26 may. 2010

Pálido fuego

Hace cinco años que escribí esta nota. Entonces no iba al cine. Es decir, llevaba mucho tiempo no yendo. Los motivos son confusos, pero es seguro que tuvieron que ver la familia, el trabajo o el dinero o ambas cosas, la rebelión contra el antiarte y, seguro, la literatura.
En aquella época escribía yo mucho y leía más. Luego dejé la escritura por razón del trabajo o el dinero o ambas cosas. Sin embargo, la lectura no la abandoné. Porque es imposible abandonar la lectura. Quien abandone la lectura es que está muerto o próximo a la muerte. Y quien no lea, una de dos: o no sabe, o tampoco sabe. Alguno me entenderá.
Luego vino la crisis y ni me inmuté. Antes vino la amenaza de crisis y tomé medidas drásticas. Por ejemplo: dejar de comprar libros. Y también: cogerlos prestados de la biblioteca. Y otra medida que tomé fue retomar la escritura (aunque luego me he dado cuenta de que nunca la abandoné, sino que lo que hice fue sustituir la escritura física por la mental, “otra de las formas de la locura”, como dijo Bolaño). Javier, de Diario La Torre, nos regaló una Moleskine a cada uno. Un poco antes de eso yo ya había dejado de escribir físicamente, aunque fue a partir de entonces cuando comencé a convertirme en un experto en escritura mental. Lo bueno de mi método es que puedes hacer y deshacer en un visto y no visto, y como al fin y al cabo eso que escribía no eran otra cosa que pensamientos, podía borrarlos, tacharlos o enmendarlos e incluso reescribirlos siempre que me viniera en gana, a gran velocidad y sin que nadie se percatara de que cuando, por ejemplo, chupaba la cabeza de una gamba, estaba en realidad rematando una metáfora sobre la mala suerte: “Un rayo de mierda” (ésta es la primera frase que escribí, a lápiz, en la Moleskine que me regaló Javier, pero luego, también con lápiz, la taché). Otra cosa buena del método –y termino– es que, en realidad, no dejas nada por escrito, de forma que, al no haber pruebas, quedas libre de sospechas y, por tanto, de posibles acusaciones.
Ahora he vuelto a escribir. Ayer, por ejemplo, hice un examen, de cuatro horas. Como es natural, se trataba de un examen en el que las respuestas había que escribirlas a mano. Pasadas dos horas de escribir y escribir en los papeles que me dieron para ello, comenzó a dolerme la parte interna izquierda de la primera falange del dedo corazón derecho. A partir de ahí, cada pocos minutos, soltaba el bolígrafo y me soplaba esa parte. Como si me hubiera quemado. Sin embargo, el dolor era placentero. Escribir, doler, soplar. Pensar y prohibirme escribir con la mente, al menos no tanto como antes, para, al fin, poner algo por escrito, aunque sólo –en principio– sea una introducción a algo que escribí hace mucho tiempo.



Hace muchos años que no voy al cine, tantos que ni me acuerdo de cuándo fue la última vez y cuál la película que vi. Sí recuerdo en cambio esos momentos de antes de entrar a la sala, cuando me entretenía fumándome el último cigarrillo, algunas veces con un refresco en la mano al que daba apresurados sorbos o, por el contrario, reservaba con tacañería para el momento de la proyección; palpando a cada instante el boleto de entrada guardado en el bolsillo de la cazadora, con el absurdo temor de haberlo perdido; mirando a través de los cristales a la gente que iba por la calle, yo reconfortado por estar dentro y no fuera como ellos, pues casi siempre en ese recuerdo mío es invierno y llueve; ese olor a dulce manido y a moqueta vieja y a humedad rancia; la ansiedad por colocarme de los primeros para así poder elegir el mejor asiento. Hubo veces que hasta esperé más de una hora, quizá fueran días de estreno o de intensa lluvia y bajas temperaturas en los que me apetecía arrellanarme en una butaca, confortado por la oscuridad de la sala y el hipnótico sonido de la cinta sólo perturbado por alguna tos o algún jadeo. De manera que vencía la pereza a salir, me vestía con lo primero que hubiera a mano y me iba a ver una película, cualquiera que fuese su título. Ocasiones éstas en las que siempre llevaba un libro, en los últimos tiempos siempre el mismo, uno de Nabokov.

Jugaba entonces con la fantasía de que mi vida era parecida a la de aquel protagonista, Charles Kinbote, exiliado rey de Zembla, imaginario país nórdico de donde se vio obligado a huir a raíz del triunfo de una revolución instigada por gárrulos. Un asesino despiadado, aunque nunca hubiera realmente despachado a nadie, lo persigue a través de Europa y Estados Unidos con el innoble objetivo de borrarlo del mapa a tiros. Cuando finalmente lo encuentra, Gradus (el nombre de ese gusano) yerra los dos disparos —¡valiente merluzo!—, alcanzando el único mortal de éstos a John Shade, poeta amigo del monarca destronado por los indignos, con quien se encontraba éste en tal momento accediendo a la puerta de entrada de su castillo (modesto) alquilado en la Appalachia. Shade muere y Charles Xavier I sale indemne. Posteriormente, y después de haber conversado con su perseguidor (quien se desploma aturdido en los escalones de la casa tras un brutal golpe propinado con una pala por el fiel y homosexual jardinero de Kinbote), el rey de Zembla se escabulle de nuevo por temor a ulteriores intentos de asesinato. Pero no sin antes llevarse consigo, con el consentimiento documentado de la viuda de Shade, dominada ésta por el estupor, la versión definitiva (más algún borrador) de la última obra del yacente bardo: 999 decasílabos que componen su biografía poetizada. Carlos se dedicará, en una cabaña mugrienta lejos del lugar de los hechos, a anotar con detalle los cantos para la edición comentada de los mismos.
Me imaginaba, en esos momentos previos a la entrada en la sala, que era yo unas veces Kinbote y otras el propio Shade. Bien huyendo de un regicida, ocultándome en suntuosas suites de hoteles en la Riviera francesa, o bien versificando sobre mi pasado poco poético y nada novelesco. Desde luego, las condiciones del vestíbulo del cine no eran idóneas para la lectura, menos aún para el ensueño o la fantasía, pero, así y todo, conseguía yo crear a mi alrededor una capa casi impenetrable que me salvaguardaba de la grosería de los demás espectadores.
Sé que era observado con insistencia por muchos de ellos e incluso por los vendedores de bebidas y el acomodador. Sé además que si bien ahora Nabokov no es un autor desconocido, sí en aquellos tiempos, cuando su apellido era aún más ruso que ahora. Y creo que durante el último invierno, antes de que yo dejara definitivamente de ir al cine, fui quizá más de lo recomendable a ver películas con el libro bajo el brazo, y además al mismo local, en definitiva el de siempre, donde debían de conocerme ya como ese loco rojo que lee a rusos. Tan pronto comenzaba a leer los primeros versos (“Yo era el picotero asesinado…”) o alguno de los comentarios de Kinbote, por ejemplo ese en el que habla sobre la traducción al zemblano de Timón de Atenas, ya tenía encima los ojos de algún esbirro prusiano oculto tras un paquete de pipas y varias barras de regaliz. Acabé sabiendo que era observado insistentemente por causa de leer allí. Por lo tanto, ya las últimas veces tuve que refugiarme, en esos momentos de espera, en los baños que había en el vestíbulo, donde comulgaban el alivio y la tranquilidad de la lectura y el tabaco.
¡Oh, pálido fuego! Pretendían asegurarme que no había sido el nombre del autor sino el título y, sobre todo, mis gestos (“muy sospechosos…, enciende usted el mechero continuamente, aun sin necesitar lumbre para cigarro alguno… compréndalo, podría usted haber provocado una tragedia pavorosa…”; nada dijeron sobre mi atuendo, aunque yo veía que mal disimulaban sus miradas de asco) los que les indicaron que constituía yo un peligro en potencia. Por eso me detuvieron, requisaron mi libro y el encendedor, y me expulsaron del local advirtiéndome que no volviera jamás.
De qué iba la película que no vi, no lo sé. Perdí aquel día mi pasión cinéfila y la latinoamericana traducción de Nabokov. Ambos traumas –¡y la vergüenza!– provocaron que echara tierra sobre los detalles, quedándoseme grabados no obstante, con una fijación extraordinaria, los siguientes versos que creo son del poema del inexistente John: “¿Qué hay aquí? ¡Oro! ¡Oro amarillo, brillante, precioso! […] Muchos suelen volver con esto lo blanco negro; lo feo, hermoso; lo falso, verdadero; lo bajo, noble; lo viejo, joven; lo cobarde, valiente. ¡Oh dioses! ¿Por qué?”. ¡Sí! ¿Por qué esa mezquina tendencia a no preguntar, a juzgar antes de averiguar? Se duda en calificar de áureo lo que efectivamente es oro, y con ello se salva, pues el titubeo suele dar correa a la razón. Pero nos precipitamos en tildar de inmundicia a la verdadera joya si ésta está revestida de lo que se consideran escorias, si en lugar de aparecer bajo formato reconocible lo hace con tenue disfraz o con ignorado nombre. ¡Cuánta desconfianza y apresuramiento hacia lo que nos resulta extraño o desconocido!
Desde aquel día en que fui expulsado de la juventud, abdiqué de mi fila, pero no de recordar al Nabokov que, por fortuna, ya había leído un buen número de veces. Sí en cambio dejé de fumar. Ahora me dedico, pues, al recuerdo estremecido de los versos, y de aquellos cigarros, y de las pálidas esperas silabeando luminosos yambos con el pulgar sobre la ruedecilla mientras los Gradus de este tiempo se me acercaban sin yo sospecharlo o preverlo.

1 comentario:

Guillermo Loaysa dijo...

Desgraciadamente aún no he leído Pálido fuego.

Me gusta tu forma de narrar. Fluida, muy fluida.

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