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5 de mar. de 2012

Thomas Bernhard desde Dubrovnik

Grand Hotel Imperial,
Dubrovnik

2.3.1971

Querida y honorable Dra. Spiel,

Le prometí un artículo para su Ver Sacrum. Me dijo que “algo sobre Ludwig Wittgenstein”, y he estado considerando el asunto durante un par de semanas, desde el día, de hecho, que volví de Bruselas; ahora estoy de viaje otra vez, Ragusa, Belgrado, Roma, etc., y he llegado a la conclusión de que escribir algo sobre la filosofía de Wittgenstein y por encima de todo sobre su poesía, pues para mí la cuestión que importa es el modo de pensar totalmente poético de Wittgenstein (su PENSAMIENTO), su MENTE filosófica, no Wittgenstein como filósofo, es demasiado difícil. Se me habría podido pedir que escribiera algo (¡frases!) sobre mí mismo, lo que es imposible. No se pueden describir el estado de una cultura y la historia de un cerebro. La cuestión no es: ¿debería escribir sobre Wittgenstein? La cuestión es: ¿puedo ser Wittgenstein aunque sólo sea por un momento sin destruirle a él (W.) o a mí mismo (B.)? No puedo responder a esta pregunta y por consiguiente no puedo escribir sobre Wittgenstein. En Austria, la filosofía y la poesía (matemática y musical) están enterradas en mausoleos, nosotros percibimos la historia verticalmente. Por un lado es aterrador, por el otro, avanzado; en una palabra: en Austria, la filosofía y el arte no existen en la mente de sus gentes, a diferencia de como en otros lugares, sino tan sólo su poesía y su filosofía (su cultura), etc.; lo que para el filósofo y poeta es una ventaja, y él es consciente de esa ventaja.

De qué se preocupó Wittgenstein: es el fundador de la pureza y la claridad kantianas y el más grande desde Kant (y con Kant). Lo que nosotros, los alemanes, no tenemos en NOVALIS, lo tenemos ahora en Wittgenstein. Y una última palabra: W. es una cuestión que no puede responderse; él trabaja en un nivel que excluye las respuestas (y una respuesta).

Nuestra cultura contemporánea, en todas sus inaguantables manifestaciones, debería responder estas cuestiones con facilidad, puesto que las respuestas están siempre al alcance de la mano. Sólo con Wittgenstein es diferente.

Y el mundo es siempre tan estúpido para comprender su propia estupidez, un mundo permanentemente sin ideas, donde las ideas se representan a sí mismas como ideas. Esto es fatal para la MAYORÍA, pero la mayoría no es digna de consideración. Por lo que no escribiré nada sobre Wittgenstein porque no puedo, pero porque no puedo responderle, lo cual es suficientemente explicativo.

Un saludo y mis mejores deseos,

Suyo, Thomas Bernhard.

Es innecesario comentar algo así, tan suficientemente explicativo.

Esa carta la encontré deambulando. Ignoro si está incluida en algunos de los libros que se editaron en España tras el agotamiento de las palabras de puño y letra de Bernhard —aunque no hace mucho se editó en español Mis premios, volumen esencial para quienes ya hayan leído algo suyo—. De aquéllos sólo tengo uno, Thomas Bernhard. Una biografía, escrito por Miguel Sáenz, su traductor de siempre. Me consta la existencia de otro también interesante que no he leído, Thomas Bernhard: un encuentro con Krista Fleischmann, editado por Tusquets en su fantástica colección dorada Marginales. En este último se incluye la relación de Hilde Spiel (la destinataria de la carta) con Bernhard, que dista mucho de ser tan seca y abrupta como el tono del texto anterior podría dar a entender. Lo que sigue es un pequeño extracto de ese libro (habla la “doctora” Spiel):

Creo que Thomas Bernhard fue una de las personas más encantadoras que he conocido. Algo quizá inconcebible ya que fue siempre agresivo en sus obras de teatro y trató ferozmente a Viena, a sus gentes y a los políticos. Pero en el trato privado era tan extremadamente amable y alegre que una no podía hacer otra cosa que ser cariñosa con él. Tuve que perdonarle un montón de cosas —era, por supuesto, una persona muy difícil, quién no lo habría sido en su situación. Tuve que perdonarle cosas que no le habría perdonado a ningún otro. Que me dejara plantada, por ejemplo. A veces le decía lo que dijo Brecht, “soy alguien en quien no se puede confiar”, cuando faltaba a sus promesas. Pero generalmente —en los primeros años— mantenía el contacto y a menudo me visitaba espontáneamente. En los últimos tiempos se volvió muy solitario, a propósito, y dejamos de vernos. Pero cuando, por alguna coincidencia, se encontraba con alguien, se ponía muy contento y volvía al día siguiente. Fue una relación extraña, no siempre fácil, aunque maravillosa. Creo que puso fin a las relaciones humanas después de la muerte de la señora mayor que fue para él su Lebensmensch [normalmente traducido en las versiones españolas como “el ser de mi vida”]. Esa fue mi impresión. Lo que quiere decir que se preocupó de mantener las viejas amistades y no las descuidó, pero que no hizo nuevos amigos y que solamente se concentró en su trabajo. No debería olvidarse que cada vez estaba más enfermo y al parecer se retiraba muy a menudo cuando se sentía mal. Tampoco debería olvidarse que su vida estuvo marcada por la enfermedad durante décadas, lo que también explicaría su jovialidad exagerada. Cuando se está enfermo tan a menudo —y cuando se es mayor, se está—, se disfruta el tiempo bastante más que cuando uno se encuentra bien. Y Thomas realmente prefería reír y estar contento cuando se decían disparates, cuando estaba sentado cómoda y acogedoramente en un sitio alegre, para cenar o lo que fuera. Disfrutaba enormemente. El éxito era infinitamente importante para él. Pero era una persona muy orgullosa y nunca dio muestras de ello. Indudablemente, leía todas las críticas y no cabe duda de que le alteraban las malas reseñas y las que le malinterpretaban. Y creo que cuando más se alteraba —al margen de la literatura— era cuando se daba por hecho que su enfermedad era una pose. Eso le llegó al corazón, aunque lo hubiera dicho un crítico determinado. Porque esa enfermedad fue todo lo contrario a una pose, fue una maldición que tuvo que padecer en vida. Pero naturalmente todo reconocimiento le importaba y por supuesto leía los periódicos todos los días. No solamente para averiguar y comprobar los ecos de su trabajo, sino también para estar al día y saber lo que estaba sucediendo. Sabía más sobre las cosas de lo que parecía. Me pasó con él algo divertido muy al principio, en 1968. Recibió un premio en marzo —el Förderungspreis [normalmente traducido como “Premio Nacional Austriaco” aunque su título real es “Österreichischer Förderungspreis für Literatur“—, nunca recibió el gran Premio Nacional, y fue en esa ocasión cuando dio aquella conferencia suya tan inquietante y existencial. Y entonces, como es sabido, todos los escritores, personalidades y funcionarios del Ministerio abandonaron la sala, y entre ellos, desafortunadamente, también mi amigo Alexander Lernet-Holenia. Un año después, Thomas comenzó a visitarme con frecuencia en St. Wolfgang. Y una de esas veces estuvo allí todo el día, cuando yo esperaba que Lernet, que era vecino mío, viniera, como hacía a menudo, a tomar el té por la tarde. Y entonces pensé, ¿qué sucederá? Pero Lernet no le reconoció. Thomas llevaba un traje regional y parecía muy civilizado y más bien elegante. Y dije, sabéis, llamémosle Rumpelstiltskin. Y Lernet, que era extraordinariamente raro —quién sabe por qué se le aceptaba—, dijo: ah, de acuerdo, sí. Y se pasaron hablando toda la tarde y, cuando llegó la hora de la cena, dijo que hablaban de los asuntos del campo como si fueran terratenientes. Fue un acontecimiento muy amistoso, provinciano y agradable en el que ambos se cayeron bastante bien y en el que Thomas aceptó el juego y se rió entre dientes en secreto mientras sucedía. Cuando se fue, Lernet preguntó: pero, realmente, ¿quién era ese? Le dije que Thomas Bernhard, y se sonrió con malicia. Sin embargo nunca supe si llegó a reconocerle. Thomas podía bromear y hablar con todo el mundo, con las personas más simples y con las más complicadas. Su auténtica obsesión con la muerte podría entenderse en su caso porque siempre estaba enfrentándose a la eternidad y algunas veces ésta se le mostraba. Por ejemplo, después de que mi segundo marido muriera en Ischl y me encontrara allí con él y con la señora mayor, Hedle (“el ser de mi vida”), insistió rotundamente en ir al cementerio y que le mostrara la tumba. Era muy importante para él y estaba muy enfadado por que no le hubiera invitado al funeral. Vi que sus pensamientos más íntimos siempre giraban alrededor de la muerte, a la que siempre se sintió expuesto. Nunca armó ningún escándalo por su escritura. Su trabajo era suyo, la única ocupación que no compartía. Sabía que tenía un cometido y que probablemente moriría pronto. Y sé que una vez —me lo contó él mismo— estuvo a punto de tener un accidente de avión. Le pregunté cómo fue. Tuvieron que dar la vuelta, había un problema con los motores. Y dijo: mi compañero de asiento estaba rezando y yo sólo pensaba en cómo era el último libro que había publicado. ¿Se trataba de un libro después del cual uno podía morirse? Ese fue su único pensamiento.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Grande Bernhard.

Anagrama también publicó un pequeño libro de monólogos: Conversaciones con Thomas Bernhard. Kurt Hofmann.

Y hay un libro de Reich-Ranicki sobre él y sus obras (más bien son la acumulación de reseñas y críticas) que no sé si está traducido al castellano.

Anónimo dijo...

"Se trataba de un libro después del cual uno podía morirse?".
Genial. Brutal. Digno de Bernhard. Creo que sí, se pudo morir a gusto tras "Heldenplatz".

Vi su obra de teatro sobre los Wittgenstein. Muy buena. Me gusta de Bernhard que todo es enfado, todo son peleas, hasta que empiezan a aflorar sentimientos bajo ese manto de aparente crueldad.

Siempre me da la impresión de que Marías quiere ser el Bernhard español. Claro, que está a años luz.


Arte

José Luis Amores dijo...

Hola, Arte.

Marías el Bernhard español, pues claro, pero no. Aunque fue él quien dio el coñazo para que Alfaguara publicara Trastorno hace años luz. Lo cuenta en uno de sus recopilatorios de hace literalmente décadas. Todo está ya tan viejo.

Bernhard no, ni Wittgenstein. Kant sí. Kant es un coñazo que sólo quería impresionar a su ama de llaves para llevársela a la cama (Stewart Home dixit). De Bernhard me lo leí todo, teatro y poesía incluidos, excepto una cosa que ha salido hace poco, una especie de cuento infantil ilustrado por un tipo al que no conozco. Dudo mucho que se edite en español. Habrá que traducirlo artesanalmente y pasarlo por streaming.

Estaría bien leer ese libro de reseñas que dices, Anónimo. Voy a buscarlo.

Gracias a los dos.

Anónimo dijo...

Kant creo que era un hombre interesante pero al que se le pegó una injusta reputación de petardo prusiano. Wittgenstein siempre me ha parecido un bluff sobrevalorado, un enfant terrible difícil de soportar.

Marías se quiere parecer a Bernhard hasta físicamente. No hay más que verlo. No way, Marías. En serio. Además, ni siquiera intenta ser, como llamaban los austríacos a Benhard, un Nestbeschmutzer, el que ensucia su propio

Arte

José Luis Amores dijo...

¿Tú crees? Desde que tuve que hacer aquel trabajo sobre Kant con 16 años, se me atravesó y lo tengo aquí (me señalo un sitio en este momento). Wittgenstein fue un cachondo, y sobre todo sus sobrino, ese era lo más.

A Marías voy a dejarlo tranquilo.

Pilar dijo...

Yo también recuerdo a Kant con 16 años. Pero guardo un buen recuerdo por las conversaciones sobre él que mantenía con un amigo ¡los fines de semana! Mis amigas me miraban como las vacas al tren, claro.
Bernhard es mi propósito para este año. En diciembre recopilé todo lo que puedo leer de él e hice un plan de lectura para todo el año. De momento he leído "Amras" y dos relatos de la selección de Miguel Sáenz, sin contar lo leído en este post. Sí, voy lenta, pero es que a Bernhard hay que acompañarle con otras lecturas. Quiero disfrutarlo, no empacharme.

José Luis Amores dijo...

Yo tenía que haber hecho aquel trabajo contigo, y no con los salvajes de mis amigos...

Si el orden bernhardiano se puede alterar, lee El sobrino de Wittgenstein, no te arrepentirás.

Francisco López Martín dijo...

Yo también empecé con Bernhard, por recomendación de un amigo, con "El sobrino de Wittgenstein". Debía de correr 1995. Leí con gran interés varias de sus obras ("Corrección", "El malogrado", "Tala", "Maestros antiguos" y la autobiografía), fascinado por esa prosa hipnótica en cuya reproducción al castellano pensaba Miguel Sáenz -así se lo oí años después, en un encuentro de traductores celebrado en 2007 en Tarazona- que radicaba su éxito en España (del mismo modo que, según Sáenz, las traducciones al inglés habían cosechado un gran fracaso, que él atribuía a su falta de respeto al estilo del autor con el fin de "dárselo masticado" en frases breves al lector). Recuerdo haber visto también, años después, varias obras teatrales suyas en el canal Arte. Este año, me gustaría releer "Maestros antiguos". Espero que no me ocurra como con otro autor en lengua alemana que también me gustaba en mi juventud, Peter Handke, de quien hace poco leí dos libros que tenía comprados hacía tiempo y que me hicieron bajarlo del pedestal en el que lo tenía.

José Luis Amores dijo...

Hola, Francisco. Me imaginaba algo así con el trabajo de Sáenz. Fíjate en lo que han hecho con la novela de Franzen, la han "apañado" para que el lector no se quejara. Esa carta de arriba la encontré en un blog en inglés, traducida desde el alemán por un amigo del blogger, y busqué la original y, como era corta, me ocupé de revisar el trabajo de traducción del inglés al español con la versión desde el alemán al español, y tuve que modificar cosas. Yo de alemán sé poquísimo, tan sólo lo necesario para poder distinguir cuándo una palabra es compuesta, las conjugaciones de verbos y poco más. Pero para algo están los diccionarios. Cuento esto para intentar no esconder nada.

De Handke leí dos libros, y fue precisamente la "vesión" traducida de uno (un viaje alucinado desde Alemania hasta España y vuelta), tan rematadamente mala, lo que me hizo desistir de más. Pero con Bernhard eso no es posible. Sáenz es un crack.

Gracias por comentar.

Francisco López Martín dijo...

Gracias a ti por tu blog.

No he leído “Libertad”. Por curiosidad, ¿a qué te refieres con lo del “apaño”?

José Luis Amores dijo...

Tengo un post sobre Franzen y su Libertad en pausa. En él intentaré explicar, entre otras cosas, a qué me refiero exactamente. En un comentario no lograría expresarme bien, por la ausencia de contexto.

Gracias por el interés.

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