2 jul. 2010

Black, black, black

Conocí la obra de Marta Sanz por una entrevista que le hicieron a Isaac Rosa. En ella Rosa decía seguir de cerca a Martin Kohan y a Marta. Busqué entonces a Kohan, busqué a Sanz. Los encontré y los leí a ambos y tengo que decir que mejor Marta que Martin, como opinión personal. Su Animales domésticos terminó por destaparme un entusiasmo por el desarrollo que poco antes se me había iniciado con Rosa. Atrapar una idea y exprimirla, agotarla sin agotar la paciencia de quien la escucha, la lee. Acomodarse al fraseo del electroencefalograma móvil de Sanz, Marta. Dejar que las obligaciones se escurran pero no querer callar a Marta. Pedirle, pero no medirle, palabras, comas y puntos, como ella mejor vea, como Marta quiera que le salgan. No exigir aquel estilo ni esa otra escuela porque estamos hartos de escuelas de estilos y de estilos de escuela. Buscamos a la Marta brava, efervescente, inmensa Sanz, inmensanz, magnífica Marta, martífica. ¿Quién es Marta?

Hace relativamente poco le decía a unos lectores que estamos mediatizados por el marketing y la publicidad —un binomio que no es tal, pues ésta es mero brazo armado de aquél, la faceta táctica de una planificación mucho más ambiciosa que su simple y pura representación sensorial—. Les hablaba de la desaparición de la libertad de elegir, ese título tan bonito de Milton y Rose Friedman. Porque aunque todavía podemos elegir, ya no es libremente, esa libertad yace sepultada bajo toneladas de avisos, notas, anuncios, impactos, consejos, impulsos, desistimientos e incultura. Vivimos constreñidos por un ruido de fondo con cada vez más decibelios, menos decires-bellos, más deci-bélicos y desirée-helios. Así, al entrar en una librería los lectores potenciales parecen hemipléjicos con dificultades para avanzar más allá de determinadas mesas o estanterías de género. Van con su lista de la compra, física o mental, en/de la mano; o a la deriva, confiando en alcanzar alguna isla no precisamente desierta ni “aburrida”. Es posible que hasta entren por el fresquito del aire acondicionado, o porque afuera llueva y es mejor esperar a que escampe.

A Marta, ya con varios libros publicados, le dieron un accésit del jurado en el Premio Herralde del año pasado. Presentó una novela negra, de detectives y de malos, Black, black, black. El primer premio se lo dieron a un director de cine. Quedó finalista una gran, enorme novela. Y a Marta le llovieron los elogios que provocaron una edición inusual, por recomendación literal, agraciada Sanz, Marta. Tan buena es la novela. De excepcional calidad literaria, dijeron. Además, siendo de Marta, con poca recomendación basta. Fuimos, pues, a la librería y salimos con más Sanz y con menos pasta.

Pero aceptemos que entran. ¿Qué buscan? Aventuras, templarios, terror, thrillers, missteeerioooo: entretenimiento en serie. Pero también: japoneses demodé, un premio del libre erario reciente, una faja elogiosa o avisadora de reediciones, de pretéritas obras o de miles de ejemplares vendidos, un autor estadounidense con sus inmigrantes obras nacionalizadas en Asturias, los últimos estertores de un otrora artista adolescente. Prosa ramplona, narrativa de repetición, sensaciones baratas de comprender, eau de pensées, relatos para matar el rato, poesía para acabar el día junto con leche templada y galletas.

Marta hace aquí de las suyas, quiero decir puyas. No deja que el lector se “aburra” —apuntad ya autor y título, malditos— en ningún momento. Podemos leer la novela como una novela. Pero también podemos buscar lo que quizás Marta pretende que encontremos. Alta literatura, bah, eso es de cajón. Un desarrollo brillante, claro, hablamos de Sanz. Una magnífica definición de los personajes: ahí es donde comenzamos a ver a nuestra Marta. Porque los personajes están definidos dos veces, bajo una doble óptica. Como si Sanz nos pusiera bifocales: ahora de lejos, ahora de lejos-cerca, ahora de cerca. Y el argumento: el argumento también es doble, triple, cuádruple: la novela es un ingenioso palimpsesto narrativo. Parece una cosa, y además otra… y varias a la vez. Por eso puede leerse en el sillón, en la cama, en la playa, en la piscina, haciendo el Camino de Santiago, desayunando, acostado, en los semáforos, en el metro, esperando o aguardando, tomando café, tomando a secas, concentrado, despistado, en el baño, afeitándose o depilándose, antes/después de hacer el amor, acunando al niño, paseando de un brazo, mientras los anuncios, cuando los descansos, tapeando, defecando, andando, después de los anuncios, sin descanso.

Definición de un lector del siglo XXI: sujeto objeto de, según los casos, acariciantes o estresantes impactos cuyo fin último (de esos disparos, de aquellos disparates) consiste en la compra de este libro y no de este otro; en la lectura de este título (esta contraportada, esa faja) sugerente y no de aquel otro, silente porque no atrae, no engancha, no llama, no atrapa: es difícil, o es serio, o no es conocido, o no ha oído hablar de él/ella.

Para empezar se trata de una novela en la que hay un asesinato, y sólo hasta aquí debería contar puesto que en parte se trata de descubrir al culpable, al asesino. A lo mejor es por eso que hay pocas reseñas largas de novelas detectivescas. Porque si se avanza, se cuenta y entonces se destroza el placer (el más superficial) de ir descubriendo pistas, comportamientos, actitudes; fabricando conjeturas, haciendo descartes, elaborando sospechas, armando faroles, escudriñando motivos, deshaciendo coartadas y construyendo castillos sobre hipótesis turbias. Pero si partimos de la base de que, en las novelas de este género, el asesino es el mayordomo, ¿qué nos queda entonces?

(Qué soy, quién soy.) Igual que, por ejemplo, nos define lo que comemos, estudiamos, trabajamos, amamos u odiamos, así también las películas y programas que vemos, la música que escuchamos, los libros que leemos. Uno es más Benedetti que otro cuyas horas se decantan por Woolf. Aquél bebe café en pocillos y a éste le agrada tomarse un té mirando el romper de las olas, en directo o en su recuerdo. Qué o quién nos hace así era una pregunta de difícil respuesta hace cien años, pero hoy ya no tanto. Hoy somos lo que elegimos de aquello que nos ofrecen (“en mi casa se hace lo que yo obedezco”, decía hace poco en la tele un personaje bastante interesante). Y ya sabemos que la oferta se decanta por lo seguro. Así, lo no ofrecido no existe. Aquello que permanece sepultado por los distintos mensajes publicitarios pasa inadvertido. La mayoría de las decisiones de lectura no se toman en base a criterios literarios. Son producto de buenas decisiones de marketing elaboradas por cabezas que se apoderan de la voluntad de los consumidores. Porque eso somos: consumidores de narrativa. Adictos al entretenimiento en uno de sus formatos más antiguos y anticuados.

Hay aquí desarrollos anexos —o principales, según se mire—. Excéntricos. Vienen y no vienen al cuento, depende de cómo se sepan leer los cuentos. Marta, en mitad de la película (y también al principio), introduce publicidad subliminal, poco a poco. Como cuando hace años íbamos al cine y en un trailer, o incluso en plena acción fílmica, aparecía una botella de Fanta con gotitas alrededor para hacer ver al incauto y desprevenido espectador cuán fresca estaba esa bebida vista y no vista. Eso lo prohibieron. Sanz ahora lo utiliza. (Eso está prohibido, Marta.)

(Qué hacer, qué no hacer.) Por otro lado, el ser humano, como animal de costumbres, es reacio a los cambios. Un amigo mío que vive en Madrid tenía dos gatos. Tuvo que venirse a trabajar durante seis meses a San Roque, Cádiz. Llevó entonces los gatos a casa de una amiga para que se los cuidara en su ausencia. Sólo el mero trayecto en coche de uno a otro piso le produjo a uno de ellos una severa urticaria. El otro estuvo varios días sin querer probar la comida. Cuando leemos una obra que nos gusta, tendemos a buscar otras equivalentes, ya sean del mismo autor, temática e incluso estilo o forma de narrar. Aventurarse con otra resulta un poco (o un mucho) desasosegante. A veces puede aparecer algo de apatía, desidia o aun mal humor. Haylos quienes incluso dejan de leer por un tiempo. La revolución no se hizo para las masas, por mucho que la imagen del Che haya crecido hasta la altura que hoy le conocemos. Los gustos literarios son tan reaccionarios como los gastronómicos. Estos últimos deberían evolucionar con el paso de los años, pero rara vez lo hacen. Sólo en mentes más arriesgadas se da la paradoja de que un compañero o una compañera dejen por embusteras a las madres al comprobar el deleite de sus hijos/as cuando se atiborran de algo que de pequeños, o tan sólo en casa, se negaban siquiera a probar.

Digamos que Marta se corrige, como hiciera Rosa (Isaac) en su novela El vano ayer, y más descaradamente en la reedición de La malamemoria. En la primera parte, vemos y sentimos por ojos y mente del detective, heterosexual retirado que presenta los hechos, los personajes, apunta las puntas de iceberg de cada una de sus historias de escalera. El detective habla continuamente con su ex, por teléfono. Le cuenta sus días, sus enamoramientos inversos, presenta un estado de la realidad mediatizado por la literatura detectivesca y sus apetitos privativos. Su ex actúa de contrapeso pragmático, pero la voz del detective permanece aquí demasiado tiempo como para que podamos medirla a ella en su verdadera altura.

(Los libros, libros son.) La narrativa contenida en lo que comúnmente se denominan best-sellers es altamente adictiva, igual que la comida rápida, las telenovelas sudamericanas o la música de los 40 principales. También la novedad entendida como moda de la mayoría, pues confiere un sentido de pertenencia a grupos sociales que, de una u otra forma, seducen y atraen. Lo que vemos como novedad o novedoso es aquello que se nos califica como tal. La novedad diaria y cotidiana, la novedad mercantilista en literatura, es tan sólo la variación de un producto convenientemente testado por el mercado y revestida del manto de lo actual y, por tanto, innovadora tan sólo en apariencia.

Luego es la voz de Paula, la exmujer del detective, quien toma la palabra y desarrolla una visión distinta de los hechos, desprovista del blablablá —y también del black, black, black— de su exmarido. Paula permite pocas veces que el sesgo de experiencias pasadas (vistas o leídas, prejuiciosas o simplemente juiciosas) nuble la vista de sus ojos, por los que vemos los hechos con una luz nueva. Otra mirada que permitirá avanzar más allá de donde la literatura y sus clichés dejaron encharcadas las habilidades y experiencia del detective.

(Leer es tu pasión.) Condicionada en la mayoría de sus actos por las decisiones del mercado, la especie humana es hoy día un conjunto de clones con un número finito de permutaciones de detalles ínfimos que crean la ilusión de identidad única en cada uno de sus miembros. Una visión patética de la realidad entrevista por Aldous Huxley ya en 1931. Nuestras experiencias literarias están gerenciadas en un contexto parecido en lo fundamental a la sociedad descrita en Brave New World. Allí el soma se ingería. Aquí, y en lo que respecta a nosotros, se lee. De vez en cuando se permite el producto subversivo con esa realidad virtual para afianzar la ilusión de libertad de elección. Pero incluso aquél ha debido superar una fase de prueba en la que una o varias de sus características definitorias han encontrado su justo molde con la seguridad de las preferencias del mercado.

Y al final, como era de esperar, el/la asesino/a era… Qué más da, puesto que Marta acierta en el clavo corrigiendo la narración, anotándola y dialogando con ella para entresacar verdades entre tanto oro falso. No esperemos conejos porque no hay chistera. Las trampas están a la vista y son explícitas hasta en el título. Una historia en la superficie, flotando; varias conformando el aceite en que la llamita de la primera arde hasta el final.

Escribimos y escribimos y hablamos y hablamos. Tecleamos o decimos blablablá y en realidad no aportamos nada. Nos preguntamos qué es esto, si es lo que parece, si se asemeja a algo que sabemos y conocemos, algo real y no inventado o adornado y por lo tanto adulterado. Si nos están dando gato por liebre, o aun si no queremos liebre y nos esconden el gato.

Es de manual, porque esto no es una pipa y esto de más arriba tampoco es una reseña. Se trata de una recomendación para que no pierdan ustedes su tiempo y su dinero. Si quieren divertirse, entretenerse y de paso revolcarse en arte en estado puro, no lo duden: lean a Marta Sanz (Sanz, Marta) y déjense de otras historias, otras escaleras.

6 comentarios:

carlosglez27 dijo...

En cuanto leí tu comentario me la anoté y a la que tuve oportunidad (muy poco después) la cogí en la biblioteca. La devoré en apenas tres días con maratón nocturna final de las que no repetía desde los quince años. Es un decir de mi memoria selectiva.

Impresionante.

Señores, señoras, no la dejan pasar. Fantástica.

Sin lugar a dudas de lo mejor que he leído en años (que tampoco ha sido mucho, lo confieso, pero no le resten valor a la frase).

Bolmangani dijo...

Me alegro de que te haya gustado.

ROSER dijo...

Gracias por contestarme,he visto tu blog y ne he quedado con la boca abierta.
No es que solo lea a mujeres, es que pienso que el panorama literario está muy mal, se publican cantidad de cosas mediocres y se dan premios sin sentido. Es complicado encontrar algún libro que te deje un beun sabor de boca.
Buscaré lo que me recomiendas y te comunico mi opinión.
Ya que estamos en ello me puedes recomendar algún libro escrito por un hombre que sea digno de ser leido.
Saludos
Roser

Bolmangani dijo...

Hola, Roser.

Así, sin conocer tus gustos, es complicado. Ya sabes, el lema comercial de Amazon, "Otros compradores también compraron...", o "Si te ha gustado, también te gustaría...". Pero podemos intentar acertar, como hace Josep, por ejemplo con Sergi Pàmies ("Si te comes un limón sin hacer muecas"), Juan Bonilla ("Basado en hechos reales"), Antonio Orejudo ("Ventajas de viajar en tren"), Manuel Vilas ("Aire nuestro"), Agustín Fernández-Mallo ("Nocilla Lab"), Francesc Serés ("Materia prima"), y un norteamericano, para no ser tan chovinistas, Denis Johnson ("Ángeles derrotados").

Ahora un poco de publicidad: todos estos libros seguro que los encuentras en La Central, carrer d'Elisabets, 6 (Raval), o en Mallorca, 237. (He dicho publcidad, pero yo s'olo soy un mero comprador de tan estupendo establecimiento.)

Espero haberte sido de provecho.

Saludos.

Anónimo dijo...

Querido José Luis:
Un amigo me reenvía tu texto. Muchísimas, muchísimas, muchísimas gracias por la generosidad de tu lectura. Y por tu escritura.
Un fuerte abrazo también al cubo.
Marta S.

Bolmangani dijo...

Fantástico. Un gran honor, también cúbico.

Abrazos x 3

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