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7 mar. 2012

La extranjera deseable

Todo el mundo sabe que en enero de este año la obra de James Joyce pasó a ser de dominio público. Libros tan burros, por geniales, como Ulises, Dublineses o el Retrato de un artista adolescente —no menciono Finnegans Wake adrede— ya los puede editar cualquiera que no tenga dinero (o sí) pero disponga de tiempo, paciencia y un profundo conocimiento del idioma inglés y quiera sacarse unos euros. Mi Ulises me costó casi mil duros y fue de las mejores inversiones que he hecho en mi vida. Los otros dos fueron más baratos, pero ¿y si pudieran venderse por uno o dos euros?

Estas o parecidas son las cuentas que se hacen muchos a toda velocidad en esta época de revival continuo —recordemos al Baudrillard de La ilusión del fin—. Mientras que la novedad desaforada nos atosiga con su tinta aún fresca, cada día cobra más fuerza un movimiento que podría ser calificado como retro e incluso vintage, y aun como mera paleografía, pero que tiene mucho más que ver con la eliminación de barreras económicas —y culturales— a cargo del tiempo. Analizar la sección literaria de una librería de nuestra época es como mirar el corte de la secuoya expuesto en el Museo de Historia Natural de Londres: ahí parece estar todo, desde los inicios hasta el ¿fin?

Pero haciendo algo de investigación uno se da cuenta de que aún hay más (es decir, oportunidades). Un amigo que se dedica a la literatura infantil y juvenil me comentó que, también este enero, se liberaron las obras de Hugh Walpole, entre ellas Jeremy, trilogía de novelas que en su día (1919-1927) tuvo un éxito arrollador en el Reino Unido. En español se le han editado a Sir Walpole algo más de diez libros de entre los cuarenta y pico que escribió, y la mayoría de ellos están descatalogados. Los herederos del trabajo de Sherwood Anderson, de cuyo Winesburg, Ohio ya dije algo aquí, también han dejado de cobrar royalties. A quienes les gustó ese libro de cuentos que era una novela —y por la que Acantilado recibió el Premi Llibreter en 2009— seguramente disfrutarían leyendo Poor White o Pobre blanco, editado en español hace décadas y hoy descatalogado (si alguien se atreviera se marcaría un detalle titulándolo Blanco pobre, tanto por purismo como por las connotaciones de actualidad). Y si es por estrellas literarias, tenemos a Virginia Woolf, editada y reeditada antes de que fuera gratis y es de suponer que leída (al menos aquí hay un fan suyo) pero también susceptible del ejercicio de la variación goldpress sin tener que pagar ya ni una libra.

Esto sólo en 2012 y mentando a los más obvios. En 2011 se “abrieron” autores tan interesantes como Isaac Babel, Walter Benjamin, Mikhail Bulgakov y F. Scott Fitzgerald. Y si nos metemos un poco más a fondo en nuestro corte radial, el de la secuoya, encontramos un auténtico festival de vetas de historia en el que hay que seleccionar con cuidado. Una “pareja” de ejemplos: Ford Madox Ford, que escribió las inolvidables El buen soldado y El final del desfile, y tres novelas con el brutal Joseph Conrad, todas editadas en español, todavía tiene un buen puñado de libros inéditos en nuestro idioma. Ford, además de escritor y editor de The English Review, tuvo tratos con Violet Hunt, figura literaria con una historia y relaciones interesantes y aunque su novela más famosa es White rose of weary leaf también escribió junto con Ford The desirable alien at home in Germany, libro bastante deseable. No hay nada de ella en nuestro idioma.

Si de lo que se trata es de economizar en materia de adelantos (léase la nota al pie número 20 del capítulo 9 [p. 95], “Prefacio del autor”, de El rey pálido, de David Foster Wallace, para comprender gran parte de la reticencia editorial a “importar” literatura extranjera o alienígena), no hay más que seguir explorando con paciencia. Para ello también sirven de ayuda los libros enciclopédicos cuya materia es la literatura en sí misma. Recientemente hablé del tratado de Steven Moore, que en sus páginas esconde tesoros al alcance de la mano. También hay libros más clásicos que podrían despertar conexiones olvidadas, espacios dejados de la mano del editor. Uno podría ser el Oxford Companion to English Literature, volumen de casi 1.200 páginas que incluye no sólo lo English sino (casi) todo lo legible desde el año 1.000 hasta 1.999, un guarismo realmente sugestivo. Editoriales prestigiosas han hecho de este tipo de actualizaciones un verdadero arte. Por nombrar, algo aleatoriamente, un solo caso: la edición por Cátedra, en 2010, del seminal Cultura y anarquía, de Matthew Arnold, cuya entrada en el Oxford dice así:

Colección de ensayos de Matthew Arnold publicados en 1869 … El primer capítulo está dedicado a su definición de la cultura “agradable y ligera”, frase de La batalla de los libros, de [Jonathan] Swift [recordemos, el autor de Los viajes de Gulliver; en La batalla no hace sino poner verdes las discusiones literarias que enfrentaban a los clásicos con los contemporáneos; Swift se decantaba por los primeros]. Arnold presenta la cultura como el ideal clásico de perfección humana, en lugar de “un puñado de griegos y latinos” …

Razonable o imperdonablemente incompleto (su análisis cronológico acaba en 1999 pero no trata muchos de los héroes del siglo XX, quizá porque, al decir de Bloom, ahí comenzó la chaotic age), el Oxford Tocho es otra bola de cristal condensada a muy buen precio (a mí me costó un poco más, pero poco, en el establecimiento de un librero despistado).

Pero la gratuita no es la única vía para conformar un catálogo con el suficiente empaque. Fuera de aquí —entendido ese aquí desde una perspectiva radicalmente distinta a la del paréntesis de más arriba— hay literatura a patadas con tales montañas de recomendaciones y el suficiente aparato crítico positivo como para excitar a los editores más exigentes y, de paso, alterar durante unos años los nervios de los devotos más acérrimos de Chauvin. Leyendo las páginas culturales de los grandes periódicos (p. e. The Guardian, The New York Times) cabe enterarse de por dónde van/irán los gustos mainstream, que ya sabemos lo poco literarios que son y lo caros que cotizan los autores elogiados en sus páginas; aunque también cabría fijarse en los vilipendiados: acordémonos del caso Gaddis, quien, por cierto, aparece como megaestrella en el Oxford:

GADDIS, William (1922-1998), novelista norteamericano, nacido en Nueva York y educado en Harvard, donde editó durante algún tiempo la Harvard Lampoon. Sus cuatro novelas, tres de ellas de amplitud épica y todas publicadas a intervalos extremadamente largos, le procuraron un lugar único en la literatura contemporánea mundial: un autor de sátiras inolvidable imbuido de una severidad moral casi victoriana combinada con una refrescante técnica experimental digna de un auténtico modernista. El héroe de su desmesurada ópera prima, Los reconocimientos (1955), es Wyatt Gwyon, quien abandona el seminario para convertirse en falsificador de los maestros antiguos. El libro ofrece una disquisición altamente compleja sobre los valores espirituales verdaderos y los falsos, pero al menos está escrito en prosa convencional. En J R (1975) Gaddis abandonó este estilo y en su lugar contó la historia de un agente de bolsa de 11 años de edad mediante diálogos fragmentados, superpuestos y a menudo incoherentes. Tanto J R como Gótico carpintero (1985), de menor extensión, constituyen retratos sombríos, desalentadores pero ácidamente divertidos, de una sociedad enloquecida por la codicia material y la vacuidad espiritual. La más alegre Su pasatiempo favorito (1994), una sátira sobre la obsesión norteamericana por los pleitos, es quizás el mejor punto de partida para explorar al más felizmente desalentador de los escritores modernos.

(Entre el párrafo precedente y el link que incluye, considérese resuelta mi reseña de Gótico Carpintero —lo que me sugiere que para reseñar todas las resurrecciones a que asistimos y asistiremos, no sería mala idea echar mano de un vademécum así para no inventar la rueda o “aligerar carga de trabajo”…)

Mucho más modesto, tanto en extensión y alcance subjetivo como en finalidad, es Book Lust, la canónica lista para lectores, elaborada por la archifamosa bibliotecaria Nancy Pearl, en la que hace poco más que lanzar referencias sin añadir demasiado de su propia cosecha. Sus 300 páginas (en la edición de 2003) son más una guía portátil para apuntar títulos y después ampliar la información.

Las opciones más arriesgadas se encuentran en publicaciones menos masivas, las quaterly de toda la vida, los Believer, algunos blogs concurridos tipo HTMLGiant, e incluso hartándose a escudriñarlos será fácil que varias editoriales acaben tomando nota del mismo producto a la vez. No dije toda la verdad cuando dije que no leía blogs. En realidad estoy suscrito a una cantidad indecente de ellos, aunque la mayoría son británicos, norteamericanos y uno de Europa Central. (Veo ahí abajo las palabras que llevo —escribo en Word, hacerlo en el editor de blogger me parece una mortificación absurda— y compruebo lo difícil que será que alguien haya llegado hasta aquí.) A más población, mayores posibilidades de encontrar cosas de calidad. (Por lo que no voy a poner ahora una lista gigantesca de direcciones. Mejor entrar a uno de los gordos y dejarse arrastrar por los enlaces.) El de Europa Central lo lleva Michael Stein desde Praga, y está dedicado a asuntos literarios centroeuropeos y de algo más al Este. Ahí descubrí que la novela de Victor Pelevin Generation P se titula Homo Zapiens en Estados Unidos y Babylon en el Reino Unido, y este follón de títulos, más el hecho de que estaba tirada de precio en Amazon, me impulsó a comprar la versión babilónica, de la que he disfrutado aun averiguando muy poco después que Mondadori la había editado en español en 2003 con el título americano… Por si gustáis: literalab.com. Así y todo lo mejor para descubrir otras literaturas sigue siendo la lectura simple y directa de libros: a la par que se disfruta del objeto último de toda esta parafernalia, las referencias van cayendo como manzanas maduras. Leyendo Memphis Underground, de Stewart Home, me entero de que la tercera y última parte de la autobiografía de Arthur Machen, The London Adventure (1924), es su mejor libro. Lo busco y resulta que no ha sido editado en España. Por la fecha en que murió el autor (1947) es muy posible que, si no está libre de derechos, sus tenedores no pidan demasiado al editor que quisiera marcarse el detalle.

Y para detalle el que significaría que alguien editara el próximo título de William Gass, Life Sentences, del cual me enteré hace unos días que formará parte un ensayo titulado “Slices of Life in a Library”, más conocido por el título de su versión reducida “Shelf Life” o “Vida entre estanterías”.

Efectivamente, hay más literatura por ahí suelta que nunca. Nada ha caducado. Todo sigue vivo.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Leído, por supuesto. Si el Companion de Oxford es de "English literature",¿por qué tiene a autores que no han escrito en inglés? Ellos son aśí.

Me apunto el blog de literalab, tiene buena pinta.

Mickey Mouse ha hecho mucho daño a la literatura, con tanto derecho comprado y monopolizado por ahí. De todas maneras, se puede hacer una editorial publicando libros muy buenos que han pasado desapercibidos: los del Asteroide, por ejemplo.

Buen trabajo recopilatorio. Gracias.

Arte

Anónimo dijo...

Ah, lo bueno de los libros sin derechos de autor es que te lo bajas del Project Gutenberg en bonito formato epub y los metes directamente el ebook. De todas maneras, me alegro de que Babel y Bulgakov ya no tengan derechos, que faltan tanto de esos dos... Fundamentales en cualquier sesión de lectura invernal.

Arte

Volianihil dijo...

Si alguien no es capaz de leerse este "post" entero es que sufre un síndrome de déficit de atención profundo. Es algo de lo que se hablaba en la ante-anterior entrada: las personas, con esto de internet, leen posiblemente más (acumulación de letras) pero menos en cuestión de densidad. De hecho parece que el desarrollo que tuvo el cerebro humano al pasar de una comunicación y un aprendizaje eminentemente pictórico a uno basado en la lectura está sufriendo una metamorfosis hacia que podría denominarse "mixtificada": se lee como se observa (una imagen), es decir que se aprende a través de "fogonazos" de luz (y sombras, colores, pixeles, etc.) y por eso no son capaces de leer más allá del "scroll". Su capacidad -la de una mayoría evidente- está restringida al encuadre de la pantalla del ordenador, toda información que sobrepase esta longitud satura sus conexiones neuronales, les cansa, les aburre; no son capaces de leerlo.

Sobre el asunto que tratas (perdón, soy un cabeza loca) la cuestión es qué editoriales se arriesgarían a rescatar buenos libros, traducirlos y ponerlos a la venta, cuando lo que parece que funciona es crear blufs infraliterarios basados en el personaje-autor "mainstream" fugaz (o no)y todo lo que ya sabemos. Al menos queda internet, bajárselo y leerlo. O que algunos hagan lo mismo que con los subtítulos de las series que no se emiten en España ni están en castellano: traducirlas por amor al arte. Yo si es del francés al castellano me animo, porque aunque no voy sobrado de tiempo para este tipo de cosas sé como organizar mi agenda -dejando de hacer otras cosas. Luego se suben gratuitamente a internet y que las disfruten quienes quieran. Hablo de las que jamás nadie publicará, claro, tampoco quiero sabotear a ninguna editorial. Como te dije, he sido durante muchos años un lector de muertos, ahora ya no (y salvo raras excepciones, me podría hasta arrepentir), y siempre he sido "paganini" porque es un ritual que, como las buenas costumbres, no deberían perderse.

Sobre Pynchon, después de Vineland, quiero leerlo todo. Es una de esas excepciones que te comentaba un par de líneas arriba.

Un saludo

José Luis Amores dijo...

Las fuerzas del mercado, querida Arte. Copio aquí la mencionada nota de DFW: "Por si les interesa, este término es una forma coloquial de referirse a un pago adelantado no reembolsable sobre las regalías proyectadas del autor (mediante un conjunto de márgenes progresivos de entre el 7,5 y el 15 por ciento) en las ventas de un libro. Como la venta real es difícil de predecir, al autor le interesa en términos financieros recibir el mayor adelanto posible, por mucho que lo abultado del pago le pueda causar problemas fiscales en el año en que lo recibe (gracias sobre todo a la eliminación de las medias de ingresos que efectuó el Acta de Reforma Fiscal de 1986). Y debido, nuevamente, a que la predicción de las ventas reales es una ciencia inexacta, el monto del adelanto que una editorial está dispuesta a pagar al autor por los derechos de su libro es el mejor indicador posible de la voluntad que tiene el editor de «apoyar» ese libro, un término este último que lo abarca todo,
desde el número de ejemplares impresos hasta la envergadura del presupuesto de marketing. Y este apoyo constituye prácticamente la única forma de que un libro obtenga la atención de un público grande y coseche unas ventas significativas; les guste o no, esa es simplemente la realidad comercial de los tiempos que corren."

Volianihil, a mí eso dejó de molestarme cuando comprobé que, habida cuenta de que el sistema capitalista no va a caer en esta reencarnación (son capaces de perdonar lo imperdonable (Grecia, por ejemplo) con tal de que las ruedas sigan girando), como la mayoría sólo lee al nivel imaginario o espectacular que comentas, quienes sí lo hacen en profundidad y con tino poseen una de las características o en este caso aptitudes más codiciadas del capitalismo: una ventaja estratégica, y además de las prácticas. Con ella, y solamente un cuarto de cuerpo metido en la vorágine económica, se puede comer tres veces al día. Hablo en serio, y tú sabes a qué me refiero: la literatura es a la economía lo que el Red Bull a las noches de juerga: te da alas. Si todo el mundo leyese, y leyese bien y bueno, ya no sería posible esa diferencia, pero también se iría a la mierda el capitalismo. Es decir, de una u otra manera quienes leen, ganan.

¿De verdad que te animas con el francés?

No sabes cuánto me alegro de lo que comentas de Pynchon. ¿Tienes V.?

Volianihil dijo...

Completamente de acuerdo, es una opción de salvación personal, sin duda alguna. El problema de la situación actual es que saber leer y saber de economía (cuando digo "saber" hablo de un conocimiento y cierto gusto profundo) ya te convierte en lo que los marxistas llamaban vanguardismo (en el sentido político). Si uno se toma demasiado en serio a si mismo puede caer en cierto mesianismo, pero la otra opción es un poco derrotista en cuanto a la sociedad en general. Yo me sitúo en un punto medio: que se amplíe el número de gente que sabe y es capaz de leer. Claro que, como se comentaba en la otra entrada -perdona por el constante "hors sujet"- la responsabilidad de los que deberían ofrecer contenidos a la altura de esos lectores avanzados choca con los intereses económicos de sacar un negocio/publicación adelante, lo que causa en la mayoría de los casos un descenso brutal de la calidad de los contenidos a favor de una amplitud de mercado. Es decir que el mercado obliga a expandirse hacia abajo, hacia peor, a falta de una mínima demanda "culta" que permita que ese tipo de publicaciones subsistan sin tener que rebajarse. Las opciones maniqueas del la cultura elitista o la de la cultura popular no me parecen soluciones a nada. La primera amotina y aísla la cultura pretendiendo resguardarla y la segunda simplemente la vanaliza y aplana.

Sólo tengo Vineland, un regalo de cumpleaños de Layla (http://vidadeperrxs.blogspot.com/), y creo que durante un tiempo no podré financiarme mi vicio en papel porque estoy ahorrando para "legalizar" Dopamina y las promesas rajoyianas sobre financiación, bonificación y subvención están lejos de ser una realidad, como cualquier otra promesa electoral de cualquier otro político. Sin embargo además de mi trabajo en la fundación de economía pública tengo dos trabajillos más (redactor freelance, profesor particular y negro de tesis universitarias) con los que estoy haciendo acopio de euros, así que en cuanto vea unos euros libres en mi cuenta me voy a la casa Tusquets y ramplo con lo que tengan de Pynchon (6 obras más, creo, según veo).

Claro que me animo con el francés (no haré la gracia de ponerme de rodillas o cualquier otra alusión eróticafestiva). No sé si soy serio, pero soy muy cabezón y un cabezota, así que cuando empiezo algo lo acabo aunque me cueste cien cafés.

José Luis Amores dijo...

Yo leo mucho de bilbioteca. Los libros de allí son de todos, por lo que también son míos. Te lo digo porque quizá no tengas que esperar a poder comprarlos, seguro que en tu ciudad hay un montón de buenas bibliotecas aún no atendidas por voluntarios que quieran devolver a la sociedad lo que la sociedad graciosamente les regala a cambio de su mísera aportación impositiva. En esos establecimientos seguro que hay un lugar para Pynchon. Yo vivo en el extrarradio español y lo hay. La cultura no entiende de fronteras.

Vanguardista es hoy todo aquel que se haga preguntas, y que no deje las respuestas a cargo de los demás.

Anónimo dijo...

Desde que sigo tu blog no me acabo la lista de recomendaciones. A propósito de las bibliotecas. En Barcelona no está El Plantador de tabaco, de John Barth, en ninguna, pero sí que he localizado Sabático. Cuando hablaste de El Plantador de tabaco en septiembre dijiste que Sabático la tenías pero no la habías leído aún. ¿La has leido después? ¿Me la recomiendas?

Saludos,

Julia

José Luis Amores dijo...

Hola, Julia. No he leído aún Sabático. La empecé hace años, conseguí avanzar 30 o 40 páginas, y me aburrí. La sensación es exactamente esa, de aburrimiento. Nada que ver con El plantador o con "Gilles Goat Boy". Esas dos son las únicas que le he leído, aunque tengo entendido que "Lost in the Funhouse" también es muy buena.

Si no es a través de bibliotecas, conseguir la versión de Cátedra de El plantador va a ser muy difícil y caro. Hay una iniciativa semisecreta para su reedición (digo semi porque en realidad ya se hablad de ello hasta en las revistas...), que creo puede llegar a buen puerto. Si puedes, espera un par de meses, que daré información aquí mismo de cómo irán las cosas y los plazos, etc. Ahora mismo es prematuro.

Saludos.

Anónimo dijo...

Artículo sobre escritores americanos y sus lectoras femeninas:

http://www.nybooks.com/blogs/nyrblog/2012/mar/09/great-american-losers/

Arte

Blumm dijo...

Pues no van a beber de aquí unos cuantos editores de buena literatura.
Esta capacidad para informar deberías cobrarla, como mínimo, jaja.

José Luis Amores dijo...

Jeje...

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