Bolmangani

¿Qué significa Bolmangani?

Me anticipo a explicarlo, antes de obligar a preguntar a nadie que recale por pura casualidad en este desierto que es mi blog.

Cuando yo era pequeño (tenía unos diez u once años) había una serie de dibujos animados de Tarzán. En ella, Tarzán hablaba con los animales, como solía ser costumbre en este hombre. Y, por supuesto, se dirigía a ellos llamándolos por sus verdaderos (aunque ficticios) nombres. Al tigre uno, al león otro, al gorila el suyo… Sólo me acuerdo del del gorila, que era justamente Bolmangani. Como es natural, no sé si la palabra se escribía con B o con V. Ayer, cuando terminé de configurar el blog, me dio por pensar en ello y llegué a la conclusión de que lo más lógico es que su ortografía correcta excluya la B. ¿Qué por qué? Pues no lo sé seguro, pero intuyo que tiene que ver con el regusto a salvaje que te deja la palabra en la boca cuando la pronuncias: este regusto, como he dado en llamarlo, resulta un grado más bestia con B. ¿A que sí?

¿Y por qué quiero que su ortografía enfatice aún más la onomatopeya bárbara que rodea a la palabra? Lo explicaré. En aquella época, la de la serie, yo iba al colegio; es posible que estuviera en cuarto o quinto o incluso puede que sexto de EGB, esas extintas siglas. No tenía amigos, pero sí amiguetes. Gente con la que me juntaba más asiduamente. Niños más brutos que la media de la clase, algunos de ellos verdaderos animales. Uno se llamaba López –no recuerdo el nombre, una de las características de la incivilidad infantil, sobre todo en los varones, es despreciar el santo en favor del apellido. López, junto con otros dos que se llamaban –de éstos sí me acuerdo de sus nombres– Amador y Ulises, era de los más salvajes de la clase. Y una de las cosas que hacía López era dibujar mujeres desnudas. Hasta aquí todo normal. Sin embargo, lo bueno y contradictorio es que López era un verdadero artista, un genio del dibujo, un auténtico Degás malagueño. Y las dos principales características de los dibujos de López, amen de su elevada calidad, eran: 1) nunca titubeaba al pintar cada trazo, era tal su habilidad que parecía como si en realidad estuviera calcando una figura ya existente en el papel, pero para todos invisible menos para él; y 2) el grosor de sus líneas era bestial, tanto como su forma de ser, López presionaba tan fuerte con el lápiz sobre la hoja que, en ocasiones, la rasgaba; los dibujos de López se veían incluso mejor dándole la vuelta al papel, pues así perdían algo de la cólera paleolítica que su autor les imponía, y ganaban en belleza e inteligibilidad. Pero, como he dicho, López dibujaba mujeres desnudas. Algunas veces solas, otras en parejas –y nos preguntábamos cómo conseguían hacérselo las lesbianas–, y otras, las menos, acompañadas: con cualesquiera tíos, con el mismo López o con uno de los profesores, quizá don Antonio, quizá don Luis, follándoselas en posturas inverosímiles para nosotros pero aclarativas desde un punto de vista didáctico-anatómico: lo de menos era quién se tiraba a quién sino que se viera claramente el cómo y por dónde y hasta dónde. Frente a una follada de López, que se quitaran todas las revistas.

Pero un día López rizó el rizo. López dibujó a un Bolmangani cepillándose a una morena de escándalo –os podéis imaginar que era muy morena por la brutal delineación de López. Y la verga del Bolmangani era digna de verse: una monstruosidad. Y pasó lo inevitable: nos reímos tanto, Amador, Ulises, yo y el mismo López, que la señorita Araceli nos pilló. Debo aclarar que la señorita Araceli era socialista y su marido piloto, y que resultó mucho mejor que fuera ella quien descubriese las habilidades pornográficas de López que, pongamos por caso, don Antonio (bebedor, pintor frustrado, algo rancio, algo fascista) o don Luis (bebedor, motorista, tiránico y baboso con las niñas, lo que hoy no habría pudor en llamar pedófilo). Al principio la señorita Araceli, quizá de forma retórica, pienso ahora (pues todo el colegio conocía la habilidad pictórica de López), preguntó: "¿Quién de vosotros ha dibujado esto?". Y ya he dicho que yo no tenía amigos, pero tampoco López, ni Ulises ni el mismísimo Amador, que hoy es camarero en el chiringuito Picasso del Paseo Marítimo. Tan sólo éramos un grupo de amiguetes, los del final de la clase, los que nos reíamos con todo: con los anuncios radiofónicos de Amador (“Jabón Flota, con el que se lavan el coño las niñas”) o con los míos (“Escupideras con pedales Acme: mientras su hijo caga, pedalea”), o con los eternos resfriados de Ulises, quien pegaba todos los mocos debajo del pupitre en un vano intento de que su masa seca llegara hasta el suelo, o con los dibujos y caricaturas de López: un hombre con teclas de piano en lugar de dientes, una niña de la clase (y el parecido era asombroso, aun con el retintado excesivo marca de la casa) cagando, una cigüeña portando del pico un abuelo con boina en lugar de un bebé, y al abuelo se le veía la raja del culo, etc. Nos reíamos de todo, incluso de la amistad, y dejamos solo a López. Es decir, “Ha sido López”, dijo alguien, dijimos. Unos cabrones, unos cobardes. Pero menos cabrones y menos cobardes puesto que se trataba de la señorita Araceli y no de don Antonio o don Luis. La señorita Araceli se quedó mirando largo rato el dibujo de la morena siendo brutalmente penetrada por el Bolmangani. Pero no le regañó a López, ni le pegó, ni le propinó mala mirada o mal gesto alguno. Tan sólo se quedó el dibujo, y probablemente la clase prosiguió, ya no me acuerdo.

Mucho más tarde supimos que la señorita Araceli habló con el padre de López, quien seguramente a su vez habló con su hijo, pero de tal forma y con tal contenido que López no se enteró de nada y, por lo tanto, se envalentonó. En aquellos tiempos los padres españoles –vale decir “todos los españoles”– estaban, en el terreno de la psicología infantil, en pañales. Ni idea del cómo, aunque ya iba quedando claro que gritos no y ostias o correazos mucho menos. Probablemente el padre de López le explicara a López en aquella ocasión de dónde vienen los niños o algo parecido. O puede que simplemente le dijera: “López, hijo, sabes que si tienes dudas sobre algo, sobre cualquier cosa, siempre puedes preguntarnos a tu madre o a mí, ¿no?”. A lo que López contestaría alguna brutalidad, o diría “Sí, papá”, o simplemente –y ésta es la más verosímil de las posibles respuestas del López niño a tamaña inconcreción paterna– lo mirara con las gafas empañadas de grasa y, sin descomponer el gesto simiesco que le caracterizaba, no dijera nada y siguiera viendo la tele o pegando balonazos en el patio de su casa.

Lo cierto es que, como digo, López se creció –ahora diríamos "se vino arriba". Durante los días posteriores al incidente del gorila follador requisado por la señorita Araceli, López se abstuvo de dibujar pollas o chochos pero adquirió el hábito de imitar con su propio físico al Bolmangani primigenio u original, el de la serie Tarzán. Aullando como un mono, encorvada la espalda y con las piernas arqueadas y los brazos colgantes en paralelo entre los pies iba dando saltos de orangután por la clase, levantando a su vez la cabeza ligeramente por encima del hombro, para controlar la posible acción correctiva de un profesor o profesora que no se enteraba de nada, o que se la traían al pairo los desmanes de López. Pero no fue el profesor o profesora (o la señorita Araceli, o don Antonio, o don Luis) quienes sorprendieron a López haciendo el Bolmangani, sino su propio padre mirando por la ventana enrejada cinco minutos antes de que finalizaran las clases de la tarde. Nunca olvidaré la mirada de reprobación, repulsión y asco que López padre hizodio o echó a López hijo quien, al darse cuenta de que quien miraba por la ventana era su padre, y aún con las manos entre las piernas y la boca entreabierta en un ¡Uh¡ simiesco, pero mucho menos encorvado, sólo acertó a decir “Papá…”, y se calló.

Desde entonces, y al igual que todos y cada uno de vosotros poseéis una nomenclatura mental, interna y secreta para clasificar a los demás (los desgraciados y los agraciados, los ricos y los pobres, los chorizos y los honrados, los feos y los guapos, las divinas y las otras…), yo me quedé con los Bolmangani y los demás. Hay subclasificaciones, por supuesto, pero su razón y relato no tienen cabida en este trozo de vida escrita. Mi familia más cercana también lo utiliza, me refiero al vocablo, aunque hemos dado en transformar –o innovar, o vulgarizar– su forma plural en un mucho más corto “Bolmans”, habida cuenta de lo frecuente que viene resultando encontrarse con nutridos grupos de Bolmanganis.

Así, en aras de la tan necesaria ironía, y como contrapunto al tipo de contenido que pienso ir compendiando en este recién nacido blog, he dado en llamarlo Bolmangani porque me gusta, me hace gracia y porque me da la gana.

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