29 oct. 2010

Las caras del mal


Nunca llegué a trabajar en Blanes porque me quitaron el proyecto nada más conseguirlo. Sí fui muchas veces antes de eso, siempre con frío, durante el invierno de finales de 2000 y comienzos de 2001. Tras estampar la firma en aquel contrato, mi sucesor me enseñó dónde iba a estar la oficina, al lado del cementerio. Porque era costoso ir hasta allá desde acá, separaron Cataluña de mis obligaciones y derechos, y con ello la posibilidad de encontrarme un día a Roberto Bolaño por la calle, o en un café, o en la librería que frecuentaba y que nunca conocí.

Me acuerdo ahora de él, después de algunos meses de terminar la lectura de su última novela póstuma, por haber visto un programa, en diferido, sobre su vida y obra. Lo emitieron el pasado domingo por la 2 de TVE. No lo vi porque estaba en el hospital, visitando a un amigo que acababa de salir de la UCI, pero con ganas de jaleo. Le presté Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace, ejemplar superviviente de horas de lectura propia y ajena. Creo que le destrocé su disfrute, aunque también puede que se lo estimulara al máximo, pues le fui explicando el fondo de cada uno de los textos que se recogen en el libro, dejándole poco margen para el descubrimiento. Mi amigo, lo celebro, está vivo, y los dos escritores mencionados ambos muertos cuando aún tenían mucho que enseñar a quienes merendábamos con sus libros en la mano. Nos queda la relectura, que seguramente no es poco.

Cuando volví a casa, mi mujer me dijo que había visto el documental sobre Bolaño. Pero antes de que le diera tiempo a bajar y darme la noticia, cogí un libro al azar de uno de los montones de la estantería, devolviendo ese gesto Estrella distante, libro que Jorge Herralde califica como obra maestra. Lo abrí por una página cualquiera y allí, de pie, comencé a leer. Se espera que un tipo suba a un tren pero no lo hace. El narrador reconstruye sus pasos por la ciudad, la voracidad de sus lecturas, lo que dicen los forenses que tomó en el almuerzo, la llegada a la estación y un deambular interno que le termina deparando la vista de un espectáculo indeseado: unos neonazis apaleando a una mendiga. El hombre se acerca, les recrimina su acción. Sabe a lo que se expone y se abandona al destino. Naturalmente, los neonazis lo matan. Todo esto se lo contó al narrador un personaje interpuesto que a su vez conocía a un muchacho que se electrocutó al tocar a unos cables de alta tensión. Se llamaba Lorenzo y le amputaron los dos brazos. Lorenzo descubre que es homosexual. En un momento dado, el narrador le cambia el género: ahora es Lorenza y da tumbos por Europa trabajando como artista, pintando con la boca y los pies, tocando la guitarra. Es pobre pero tan ingeniosa que, aun sin brazos, no tiene problemas para limpiarse el culo después de cagar. Con su arte va ganando algo de dinero, y en Alemania compra dos prótesis que se coloca para pasear por la calle. Lo primero que le dice a sus posibles amantes es que sus brazos son postizos. Por supuesto la novela va de otra cosa, pero Bolaño ramifica la historia como la vida misma va olvidando sus raíces, volviéndose cada vez más aérea. El argumento es lo de menos, aunque no especialmente en este caso, el de Estrella distante. Para Bolaño lo importante es la estructura escrita dada a ese devenir que llamamos existencia. La vida como arte ejercitable. La literatura como medio para captar ese fluir artístico que somos incapaces de apreciar por estar inmersos en mera mediocridad reproductiva y defensora. Leía y pensaba estas cosas cuando mi mujer bajó y me dijo lo de Bolaño en la tele.

Un día después lo vi en la web de TVE, cuando no había nadie más en casa. Lo primero que llama la atención es la facilidad con que otros escritores, Vargas Llosa, Juan Villoro, reducen la literatura de Bolaño a un puñado de lugares comunes. Adjetivos como novedosa, difícil, borgiano, mito, expresiones como seguridad en sí mismo, matar a los padres, se dicen con alegría y sonoridad. Resulta paradójico, sin embargo, que los aciertos definitorios provengan más de un Villoro que de un Vargas Llosa. En el segundo hay un deje de condescendencia, mientras que al otro se le nota la seguridad de quien conoció bien los motivos y herramientas del sujeto objeto de su charla. Ya sabíamos de la pobreza de Bolaño, pero a nuestros estómagos subvencionados les impresiona constatarla por medio de testimonios de gentes del pueblo; la lectura de alguna carta de agradecimiento a A. G. Porta por unos comestibles, unos sobres, papel de carta, un paquete de tabaco; fotografías que dan cuenta de su estado económico. No tuvo nada de aquello para lo que comúnmente se utiliza el verbo tener. Escribía constantemente, y también leía mucho. No podía imaginarse un año sin leer nada. Tenía muchos libros, leídos y no leídos, de estos últimos se contentaba con tenerlos cerca y hojearlos de vez en cuando. Seguramente conocía el caso de Anthony Burgess, quien creyéndose cerca de la muerte escribía a toda velocidad para así dejar un legado a su mujer del que pudiera vivir cuando él ya no estuviera. Bolaño remedó el gesto, escribió y plagió un falso final de vida para conjurar la suerte. Pero no tuvo la misma que el escritor británico. Murió de cáncer en 2003.


He leído todas sus obras en prosa, y Villoro la clava cuando dice que el tema central de su literatura es el desvelamiento del mal. El retrato de las diferentes caras que éste llega a adoptar, sus metamorfosis. La literatura nazi en América, Estrella distante, Amuleto, Una novelita lumpen, Monsieur Pain, Nocturno de Chile, 2666, El Tercer Reich: acercamientos a la temática de las múltiples facetas de la maldad humana y sus efectos. Y la forma de mirarla no está exenta de juegos irónicos. Sus personajes, por ejemplo Oido y Odeim en Nocturno de Chile, Odio y Miedo al revés. Lo explícito de sus títulos: 2666, novela dividida en dos partes, una de ellas narrativa de heridas abiertas, la otra más lateral, más literaria: dos partes que multiplican el número de la Bestia, 2 * 666. Como curiosidad cabalística, si se materializa la operación se obtiene el número 1332, año en que Alfonso XI el Justiciero, rey de Castilla y León, funda la Orden de la Banda (wikipedia). Un dato que posiblemente haría sonreír a Roberto Bolaño.

Soy fan veterano de la literatura de Bolaño, lo que equivale a decir que uno es fan de la figura del escritor, pues cuánto de sus propios hechos hay en sus novelas y relatos. Me acuerdo de sus narraciones porque su forma de contarlas es memorable. Me acuerdo de que sus personajes se abrían al acto de llorar con causa pero sin caer en el ridículo ni en la ñoñería. Recuerdo la rutina diaria que describía como propia del escritor en Los detectives salvajes: coger, leer, comer, escribir, dormir, todo ello con los horarios convenientemente alterados. Me acuerdo de cuánto le gustaba escribir la palabra mierda: tormenta de mierda (Nocturno de Chile), torre de mierda (2666), la literatura es una mierda (…). Recuerdo un relato suyo en el que llamaba desde una cabina (Llamadas telefónicas), echando monedas de duro, puede que a una novia andaluza, puede que al escritor Enrique Vila-Matas, puede que a los dos en momentos diferentes. Y a una mujer que hablaba a un hombre al que iba a matar (Putas asesinas), del viento que le daba en la cara yendo en una motocicleta. Mezclo sus escritos: los libros de Turgueniev que dijo haber perdido y que quería recuperar (Entre paréntesis), sus recomendaciones canónicas para aprender a escribir relatos (Cuando ellas duermen, de Javier Marías, y Suicidios ejemplares, de Vila-Matas), su asombro al descubrir a Rodrigo Rey Rosa, su inquebrantable amistad, puesta por escrito en múltiples ocasiones, con Rodrigo Fresán y con Ignacio Echevarría, la presentación a concurso de Monsieur Pain también con el título La senda de los elefantes, sus historias de boxeadores, de ex clavadistas, de la casa en la que vivió en el D.F., conversaciones de reencuentro en una plaza a las tres de la mañana, relatos basados en la enumeración de fotografías, un frotarse las manos por la publicación de una novela de Javier Tomeo, pirámides construidas con hidropedales, citas de poemas de Nicanor Parra, de Gabriela Mistral, de Mallarmé, de Rimbaud, de Baudelaire, poemas dibujados en cielos límpidos con el humo de una avioneta, un camping de la Costa Brava, un bar de Barcelona a cuyo camarero le sonríe la suerte, el paseo marítimo de Blanes recorrido por toxicómanos amigos suyos.

Recuerdo la facilidad que poseía para expresar las cosas más obvias: “Todo europeo, en tanto que lector en potencia, es escritor en potencia”. Y “un escritor persigue, por este orden, fama, dinero y mujeres”. Llamaba “amiguitos” a los lectores de Amuleto. Piel divina o Ulises Lima, seguramente este último, ambos personajes de Los detectives salvajes, el segundo trasunto de su amigo Mario Santiago, leían en la ducha, como el propio Bolaño recordaba en una entrevista inserta en el programa de que hablo. Tenía una capacidad de asombro envidiable, y sus comentarios sobre otros autores le otorgaban a éstos más vida que si fueran personas de carne y hueso, y no, en la mayoría de casos, escritores fallecidos. Se admiraba del trabajo de minería de textos a que era sometido el legado de Borges, que denominaba inagotable, empequeñeciéndose a sí mismo con el comentario de tal forma que era como si mirara al argentino desde una profundidad insondable, la cara vuelta hacia arriba y las gafas malamente encajadas en las cuencas de sus pequeños ojos. Había otra palabra que utilizaba bastante, y que definía su forma de mentar el destino: irremediable. Es dable decir (ésta es otra expresión muy suya) que coleccionaba gentes, personas, como otros buscan aventuras para luego deformarlas y convertirlas en historias. Sin embargo él construía las semblanzas mediante narraciones en progreso, los detalles subjetivos se añadían e iban conformando un personaje con una definición sorprendente. Puede decirse que sus textos engendran letraheridos: sin necesitar del excesivo apoyo intertextual de, por ejemplo, Vila-Matas, su literatura suscitaba, sobre todo en los más jóvenes y por ello menos viciados e incorruptos, un ansia proteínica de puro más, más literatura.

Soy admirador de su manera de escribir, exenta de complicaciones retóricas pero preñada de significados. Irónica, en bastantes ocasiones humorística, altamente adictiva, compulsiva y veloz, genial. No entiendo a los entendidos en literatura o muy leídos que no son capaces de reconocer su valía siquiera en estos detalles estéticos tan simples, o será que esa apariencia de sencillez les niega el impulso de ahondar en sus otros significados. Peor comprendo que se iniciaran campañas para desprestigiar su obra. Me resultan inaceptables ese tipo de odios, todos los odios. Veo mucha envidia, una de las caras visibles de la propia mediocridad. Presiento futuros olvidos, decepciones inminentes. Pero el criterio justo es de largo alcance, no se basa en sumatorios de glorias efímeras y palmadas en la espalda. Los falsos aduladores cambiarán el objeto de su idolatría, y no vendrán otros nuevos a rellenar su ausencia. Sólo el verdadero arte garantiza algo parecido a la inmortalidad. Todo lo demás son estupideces.

Bolaño forever.


27 oct. 2010

Perro judío


Hace veintidós años, uno antes de que cayera el Muro de Berlín, estuve en el campo de concentración de Auschwitz, en Cracovia. Había ido a Polonia con un grupo de compañeros de estudios, y en un pueblo llamado Pszczyna estuvimos trabajando como obreros de la construcción a cambio de alojamiento y comida. Recuerdo que para entrar en el país hizo falta recabar los visados de la antigua Checoslovaquia y de Polonia, y cambiar en zloties, por viajero, el equivalente a doce mil pesetas.

El campo de exterminio no recibía muchas visitas turísticas. Entramos junto a unos pocos ciudadanos belgas y una pareja inglesa mayor. Compré una caja de diapositivas y un pequeño libro con los planos del campo y la historia de su construcción y modo de funcionamiento. Nos pusieron una película en blanco y negro en la que aparecían personas desnutridas, soldados, cadáveres, fosas comunes, etcétera. Por turnos, nos hicimos fotos en una de las puertas de entrada, bajo el letrero que decía Arbeit macht frei. Vimos los hornos crematorios. Dentro de un barracón había una especie de vitrinas gigantes con diversos objetos amontonados: zapatos, gafas, ropa. Como no había vigilancia, me introduje en una de aquellas habitaciones y toqué unos pares de gafas. Para comprobar si eran reales, supongo. En el viaje de vuelta descubrí que Cuatro se dice igual en polaco (cztery) que en checo (štyri).

Ya en España leí Treblinka, de Jean Francois Steiner. Mucho después leí todo Primo Levi. Cuando le concedieron el Nobel a Imre Kertész leí Sin destino. Es posible que antes de esto hubiera leído ya El concierto, de Hartmut Lange, y Heldenplatz, de Thomas Bernhard. Leí La decisión de Sophie, de William Styron. En un rato de espera en unos pasillos leí El niño con el pijama de rayas. Estoy seguro de que entre 1988 y 2004 leí al menos otro centenar de libros sobre la Segunda Guerra Mundial, sobre el Holocausto, sobre la cuestión judía y los múltiples progromos, expulsiones, persecuciones, matanzas y diásporas, sobre la construcción del Estado de Israel, sobre la guerra de los seis días y la del Yom Kipur, pero no me acuerdo de todos los títulos, y la biblioteca de donde los cogía fue destruida para airear unas ruinas romanas sin utilidad alguna. Huelga decir que todos hemos visto decenas de películas sobre estos temas.

Un día empecé a leer a Philip Roth. Siguió una época en la que intercalé todo tipo de literatura entre los hitos que significaban cada novela suya. Recuerdo una tarde de hace cuatro años en Barcelona. Entré en la librería El Astillero, donde posiblemente permanecí cerca de una hora. Cuando ya estaba casi decidido a no comprar nada, tropecé con uno de los montones de libros esparcidos por los escalones y un semi-incunable cayó hasta el sótano, descuajaringándose. Tras disculpas y contradisculpas, rasgué la conversación llevándome Operación Shylock. Y hace menos de un año leí Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales, de Slavoj Žižek, y comprobé que se había reeditado el Shylock de Roth en formato económico.


El asunto o los asuntos dan de qué hablar, de qué escribir, de qué pensar. El mismo Roth confiesa, a su modo, tener su picha judía hecha un lío. Hay muchas pichas en las novelas de Philip Roth. También dobles puntos de vista, abogados que son diablos, judíos peleándose entre ellos y, por supuesto, gentuza gentil practicante del antisemitismo. En Operación Shylock hay incluso dos Philip Roth, uno falso y otro verdadero, que llegan a intercambiarse los papeles para comprobar cómo es la del otro, esa vida especular. Lo que le permite investigar a ambos lados de una frontera en continuo movimiento entre tortas, misiles, insultos y pedradas. Aun en el juicio de quien se sospecha es Iván el Terrible, el escritor se permite poner en duda no ya la culpabilidad del acusado, sino los procedimientos empleados para probarla. Se trata, narrativamente, de una espectacular puesta en escena del clásico juego de dobles. Pero además Roth, como algo ya habitual en él, desplaza posturas hacia el lado políticamente incorrecto para hacer las preguntas que nadie se atreve a decir en voz alta. Unas veces es un judío en apariencia comprometido con el fondo de causas judías históricas y tradicionales, y otras un judío renegado y preguntón, tocapelotas, anarquista actuante contra la Historia oficial y arqueólogo de las verdaderas causas, también quiero decir motivos. Un perro judío, si tal expresión fuera utilizada contra él por otro judío.

Y las cuestiones, actitudes y, finalmente, acciones son derivadas unas de otras, fortalecidas sobre muertos mal enterrados y odios germinados en el aprendizaje de catecismos incultos. No sólo por los actores del teatro de barbaridades, mucho hierro añaden también los propios espectadores. Las reparaciones no finalizan con la entrega de cheques en blanco, se reclaman sangre y humillación, territorios en donde la esperanza no tiene cabida a priori: sólo la provocación y el siseo de las balas y las piedras, el aullido de los misiles, las notas graves de los rotores, el ruido de fondo de los vídeos caseros. Un sistema de coordenadas fronterizas basado en la violencia. Pero una frontera que a lo mejor no tiene por qué serlo.

¿Tenemos que simpatizar con alguna de las posturas? ¿Hay un bando bueno, y por tanto uno malo? Me refiero a quién lleva razón y a quién no, por eso acentúo los quiénes. Žižek dice a las claras que la decisión correcta debería de ser salomónica, adjetivo cuyo sujeto es ancestro reconocido de las tradiciones religiosas implicadas en el conflicto. Sin embargo, ahora que en la Europa post-religio se reconoce ante los micrófonos que los intentos de multiculturalidad han fracasado estrepitosamente, y en la que los neoprogromos son refrendados mediante decretos legislativos, ¿cómo vamos a decirles a otros lo que deberían hacer con sus yermos? Por eso Slavoj Žižek reflexiona al margen. Se desprende de su pensamiento enlatándolo en una obra menor, y aun así tan enorme. Dice adiós como el Roth de Shylock vuelve a Nueva York, o puede que fuera a Connecticut.

Toda absorción cultural, en tanto que perdurable, lo ha sido por la fuerza. En Pszczyna el maestro de obras hablaba con nosotros en alemán, y nos dirigíamos a él como Meister. Decíamos mucho proszę (por favor), y dziękuję (gracias), y si se te ocurría decir bardzo dziękuję (muchas gracias), eras correspondido con un proszę bardzo (de nada). Aprendimos que había toque de queda a partir de las seis de la tarde, cuando unos hermosos tanques salían a gastar algo de combustible por los aledaños de la Rynek (Plaza del Mercado). La ocupación era distinta, producto de un reparto por la(s) fuerza(s), preñado de miedo e intereses, y la resistencia al status quo, o la propensión activa al cambio, bastante más laxa por civilizada. Incomprensible, desde luego, con nuestra mentalidad de ahora. Como lo es la otra, la oriental cercana pero tan lejos de nuestros perennes problemas de vacío de estómago, de ausencia de verdaderas ideas.

Quiero pensar que israelitas y palestinos, dejando a un lado epítetos religiosos que nada significan, van a ponerse de acuerdo, si no dentro de poco, no dentro de mucho. Lo deseo porque no deseo mal a nadie, y de esto ya han tenido raciones de sobra ambos implicados. Pero también lo deseo porque con ello nos darían una soberana, nunca mejor dicho, lección a los incivilizados que dormitamos en estas grandes/pequeñas partes del mundo, y rescataríamos una importante cuota de pantalla y titulares para dedicarlos a deportes o anuncios publicitarios. Aunque así quizá los magnates del espectáculo encontrarían, con el acabamiento de las hostilidades, nuevas fuentes de inspiración para historias que terminarían reverdeciendo viejas heridas, renovando odios, torciendo los cabos de lo superado hasta convertirlo en circular y, por ello, interminable.

24 oct. 2010

Mini-Nudges by Alpha Decay



Leyendo un libro cuyo título diré ahora, me enteré de quiénes fueron los primeros en colocar un insecto falso dentro de los urinarios públicos: los responsables del Aeropuerto de Schiphol, Amsterdam. Grabaron la imagen de una mosca negra común en cada unidad o mingitorio, con el objetivo de que los varones dirigieran sus meadas hacia lo que quizá considerasen algo más que un mero dibujo. “Si un hombre ve una mosca, apuntará hacia ella”, dice Aad Kieboom, economista y Director de Expansión del mencionado aeropuerto. Ideas de este tipo, aparentemente peregrinas, están recogidas en un libro titulado Nudge. Improving decisions about health, wealth and happiness, escrito a cuatro manos por un economista y un jurista llamados Thaler y Sunstein. Compré el libro en la tercera planta de Foyles porque me pareció original el título Codazo; aunque la traducción correcta conllevaría un matiz implícito de suavidad de toque, algo así como llamada de atención o empujoncito. En España lo ha editado Taurus como Un pequeño empujón (Nudge). El impulso que necesitas para tomar mejores decisiones sobre salud, dinero y felicidad. Dicho así, parece un libro de autoayuda, pero no lo es. Se trata de una completa teoría sobre la importancia de los pequeños detalles a la hora de conseguir que el comportamiento humano sea de una u otra forma. “Everything matters” y paternalismo libertario, acompañado de docenas de ejemplos a modo de ideas ingeniosas para conducir las acciones de los demás hacia lo que nos propongamos. En el capítulo 14, A Dozen Nudges, se enumera una lista de lo que denominan mini-nudges. Y en la página web de la obra, nudges.org, pueden encontrarse numerosos ejemplos cortos añadidos por los propios lectores.

Cómo conseguir que se lea, es decir, una recopilación de las estrategias y tácticas más exitosas para provocar impulsos de lectura, sería un buen complemento de dicha obra, muy centrada en otros aspectos más sociales y prosaicos. Y las prácticas de marketing de la editorial Alpha Decay —su ingeniería literaria— tendrían, indudablemente, un puesto relevante en dicha antología. Por ejemplo con las Alpha Minis (en adelante a-mini), también denominadas, muy a lo Foster Wallace, cápsulas literarias portátiles de lectura instantánea, por lo que de intencionalidad expresa detecto en su puesta en circulación.

Me he leído dos de ellas, dos a-minis, una para chicos y otra para chicas, que seguidamente comento intentando no estropear su objetivo más importante: su descubrimiento mediante la lectura, y no a través de textos que emanen de la misma o se basen en ella.


Calma, Shen Congwen

Qué título más bueno, pero precisamente ahora caemos en la cuenta de que en China hay algo más que centenares de millones de chinos trabajando como chinos. Cuando me preguntaban por qué leía tantos americanos (por estadounidenses), siempre respondía que hicieran una simple regla de tres con la demografía España-USA y obtendrían la respuesta. Simplificando. Si hacemos esa misma operación con China, la conclusión más práctica y sensata sería que el negocio de traducción y edición de autores de allí es el futuro económico casi inmediato: tantos habrá por descubrirles a estos miserables occidentales en vías de abandonar el ombligo del mundo. Temblad, libreros, que vienen los chinos..., ahora con literatura de calidad y envasada al vacío, sin fecha de caducidad ni adulteradores que se interpongan entre palabras y lectores.

¿Cómo explicar a los consumidores esa guerra que se avecina, que ya está aquí, a las puertas? Unos pocos visionarios van dando muestras de su particular estrategia. Algunos de manera torrencial (Seix Barral con Brothers, de Yu Hua, 870 pp.), o incluso más a lo grande, con concesiones de premios nacional-locales por megalabores arqueológicas. Otros con más calma y seso y bastantes menos palabras, como es el caso. Hay que ir enterándose de lo justo cada vez, y Congwen puede ser la iniciación que muchos estaban esperando: China antes de la Revolución, serenidad y estampas idílicas. Una familia desmembrada por la guerra, las mujeres a un lado, esperando, y los hombres a otro, luchando. Estamos del lado femenino, el sufridor por tradición y excelencia. Pero aquí no hay más tragedia explícita que alguna expectoración a la centroeuropea. El relato expulsa vectores hacia la esperanza, aun cuando, y a pesar de, la sencillez inmanente durante la lectura revela el asedio de los problemas del país. La muerte, como decimos, presente de una manera tenue, como una sombra oculta tras la elipsis magistral del autor. Un autor autodidacta, situado entre dos aguas por mor del arte, sin programática alguna ni genuflexiones ante el poder. Pero reconocido como «el mejor impresionista de la literatura china moderna». Arqueólogo finalmente (presciente casualidad), cuyo rescate literario se produjo en los años ochenta del pasado siglo por arqueoliteratos que lo descongelaron de la helada en que el establishment lo había sepultado tres décadas atrás.

Calma reproduce un trozo de una mañana en una pequeña ciudad. Del pasado una sola rodaja, una slice que aun así rezuma toda una polifonía difícil de materializar en un puñado de páginas. Se trata de la elección de las palabras, que recuerda no tanto a los trabajos de orfebrería de Carver —el afilador—, como a la tarea de pintar un ideograma sobre una gran hoja en blanco, otorgándole ese mismo proceso, su factura y su observación, el carácter de obra de arte. Necesitamos conocer la génesis de determinados lugares comunes, y si han de ser considerados como tales o no. Saber de primera mano si la intermediación de la fantasía y la épica occidentales, predispuestas al prejuicio y cuyo agiotismo siempre hedió y debería repeler a todo lector que se precie de serlo, no se ha servido —salvo honrosas excepciones— de la materia prima aquí retratada para crear un simulacro pictórico de complicada reversibilidad. Imagino, y quiero creer, que con propuestas como ésta, y las venideras, la tortilla se dé la vuelta y nos revele por fin la verdad de ambas caras: la buena y verdadera de allá, y la falsa y espuria (y secular, por desgracia) de acá.

En los sueños empiezan las responsabilidades, Delmore Schwartz

Con esta a-mini también nos acercamos a los descampados del cult. Brinda al lector la posibilidad de sumarse a una hermandad en la que las reglas de entrada vuelven a costar poquísimos euros y un rato de lectura a escondidas. Reportando a cambio días y noches de sensaciones indelebles en la cabeza, removiendo el relato, testándolo con pruebas referenciales, tanto visuales como filosóficas, para ver qué pasa.

A diferencia de la anterior —en la que su mismo carácter impresionista excluye interpretaciones de mensaje en favor de su aprehensión por los sentidos—, en esta propuesta se ofrecen, con criterio, obra y desentrañamiento por el mismo precio. La ciencia forense que suele buscarse en las ediciones de Cátedra, pero en esta ocasión transponiendo lugares y relegando las claves a una segunda parte. Y lo cierto es que la calidad de la hermenéutica añadida no le va a a la zaga al objeto de su interpretación, añadiéndole además cierto toque thriller inesperado y, por ello, doblemente valuable. Es como si estuvieras leyendo en una habitación en penumbra, con una especie de montaje sónico en la lejanía que necesariamente incluye los graves de algún piano y una batería en sordina; el relato termina y das la vuelta a la hoja y las sombras desaparecen, crees que se están yendo, ya se han ido pero no: ahora están dentro de tu cabeza.

No digo nada de más si escribo que en la narración hay un joven en un cine, viendo una película sobre el noviazgo de sus padres. Actitudes socialmente aceptables o correctas en aquel tiempo desfilan por la pantalla, y el joven se entristece y grita varias veces. No comprende, no está de acuerdo con lo que está viendo. Inevitablemente, comienzan a desfilar referencias comerciales por la cabeza del otro protagonista, el propio lector: Michael J. Fox en Regreso al pasado, comedia que podría ser un invertido desarrollo amorfo y bastante naïf del relato de Schwartz. Pero también, y dados los prejuicios mostrados por el protagonista, ciertos pensamientos de Gadamer, Hans-Georg, como “tenemos una conciencia históricamente moldeadala conciencia es un efecto de la historia y estamos insertos plenamente en la cultura e historia de nuestro tiempo y lugar y, por ello, plenamente formados por ellas ...”. De ahí una parte, pero sólo una, del rechazo mostrado a las imágenes que ve. Y también se nos acercan algunas ideas foucaltianas, en concreto incluidas en Las palabras y las cosas —obra que la mayoría de plumíferos suelen abandonar tras Las meninas, después de plagiar dicho capítulo—. Ya dije que los nubarrones se introducen dentro de tu cabeza. No en vano este relato fue objeto de admiración de Saul Bellow y de Lou Reed. El joven que no asume el pasado, aunque se esfuerza y revela sus porqués, bien podría ser trasunto del sujeto de nuestros días. Aunque es de ley reconocer que ese esfuerzo ahora es tan tibio que se diría casi inexistente. Si quieres saber por qué y además disfrutar como un privilegiado, lee el libro. Mejor lee los dos.

Otras lecturas, diferentes píldoras

Gamberradas de escritores con dos pares de garras: Exhumación, de Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez. O Poesía en mutación, setenta dedos nacidos en el último cuarto del siglo pasado, puestos en la tarea de versificar el cambio. Y varios más. Precios casi idénticos, mismo formato, propuestas valientes. Son los mini-nudges de Alpha-Decay. Héroes modernos que saben que nuestra atención siempre se dirige a los bichos, aunque éstos se impriman en la portada de un libro.

22 oct. 2010

Carta a una conocida


Apreciada Carmina,

nunca he sabido si después del tratamiento dado al destinatario era correcto poner coma, dos puntos o punto y aparte. Tampoco es ésta una duda de la que desee librarme, pues ese desconocimiento me permite utilizar indistintamente una u otra vía para encadenar lo que después del arranque tenga que decirle a quien, en ese momento, le esté escribiendo.

Ya ves que no sé muy bien qué contarte, o al menos intento aparentarlo, no sé con qué grado de éxito ni, la verdad, me importa. Pero sí quiero dejar claro, cuanto antes mejor, y aunque te conozco muy poco, mi agradecimiento por haber confiado en mí para que nos comuniquemos con ocasión de mis descubrimientos literarios.

Últimamente mi grupo de conocidos se ha ensanchado casi sin pretenderlo, gracias a posar más ratos de lo recomendado frente a una pantalla que no habla y que está cubierta de polvo porque no la limpio tan a menudo como debiera. Hay mucha gente sola por la calle, fuentes autorizadas me dicen que los lunes por la mañana las avenidas hierven de indigentes sociales que no tienen una miserable mano que estrechar entre las suyas. No sé yo si el sol que más les calentara sería uno falso, hecho de píxeles, o el verdadero, que luce desmejorado por el mal humor y un futuro que da asco. Hace poco, yo mismo he encontrado un par de amigos a través del ADSL, y entretenemos los descansos parloteando mediante mensajes-à-trois, contándonos miserias con la mordacidad propia de quienes volvieron de todo para comenzar a marcharse de nuevo. Uno es un gallego calavera con barbas y a lo loco; otro, un filósofo que mezcla el bable con modismos argentinos en sus conversaciones telefónicas; los tres traficamos literaturas, procurando insertar invectivas contra universos paralelos cuyos habitantes viven en la inopia. Esto, que parecería propio de un grupo de jóvenes amantes de culturas malditas, nosotros (trois) hemos dado en convertirlo en una especie de jeroglífico cuyas claves vamos haciendo públicas, aunque de manera tan críptica que nadie nos entiende; lo que no deja de ser un alivio, porque para qué queremos que se enteren quienes deseamos sigan habitando el vientre de la ignorancia. Somos, pues, apreciada Carmina, más falsos que el Iscariote, y favorecemos el bulo como primitivos adoradores del Sol.

También sabemos ponernos serios y curvar entonces las comisuras hacia arriba. En esas ocasiones doblamos el cuello como mejor podamos y leemos lo que el criterio nos dicta. Son momentos de silencio y expansión neuronal, de fastidio por las molestias de las funciones básicas y hasta del mismo sueño, inquilino impuntual e indeseado de nuestros débiles cuerpos. Precisamente ayer por la tarde he pasado unas horas en dicho estado, leyendo narrativa valenciana, o puede que leonesa o palentina. Se trata de una novela finita y rápida, de no más de 100 páginas, cuyo título no me gusta y su portada la considero desafortunada. Pero el envoltorio sólo debe importar lo justo; a efectos de lectura lo mínimo, desde luego; más a los del comercio, con cuyos cánones debemos estar a tono si el objetivo es entrar en su vorágine. Es lo que ahora mismo pienso, aunque admito que pueda equivocarme.

La novela va sobre un tipo que comienza a dar las gracias a gente que le ha ayudado a publicar otra novela, también a personas que de una u otra forma considera él partícipes de acontecimientos vitales que influyeron en su factura. Más o menos la mitad está escrita en primera persona, puesto que es el propio autor quien va dando remerciements a diestra y siniestra, aunque más a esta última puesto que el hombre se postula a sí mismo como de izquierdas. No te cuento mucho por si a ti también te apetece leerla, algo que el propio autor no ha respetado y, eso creo, puede terminar destrozando la diversión a lectores potenciales. Pero sigo contándote. Lo curioso es que la historia es la del propio autor, y esos remerciements son mero transporte para una biografía bastante esquizofrénica. Uno de los personajes más mentirosos que recuerdo desde las barbaridades que escribió Juan Rodolofo Wilcock en La sinagoga de los iconoclastas. Digo mentiroso porque el autor de la novela es Santiago González Carriedo, las muestras de agradecimiento escritas son de Santiago González Carriedo hacia quienes ayudaron/propiciaron la escritura de la novela agradecida, y la biografía es del propio... Santiago González Carriedo. Para colmo, este bulo biográfico está contado de manera fragmentaria y mediante notas a pie de página, según van sucediéndose los citados remerciements. No he podido evitar acordarme de ese reciente personaje de un programa humorístico televisivo, no sé si lo conoces: “Dices tú de mili...” es lo que repetía una y otra vez aquel hombre al que se le pusiera al lado o por delante, cambiando los desarrollos posteriores en cada ocasión. Santiago González Carriedo, al que voy a abreviar como Santiago Carri., utiliza una técnica parecida, desde luego plenamente literaria y con una dinámica narrativa que decae en muy pocas ocasiones. Un tipo con un carácter envidiable que prodiga abrazos, y algún cogotazo (por ejemplo, llega a tirar a la basura un ejemplar de La sombra del viento...), a quien por su vida ha pasado y, de alguna forma, ayudado y/o marcado.

Pero todo es mentira, como dijera un personajillo zafoniano, palabra más palabra menos —comprende que no me acuerde, o haya querido olvidarlo—, pues en la segunda parte Santiago Carri. compendia ahora una serie de cartas escritas por esos mismos personajes a que aludía en la primera. Cartas que desmienten, aclaran o tergiversan todo o parte de lo escrito anteriormente; e incluso cartas que refutan informaciones aparecidas en otras epístolas de páginas precedentes... ¿Quién es Santiago Carri.? ¿Es verdad que en sus hasta ahora anónimos días ha ido hilvanando tal cantidad de aventuras, incluida una (o varias, o todas ellas) que recuerda mucho, pero mucho, al Edmond Dantès de El Conde de Montecristo? ¿Es comunista, es nacionalsocialista como asegura el borracho de su abogado? ¿En serio considera que Las benévolas de Littell es una buena novela? Siquiera por este último detalle, hay que pensar que todo es, como se dice ahora, un hoax de tamaño indiscernible. Una novela en que hay un cura hacker que se relaja escuchando a Metallica en pubes jebis —y que no está escrita por Arturo Pérez Reverte— no puede existir en esta realidad de ISBNs a que estamos acostumbrados. Una novela con exiliados españoles en París, y no publicada por Juan Goytisolo, es inexistente. Una novela construida a base de pies de página, y no traducida del inglés americano por Javier Calvo, es una novela, otra vez, falsa. Puesto que si esa novela estuviera de verdad escrita y publicada, su protagonista no serían tan literalmente idéntico al Santi que es tu marido, ni su mujer, la de Santiago Carri., tan descaradamente trasunto tuyo, Carmina. Quiero decir que esa novela sólo podría haber sido escrita por vosotros mismos o alguien que os conociera de verdad. Además de que, querida Carmina, si esa novela estuviera en las librerías, ya habría un montón de gente divirtiéndose y hablando de ella.

Voy a terminar esta epístola tan poco centroeuropea, pero tan de entreguerras, dándote un par de datos, Carmina. Uno, que esa novela me la enviaron por correo con el acicate de una supuesta novedad estructural en su composición que, en mi opinión, acaba siendo superada por la comicidad de su trama. Dos, que, como te digo, me ha recordado mucho a ti, aunque te conozca muy poco y de hace escasos días, y por eso me he animado a escribirte esta carta con dudas sobre comas, dos puntos y puntos aparte. Estamos tan solos, Carmina, que recurrimos a la comunicación entre desconocidos, como aquel Gil al cubo respondía a las llamadas del Gran Faroni, otro mentiroso empedernido: rascando el auricular del teléfono o soplando encima de los agujeritos. Así yo ahora con el gallego y el asturiano que te mencioné al principio. Sólo nos falta la carterilla de embutidos para ser secundarios de esa clase gozante retratada por Miguel Espinosa, a quienes sólo se les permitía escuchar, nunca ser escuchados. Espero sinceramente que en tiempos no lejanos haya hueco para esas voces con arte y ganas de salir al ruedo, que alguien con posibles se lo haga o se lo facilite.

Tuyo afectísimo,

Un lector desconocido

18 oct. 2010

Todos los nadies


Con una rápida ojeada a los títulos de los últimos 750 libros que he leído, acabo de hacer un análisis mental de los vehículos, tanto subjetivos como objetivos, de que se sirve la narrativa que nos gusta. La conclusión particular es que, cuando el o los personajes no se erigen ya por sí mismos en (pre)celebridades, excéntricos, outsiders o directamente ratas de alcantarilla, estamos ante gente sencilla, pero que se enfrenta a situaciones límite, extrañas, duras, pruebas iniciáticas, terrores diurnos, guerras, peleas, adicciones, desamores brutos y amores salvajes y también odios o grandiosas amistades, profesiones arriesgadas o deleznables, locura y etapas infernales, dramones familiares, etc., todo ello en grados más o menos superlativos pero siempre fuera de lo común, excediendo el pacífico y aburrido tono cotidiano, superando su inanidad o su insulsez, proporcionando al escritor, en definitiva, algo que contar; es decir: dándole al lector algo que leer que sea diferente de lo por él ya vivido.

¿Por qué es esto así? Me refiero a por qué los escritores se decantan, a la hora de imaginar historias, por aquellas que se sitúan fuera de la cotidianidad, o en sus mismos bordes. ¿Cuántos relatos conocéis sobre una limpiadora que, simplemente, limpia una escalera? O cuántas novelas que, simplemente y sin, digamos, ajustes extra, hablen del trabajo de un paleta. O de una abogada, o de un médico, o de una fisioterapeuta, o de un camionero, o de una administradora de fincas, o de un miserable reportero de acontecimientos en barriadas suburbiales. No sobre un rapero, o un alcohólico, o una historiadora, o un presidiario, o un teniente llamado Kowalski (siempre hay uno con ese apellido), o un nuncio de la Santa Sede que se pone tibio a monjas y seglares, o una puta o un escritor apaleados por esa vida tan puta, o una inmigrante italiana o sobre la hija de esa emigrante italiana. De los segundos hay millares de narraciones, mientras que de los primeros pocas o casi nada. Lo primero no vende, por sencillo y visto, por gastado por todas esas vidas aficionadas a vivir vidas iguales, profesionales del muermo y la aburrición. No atrae por alienante, por fácilmente reconocible y predecible. Por tratarse de un espejo en el que nos miraremos y nos veremos retratados y entonces vaya asco de vida.

Estamos siempre pendientes del acontecimiento atractivo, del personaje idealmente configurable, de un appeal discursivo que sugiera lo diferente, o exhiba el exotismo como esperando ahí al lado, tan sólo separado de nuestras jetas por una página que casi es una alambrada —no sé si nosotros dentro, los grises, o ellos fuera, los inventados—. O pensando en amalgamar una mixtura que arroje un sucedáneo de libertad de acción —o un encarcelamiento que exceda lo meramente soportable por nuestros temblorosos cuerpos—, aun circunscribiéndose éste a un radio hiperreducido, y que además resulte creíble (y si no lo es, entonces el género será fantástico, o socio/ciencia-ficción/especulación).

¿Quién se ha atrevido a prestar voz a la naturalidad vital de la gente normal? Ese cemento social, que decía Galdós. Los consumidores, los del otro lado de la vitrina o la pantalla: quienes limpian nuestras casas, traducen en jerga burocrática nuestros asuntos públicos, amasan el pan que masticamos, rehacen nuestras destrozadas muelas, llevan a nuestros hijos al colegio o cosen las prendas que se llevarán en la próxima primavera. O sea: nosotros. ¿Se nos ha ocurrido pedir la vez a esos personajes raros que rara vez vemos por la calle porque no se dejan ver, quizá porque sólo existan en la imaginación de los narradores —también en los noticiarios y en esquinas en las que son como guardacantones decorativos, fantasmas que sólo deberían figurar en las páginas de una novela—? ¿Es que somos tan nadas que se nos puede tratar como a don nadies? ¿Será verdad eso que dicen: “No somos nadie”?

Me levanto y me fijo con más atención en los títulos de los últimos años, y veo que en el interior de algunos sí que había algo de lo que reivindico. Literatura de los nadies, sea de los tradicionales —de la canaille, como decía el abuelo de Los Buddenbrook—, sea de la new gentuza. Creo que voy a ir seleccionando algunos:

  • Fiesta bajo las bombas. Los años ingleses, Elias Canetti (Galaxia Gutenberg, 2005). Siendo Canetti dado a la mirada excepcional sobre la nimiedad, o sobre aquello por lo que casi ningún otro siente el impulso de ponerlo por escrito, hay en esta recopilación de materiales proyectados un relato especialmente cautivador e ilustrativo, titulado El barrendero. Escribe E.C.: “El barrendero de Chesham Bois, donde vivíamos en el campo, un viejo fornido con una cabeza encarnada y redonda y una coronilla de pelo blanco, parecía un apóstol recién pintado […] Con muy pocos entablaba conversación. Era él quien te dirigía la palabra; hubiera parecido raro que fuese uno quien iniciara el diálogo, dado que su actividad como barrendero podía despertar algo así como condescendencia en los demás […] Hablaba despacio, de una manera perfecta y articulada, en un lenguaje que en otras circunstancias yo habría calificado como bíblico […] Fue la conversación más clara de todas las que había mantenido en ese lugar, en el que llevaba viviendo unos años […] No había nada superfluo en estas charlas […] A lo largo de los años conocí a muchas personas del lugar. El barrendero era el único a quien yo quería de todo corazón […] Cuando no apareció dos días consecutivos, supe lo que había pasado. Sólo he sentido tanta tristeza por cuatro o cinco personas.” El resto del libro es genial como todo Canetti, pero nada igual a lo resumido (de lo cual he dejado lo mejor fuera, para no reventar la lectura a quien se anime), sólo personajes famosos, poetas, fiestas, interesantes disquisiciones sobre Inglaterra, sobre literatura, notas autobiográficas per se: ningún nadie más como el barrendero.
  • Los emigrados, W. G. Sebald (Debate, 1996). Este libro lo leí comiendo pizzas, tratando de restaurar la democracia tributaria en el Campo de Gibraltar. No sé si es lo mejor de Sebald, porque ahí está su Historia natural de la destrucción para debatirse en duelo caníbal con su hermano de autor. Aunque sí puedo asegurar que su lectura hace a quien la ejerza mejor persona (o menos incompleta) de lo que fue antes de la misma. Dice la contraportada: “[...] Biografías casi anónimas, de las que sólo aparecen en diminutas necrológicas, pero que distan mucho, como todas las historias bien contadas, de la banalidad. Sebald las rastrea […], las reconstruye y les restituye una dignidad muy alejada de la épica: las de las vidas reales”. Algo alejado de la verdad, desde luego, porque en los cuatro casos relatados la propia condición de emigrados y sus circunstancias elevan, siquiera un par de grados, la excepcionalidad de las vidas contadas. Sin embargo hay que admitir que la mirada de Sebald no se posa exclusivamente en los detalles especiales (en sus efectos). No barre el día a día bajo la alfombra, para así dar más protagonismo a lo que de interesante puede tener la vida de un desplazado en tierra extraña —o a las condiciones en el lugar de partida, que dieron lugar a la huida o, en algún caso, a la expulsión—. Sebald compra esa habitual elipsis y reproduce bajo un genial guión el paquete completo: cuatro kits vitales en cuyos sucesos diarios pueden leerse los efectos doppler de unos pasados más atractivos, más exóticos. Al final del último relato, describiendo una fotografía, dice: “Ignoro quiénes son las jóvenes mujeres. Debido a la contraluz que entra por la ventana del fondo no distingo muy bien sus ojos, pero noto que las tres están mirando hacia mí […] La joven de en medio tiene el cabello muy rubio y de alguna manera parece una novia. La tejedora a su izquierda mantiene la cabeza un poco inclinada hacia un lado, mientras que la de la derecha me mira tan fijamente y de forma tan implacable que no puedo aguantarle la mirada por mucho tiempo. Trato de imaginar cómo se llamarían las tres: Roza, Luisa y Lea, o Nona, Decuma y Morta, las hijas de la noche, con huso e hilo y tijera”.
  • Vidas minúsculas, Pierre Michon (Anagrama, 2002 —aunque yo lo compré en 2009—). Cualquiera que se acerque a Michon asistirá a la épica escondida entre los enteros que dividen un acto sin importancia de su consecuente aún menos relevante. Por libros como éste es por lo que uno, desencantado de una búsqueda marcada por la desilusión, resiste en la tarea de seguir jugando a la cucaña contra botijos cargados de cristales de estrás y, muy de vez en cuando, de algún poliedro perfecto de carbón cristalizado. Relatos que ahondan en la búsqueda decimal dentro de segmentos de vida incompletos, pero a los que la escritura de Michon otorga el sello de calidad necesario para brillar por encima de las buenas y malas estrellas de la realidad literariamente deformada. Su propio título indica el tipo de historias que cabe esperar de él, pero no cuál ha sido su escritura. Sirvan estos dos ejemplos del mismo relato, para mí el mejor de todos: “Hay que imaginar que un buen día Toussaint percibió en el hijo —y desde entonces ya nunca dejó de percibir— algo, gesto, palabra, o más probablemente silencio, que le desagradó: un toque demasiado ligero en las manceras del arado, una pereza de vivir, una mirada que seguía siendo obstinadamente la misma, ya se detuviera en unos centenos perfectos o en unos campos de trigo en los que se ha revolcado la tormenta, una mirada igual a la de la tierra innumerable y siempre igual”. Y el segundo: “Un día, por fin, el mamarracho no vino. / Imagino que era verano. Está bien, era en agosto”. No hay en el libro concesión alguna a la condescendencia de que habla Canetti, presupuesto básico para la credibilidad, pero también guía necesaria para mantener al lector en una vigilia atenta, cuyo objetivo no es otro que centrar la tensión en la elevada probabilidad de que Toussaint sea nuestro vecino, nuestro compañero de mesa, el frutero del supermercado o uno de nuestros mismos yoes.
  • Animales domésticos, Marta Sanz (Destino, 2003). En la portada una Mildred y un George españolizados, con fondo de papel pintado y cabeza de ciervo falsa, sentados en un chesterfield tapizado de escai de color tabaco. La imagen de la domesticidad imperante en España Directo. Pareja mayor, dos hijos y una hija. Sólo la hija sigue la senda de la procreación, utilizando al mecánico con jornada partida que es su marido. El mayor se suma a las habituales colas del fracaso, y su mujer aspira a la infidelidad mientras rinde sus horas velando un no menos tópico conjunto de senectud agrupada en un geriátrico —motivo recurrente en la obra de Marta Sanz—. El hijo menor, ingeniero proletario con ínfulas progresistas y con el sentimiento de culpa por las, eso cree él, mejores posibilidades de que dispone para escapar de la mediocridad de una vida preasignada por el sistema capitalista. La madre de todos ellos es caso aparte, y quizá sea este personaje el que otorgue la mezcla de perplejidad necesaria para cohesionar las derivas de los demás, su abandono. Sin embargo, no importa la trama, lo importante son los quiénes y los cómos: (1) unos cualquiera (2) contados de una manera soberbia, fermentada mediante el análisis de posibilidades y su continuo desechar, como el tenista que observa tres bolas y elige dos de ellas para al final utilizar sólo una, sabedor de que su saque no le hará quedar mal ante su rival, ni ante sus espectadores. Ésta es la habilidad de Marta Sanz, capaz hasta de imprimir fuerza poética al mero acto de limpiar el polvo —¡por fin!— en su último poemario Perra mentirosa/Hardcore.
  • Materia prima, Francesc Serés (Caballo de Troya, 2009). Este libro es difícil de comentar, pero muy fácil de leer. También es fácil caer en el elogio barato, prodigado a discreción, y complicado asumir que dentro de él estamos todos, de una u otra manera o quizá de varias a la vez. Hay dos formas de visitar la realidad: sentarse en una calle concurrida y mirar, catalogar actos públicos de vidas anónimas —o pasear e ir anotándolos, procurando no caer en la digresión enturbiadora—; o ir directamente al grano y preguntar, por ejemplo, ¿es usted feliz con lo que hace para ganarse la vida?, y entonces escuchar, anotar y sólo añadir, en concepto de producción propia, comas, acentos, guiones, puntos y seguido, puntos y aparte. Esto es lo que ha hecho Francesc Serés con un conjunto de trabajadoras y trabajadores: preguntarles, y escribir sus respuestas en Materia prima. Sorprende saber que la mirada de una aspirante a teleoperadora puede posarse en los lamentos de un perro mal atendido en una terraza cercana. O que son aquiescentes con la desconsideración hacia ellos mismos, hacia su trabajo, quienes más deberían —en nuestra opinión de mamelucos teorizantes— protestarla y combatirla. Lo que sea con tal de ganarse la vida. Trabajadores en la línea de fuego, sin más devenir que la manufactura de bienes y servicios, o eso pensamos —para saber más hay que leer el libro, darse ese mínimo placer—. El concepto de alienación apartado a un lado por la aspiración a una cuenta corriente sin números rojos. “Ya vamos saliendo”, dice uno de los personajes, o puede que varios de ellos en distintas partes del libro. Pero no, no se sale, o no del todo. Siempre hay un mañana en el que levantarse antes de la madrugada para enfrentarse a nuevos reveses y pocos triunfos. Y si ese despertar se adivina sin contratiempos, ahí quedará la duda de si hicimos bien al elegir el camino más fácil; si no fue mejor dejarnos utilizar, aun a riesgo de que nos tirasen tras ese uso, o sufrir de una obsolescencia sin mácula y así ni siquiera permitirnos ser un nadie más, un nadie activo sin remordimiento ni sospecha. Hay una escena final, en la playa, en la que la voz del narrador deja a un lado las herramientas de la entrevista y se deja llevar por el descanso al sol que todo lo cura, hasta las ganas de trabajar. Ése es el único momento en que Serés podría permitirse el lujo de escribir su imaginación —quiero decir, de explicitarla, porque al llegar a esa coda su creatividad está fuera de duda—. Pero no lo hace, y con sus palabras, con su gran materia prima, ofrece lo que todos ya conocemos bajo la burda forma del estar y el dejarnos ir.

(Son reveladores los sustantivos y los adjetivos de los cinco libros que he relacionado: barrendero, emigrados, minúsculas, animales, domésticos, materia, prima.)

Y ya que estoy, hojeo algunos libros más para recordarlos, y entreveo a gente sencilla en actitudes sencillas, como eternos secundarios que en algún momento tuvieron algo que decir, o algún personaje del que cuidar: la abuela del protagonista de Las partículas elementales (Michel Houellebecq): “siempre hay gente así”; o el viajante Gil Gil Gil, de Juegos de la edad tardía (Luis Landero): “Un par de mentiras más y seré un hombre nuevo”; o los personajes de un poema bastante famoso, que viene al pelo para cerrar este texto sobre la nada en la literatura:

[…]
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

Los nadies, Eduardo Galeano.

17 oct. 2010

LazingStory




Os propongo escuchar una canción muy breve (clic arriba), leyendo al mismo tiempo un extracto del Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa: “Como hay quien trabaja por tedio, escribo a veces por no tener qué decir. El devaneo en que naturalmente se pierde quien no piensa, me pierdo yo en él por escrito, pues sé soñar en prosa […] Hay momentos en que la vacuidad de sentirse vivir llega a tener el espesor de algo positivo […] Palabras ociosas, perdidas, metáforas sueltas, que una vaga angustia encadena a sombras […] Palabras dadas, no al viento, sino al suelo, dejadas ir por los dedos sin avaricia, como hojas secas que en ellos hubiesen caído de un árbol invisiblemente infinito”. Amén de la poesía de sus textos, ¿sois capaces de reconocer el humor implícito en fragmentos suyos escogidos al azar? ¿No es su obra, en conjunto, un enorme árbol (met)aforístico cuyas raíces descansan en alzamientos de: cejas, comisuras de la boca y carrillos hinchados? Siempre he pensado que fue tan falazmente melancólico como dado a la heteronimia.

Los domingos son pessoanos. Descansamos pero es mentira, nuestra mente fabrica músculo, generando y engordando pensamientos que aplastan otros, mientras creemos que vagamos/vagueamos. Al rascarnos lo que sea sin que nos pique, activamos un software sensitivo que acelera la producción de endorfinas necesaria para fabricar, inconscientemente, basura mental en la que revolver, tiempo después, a la busca de la idea aprovechable, la semilla genial que ayude a nuestra mitad activa, siempre tan perezosa. Perder tiempo comporta una estética (Pessoa). Tocarse los huevos da lugar a la dialéctica de uno consigo mismo (paráfrasis derivativa personal).

16 oct. 2010

ScribeStory


Hoy sábado es buen día para salir a la calle, buscar una librería de las de verdad y comprar El lobo-hombre, de Boris Vian. Leyendo sus relatos estaremos barriendo algo de la mierda acumulada durante la semana. Denis, el protagonista del cuento que le da título, se aloja en el Hotel Scribe, establecimiento situado en el 1 de la rue Scribe de París. La cadena Sofitel se hizo cargo de él a mediados de los noughties, y sometieron el edificio a una reforma integral que aún estaba en marcha cuando me alojé allí, en mayo de 2007. Había leído en los foros de TripAdvisor que las vistas desde las habitaciones exteriores estaban perjudicadas por la molesta presencia de scaffoldings (andamios), lo que originó una divertida correspondencia vía mail con el gerente del hotel, hasta convencerlo de que me asegurara una habitación que diera al jardín interior (en realidad un patio; aunque, eso sí, muy tranquilo), y una rebaja sustancial en el precio global, incluido el desayuno diario para dos. El Scribe está frente al Hotel Intercontinental, en las inmediaciones de la Ópera Garnier, la Madeleine, la Place de la Concorde, la Place Vendôme, los almacenes Primtemps y Lafayette, los boulevards Haussmann y des Italiens, a rebosar este último de restaurantes. Denis, el lobo del relato transformado en hombre, tiene una refriega con los tres chulos de una prostituta a la que asustó con sus aullidos. Consigue matarlos, esconderlos bajo unas banquetas y largarse de París a toda pastilla, pedaleando, no sin antes pagar la cuenta de su estancia. Un policía le da el alto por ir sin luces. Denis no consigue, mediante su natural labia, esquivar la multa, y decide escapar, perseguido por el gendarme. Y, entre vuelta y vuelta de corona, vuelve a metamorfosearse en lobo. Momento en el que la bicicleta cae, el motorista tropieza con ella y pierde “un testículo en la acción a la vez que el treinta y nueve por ciento de su capacidad auditiva”.

15 oct. 2010

NewsStory


Un escritor austriaco que no habéis leído decía que tenía la enfermedad de leer periódicos. De hecho, él mismo fue cronista de tribunales durante un tiempo, para ejercitarse en la cosa de escribir, pero también para no pasar hambre grande, inconcebible. Yo, esa insana costumbre, la perdí hace años por varias razones: (1) me quita tiempo para leer las tonterías que se les ocurren a las/los escritoras/es que me gustan, (2) cuesta dinero, algo de lo que nadie que se tenga como humano, como verdaderamente humano, puede vanagloriarse de disponer en exceso, y (3) un buen amigo me suscribió a la Vanguardia digital hace unos tres ejercicios contables, como regalo, y parece que continúa, por más que le recuerdo su detalle casi a diario, abonando la (mi) cuota, supongo que anual; por lo que, como dije, a diario recibo el diario como estipendio perpetuo, por ahora.

Con todo, hay una faceta de la actualidad en la que mi reticencia al gasto de tiempo y dinero se topa con el deseo no de estar al día, sino de saber, conocer, leer. Me refiero a las noticias literarias. Los blogs y las publicaciones digitales sobre literatura resultan una magnífica fuente de información, qué duda cabe, y a ellos/as estoy abonado como todo palabra-herido. Tampoco me olvido de coger Mercurio cuando voy a la librería, ni de mendigar las revistas en la biblioteca, a veces incluso mirando con malas pulgas al desaprensivo de turno que la ha cogido y parece que quisiera fotocopiarla con los ojos, o absorber su contenido mediante ósmosis impresa. Hoy, por ejemplo, he ido a la Biblioteca Provincial de Sevilla a la hora de comer (en ayunas, para así comulgar mejor con la palabra de vos), y he leído Quimera. Aparte de que aún reside en ella el eco de la experience del mes anterior, me han parecido geniales los artículos dedicados a Stanislaw Lem, encadenados como en una Jam Lem, o como en un Lem Fest en pleno Oktober Fest. He estado a punto de ponerme el traje regional y pedirle a la bibliotecaria una jarra bien fresquita. Os recomiendo su lectura, que no tiene desperdicio. También hay un artículo de Germán Sierra sobre el período de cierre/censura del blog de Juan Francisco Ferré, y otro de Ibrahím Berlín sobre Contraluz, de Thomas Pynchon, además de un montón de buenas críticas, reseñas, análisis, la mencionada doppler con VLM sobre el hoax setembrino, un presciente artículo sobre Mario Vargas Llosa, una crónica kilométrica de Patricio Pron sobre su personal encuentro con Herta Müller (a propósito de premios Nobel) en Madriz, y más, y más, y Mucho Maas...

14 oct. 2010

BridgetStory


Programar una entrada en Blogger es como escribir sobre el futuro en diferido. Mientras Lady Di muere atrapada entre un amasijo de hierros (léase Puente de Alma, de Julián Ríos), andas eligiendo imágenes, cursivas, fechas y horas. Hoy es Bridget Monday, día de escritura en OpenOffice, pero también Middle Thursday y cruzo el Puente Quinto Centenario en Sevilla. Mañana es fiesta, mañana es viernes. Por la tarde creo que no podré ir a la presentación de Hilo musical, de Miqui Otero, a quien me gustaría hacerle un par de fotos-retrato de grupo o de muro con señora editora montada en moto. Dijo William T. Vollmann: “En las panaderías todo me recordaba a huesos […] Otros comercios apestaban a queso de color hueso”. He recibido la recomendación de ver la película Letters to Juliet, y no tengo ninguna esperanza de que me inviten a la Feria del Libro de Frankfurt del año que viene, aunque sagt niemals nie! Al fin y al cabo somos sólo sensaciones, cualquier script inesperado nos mueve a la acción, o nos deja en el sitio. La historia es mínima en comparación con lo que aún queda por contar. Hordas de personajillos afilan sus lápices y limpian de virus sus registros de sistema. Dijo Pessoa: “Mi orgullo lapidado por ciegos y mi desilusión pisoteada por mendigos”. Olvidó mencionar la poesía de la basura agitada por el viento. Tiro una piedra en favor de Vargas Llosa, que fue capaz de acordarse de Carlos Barral. Esperamos con impaciencia una novela escrita por un pirata somalí. Okidoki, amigas y amigos.

13 oct. 2010

WienStory


Estoy leyendo Contraluz, de Thomas Pynchon. Tiene más de 1.300 páginas y voy por la 590. Hace casi cinco años fui a Viena y allí leí En las alturas, de Thomas Bernhard, y comencé Extinción. El hotel estaba en el barrio polaco, al lado del palacio de Belvedere. Hacía un frío terrible. Por razones que no vienen al caso, no pudimos visitar el Kunsthistorisches Museum. Sí el café favorito de Bernhard, el Bräunerhof, en el 2 de la Stallburggasse, y también el Sacher, y la Porzellangasse, que tanto recuerda a Hermann Broch y a Elías Canetti. Almorzamos en el restaurante Zu den 3 Kacken, 28 de la Singerstrasse, al lado de una pareja mayor, y pedí lo mismo que comía una señora en una esquina del salón. De vuelta nos trajimos un puñado de fotos, regalos para nuestra hija, la impresión de que cuando cruzas el Danubio en tren es como si rozaras un enorme pedazo de mar, la frase bernhardiana “No se le puede decir al Ministro de Cultura que es un cerdo”, y el temor a terminar Extinción. El mismo que ahora tengo justo antes de alcanzar el ecuador de Contraluz. El que no tuve cuando cumplí 35 años y Dante Alighieri me recordó que estaba nel mezzo del cammin di nostra vita, Dios mediante.

12 oct. 2010

PressStory


El pasado miércoles fui a la presentación del último libro de Jesús Aguado en el Centro Andaluz de las Letras. Supuestamente lo acompañaría Juan Bonilla, a quien yo quería conocer pero que no pudo venir. La sala era amplia y confortable, con un lleno, digamos, mullido. Empezó hablando Antonio Rivero Taravillo, que dijo de Aguado que era Dios. Siguió Carlos Font, de Editorial Zut, a quien en sustitución de Bonilla le dio reparo leer un texto de éste redactado para la ocasión. El libro de Aguado había sido reseñado por Vicente Luis Mora en su blog. Dijo Aguado que muchos de los textos del libro, editados en orden alfabético, eran artículos ya publicados en La Opinión de Málaga. Leyó algunos poemas de Verbos, otro libro suyo. Leyó unos textos de Diccionario de símbolos, el nuevo libro, publicado por Paréntesis. Dijo que iba a por la cincuentena y habló de su familia. En una Moleskine falsa que me regalaron el día de Año Nuevo en la cabalgata de Londres, tomé notas para un relato de terror, para un relato nostálgico, para la crónica de un viaje, para mis Memorias, para un cuento sobre un tipo que toma el sol sobre una toalla, totalmente rodeado de gente a la que no conoce. Terminado el acto, tuve que pedirle paso a Garriga Vela para salir de allí. Una chica muy guapa estaba fumando en la puerta, casi en la calle.

11 oct. 2010

Corona de flores


Resulta apropiado rescatar ahora, en este preciso momento, esta novela de Javier Calvo, cuando en Hungría el desastre ecológico amenaza con convertirse en el mayor de todos los tiempos desde Chernobyl. El progreso, entendido como acción para mejorar nuestro presente destrozando la vida que nos rodea, tiene estos efectos colaterales: la tierra se tiñe de rojo, el cielo es una única nube gris marengo, respiramos un PH biológicamente prohibido, nuestro cuerpo cruje de dolor y lo acallamos con TEUVELOTIL (Derivado del No-Lotil; Posología: cuando duela; Precauciones: innecesario en plena naturaleza, si la encuentras; Contraindicaciones: no tomar mezclado con agua, la contaminación basal de la misma puede inhibir su efecto). Estamos rodeados de horror y desolación, de desgracia ajena y propia —aunque ésta no quiera reconocerse, o asumirse—, de un pasado vergonzoso y un futuro descorazonador. Estamos rodeados de mierda, y no cabe otro Plan B sino huir. A otros mundos que no sean este.

De ahí el resurgimiento de todo lo que antaño hizo de calmante contra la realidad. Las viejas fórmulas alquímicas, enfrascadas en recipientes con latinajos impresos, atraen nuestra curiosidad. La velocidad se ralentiza en imágenes sepia. Una puertaventana da a una terraza con una balaustrada siniestra cuya cornisa está decorada con gárgolas y grifos. La vista pertenece a la ciudad de NeoGotham®. Abajo, protegido por capas de lluvia, tejados a dos aguas, faroles de gas, espesores de niebla, ruido de cascos de caballos, gente pobre y perros vagabundos, adoquines, ratas, alcantarillas, gente hambrienta, sótanos y gente muriéndose y catacumbas guardianas de la turbación de huesos anónimos, trabaja el científico loco de cuyas manos chorrea la sangre de vírgenes voluntarias. Un embozado desaparece tras la trasera de un edificio de ladrillo visto cubierto de liquen. Queda el eco de su imagen tiznada de una especie de humo tenue. Sí, se ha abierto el telón. Retrocedemos siglo y ¼ a la Barcelona pre-euclidiana que conocemos. Esto, ladies and gentlemen, es Corona de Flores. Benvinguts.

La ciudad retratada por Javier Calvo en su penúltima novela es una BCN distinta de las recreadas por, a voleo, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán o Carlos Ruíz Zafón. Aunque podríamos empeñarnos en buscar similitudes, fuentes, restos o, como gustamos decir ahora, reciclajes. Con la de Mendoza, le quitamos un trozo del ¼ a la época javierina y un antropólogo extravagante hallaría la caricatura de Onofre Bouvilla con sucedáneo de Amedio al hombro, trazas de humor cínico y un devenir ralentizado que se torna instantánea primigenia o precuela adventista de un revisionismo antisistema, características que podrían rendir honores compartidos al maestro barcelonés. Por otra parte, qué tipo de rasgo sino la ironía conecta mejor los dos mundos disímiles de Corona de Flores y Carvalho. Y cuál mejor que la sátira contra la mediocridad de La ciudad del viento adivinada detrás de cierta serie de tics perversos en la novela de Calvo: el escritor de folletines Almarrosa, trasunto estrambótico y risible del Carax zafoniano cuya imprenta, además, está emplazada en la misma calle que el romántico y cutre cementerio de libros olvidados. Leves tributos en unos casos, e ironía rotunda en otro, que ni siquiera sirven como punto de partida para dibujar la Barcelona gótica de Corona de flores.

Dicen que hay un cambio en el Javier Calvo escritor de esta novela respecto del de las anteriores. Yo no lo sé, no puedo apreciarlo. Es la primera novela suya que leo, pero puedo decir que me ha gustado. Nuestro extravagante antropólogo podría dedicarse ahora a descuajaringar las páginas de C. de F. con el objetivo —en esta ocasión, nada desdeñable— de encontrar grupos de lectores a los que pudiera interesarles el consumo de la novela. Como si de ir abriendo cajones y puertas de armarios se tratase, va concluyendo lo siguiente:

  • La ambientación de la novela es deliberadamente gótica. Como en las letras de las canciones cuyos fans hicieron propia una estética ya presente en la literatura desde hace casi ¼ de milenio, Corona de flores mezcla entornos reales e imaginarios, lo plausible aupa lo inverosímil hasta otorgarle un aura de veracidad con la que el lector se sienta identificado y, la cara enlucida de palidez, labios encarnados y exceso de sombra de ojos, atuendos oscuros, herrajes y unos centímetros de vapor a ras del suelo, ocultando las botas negras hasta mediada la caña festoneada de hebillas metálicas, entienda que esa BCN es una Barcelona alternativa, cuya belleza sobrenatural no hallará otra explicación ni mejor desarrollo que la escritura inserta en las páginas que tiene entre manos (una visión exclusiva y de pase privado).
  • El escenario arquitectónico es fundamental para el enriquecimiento/enrarecimiento de esa ambientación. La luz, su ausencia, es otro de los recursos de que echa mano Calvo para perfilar mejor sus escenarios. Un plano de calles conocidas, de pasadizos ocultos, de hitos monumentales y hasta rudimentarios como faros en los que reconocer a la Barcelona genuina, no imaginada. Aplicado el correcto desenfoque gaussiano —o mirando el reflejo obtenido mediante un cristal de calcita—, el turista literario podrá adquirir inmejorables instantáneas mentales de nuestra más creíble capital literaria. Pues, con la venia de las grandes ciudades españolas literaturizadas (Madrid, Sevilla, Zaragoza, Valencia) y el permiso de las menores o en auge (Cádiz, Salamanca, Bilbao, Oviedo) es Barcelona, más que le pese al deporte nacional de la envidia, la que ocupa el puesto número uno en nuestro modesto ranking. Gracias a pocas buenas novelas, merced a muchas otras bastante malas e incluso pésimas pero del bon gust de los consumidores. Y gracias ahora a otra de las del primer grupo, esta de Calvo.
  • La estructura de la novela es sencilla. Corona de flores es legible sentado, de pie, esperando, caminando, acostado. Su audiencia, por esta sola característica, se ensancha mucho más allá del público fiel a Javier Calvo o a sus traducciones. En esta ocasión, Calvo se traduce a sí mismo y revela —por medio de jugarretas con medias luces y totales sombras, y recurriendo a cenizas espolvoreadas que bien podrían ser alegoría de la quema de anteriores filias— una narrativa que siempre estuvo ahí, en su lado oculto (The dark side of Javier Calvo), quizá aguardando a que el nombre de su autor fermentara para, así, poder germinar entre un respetable cúmulo —¿un túmulo?— de referencias que, aun siendo propias, y precisamente por ello más extrañas, la singularizaran. Que precediéndola la rodearan y, enfatizando su carácter dark, la iluminaran. Que...
  • Pero esa sencillez es engañosa, porque se basa solamente en su morfología. Como su portada, diseñada por Carmen Burguess, que muestra el busto de una niña con un tenue halo rojizo envolviendo su pelo peinado hacia atrás, contra un fondo en negro y cortado por un telón granate a la altura del arranque del pecho. La expresión de la niña es seria, a medio camino entre la acusación y la tristeza gótica. Es la cara de lo irremediable y definitivo. Es el ceño de la acusación sin fundamento pero qué culpable se siente uno al mirarla: yo no te he hecho nada, niñata; además, es como esos retratos victorianos que, da igual donde te coloques, siempre te están mirando fijamente, a ti, sí. Para saber qué se oculta tras ese telón, tras ese gesto —y para quitarse a la niña ésa de la vista, de la cabeza—, no basta darle la vuelta al libro con la excusa de leer la contraportada; es necesario abrirlo, leerlo, terminar el libro.
  • Leer y hacer cábalas con lo leído. Por qué Corona de flores, por qué 1877. Por qué Semproni —¿por el restaurante, por La Celestina?—, por qué Menelaus —¿por el rey espartano, por la mariposa nocturna?—, por qué Blokium —¿por su intento de bloqueo?—, por qué Inana —¿por la diosa?—... ¿Cuántos troyanos ha introducido Calvo en su novela, además de al propio Menelao anglificado? Es el merchandising de Corona de flores, su pasto añadido para estudiosos literarios, buscadores de mitologías, fanáticos de las referencias y los intertextos. Una novela ideal para decodificarla y compartir después su hermenéutica vía hash de BitTorrent.
¿A quiénes les gustaría, pues, con toda seguridad, Corona de flores? Antropológica, ontológica y canallescamente hablando, concluimos que: a los adoradores del metal gótico, del black metal, del heavy metal, del hard rock, del sinfónico, del clásico, del doom, del sound, del pop y de su after-tal; a los fans de Deep Purple, de Opeth, de Black Sabbath, de Iron Maiden, de Metallica, de Dream Theater, de Evanescence, de Roxette, de Lady Gaga; a los estudiantes/licenciados en Historia, o Medicina, o Arquitectura, o Psicología, o Economía, o Filosofía y Humanidades, o Filología, o Ingeniería, o Periodismo; a las lectoras de Muy Interesante, de Qué Leer, de Quimera, de La Vanguardia, de Público, de El País, de El Mundo, de ABC, de RevistaDeLetras, de Avui, de Diario Sur, de Diario de Cádiz, de La Opinión, de Elle, de Telva, de Science, de Marie Claire, de Viajar, de National Geographic; a los seguidores de Redes, de Informe Semanal, de Aquí no hay quien viva, de Águila Roja, de El hormiguero, del Canal Historia, de Nature, del MTV, de South Park, de Los Simpsons, de determinadas televisiones locales; a los oyentes de RNE3, de Ondacero, de la Ser, de RNE4, de PuntoRadio, de Radiolé, de RNE1, de Los 40 principales, de KissFM; a los lectores de El nombre de la rosa, de los libros de Italo Calvino, de César Vidal, de David Foster Wallace, de Matilde Asensi, de Thomas Ruggles Pynchon, de Rodrigo Fresán, de Haruki Murakami, de Julia Navarro, de El señor de los anillos, de Vladimir Nabokov, de Las teorías salvajes, de William T. Vollmann, de Flann O'Brien, de Providence, de Rick Moody, de Arturo Pérez Reverte, de Cees Nooteboom, de Juan Francisco Ferré, de Don DeLillo, de Neal Stephenson, de Eloy Fernández Porta, de Patricio Pron, de Bret Easton Ellis, de Enrique Vila-Matas, de Nick Hornby; a los seguidores del blog de Vicente Luis Mora, del del lector-malherido, del de Alberto Olmos, de bolmangani.blogspot.com, del de Enrique Dans, del de Sergi Bellver, de teoria-del-caos.blogspot.com, del de Pola Oloixarac, del de Ramón Buenaventura, de lamedicinadetongoy.blogspot.com, de elmundodejuanalmohada.blogspot.com, por supuesto de elblogdejaviercalvo.blogspot.com; a los jugadores de WarGames, de Trivial Pursuit, de póker, de mus, de cinquillo, cómo no de ajedrez, de Black Jack, de tenis, baloncesto, fútbol, voleibol, balonmano, pelota vasca, bolos, a los jugadores de juegos de rol; a los amantes de lo dark, de Pink Floyd, de lo gótico, de los cómics, de las traducciones de Javier Calvo, de Mondadori, de lo neopunk y lo punk a secas, del nu metal, de la política tripartita, progresista, verde, izquierdista o conservadora; a los revisionistas, a los mentalistas, a los viajeros, a los extranjeros, a los demiurgos, a los fans de David Lynch, a los catalanes y madrileños y andaluces, a todos los españoles, a los australianos que vieron el rodaje de El señor de los anillos, a los espectadores de Inception, a las señoras que leen a Agustín Fernández Mallo, a los asistentes al Festival de Cine de Sitges...; vale decir, a todo el mundo.

Extracto de Corona de flores:

«Semproni de Paula se acerca al Trasgo […]: “Quiero algo muy sencillo. Quiero ser gobernador civil. Voy a ser el gobernador antes de que acabe el año. Y para eso voy a encontrar a ese fill de puta de asesino de una vez. Con tu ayuda o sin ella. Así que tú decides.”»


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