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25 nov. 2010

El Dorado


Voy a hablar de esta novela de Robert Juan-Cantavella como parte de una estrategia personal de respuesta que sólo pondré en práctica esta vez y otra más, seguida o próximamente. Respuesta a quién... Baste decir que a gente que dice que yo digo algunas cosas sin aparente base o fundamento, por capricho o no saben si con mala idea o para, simplemente, hacerme notar tocándoles las narices o los huevos a los demás. Cosas malas. En mis boca o dedos. Y que por ello no hay que hacerme demasiado caso. A ellos sí hay o habría que hacérselo, claro. Como diría Javier Calvo, Tócate los cojones.

Veamos, tías y tíos (en adelante gente). No sé si os habéis dado cuenta de que la Verdad es una utopía inalcanzable cuyo estudio y análisis nos ha ofrecido páginas gloriosas de pajas mentales y hasta Licenciaturas Universitarias con Programas de Doctorado y Cátedras fantásticamente remuneradas. Por no hablar de guerras y sus muertos. Y si alguien la descubriera y, en lugar de atesorarla y ocultársela al común de sus iguales, decidiera ofrecerla, ya fuera previo pago o bajo licencia Creative Commons, nos daríamos de bruces ante un panorama distópico a tal nivel que desearíamos estar muertos. Porque la Verdad no existe, gente. Si Mulder y Scully iban a buscarla en la puta calle (recordad: “La verdad está ahí afuera”) y sólo encontraban fantasías y cienciaficciones en cada capítulo, ¿cómo vais a pretender que cualquiera de vosotros —sí, cualquiera, incluidos Carmen de Mairena y el Papa de Roma— ni yo detentemos siquiera una mínima porción? Porque en realidad no tenemos ni zorra idea y por lo tanto todo, hasta el aspecto de las pipas, es falso o cuando menos opinable. Todo está tan oscuro y a la vez tan iluminado que sólo en los tenebrosos bordes del claroscuro podríamos quizá esnifar un poco de ese tan ansiado Polvo de la Verdad.

Y eso es lo que hace Escargot.

¿Quién es Escargot?

Escargot, además de significar caracol en catalá, es el personaje protagonista de un relato titulado Badajoz de Robert Juan-Cantavella y de su novela El Dorado, publicada a finales de 2008 por Mondadori. También es el alter ego de Robert. Y durante este artículo y el que próximo o el de después me lo cojo prestado para que sea el mío, mi otro yo.

Hola, me llamo Trevor Escargot y...

escribo aportajes, que no son reportajes. «En el aportaje no existe el pacto de veracidad que rige los designios del reportaje periodístico. Establecido entre el periodista y el lector, semejante horterada compromete al primero con la veracidad de la información ofrecida al segundo, de tal forma que si se respeta la etiqueta y el periodista actúa con recato y diligencia, antes siquiera de leer el texto el lector ya sabrá que lo que se le va a contar es cierto […] En el aportaje en cambio […] el lector no tiene la seguridad de que todo lo que va a leer sea cierto. Esto no quiere decir que todo lo que vaya a leer sea mentira. De hecho, en un sentido profundo significa lo contrario. Lo que cambia es la actitud, y la actitud del lector que se enfrenta a un aportaje no está basada en la confianza, como sucede con el reportaje, sino en la sospecha [...]», págs 187-188 de El Dorado.

Teoría y práctica de esta excelente y —¡por fin!— sincera forma de enfocar el periodismo se encuentran en las 350 páginas de El Dorado. No me vayáis a contar que os creéis lo que dicen los periódicos, la radio y la televisión. Porque todo es mentira, tout est faux, que queda mejor. Desde el momento en que un conjunto pensante construido a base de pellejo, carne y huesos decide, no ya escribir, sino tan sólo mirar para informarse de lo que está sucediendo con la intención de contárselo a los demás, su cabeza periodística está deformando los hechos, adhiriendo cosecha propia, falseándolos, fantaseando, predisponiéndose a contar mentiras, tralará, llamadlo como más os guste. No digamos ya la contaminación informativa que añade la actitud de performance de los observados cuando saben que lo son. Y para colmo y resumiendo estaría también el problema de las palabras, esas putas, como dijo Octavio Paz y más o menos diera a entender también Foucault..., lo de putas.

Robert Juan-Cantavella, uno de los 22 mejores jóvenes narradores en español por derecho propio y al margen de listas de dudosa reputación, cuenta en El Dorado lo que ya sabemos sobre un par de asuntos, principales en la trama, y unos cuantos secundarios pero no por ello menos importantes. Los primeros son, por un lado, el bodrio Marina d'Or y, por otro, los happenings papales. (No sé por qué inclino las palabrejas extranjeras mediante el uso de cursivas o itálicas, si la RAE me la trae al pairo y voy a seguir acentuando los solos cuando exista riesgo de anfibología y escribiendo unos bastante más chulos quórum original y guión acentuado en la O...) Podrían haber sido otros asuntos cualquiera, con tal de que reflejaran igual de bien el grado de estupidez decimonónica, por flaubertiana, a que es sometida el populacho. Pero mejor así, pues doblemente actual y oportuno se presenta este aportaje, ya que los efectos de la confianza enloquecida en las toneladas de cemento barato arrojadas sobre el suelo patrio en la pasada década, más el garbeo que el antiguo afiliado a las Juventudes Hitlerianas Herr Ratzinger acaba de darse por Barcelona mantienen en primera plana económica y ecuménica el fondo de ambos asuntos. Lo que me lleva a contaros que...

...yo también estuve en Marina d'Or...

cuando trabajé para el Ayuntamiento de Oropesa del Mar. Solía coger un avión que salía de Málaga hacia Madrid (AGP-MAD) a las 06:30 y otro a las 08:00 desde MAD a VLC. En Manises me daban las llaves de un coche barato alquilado y me iba zumbando por la AP7 hasta Oropesa. Llegaba muerto y, como lo sabían o imaginaban quienes me esperaban, me llevaban en volandas a desayunar en el Hogar del Jubilado.

El Ayuntamiento era rico. Los cafres de Marina d'Or acostumbraban a pagar sus gigantescos impuestos municipales a tiempo y al contado, lo que convertía mi trabajo en mera estética o agua de borrajas. Nunca me quejé, claro. El Alcalde era majo. También la interventora y la tesorera, quienes un día de invierno con mucho sol me llevaron a conocer Marina d'Or. Conduje el barato coche alquilado por avenidas y calles tan vacías que tuve la sensación de estar en un Far West del futuro presente. No me enteré de nada porque tenía hambre y entonces dimos la vuelta pues sólo había una pizzería abierta en la zona más canalla, adonde fuimos. El dueño me recordó al de otro bar en El Álamo, Madrid, donde comí durante los días que estuve haciéndole apaños económicos al Ayuntamiento de tan famoso village. El bar se llamaba La sardina y el dueño me contó que le había visto las tetas a Loreto Valverde. Ese año el pregón de las fiestas locales lo ofreció previo estipendio municipal la fundadora de las Sex Bomb, Sonia Monroy. La última vez que fui por aquellas tierras desoladas, un periodista amigo que decía haber estado liado con Ana Rosa Quintana me invitó a comer en un asador gigantesco donde se reunían a ponerse morados de carnes rojas los promotores urbanísticos del lugar y el personal del Séptimo de Caballería, desaparecido programa de televisión presentado por Miguel Bosé. Y poco después...

vino el Papa a Valencia...

mientras yo estaba de visita profesional y postrera en San Roque, Cádiz. El Marina d'Or de allí se llama Sotogrande y los campos de fútbol de cada una de las once barriadas del pueblo tienen césped natural. También hay una refinería de CEPSA y un peñón gigantesco que sirve para comprar tabaco y whisky de contrabando. En la época en que Letizia Ortiz Rocasolano consintió en cargar para todos los días de su vida con el benjamín de los Borbones, yo solía comer en el bar El Depor, ilustre institución culinaria sanroqueña donde se daban cita la flor y nata de la delincuencia urbanística profesional mundial, hoy venida a menos o a nada pero que por aquel entonces disfrutaba de practicar la estafa legalmente consentida de cuyos pingües beneficios una estrechez de miras congénita me impidió aprovecharme.


El pueblo era aburrido y el trabajo muy tonto, así que me dedicaba casi full-time a leer. Vicio que mantengo desde los ocho años y que determinados momentos vitales —y rachas de suerte fanáticamente perseguida y algunas veces encontrada— no han hecho sino exacerbar hasta la náusea. Lo que considero, dentro de la tónica de este aportaje, pero también de la de la mayoría de textos que han salido, salen y saldrán de mis dedos, que me faculta y autoriza bastante más que a otra gente académica y periodísticamente investida para decir que...

...Robert Juan-Cantavella es uno de los mejores narradores...

...en español, le pese a quien le pese. Aspecto este de Robert ganado por sí mismo y no como demérito de la obra del resto de escritores no incluidos en la por mí pergeñada lista alternativa a la de Granta. No al menos de la de todos. Granta hace una porra particular y la publica y pide 15 euros por ella. Yo hago otra y la ofrezco en plan Creative Commons. Si se quiere ahondar más en las razones de una u otro, hay que seguir investigando. Sospecho que La Verdad, además de ser periódico murciano, podría estar formada por una lista de las mejores páginas pensadas y/o escritas por una miscelánea de escritores —muchos de los cuales ni siquiera saben que lo son— de todas las edades y filias. Gente que a su vez escribe sus verdades, la que ellos consideran Verdad, tamizada por experiencias propias, sesgos ideológicos, traumas infantiles, admitamos que de vez en cuando algunas dioptrías no corregidas e incluso diversas y divertidas drogas de diseño. Verdad, por todo ello, subjetiva y por consiguiente La Mejor, pues ¿hay otra que no sea tal? En temas literarios, además, antes que ponerse trágicos vale más pasar a la acción, que es opinión y por lo tanto comedia. ¿O es que ya nadie se acuerda de Bernhard, Thomas? Quizá les enfants terribles sean especie en extinción porque la vanguardia, harta de sodomías, está cerrando filas con la ortodoxia académica ramplona con tal de salir de la miseria. O quizá no: más fácil lo ponen para ser terrible de Verdad...

...y contar la conclusión en otro capítulo, aunque...

...antes de terminar debo decir que he tomado la novela de Robert Juan-Cantavella El Dorado como excusa para escribir este aportaje, además de por las obvias razones expuestas, porque leí una crítica negativa de ella que se basaba en una supuesta falta de ritmo narrativo y otra aun peor que se dedicaba a destripar la trama y ridiculizarla arguyendo que, en definitiva, ahí no se narraba nada. Leyendo esas críticas uno tiene la sensación de que quienes las escribieron no leyeron la novela, como probablemente fue, sino que hicieron zapping dentro de la misma como cuando en el Instituto nos encargaban un trabajo sobre un Kant en aquel entonces incomprensible por aburrido. Afortunadamente no es éste el caso: ni Juan-Cantavella es Kant-avella ni El Dorado es la Crítica de la razón pura sino más bien una Crónica de la sinrazón puta. Una sinrazón que él prefiere ir desmenuzando a lo gonzo y simulando estar hasta arriba de estimulantes para procurar que, al menos entre sus páginas, suceda algo más divertido que en los lodos de mediocridad de facto en que nos movemos. Escargot está hasta las cejas de speed, sí, y quienes lo leen como quienes no, ciegos de falsedad. Ciegos de esos que no quieren ver ni oír sino mentiras. Porque son más cómodas de creer. Más difícil es pensar y caer en la duda. Esa duda chunga. Esa duda que según el refrán ofende. Esa duda que tanto jode porque ella es, ni más ni menos, ese Dorado siempre perseguido y nunca alcanzado... Tócate los cojones.

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