque ésta seguirá eternamente igual, si se consigue influir en alguien, ese alguien estará salvado. (Siempre, cuando me refiero o hablo de esta postura, me pongo inevitablemente bíblico, entonces me acuerdo del Arca de Noé y todo lo demás…) Por lo tanto, a mí SÍ me interesan los Planeta, SÍ les hago caso, pero para lanzar contra el tipo de obras que suele predominar en ellos opiniones demoledoras. Por eso me cabreo cuando sale la o el recién millonario hablando de su poeta preferido, de cómo se documenta y escribe, de su chabacana y nada modélica vida y de su infumable y premiada novela. Y no me lo callo. Igual que cuando sale ese tipo de político, médico, opinador, periodista, músico o lo que sea a que se dedique, pontificando y lanzando opiniones absurdas e imbéciles, incluso totalitarias y sanguinarias, a una masa pública entontecida que ¡le escucha y en gran medida le cree y le hace caso!
»Decir en ese momento “Yo paso” me parece una postura incoherente con el proceso de pensamiento y con el pensamiento mismo, y tampoco me sirve que se diga que uno debe estar por encima de eso, pues la vida se compone no sólo de literatura o música o cualesquiera que sea o sean las intelectuales pasiones personales de cada uno, sino también, y por buena o mala fortuna, de esas circunstancias o pequeñeces de las que uno se dice, aunque no debería, “lo mejor es pasar de ellas”.

[…]

–Y sobre eso de que todos queremos dinero, mejor no hablo, pues igual me quedo solo, y prefiero tener amigos.

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