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30 sept. 2010

Intente usar otras palabras


He comprobado que hay internautas que desembocan en mis textos buscando textos —o fotografías, o vídeos— de otros. Lo natural es que Google devuelva entradas a mi blog tras una búsqueda efectuada con términos incluidos en los tags que adjudico a mis posts. Pero resulta paradójico que una búsqueda como “ambientación para hemipléjicos en la habitación” aterrice en bolmangani.blogspot.com, como también “hacer un cono en metal de bases parejas”, o “dibujar mujeres desnudas psicología”, o “dibujo mujeres follando a lápiz”, o “enseñar el coño por dinero”, o “hurgarse la nariz en adultos, puede perjudicar en algo”, o “mi hijo está atascado, le dieron romilar”, o “señorita penetrada por el culo”. Lo fácil es decir que Google falla. También fallamos nosotros: los que pinchamos en el enlace equivocado, los que otorgamos credibilidad a un invento falsario que supuestamente posee la secreta habilidad de ir recopilando todos nuestros actos, internos y externos, y formar con ellos un gigantesco entramado relacional que acaba conectando literatura con pornografía, cocina con música, diseño interiorista con noticias sobre la posguerra en Irak o la visita del Papa a Barcelona con la última versión estable de Ubuntu. Google vomita morralla en nuestros navegadores y nosotros vamos y nos la creemos, llevándole la contraria a Shrek. Para encontrar resultados fiables he de irme a búsqueda avanzada y afinar los términos, excluir opciones, acotar otras y restringir el formato de los resultados. Aún así, lo arrojado a la pantalla es un presente reciente y lo que acaso prefigure mis acciones futuras. Quién sabe si lo que será de nosotros no está ya siendo anticipado por Google en base a una compleja batería de proyecciones matemático-sociales, la suma de cuyos fragmentos constituiría nuestro futuro probable: un chart con dientes de sierra de auges y decadencias vitales y profesionales, además del ineludible enlace a una horquilla de fechas que acotara el momento de nuestra muerte, y la opción de elegir epitafios con que cerrar una improbable entrada en la Wikipedia. La biografía ya la pondrían ellos. Quiero decir los de Google.

Entretanto, nos ha sido dado el don de la invención. La posibilidad de alterar, en el corto plazo, el devenir resultado querido en esa bitácora de la actualidad caótica. Por ejemplo encargando la escritura de nuestro pasado, una memoria alterada mediante sumatorio de palabras seleccionadas por otro. Biografía de entradas no devueltas. Porque si hay algo de lo que carece un buscador es la capacidad de convertirse en memoria de lo que fuimos antes de que éstos existieran. La vida antes de Google: N/A, no aplica; ha de olvidarse. Su falta de consignación a través de hiperenlaces es sinónimo de anonimato previo. Nuestra fecha de nacimiento: aquella entrada que Google guarda como más antigua (seguramente una multa de tráfico que el cartero no pudo notificar por una ausencia nuestra bastante más prosaica).

Reconstruirse a base de fragmentos es lo que hace Carlos Prat, protagonista de Intente usar otras palabras, de Germán Sierra. Prat es funcionario, pero también un perezoso en estado letárgico. Cansado de estar muerto en ese simulacro de vidas que es Google, de oprimir continuamente el botón Buscar con la esperanza de verse retratado en una supuesta novela que estaría escribiendo su antigua novia, decide encargar, por su cuenta, la escritura de su vida.

A esa escritura asistimos, en directo, en la novela de Sierra. Hay un personaje interpuesto entre el narrador y el protagonista: el joven escritor que recibe el encargo de éste. De tal forma que los puntos de vista varían de acuerdo con la mirada de cada cual, lo que coloca la narración varios bancales por encima de lo acostumbrado en las construidas a partir de fragmentos. Es como si Germán hubiera pinzado hojas sueltas en un tendedero cuyo cordel fuera trasunto de la labor del joven escritor. También parece como si algunas de esas hojas se hubieran volado, o como si el autor las hubiera recogido adrede desordenadamente, confiriendo de esta forma un nivel más de caos estructural a la vida de Carlos Prat, ya de por sí a merced de los envites sociales y/o epocales.

La trama narrativa gira, pues, en torno a los avatares vitales de Prat, empleado público a la fuerza, ligón y juerguista tranquilo. Narciso after-movida, náufrago en el presente. Egosurfista o, mucho mejor, asiduo practicante del googling esa religión de la autobúsqueda, la paranoia inversa. Mantenido público y social, muñeco de peluche en riesgo de obsolescencia, arrojado a la cuneta de los acontecimientos mundanos. Por otra parte, un taytantos con suerte al que bien se le podría caer el techo encima, pues saldría indemne y sin despeinarse. Y, sin embargo, alguien que no es nadie porque no sale en los papeles, ni en la TV, ni siquiera en un mísero Google capaz de recoger las infamias de cualquier friki atolondrado que se dé de alta en una vulgar red social.

Nota para los lectores de novelas realistas y/o costumbristas.

Los relatos construidos con retales de materiales excéntricos a la novela tradicional y trozos narrativos consustanciales a la misma constituyen una alegoría perfecta de los tiempos que vivimos. Voy a repetirme utilizando el término patchwork para denominar este tipo de obras literarias. Porque es mediante esta actitud sampleadora a través de la cual nos expresamos en la actualidad. Vivir es un hacer zapping entre medios y costumbres más o menos asumidas, peor o mejor aceptadas. Hoy, la pintura de un fresco social, como ha hecho Germán Sierra en Intente usar otras palabras, no puede limitarse al uso de un par de elementos literarios como son el diálogo y la voz de un narrador omnisciente. Las sociedades de La colmena o El Jarama han evolucionado, incorporando a su acerbo material elementos sólo retratables con precisión mediante procedimientos inclusivos de formatos antitéticos entre sí: debiendo introducirse en su dialéctica, si quieren describirse con rigor —a riesgo de su perturbación estética, en aras de conseguir la más alta fidelidad posible en formato libro—, elementos periodísticos, audiovisuales y ensayísticos. Muy diferente es que no quiera reconocerse la cuestión, esa mayor adecuación, y darle la espalda a la ineludible faceta expresionista que dichos recursos añaden a la literatura que haga buen uso de los mismos.

Germán Sierra no abusa de estos recursos. Es decir, no cae en la trampa espectacular, atractiva, del formato o de la estructura, que en otras muestras de la literatura actual pervierte un fondo en el fondo casi inexistente —llamémosles blufs filiformes (molto gombrowicziano)—. Pero no renuncia —ni quiere renunciar, pues para alcanzar la perfección del resultado las necesita— a su uso equilibrado. Estos mismos elementos, en manos de escritores desaprensivos (plumíferos descuidados, a decir de una célebre escritora ya fallecida), ávidos de reconocimiento en tiempo real, son exagerados, o extruídos, como una mala imitación de un antiguo chicle Cheiw (recuerda que “Tenía que ser Cheiw”). Y son ellos los que, a causa de sus descuidos y abusos, invisten con esa mala fama a la mal llamada literatura fragmentaria.

Para enfatizar más la idea. En los años ochenta, los heavys que Eloy Fernández Porta satiriza en sus obras cantaban: “Dicen que el gran Beethoven hoy / tocaría rock”. Y creo que hay que ir más allá y afirmar: “El gran Galdós hoy / escribiría afterpop”. Porque ¿qué otra cosa sino novela costumbrista sobre los ahora es la novela de Sierra? Intente usar otras palabras sería, pues, la solidificación literaria de un documental sobre el cambio ontológico que los integrantes de la movida de los ochenta deben afrontar en la on-linealidad presente. Acostumbrarse a no ser el centro de atención espectacular, a su desplazamiento. Todo ello analizado desde una perspectiva de las tendencias del consumo, de la mediatización social, de las políticas sexuales, de las prácticas lúdico-sociales. Y Germán Sierra lo clava. Inventando marcas de moda, nombres de pensadores, extractos de artículos y ensayos, entradas de blogs. Eso somos hoy; pero también, por supuesto, humanos que se relacionan, hablan, siente, aman, desean, se frustran, se desplazan, se quedan quietos, sin hacer nada. Carlos Prat no hace nada, está alelado. Su paralelo mediático perfecto es un cruce entre el Hugh Grant de Notting Hill y el de Tú la letra y yo la música: Tú (el escritor contratado) las palabras, y yo (Carlos Prat) las vivencias; Germán Sierra el mixer genial que recepciona los inputs y compone la mezcla (el output) en forma de novela consumible.


Igual podría haberse hecho lo mismo contra un fondo de escalera o de corrala, una comunidad de vecinos. O contra una fábrica, una empresa de mensajería o un restaurante de comida rápida. Pero la contraposición de vagancia funcionarial y bares de copas funciona a la perfección, y los amarres a la realidad banal de los personajes son tan variopintos que hay que quitarse la gorra: el arte de vanguardia, el cine de ídem, la sociología, el Ministerio de Cultura, el Poldo bar, el famoseo inane, las politoxicomanía, la escritura como medio para destrozarse la vida. Y por supuesto el omnipresente McGoogle como instrumento trash que pone en marcha el primer punto de fuga: la historia de Carlos Prat con Patricia Cantino. Hugh Grant con Julia Roberts, aunque esta vez la faceta paralibresca la aporta ella y no él. Otra inversión de los tiempos: el reconocimiento digital de que son ellas, y no ellos, quienes más aparecen en Google.


No olviden consultar el apartado Próximamente.

27 sept. 2010

Las teorías salvajes

Querida Pola,

te escribo aquí porque no encuentro tu perfil en Facebook. Me agregaste como amiga, tras yo pedírtelo, y una semana después has desaparecido. Me pregunto si la razón de ese hacer mutis por el foro no está directa u oblicuamente relacionada con la actitud de Johan Van Vliet en tu novela sobre sus Transmisiones Yoicas. Quiero decir si no habrá sido la amigable ferocidad de tus miles de agregados lo que te haya empujado a tomar la decisión radical de borrarte del mapa, o de interponer entre tú y ellos —entre tú y nosotros— la negrura de un telón de scripts administrados por los nerds de Palo Alto. O quizá sólo sea una estrategia cinegética tuya: huir a una selva tropical que te sirva de atalaya para desde allí, oculta entre la espesura, observarnos, analizarnos, investigarnos: teorizarnos. Pero me atrevo a decir que tienes miedo, Pola. Miedo de que uno de estos días cualquier taxista que haya leído decenas de veces El guardián entre el centeno te recoja en una esquina lluviosa de una ciudad del cono norte del mundo. Así los taxistas, así la fama.

Puede que hayas mantenido con ese mundo una actitud equívoca. O quizá el mundo se haya formado una imagen errónea de Pola Oloixarac, por culpa del reflejo público que emanan tus actividades de savant disfrazada de aterpoppy cultural. El canto, la antropología, la escritura, la filosofía, tu argentinidad no eran razones suficientes para catapultarte al Hall Of Fame en que te encuentras. Pero si a ésas les unimos tu condición femenina, tu inteligencia y tu natural belleza, Pola, obtenemos para el terreno artístico lo que para el fútbol es Diego Forlán (Messi es mejor, pero algo más feo). Algo muy injusto, desde luego. Injusto para los hombres, para las feas, para las otras guapas, para quienes escriben y para quienes leen, para los auténticos nerds, para los que no leen ni escriben ni lo harán en toda su vida, para toda esa alteridad insignificante. Injusto también para ti, Pola. Porque leo críticas de tu novela y en todas ellas sus redactores no han evitado la tentación de significarte en alguna o varias de las categorías que he mencionado. No pueden valorar solamente tu libro: también tienen que sopesarte a ti o algún aspecto tuyo, alguna característica o aptitud extraliteraria, la que sea. La envidia los define y mueve. Dijo Montaigne —tantas cosas dijo—: “Se ha de rebajar el oro mediante algún otro material para adaptarlo a nuestro servicio”. ¡Oh, Pola, son tan predecibles!

Cuando te editaron en España y leí las primeras reseñas de Las teorías salvajes (que tú abreviabas en tu espacio de Facebook con un encantador LTS), fui corriendo a comprar el libro. Lo devoré en una noche insomne en la que eché en falta la costumbre del mate y los puchos. Tan inmenso es, Pola. Tan bestia cabría decir. Me enamoré de inmediato de la teoría sobre la que armas la narrativa y las disquisiciones ensayísticas insertas en LTS. Tú, en un libro de bolsillo —un hardcover de luxe con tamaño de paperback—, zanjas las motivaciones que me hicieron caer rendida a los pies de mi profesor de Estética en la facultad, y otorgas por fin, a través de Kamtchowsky, un sólido sentido poético al Ser nerd, sin los lloriqueos portuarios de Junot Díaz ni la carga peyorativa implícita en las torsiones de cuello post-universitarias —prosa/prosaica—. Por cierto, ya que estoy déjame que te diga qué grandes veo los nombres adjudicados a los personajes de tu novela. Ese Pabst, con su estar-a-un-lado onanista, interviniendo dialéctica pero no materialmente, cual director de cine que se apropia escenas ajenas (en tanto creaciones espontáneas por él incontrolables) a las que su mera observación sesgada dota de sentido crítico. La propia Kamtchowsky, que fusiona las nociones del empirismo kantiano con la faceta de activista político del otro Chomsky; y que también trae a la memoria la inhabitabilidad de la capital de Kamchatka. Andy y Mara, reciclando la Arcadia en impasses lisérgicos de trascendencia adulterada. Rosa Ostreech, cuyo apellido, como contraposición entre la belleza descrita del personaje (y de su nombre propio) y la fealdad canónica atribuida a las avestruces, funciona como un oxímoron terrible. Qué decir de Van Vliet, siendo éste uno de los más reputados comerciantes mundiales de flores, y conociéndose tu amor por las orquídeas. Nada es casual en LTS. A cada detalle le has transmitido tus afinidades, tus conocimientos, tus teorías, tu estar-en-el-mundo, tu yo. Diría que nada es arbitrario en ti —y perdóname si crees que estoy cayendo en lo mismo que critico en los demás: en el secuestro del sujeto con la excusa de analizar el objeto; sigue leyendo y verás que no es así—, pues hasta el nombre de tu blog, que existe fuera de la ficción y mencionas en LTS, tiene resonancias asociadas a las atribuciones con que la alteridad cincela tu imagen: el magazine de Melpómene —cortazarianos cogotudos—, la mujer que lo tenía todo pero no era feliz. ¿Qué es necesario, pues, para ser feliz? ¿Que nos falte (de) algo? ¿Algo alcanzable con cierto esfuerzo pero que, cuando se consiga, el premio adherido al código de barras, su bonus, sea la pérdida de parte de lo que ya se tenía o el establecimiento de nuevas metas? Toda ganancia implica una pérdida, dijo un Anónimo. Puede que tú hayas perdido una intimidad que no sabías que tenías, que nadie sabe que posee hasta que ésta desaparece por inundación de los otros. Consuélate con el mal ajeno: yo, a causa de Las teorías salvajes, he perdido mi trabajo.


Compra el número de septiembre (857º) de la revista TELVA. En su página 64, que te adjunto, encontrarás una entrada a dos columnas de tu novela y tu persona. No sólo esas dos, sino la página entera eran responsabilidad mía. Pero ya no lo serán. Ahora es obligado citar a Sterne: “El cuerpo y la mente de un hombre son exactamente como un coleto y su forro; si se arruga el uno, se arruga el otro”; así yo al aceptar aquella labor infame. ¿Cómo extractar literatura en una sola página de la que más de la mitad se derrocha en fotografías y fuentes XXL? ¿Cómo hacer una selección, además, en un contexto de casi sólo moda y belleza? Se me exigían lecturas prêt-à-porter, fácilmente adquiribles, fácilmente digeribles, fácilmente fáciles. Como eterna becaria, todas las noches visionaba escenas aleatorias de El diablo se viste de Prada, y en mi móvil asocié al número de teléfono de mi jefa un gif animado con la jeta gruñente de Meryl Streep. Me consolaban los anuncios de la página a la diestra de la mía: al corte, y en tu número un magnífico bolso de MaxMara de los que en el invierno de 2007 eran vulgarité en el Boulevard Haussmann (ya los deseché): un magnífico oxímoron visual. Mi sección se llama(ba) Tiempo Libre-Libros. La literatura como entertainment. Inanidad vestida de letras.

Pero iba consiguiendo pequeñas victorias. Me encargaron editar una entrevista a Eduardo Mendoza. En el número de mayo de este año las dos columnas de la derecha fueron para Elvira Navarro —ahora esperamos que Granta la seleccione para su próximo número—, y no advirtieron que de Luis Landero dije que sus argumentos son inconsistentes, o que la última novela de Pérez-Reverte es un folletín romántico y sus personajes, harto escépticos. En junio yo estaba de vacaciones, así que hicieron lo que les dio la gana. Ya para julio tenía la idea de introducir, en corto, Las teorías salvajes. Pero mi jefa dijo quién es ésta y le respondí que una filosofa, como Muriel Barbery (a quien ella adora) pero argentina. Me obligó, pues, a reseñar La elegancia del erizo. Menos da un pedrusco, y ya tenía la venia para tus dos gloriosas Columnas de Hércules: el límite del mundo conocido por las vociferantes lectoras de las revistas de moda y belleza. ¿Cómo iba yo a saber que las compradoras de TELVA harían caso de mis recomendaciones, que irían a la librería con la página arrancada de la revista y directamente pedirían el libro este al dependiente, como ya hicieran con Barbery o —eso imagino— Navarro? Ni cuando ponderamos los efectos de la baba de caracol sobre cutis avejentados tuvimos tantas quejas y reclamaciones. Me defendí aduciendo que LTS era la evolución literaria natural para las lectoras que hubiesen disfrutado de la antología de aforismos de Montaigne que la Muriel incluía en su novela sobre porteras parisinas. Intenté defenderme esgrimiendo un arquetipo Oloixarac al que toda mujer debía aspirar. Esto último fue la puntilla. Al postular una evolución vertical (hacia arriba) de la lectura, y no horizontal (inter-géneros) —un aprendizaje lector, como aconseja René López Villamar: “leer es como jugar al bádminton” (tarea de campo: buscarlo en Google)—, había puesto a prueba la capacidad intelectual del grueso de lectoras de TELVA. Y el fracaso de éstas en la comprensión de LTS devino ruina personal de quien la reseñó en tan antinatural medio para ello. Me desvío. Quiero decir que ahora estoy en el paro. Resumiendo.

De todas formas no podía seguir con aquella tensión. Hubo momentos en los que me sentía como el pez Yorick de Las teorías salvajes: asediada por la mirada felina del Montaigne más administrativista. Como esa antagonía animal que se respira en algunas partes de tu novela. Antipatía que también late en la imagen de la portada de LTS entre todas las demás Novedades. Aunque toda LTS es tensional, permíteme que te lo diga. Ese estrés, además de reflejarse en la hostilidad que se da entre los mundos difícilmente reconciliables que recreas en la novela, se infiltra en la prosa: las torsiones ensayísticas que fuerzan el estilo mantienen una relación más allá de la mera estética con su semántica. La agresividad del método es alegoría basal de las Transmisiones Yoicas. Violencia suscitada como reacción del miedo humano a lo atávico. Un miedo paranoico que compartían Hobbes y Rouseeau. Si lo pensamos, casi todos nuestros actos nacen de ese temor innato. Si lo pensamos, aprenderíamos a morir (Montaigne), y ya no lo tendríamos (el miedo).

Así, LTS es un tratado sobre la violencia pánica disfrazado de novela. Un horror accionado mediante artefactos y estrategias de guerra. Juegos que distraen nuestras mentes del fin último. En este contexto te vemos, Pola, como una dj del paroxismo contra un background mixto: el sampleado icónico con que revistes tus verdaderas intenciones, y que proporciona contexto al mensaje. Tal graffiti hubiera surtido el mismo efecto, al menos en mí, embadurnando otras épocas, otros entornos. (No te la clasificarían entonces en el género universitario, aunque encontrarían otro: estos españolitos tan cofrades, siempre con las taxonomías al hombro.) Pero ya no sería Pola quien la hubiera escrito; a lo mejor un Pynchon filosófico que no acierto a descubrir ahora mismo. Mejor así: LTS atrae a un segmento potencial más amplio y menos rancio. Adoradores de los patchworks culturales que se regocijan ante el reflejo propio en un puñado de borrones de tinta. La comprará más gente siquiera por leer un video de Kamtchowsky violada en los baños de una discoteca industrial y colgado en YouTube. O por ver con tus palabras la simulación de una Buenos Aires destruida en un Google Earth crackeado. Texto rodante antes de los créditos: “Se acabó. Por fin”.

Antes del The End déjame que te diga la gracia que me hizo el ramalazo xenófobo de Pabst a cuenta de los performancers europeos que van a Buenos Aires a montar su numerito vanguardista. Piensan, viene a decir él, que en lo que ellos asumen como Tercer Mundo se encontrarán más cómodos escenografiando sus paridas huérfanas de escena cultural sólida. Reciclan sus liderazgos en una baratura de la que después presumir y así sentirse vivos tras primeras y ulteriores muertes. Lo que pienso has hecho magníficamente tú, al embarcar tu obra rumbo al otro lado del Atlántico. Aquí, donde las actitudes teóricamente salvajes se ocultan en simulacros de underground, usando y abusando de la demagogia de las minorías, llega LTS arrasando entre esa concentración minoritaria y saltando, por obra y gracia de periodistas ávidos de una diferencia que no les llega porque en realidad no cesa, de las Quimeras a las publicaciones de kiosco. No hay mayor ni mejor falsedad que ésta: reescribir los laterales de los anuncios de moda con teorías brutales, anunciando así la posibilidad de una tregua entre cuerpo y mente, entre piel y letra.

Sería absurdo intentar mantener correspondencia contigo. En estos días en que los creadores son mediáticos por sí mismos, independientemente del verdadero impacto de sus obras, quizá sea necesario hacer un revival de las viejas formas del ocultismo artístico. Revisar los postulados de marketing que dimos por buenos y desaparecer, dar la espalda al mundo, jubilarse de la escena para así mantener los escenarios intactos hasta la próxima actuación: tu próxima obra. Conversar de vez en cuando con un balón Wilson pintarrajeado con nuestra propia sangre. Cerrarle los ojos al otro. Vivir sin estar pendientes de nuestro reflejo. Ver pasar sin ser sobrepasados por nuestra propia imagen. Y, entretanto, felicitémonos: tú como autora y yo como lectora.

Que especulen, Pola. Tú a lo tuyo, y yo a lo mío. A ver si encuentro algo.

Tuya, con afecto,

(Firma ilegible)


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24 sept. 2010

Tanta gente sola


No sé si resulta procedente escribir sobre Juan Bonilla. Unas razones empujan a ello, y otras lo desaconsejan. ¿Qué hago?

Venga, corro el riesgo.

Todo fiel lector de Juan Bonilla es, en puridad, un fiel relector de Juan Bonilla. En mi caso, comprar libros de Juan Bonilla se fue asemejando cada vez más a algo así como estar suscrito a una publicación aperiódica. Leía unos relatos suyos que me gustaban, y tiempo después se me aparecía otro libro de Juan Bonilla en el que, al llegar a casa y abrirlo —sí, lo compraba sin mayor investigación, sólo porque era de Juan Bonilla—, descubría los mismos relatos leídos meses (o años) atrás en otro libro de Juan Bonilla. Pero, no contento con la inversa recompensa recibida por el autor y su cada vez diferente editorial —no escarmentado, ni enfadado, ni siquiera decepcionado por el coleccionismo a que Juan Bonilla me iba empujando—, cuando veía en las librerías otro libro de Juan Bonilla cuyo título no conociera de antemano, olvidaba lo que me hubiera llevado a ellas sustituyendo mi objeto de deseo por aquella nueva obra de Juan Bonilla. Lo cogía entonces sin apenas curiosear el interior antes de pasar por caja. Quizá resignado porque intuía —sabía— lo que iba a encontrar escrito en sus pocas o muchas páginas: los mismos relatos de siempre ya impresos en otros libros de Juan Bonilla. Esos mismos relatos ahora estirados, o compactados, o recortados, o comentados al margen. Los mismos relatos conectados entre sí mediante un hilo conductor que podía estar fabricado a base de manías de coleccionista, de fetichista, de buscador de fama, de récords mundiales, de anti-récords, de suicidios y concursos televisivos, de deseos insatisfechos, de recuerdos y me-acuerdos, de medicaciones para la depresión, para la tristeza de estar solos, para el abandono, para las enfermedades raras, para las manías y las paranoias e incluso para la muerte en vida. Pero también engarzados mediante poemas y poetas, obras falsas y falsas obras, citas explícitas e intertextuales de autores famosos y mezclas de tributos a iconos de la baja y la alta cultura. Todo ello dentro de una acción rota por su capacidad digresiva, y cuya base de reflexión y pensamiento de cosecha propia son, más que una repetición, una iteración politemática cuyos puntos de fuga quizá no seamos capaces de vislumbrar hasta que, (re)escritura de Juan Bonilla mediante, tengamos al alcance de la mano otro nuevo libro de Juan Bonilla.

A la escritura de Juan Bonilla me aficioné en 2003 a raíz de que le dieran el Premio Biblioteca Breve por Los príncipes nubios. Lector tardío de Juan Bonilla porque durante unos años mantenía un prurito (que ahora reconozco absurdo) que me impedía acercarme a la narrativa española del momento. Sin embargo ya conocíamos a Juan Bonilla gracias a Mateo Gil (Nadie conoce a nadie, 1999). Luego me picó la curiosidad y comencé a leer relatos de Juan Bonilla. Lo que quiere decir que ya llevo varios años leyendo los mismos relatos de Juan Bonilla.

Aunque todo esto es cierto y falso o exagerado al mismo tiempo. Pongamos por caso su último libro de relatos, Tanta gente sola (Seix Barral, 2009). Lo leí hace relativamente poco. Dije que era coleccionista de las obras de Juan Bonilla, pero no perseguidor de las mismas. Por lo tanto asumo —y sé positivamente— que aún me quedan libros de Juan Bonilla por leer. No muchos, pero sí algunos. Como sospecho lo que encontraría en cada uno de ellos en el caso de que me pusiera en serio a buscar y comprar los que aún no tengo, prefiero que sea el azar quien me los ponga por delante. Ayer por la tarde, sin ir más lejos, he adquirido una reedición de El que apaga la luz (Pre-Textos, 1994 y 2009). Me he topado con él en una librería de segunda mano, y no he podido resistirme.

Pero hablaba de Tanta gente sola. Lo leí con la rara satisfacción —y con la costumbre— de ir reencontrando los relatos antes leídos en otros libros de Juan Bonilla. Pero modificados, con adiciones que facilitaban la relación entre unos y otros y hacían posible una nueva lectura que trascendía el encerramiento de los personajes en narraciones únicas y desprovistas de nexos comunes. Personajes escapistas que reaparecen, ya sea como principales o secundarios, a lo largo de cada uno de los cuentos, no circunscribiéndose así sus circunstancias a la narración original para la que fueron concebidos. Como si se negaran a morir del todo. Como si Juan Bonilla se resistiera a abandonarlos a la suerte de los lectores, esa entelequia intelectual que nunca termina de definirse. Como si los personajes de Juan Bonilla fuesen algún tipo de zombies literarios.

Tanta gente sola reúne nueve relatos de Juan Bonilla, de los que mi memoria —que mi pereza connatural impide corroborar con un adecuado examen de los datos de que dispongo— ha sido capaz de reconocer al menos cuatro como reelaboraciones, más o menos literales, más o menos transformadas, de sendas narraciones anteriormente incluidas en (o constituyentes de) otros libros de Juan Bonilla. Los premios del recuerdo han recaído en El cromo de Boronat (un cuento sobre lo que puede llegar a hacerse por culminar un afán coleccionista), Algo más que simplemente existir (sobre el anhelo de reconocimiento que lleva a un chaval a intentar batir algún tipo de récord con tal de aparecer en el Guinness), Alma cargada por el diablo (sobre los celos retrospectivos) y El lector de Perec (de nuevo sobre el coleccionismo además de homenaje a Georges Perec, pero también sobre los intentos de reproducir la literatura en la vida real). Los tres primeros aparecían, al menos, en la recopilación que Juan Bonilla hizo para la editorial Berenice, titulada Basado en hechos reales —en adelante B, libro que me provoca una especial satisfacción consignar aquí puesto que quizá sea, por cantidad y calidad, la mejor antología de relatos de Juan Bonilla realizada hasta el momento—. Y el último constituyó tema único para Je me souviens (Algaida, 2005), a su vez incluido en Nosotros los solitarios (Pre-Textos, 2001).

Pero no acaba ahí la labor de rescate y reescritura de Juan Bonilla en Tanta gente sola, sino que se prolonga más allá, haciendo un excelente ejercicio de meta-escritura en los relatos Todos contra Urbano (sobre las envidias y pasiones que levanta un gris pero imbatible concursante de Cifras y Letras: post-versión de La ruleta rusa —incluido, p.e., en B, ídem en un programa-concurso en el cual el objetivo es seguir vivo tras jugar a lo que ya habéis adivinado), Fregoli (sobre una rara enfermedad que provoca al que la padece que se sienta perseguido por una persona a la que cree ver en todas partes: after-versión de VitíligoB, donde el protagonista sufre la enfermedad de mismo nombre que provoca manchas blancas en la piel), Metaliteratura (reflexión irónica sobre el significado del prefijo meta- asociado a la literatura, a la vez que narración sobre las consecuencias de trasladar la literatura a la literalidad de la vida real, base ésta sobre la que también descansa el mencionado El lector de Perec, y reflexión, aquélla, en la que se instala el relato Una novela fallida B—) y En la azotea (de nuevo la temática de los concursos televisivos, pero ahora bajo la estética de un macabro e imposible reality show).

(Uf.)

Dejando de un lado las sinapsis entre las otras obras de Juan Bonilla, y centrándonos en las abundantes que pueden encontrarse tan sólo en el interior de Tanta gente sola, cabría destacar que en todos ellos, explícita o sesgadamente, el personaje toma —o ha tomado, o se siente abocado a tomar— antidepresivos. Hallamos repetidos los términos lorazepam, tranquimazín, pastillas antidepresivas, pastillas de Planck, pastillas a secas, ansiolíticos, psicoanalista, tranquilizante, depresión, tormento, e incluso una composición arbitraria de caracteres (CIBSOASIL, en Cifras y letras) en la que Juan Bonilla reconoce el nombre de un posible medicamento. Como dije tres párrafos atrás (o cuatro, si contamos el resoplido), los personajes navegan entre relatos. Así, sospechamos —advertimos, reconocemos— que el poeta protagonista del relato que abre el libro es narrador explícito/oculto en los siguientes, cuando no abiertamente secundario. Los mismos recordman aparecen en varios relatos, así como Azurmendi, la belleza de instituto; las obras del poeta (Verso perverso, Prosa porosa y Balada baladí) son repetidas en diferentes lugares, y la primera de ellas llega incluso a constituirse en lectura escolar obligatoria, etc. Y las referencias o tributos a autores admirados por Juan Bonilla están esparcidas como simientes que elevan la talla de los textos: cita a Humbert Humbert, a adoradores de colegialas, a Lolita directamente, a la novela Risa en la oscuridad, y a Nabokov por si no nos habíamos enterado de su desviación, que oportunamente compartimos. También hay un diario de polvos como el que elaborara aquel personaje de Un cuento de hadas, el relato de Nabokov, un intento de batir el récord de vivir en un árbol (El barón rampante, Italo Calvino), turismo literario basado en La metamorfosis de Kafka, o en Lolita de Nabokov (otra vez), o en Moby Dick de Herman Melville. Y se rinde homenaje, como ya dije, a la obra Je me souviens (Me acuerdo) de Georges Perec.

Juan Bonilla cava túneles narrativos, descubre filones a los que se agarra y que se solapan y que va puliendo entre una narración y otra. Da forma a mundos obsesivos. Crea continuamente alter egos alterados. Esparce pistas para luego borrarlas de un plumazo. Difumina lo que quiere cuando le parece, y ofrece un fogonazo cuando ya mirábamos para otro lado. Dosifica las tensiones para que así nosotros, sus lectores, terminemos comiendo de su mano. Y todo eso lo hace con los mimbres de siempre, los suyos de toda la (su) vida. Aunque los ata de diferente manera y con juncos nuevos, y así el canasto es totalmente otro. Compadezco al estudioso que, el día de mañana, decida o le encarguen analizar y compendiar sus Obras completas. No le arriendo las ganancias. Menuda tarea le espera.

La conclusión que cabe obtener de esta amalgama de referencias, autorreferencias, metarreferencias y vectores que se disparan en múltiples direcciones, incluso hacia la misma obra de la que estamos hablando, es que Juan Bonilla es un excelente re-escritor de lo propio y de lo de los otros a los que admira. Un autor, en mi opinión, indudablemente necesario en nuestro panorama literario actual. Panorama acaso un tanto frío por la parte delantera, y amojamado por la trasera. Y que Juan Bonilla, situado en tierra propia y al margen de taxonomías que quizá ni le interesen, anima con su arte de la iteración. Arte capaz de mantener interesado a un re-lector añadiéndole a sus textos de siempre nuevas motivaciones en forma de pistas, conexiones, ganchos intelectuales y su continua cita y recuerdo de sus reconocidos maestros. Y que en este libro, como postre, hace una ofrenda no explícita, admirablemente oculta, a uno de sus autores más queridos: J.D. Salinger. Pues Tanta gente sola contiene, como una de las geniales obras del americano, Nueve cuentos. Ni uno más, ni uno menos.

20 sept. 2010

Pynchonpedia


Muchos adjetivos pueden utilizarse para calificar la literatura de Thomas Pynchon. Muchos, menos quizá uno: wiki (rápido, en hawaiano). Porque nada es rápido en Pynchon, excepto acaso la lectura que le otorguemos bajo la falsa sensación de estar comprendiendo todo lo que el autor expresa en sus líneas. El ADN de su narrativa es escurridizo, y probablemente se encuentre disperso en los lugares más inesperados. Escarbando en sus recovecos, deteniéndonos en sus más baladíes párrafos, hallaremos respuesta a los porqués menos consultados de nuestra contemporaneidad.

Una de sus novelas, Mason & Dixon, narra los periplos de Charles Mason y Jeremiah Dixon, astrónomo y topógrafo respectivamente, en el trazado de la línea homónima que desde la arbitrariedad de su delimitación rectilínea separa los estados de Pennsylvania y Maryland. Una línea recta que sorprende a quienes observen el mapa político de Estados Unidos, pues no puede imaginarse accidente natural que proporcione una frontera tan fiel a los más básicos postulados euclidianos (hasta las olas mejor trazadas llevan esa espuma ambidextra que las hace vibrar). Como tampoco sospecharse, dentro de la bolsa de conocimientos populares, la posibilidad de desaparición de un puñado de días del calendario de septiembre por los caprichosos cálculos de un astrónomo de la Royal Society. Ni imaginarse que el ketchup no fuera inventado por míster Heinz, sino que en realidad se trata de la mistificación americana de una adaptación malaya del ketsiap chino. Suma y sigue.

Pynchon rescata —y le entrega un sentido, lo vertebra dentro de ese devenir absurdo que nos empeñamos en denominar Historia— aquello que los biógrafos oficiales del Tiempo relegan al papel de mera curiosidad o anécdota. El término apócrifo se despoja en su literatura del carácter peyorativo que le otorga su asociación ilícita con las más burdas teologías católicas. No sabemos porque la oficialidad, con sus olvidos deliberados y su afán de resúmenes para vagos, no nos permite saber. Parece decirnos Pynchon que nuestro desconocimiento parte de una falta de curiosidad innata —una capacidad para no querer saber que residiría en lo más recóndito de nuestra amígdala cerebral— que él se propuso remediar. Cabe imaginar, como locura distópica para nuestro rígido acostumbramiento, una institución educativa cuyo programa fuera elaborado por él o a partir de sus textos. Sus alumnos más aventajados no tendrían más opción, al egresar, que dedicarse a vivir la vida, en el sentido literal de la expresión (me muerdo una falange para no escribir sintagma). Pues con la materia por él revelada sería más que complicado orientarse en este mundo de dogmas de la mayoría minoritaria y las minorías mayoritarias. Este mundo donde, paradójica y perversa inversión, la minoría es beneficiaria de algo más que las secreciones de la mayoría: obtienen gran parte de lo que a ésta se le niega por ostentar semejante poderío: qué mejor reparto entonces que una línea Mason-Dixon que sea totalmente recta y divida los bienes y derechos de acuerdo a una ética del azar y no a la retórica de la razón.

El Pynchon historicista —dejemos la palabra historiador para los versados en la glosa de los cánones estándar— se abruma a sí mismo de hechos paralelos, y en ocasiones divergentes, a los que en los manuales se postula como principales. Pero sus perspectivas son sólido reflejo mural de momentos evaporados que en su día no lograron cuajar en forma de hechos y acontecimientos memorables, y que en la actualidad vagan (injustamente) por entre las narraciones de un ayer inventado por los libros de ficción. Un Pynchon arqueólogo en los centros históricos de las ciudades españoles sería el terror de los promotores inmobiliarios y los comisionistas públicos. Reconstruiría aquello que el afán del hombre y sus guerras contra el pasado han dado en derruir. Otorgaría voz a quienes ni siquiera osaron tenerla, o fue tan efímera como una nota al pie de un anuncio en un periódico enterrado en los anaqueles de bibliotecas clausuradas. Lo tacharían de revisionista, porque su hilar causalidades nos conduciría a un estado anterior en el que los motivos que nos hacen ser lo que somos dejarían de tener vigencia, a favor de otros, tan disímiles con aquéllos, que nos empujarían a arrojarnos a las fosas del absurdo.

Pone así en cuestión la columna vertebral de la realidad. Frente a un ortodoxo análisis de los porqués del aquí y ahora, prefiere deambular entre los difusos límites de una pragmática del por qué no y una poética del redescubrimiento. La conclusión más justa es que no tenemos mejor antropólogo vivo. Tildar su literatura de paródica, o concluir que su objetivo es la edificación de universos paralelos, es no haberse enterado ni de la misa ni de las prisas que por salir de ella nos dábamos de pequeños. Con Pynchon se terminó la Historia. Sí: no fue Francis Fukuyama quien anunció la buena nueva de la inmersión de nuestros días en la sopa de anécdotas ecohistóricas, en un pensamiento único descafeinado patrocinado por el patrón oro. Ni tampoco Baudrillard, con sus ingeniosos chistes y su aptitud para componer espirales hacia un pasado finito. En realidad es a Thomas Pynchon a quien debemos la actitud de descreimiento con que posamos ante el televisor, los periódicos, Internet, la calle, los libros, las personas —o, mejor dicho, los personajes—.

Aunque tampoco resultaría tan grave si sólo nos quedáramos con sus facetas enciclopédica y narrativa, y despreciáramos (o aparcáramos) la ética o incluso filosófica. Porque tampoco, hasta ahora, hemos sido capaces de advertir que, antes que la Wiki-, ya existía la Pynchonpedia.

18 sept. 2010

Providence, again


[Entrada publicada en Revista de Letras]

(Switch on.)

Releo Providence, de Juan Francisco Ferré, pocos meses después de mi primera vez. No se trata de una relectura clásica, al uso. Hago una revisión de memoria, para comprobar cuánto la recuerdo y hasta qué grado ese recuerdo es fidedigno. También lo hago para comprobar si realmente la novela es memorable. Le doy vueltas al asunto y me parece que sí aunque ahora quiero contrastar también la potencia de mis recuerdos. Pero como mi ejemplar se lo presté a un amigo sevillano, decido llamarle por teléfono y preguntarle si ya la ha terminado. Me responde al segundo bip y afirmativamente. Hace escasamente tres días pasó el punto de lectura a otra novela por cuyo título eludo inquirirle porque ahora aparco la necesidad de testar la salud de mis conexiones sinápticas por un repentino interés sobre si le gustó o no Providence. Y mi amigo, que me conoce lo suficiente como para saber de sobra que no me gusta hablar por teléfono, anticipa un Sí rotundo antes de ofrecerme una explicación pausada y detallada de los motivos que le empujan a dar ese categórico y característico Ja bernhardiano.

En primer lugar, me cuenta, le ha parecido admirable la estructura formal de la novela. Su morfología, dice, ya de por sí es merecedora del encomio más entusiasta, puesto que, además de demostrativa de la valentía del autor (algo que, convenimos los dos, queda fuera de toda duda para quienes hayan leído previamente La fiesta del Asno y Metamorfosis®), ofrece al lector un aliciente lúdico extra, pues debe preguntarse a qué viene tal grado de fragmentación multinivel, los porqués de los títulos de cada parte de la obra, y si la numeración de las tomas aparentemente interrumpidas por insertos y disertos obedece a la aplicación de alguna serie matemática poco conocida por los no versados —y nos reímos al admitir que ambos pensamos lo mismo en su momento: la de Fibonacci no, por favor— o simplemente a los ordinales de los fragmentos no desechados en el borrador final. Coincidimos en que debemos interrogar al mismo texto sobre si estamos ante una novela formalmente posmoderna, o si la deconstrucción, que no es tal (porque la facilidad con que encajan las piezas del puzzle invita a pensar que el autor ha preferido simplificarle esa tarea al lector para, a cambio, entregarle otro tipo de deberes mucho más estimulantes), no resulta más bien una alegoría del estado de diseminación de los materiales de la zona cero en un ínterin que ya es post-traumático. Advertimos juntos, en esta nuestra común lectura telefónica (con el único ejemplar de que disponemos a 220 kilómetros de mis ojos; a pocos metros de los suyos, pero cerrado), que el examen de las formas proteicas de Providence revela continuamente nuevas sorpresas, incluso meses después de haber sido leída: por ejemplo la conclusión de la relación epistolar del protagonista con Jack Daniels (“nada que ver, por cierto, con el bourbon del mismo nombre”) es de una brillantez asombrosa, pues su solidificación tiene lugar mediante causas ajenas a la misma, pero sin que la verosimilitud narrativa salga perjudicada sino con la naturalidad del devenir acontecimiento fundamental lo que, aparentemente, es anecdótico.

Conecto el manos libres y nos introducimos en el argumento. Mi amigo sevillano me dice que escucha algo así como interferencias. Esas encantadoras interferencias que hace años deleitaban a los conversadores telefónicos cuando, inopinadamente, hacían pop entre las parrafadas propias y las del interlocutor, estropeando el hilo comunicativo, pero también estimulando la curiosidad de los voyeurs interiores hasta el punto de pedir silencio al otro para posibilitar la comprensión del diálogo intruso. Le aclaro lo del gadget para vagos y entonces comprende que lo nuestro va para largo. Pues reconozco —reconoce— la dificultad de dar carpetazo con un par de risas y dos comentarios a la que quizá sea la mejor novela española de la década que (in)felizmente termina (los noughties) o empieza (los (un)happy twenty-ten). Y comenzamos a rememorar los hechos.

Cuenta mi amigo sevillano: en el Primer Nivel, un director español en el Festival de Cine de Cannes que presenta una cinta propia sin demasiado éxito. El director, tras una sesión de cama con una, en apariencia, benefactora de las artes, recibe el encargo de transformar un guión inicialmente construido al otro lado de la línea fantasma de Occidente. El borrador tiene título evocativo de videojuego iniciático: Providenz. La ciudad adonde debe ir para realizar su trabajo es Providence, cuna de H.P. Lovecraft. Además se le obliga a dar clases en la institución universitaria de allí, Brown. Clases de/sobre cine. Hay una serie de pruebas y escollos que salvar, y el protagonista pasa al Segundo Nivel. Ya en Providence, alquila un piso a un par de personajes trasunto de sendos characters de Star Trek, y es entonces cuando la realidad —si no se esfumó mucho antes, si alguna vez llegó siquiera a manifestarse— parece desaparecer por completo y lo que sucede a partir de ahora es la proyección vectorial de distintos puntos de fuga que convergen en varios posibles finales.

(...)

El paréntesis que antecede es una interferencia gigantesca. Un magma de estática llena los dos auriculares telefónicos durante más de 45 minutos; al parecer ése es el tiempo que tardamos en llegar, mediante la más ramplona linealidad, a los posibles finales de la novela. Ese paréntesis también funciona, en este (con)texto, como un gigantesco spoiler sobre el desarrollo de la novela. Algo que no se puede/debe contar. Algo que, en su momento, cuando le presté la novela a mi amigo sevillano, me negué a desvelar para no estropearle el principal atractivo de Providence: su lectura. Su descubrimiento personal e intransferible. La satisfacción de ir conociendo de primera mano, y no mediante vías alternativas y quizá interesadas, los distintos estratos narrativos, plásticos y simbólicos de Providence. Un camino cuyo recorrido debe hacerse, ineludiblemente, a solas. Porque al lector que busque una crítica de una novela cuyo título y circunstancias quizá le hayan llamado la atención, flaco favor le hacen los desvelamientos extemporáneos de su trama. Todo lo más, a ese lector podríamos darle, mi amigo sevillano y yo, en estos aquí y ahora gratuitos y desinteresados, una serie de consejos a modo de Guía de Lectura de Providence:

  • Providence es un juego. Por ello, tómalo como tal y disfruta de sus niveles. Piensa que cada acción que encuentres en ella es puntuable. Que la suma de sus partes otorga un sentido al todo cuyas últimas metas son el entretenimiento, la crítica del establishment cultural y la ruptura con el aburrimiento narrativo que a diario encuentras en las mesas de Novedades.
  • Providence no es un juego. Es una novela que desborda inteligencia, pensamiento, acción, misterio e incluso terror gótico —no erótico—. Leerla, además de proporcionarte diversas tipologías de placer, pondrá a prueba tu propia condición de lector/a del siglo XXI. Pondrá a prueba tu inteligencia. Pondrá a prueba tu permeabilidad a esos cambios que los que nos dicen que se avecinan mienten, pues ya están aquí. Mira a tu alrededor. No te pierdas. No te los pierdas.
  • Providence se juega. Es la primera novela jugable. Puedes desarmarla y volverla a armar. Como un Lego cerebral, Providence se presta a todas las interpretaciones y posproducciones que se te ocurran, lo que le otorga esa dimensión expansiva en el sentido que cualquier Homo Ludens que se precie sabrá descubrir. (Sólo te pedimos que cuando la leas vuelvas por aquí y nos las cuentes, tus propias versiones —las del espectador/a activo/a—, porque desde ya —y sin conocerte— sabemos que serán varias.)
  • Providence no juega. No. Narra. Ensaya. Acierta. Descubre. Providence va en serio. Te/Nos abre los ojos. Hace que se te/nos suban los colores. Te/Nos muestra un Nuevo Mundo por colonizar. Sería una irresponsabilidad no asomarse a mirar. No por curiosidad. Sino por hambre de conocimiento.
  • Providence se la juega. En ella Juan Francisco Ferré demuestra que no es imposible apartar del camino literario los escollos que impiden la evolución y la mejora continua (Eliyahu M. Goldratt dixit, The goal. A process of on-going improvement. Creative Output BV, 1984). Providence es demostrativa de que hay vida después de lo muerto. Es perfecto ejemplo de resurrección de la narrativa española, a cargo de uno de sus más vivos representantes.
  • Providence es sólo una prueba. Es la última novela de un escritor experimentado puesto a prueba por Anagrama. Es la prueba de que hay vida narrativa más allá de las tendencias involutivas con que ese ente llamado Mercado nos acecha.
  • Providence no es una prueba. Es la construcción actual más sólida salida de un teclado y varios joysticks. Es la versión definitiva y estable de una narrativa 3.0 que ya no admite Beta Testers. No aceptes sucedáneos. No te conformes con alternativas. La alternativa es ésta, es Providence.
  • Providence te pone a prueba. Sí. Pocos han advertido que cruzar sus páginas tiene las mismas implicaciones que penetrar una Stargate narrativa. Una lectura iniciática que transporta a quien la cruza a uno de los posibles multiversos literarios que en breve será copado por imitadores emigrados de toda greña y filiación.
Cerramos nuestra lista de consejos de lectura con la sensación de que lo más importante nos lo hemos ido dejando atrás. Siempre le digo a mi amigo sevillano que las mejores ideas son aquellas que no se dejan poner por escrito. Se nos olvidan antes de hacer clic con el ratón o el bolígrafo. Por eso es tan importante ir bien pertrechado con recado de escribir. Deberíamos haber grabado esta conversación, dice. Ya, le respondo, como la gente de American Express o los de Telefónica. Ja, replica (de nuevo Thomas Bernhard), o transcribirla, como Norman Mailer en El fantasma de Harlot.

Así llevamos más de una hora, hablando sobre la novela gracias a las virtudes de dos tipos diferentes de tarifa plana: la telefónica y la del préstamo de libros entre amigos. Hemos mencionado también varias críticas de Providence fácilmente localizables en la Red. Resulta revelador que estemos tratando de una novela que estimule ese impulso común a buscar información sobre ella. También es significativo que las mejores reseñas sobre ella (las mejor escritas) escamoteen sistemáticamente información sensible sobre su trama, prueba de la propia capacidad elíptica del crítico —las peores, aquellas que, mediante el burdo desvelamiento y un cierre a modo de indicación de vuelta a las cavernas, manifiestan la incapacidad de hacer una lectura pura, desprovista de atavismos y/o envidias soterradas pero, ay, tan rizomáticas—. Pero también confirmación de la sensación que persiste tras su lectura: el deseo de compartirla sin perjudicar el disfrute de quienes se configuran como potenciales socios del Club. Un Club en el que, dice mi amigo sevillano, está permitida la entrada a todo aquel que sea puro HTML: Huesos, Tendones, Músculos y Líquidos. Humanos, en definitiva.

No se puede estar más de acuerdo, le digo. Y colgamos.

(Switch off.)

9 sept. 2010

Alba Cromm

Hace algunos muchos años yo era asiduo de la revista Heavy Metal sin estar abonado a ella. De hecho, la música que suelo escuchar en el coche está casi restringida a dos docenas de cedés de los que más de la mitad pertenece a ese ámbito del ruido y los gritos. En mi reproductor de mp3 hay clásica y chillidos a partes iguales. Uno es de una forma pero los demás lo ven de otra totalmente diferente. Lo que quiere decir que las clasificaciones nunca nos hacen justicia. En realidad, somos mucho más bestias de lo que parecemos.

En un número de aquella revista leí una crítica de un concierto de Steve Vai. Esa noche Vai tocaba acompañado al teclado por Tony McAlpine. Como todo el mundo sabe, Steve Vai es el guitarrista más rápido del mundo, pues es capaz de meter seis notas diferentes en un segundo; y McAlpine hace lo propio con las teclas de cualquier cosa que las lleve e incluso con las cuerdas de una guitarra. El cronista decía que, en un momento dado, Vai le hizo una señal convenida a McAlpine y éste comenzó un solo virtuoso, sin más relación con el tema que el gesto de su compañero. Un solo que se alargó tanto como los de John Lord en The Mule, de Deep Purple. Virtuosismo metido con calzador para dar descanso a Steve, pero también para demostrar a la audiencia lo bien que Tony sabe tocar. Lo que nadie comprendió es que aquella noche Vai y McAlpine fabricaron una versión metálica de lo que los catetos llaman pastiche.

Sobre esta sinrazón, este no venir a cuento del exhibicionismo de capacidades, escribe también David Foster Wallace en La niña del pelo raro. Utiliza para ello un símil tomado de la infancia: una niña que va en bicicleta e intenta llamar la atención de su madre con un “¡Mira, mamá, sin manos!”. La referencia es, por supuesto, irónica, pues él mismo no desperdicia ocasión alguna para hacer lo propio. Lo que hay que agradecerle pues, como una vez dijo una amiga, “me da igual de qué se escriba, con tal de que esté bien escrito”. Se refería a magníficamente escrito.

La literatura de Vicente Luis Mora participa de estas desviaciones. Temática, estilística y estructuralmente. Javier Calvo ha dicho hace poco que los libros de Vicente Luis Mora son eso: libros de Vicente Luis Mora. Reconocibles por su disimilitud con el precedente, pero también valientes por su cambio de registro. Por su permuta entre instrumentos. Porque, como Tony McAlpine en su alternancia instrumental, en uno explora las relaciones entre espacios, arquitectura y literatura (Pasadizos), en otro reúne relatos cuya condición común es el encerramiento (Subterráneos), en el de al lado realiza un recorrido por el presente narrativo español (La luz nueva), y en el precedente examina las circunstancias tecnológicas y sociales que están propiciando la proliferación de formas y formatos literarios distintos (Pangea). Uno puede pensar que Mora se aburre de temáticas y morfologías y va probándolas, sobándolas hasta cansarse de ellas para pasar a otras diferentes, más avanzadas. O más seculares, pero revistiéndolas con la pátina de lo post, de lo after, de lo afterpost. Así, por ejemplo, el final de Pangea es revelador, pues prefigura lo que podrá venir a continuación: la consolidación de su faceta de pensador, de filósofo cultural.

Sin embargo, Mora hace un “¡Mira, mamá, sin manos!”, que bien podría ser como tomarse un kit-kat bocabajo, y coloca en los escaparates de las librerías Alba Cromm, justo al lado de El oficinista de Saccomanno. Una novelita fácil. Una novelita lumpen. Novelita porque es corta. Fácil porque en ella Vicente huye, excepto en contadas ocasiones, del estilismo retórico con que obligamos a nuestras neuronas a hacer gimnasia. Lumpen porque la temática principal es la caza del delincuente. Fácil porque su lectura es ideal para macizas desbordantes en bikini. Lo que quiere decir que es apta para todos los públicos. Para todos lo lectores. Propia para que todo aquel que lea se introduzca en una forma de hacer literatura que va mutando de obra en obra. Porque Mora ha simplificado el discurso, despojándolo de casi toda superfluidad, hasta dejarlo en su razón de ser más elemental: contar una historia. Una historia cuyo hilo narrativo logra despertar tensión hasta en el lector más desconfiado por experimentado y, por desgracia, viciado

Me imagino a ese lector pensando, al comprobar la existencia de Alba Cromm en Novedades: ¡Coño, una novela de Vicente Luis Mora! Un lector que no lee best-sellers. Que ni siquiera los ve, pues su sentido visual ha sido entrenado para aislar los productos literarios de sus sucedáneos. Pero, además, ese lector es como el crítico de la película Ratatouille: está tan de vuelta de la literatura que acude a valorar las nuevas obras de escritores jóvenes cargado de sacos de escepticismo. Como él ya es viejo, o como él no ha sido capaz de emular las proezas de sus héroes secretos, sus prejuicios sobre la brevedad de las biografías de los demás no le dejan apreciar, en primera instancia, el valor intrínseco de determinadas tintas frescas. Sin embargo, compra el libro. En la caja de la librería responde a las preguntas de la dependienta con monosílabos que son murmullos esquivos. Y llega a su casa y comienza la lectura de la historia.

Esa historia va de una mujer policía que se dedica a perseguir delincuentes sexuales. Más concretamente, pederastas. Esa mujer, Alba Cromm, en tanto que personaje de novela, tiene un pasado que no cabe desvelar aquí. Aunque sí es pertinente decir que ese pasado condiciona su comportamiento social e incluso profesional. La policía tiene una amiga psicóloga. También hace migas con un periodista que está elaborando un reportaje sobre la pederastia. Hay acontecimientos que, por evidentes, se ven venir, y otros no tanto o —si el lector tiene a bien abandonarse a la lectura y dejar de estar tan tieso y envarado, siempre a la caza y acecho del error, de la metedura de pata aunque sólo se trate de un burdo anacronismo (porque además no los encontrará, por más que se empeñe)— en realidad nada: son pura sorpresa cuyo objetivo es el respingo, sea éste mero arqueamiento de cejas o puro erizamiento del vello de la nuca. Con todo, a nuestro lector lo primero que le llama la atención —y lo primero que mentalmente apunta como nota negativa basada en su oposición a la estética programática— es el formato estructural de la novela. Porque no se trata de una novela, sino de una revista. Una revista para hombres machistas: Upman. Y además futurista en la corta distancia: 2017 o algún año más. Nuestro lector piensa entonces en la ironía que supone proyectar un futuro tan cercano. Por un lado, Mora no arriesga demasiado, excepto en una circunstancia que ya se comprobará, al imaginar posibles evoluciones del estado actual de la cosa social. Por otro, da por sentada una inminente ruptura del matriarcado que ontológicamente corresponde, pero al que el gran péndulo se está demorando en llegar. La inversión se da, en efecto, con una violencia superficial esperpéntica. Que se dedica a poner de manifiesto aspectos de la estética y modos de vida de los macho-men aparentemente ya superados. Pero que Mora piensa que no lo están. Que persisten aletargados en el subconsciente masculino. Tras pensarlo un rato, nuestro lector considera que quizá Mora lleve razón en esto. Y prosigue la lectura. Ya menos desdeñoso, Ahora pensando que quizá Vicente Luis Mola.

Lo siguiente que encuentra, una vez avanzado el número de páginas, es el preaviso de una mutación del último relato de Subterráneos. Una máquina que piensa y habla, conectada a todas las demás máquinas del mundo. Un centinela informático cuyo cometido es proteger la entrada a la caja de Pandora de un Richard Branson mesmerizado. Y, por consiguiente, una evidente tentación para todo hacker que se precie (y hay uno, el hacker, que se llama Nemo: como el pececillo de colores de la aleta lisiada; como el capitán del Nautilus). Pero también anuncios publicitarios —recuérdese que estamos dentro de una revista— cargados de ironía, alguna que otra reflexión filosófica —recuérdese que estamos ante una novela de Vicente Luis Mora—, y una continua especulación subyacente sobre el sentido final de la última frase del primer párrafo de este texto —recuérdese que un texto sobre otro texto de Vicente Luis Mora no tiene más remedio que ser circular, aunque intente escapar de esa circularidad siquiera sea mediante algún tipo de radialidad—: en realidad, somos mucho más bestias de lo que parecemos.

El lector se salta la cena. La novela no es larga, pero lo obliga a conectarse a Internet para consultar algunos blogs. No es la primera vez que esto se hace, piensa. Seguramente Vicente se habrá inspirado en aquel experimento de J.J. Abrams en Wired. Ahora va entendiendo bastante mejor los conceptos desarrollados en Pangea: Vicente ha vomitado en Alba Cromm su visión personal de la sociedad en que ha sido insertado: machismo larvado, proliferación de desviaciones sexuales que atentan contra la alteridad, efectos secundarios de las guerras recientes, desconfianza como barrera relacional, tensión moral, violencia sistémica que fomenta la implosión de conductas aberrantes sin más causalidad que la existencia de alrededores, desbordamiento de los medios de expresión fuera de su entorno natural: blogs, chats, crónicas periodísticas, entrevistas, grabaciones, vídeos: meta-hipertextualidad.

Sin darse cuenta, el lector ha terminado la novela. Se queda un buen rato pensando. Le viene a las cejas la palabra pastiche. Pero la descarta porque hace tiempo que se depila el entrecejo. Igualmente desecha los términos polifónica, coral, trhiller, género, nocilla y mutante. Escarba en sus lecturas y advierte que las referencias explícitas a Slavoj Zizek no son gratuitas. Qué decir entonces de las de Sloterdijk. Son la segunda muestra incontestable de la honradez del autor. La primera es la elección de la temática y la delicadeza en su tratamiento. Pues Mora podría haberse puesto morado escribiendo escenas snuff. Regodeándose en ellas, como los malos imitadores de Bret Easton Ellis. Pero no lo hace. Le basta hacer decir a sus personajes que lloran después de verlas. No las narra. Para qué. Y para colmo, le repugna admitirlo, la novela le ha enganchado; vaya verbo más desagradable para ir asociado a la literatura; sobre todo si esa literatura, en uno de sus niveles, denuncia la práctica del vicio. Del estar enganchados.

Por todo ello ese lector, ahora, piensa como quien esto escribe: Alba Cromm Mola. Vicente Luis Mora Mola.

1 sept. 2010

Léeme, coño


Habida cuenta del éxito de audiencia de la primera edición de nuestra revista Nuevo Stylo (no ha habido que reciclar ningún ejemplar, se han leído todos), continuamos con la exposición sobre los porqués de la profunda depresión del panorama literario actual. Sólo que ahora hemos decidido transformar el formato estético, decantándonos por la más favorable cabecera Quimera —que, como todo el mundo sabe, es el título castellanizado de una deplorable novela del industrial de la escritura Valerio Massimo Manfredi—.

Concluíamos en el número anterior que a mayor educación, estatal y socialmente impuesta, mayor es la necesidad de apariencias de cultura. Veíamos cómo el ser humano desea no desentonar, e incluso destacar, entre sus bípedos iguales. Que para ello recurre a la estética, por constituir el más accesible medio de mímesis con los arquetipos culturales fabricados por los medios de comunicación. Pero no todo quedaba ahí, pues sin injerencias externas la traducción de conductas en el terreno superficial daría lugar a mayores ventas de clásicos universales y otras literaturas contemporáneas, en tanto que objetos decorativos que proporcionarían a sus poseedores una pátina cultural siquiera por vía osmótica o mediante ciencia infusa. Cosa que, como decíamos, sucede más bien a la inversa, ya que elementos distorsionadores del mercado cultural irrumpen en la década de los noventa del pasado siglo con una propuesta genérica de banalización artística, fruto de la pasión humana por el beneficio económico. En definitiva, las ventas de libros han crecido, sí, pero la literatura como tal es hoy un producto en desuso, obsoleto para el mercado, rancio, complicado, que no vende, que no engancha.

De esta situación los principales causantes no son los consumidores, aunque actúen como borregos límites al aceptar masivamente propuestas de compra de una infumabilidad rayana en lo perverso, sino los medios productores de esa mercancía paraliteraria. Y poca o nula responsabilidad cabe achacársele a los libreros, al menos así lo vemos desde esta parte no contratante. Pues la estructuración de las mercaderías en sus lineales les viene impuesta por las mismas editoriales y distribuidoras, y quien hiciere de su capa un sayo se expone al doble ostracismo de proveedores y clientes; es decir, al cierre o al traspaso. Mayor atención merecen, acaso de un modo superficial, las figuras de editoriales y empresas distribuidoras. En general, un editor hoy en día, en esta época postindustrial y postvirtual que nos está tocando malvivir, es un bípedo que fabrica productos de marketing bajo la falaz forma de propuestas literarias. Por supuesto hay excepciones, y aun intentos de diseminación de pseudoculturas mediante el uso irónico/desesperado de las más chabacanas herramientas de distribución de la industria cultural —recuérdese, a título de ejemplo, aquella serie de coleccionables de kiosco intitulada Narrativa inteligente, o más recientemente la alianza en este sentido de RBA y Anagrama (y nótese asimismo el paupérrimo beneficio cosechado en ambos casos)—. Sin embargo muy atrás quedaron aquellos Maxwell (no en vano Jorge Herralde acarrea como mote comúnmente aceptado el último mohicano). Ahora los editores suelen ser periodistas expertos en publicidad, copy-writers de medio pelo, economistas avezados en paramarketing y mentalismo, y semiexpertos en guerrilla comercial. Y en cuanto a su supuesta formación literaria, o bien la esconden en los cajones de sus mesitas de noche, o bien no la tienen porque nunca necesitaron de ella, a la vista de los gustos y preferencias que, entre todos ellos, han conseguido inculcar al lector-masa. Qué decir entonces de los distribuidores: amigo escritor, en el hipotético y muy improbable caso de que algún día de los venideros tu alcoholizado cerebro consiga supurar alguna genialidad, no creas que con embaucar a algún editor —y me estoy refiriendo a uno de los buenos, indios de la reserva— ya has triunfado. No. Aún tendrás que enamorar, mediante speeches inteligentes pero de fácil comprensión (aprehensión), a la caterva de distribuidores que posibilitarán que tu libro llegue a esas mesas y estanterías donde manos inexpertas los manosearán y dirán quién es éste y desde las que quizá, pero sólo quizá —nótese el matiz de elevada incertidumbre que implica la repetición—, vendas algún ejemplar. Te enfrentarás a un grupo de humanoides, gañanes post-paletos que, mientras sudas y hablas y defiendes tu obra (para ellos, tu producto, su mercancía), se dedicarán a hablar por el móvil, leer el periódico, consultar el correo electrónico, mirarle el culo a las azafatas (si se trata de una presentación formal las habrá), hurgarse la nariz, hurgarse las orejas, inspeccionar concienzudamente lo que sea que hallen en tales intimidades, buscar una espalda donde depositarlo, bostezar y enseñar las caries, hacer regurgitar sus tripas, eructar quizá no tan bajito, estornudar, sorberse la nariz, rebuscarse en los bolsillos, y finalmente, cuando termines de parlotear, indagarán el veredicto de quien ese día sea el encargado entre ellos de enterarse de quién coño eres tú y qué narices has escrito. Concluimos, pues, por esta parte, la de los dealers o creadores de mercado, su imposibilidad de cambio a corto y medio plazo. Pu€$ @ m@¥0®€$ b€n€fi©i0$ hi$t0®i©0$ 0bt€nid0$, m€n0® €$ £@ p€®m€@bi£id@d d€ €$t@ €$t®u©tu®@ @ ©@mbi0$ d€ p@®@digm@. Más fácil será que el actual estado de cosas se robustezca, ganando adeptos entre las mismas filas de creadores. Autores que o bien han venido rebajando sus ínfulas artísticas, acercándolas al gusto barato del consumidor, o bien han nacido del consumidor mismo, siendo, por ello, (im)pura producción endógena.

Entramos así, no ya en el tan discutido estado de industrialización de la cultura, sino en un auténtico negocio piramidal en el que el flujo de piedras entre base y cúspide es continuo. No se trata sólo de vender más de lo que sea con tal que se venda (con tal de que sea vendible), pues el mercado descubrió pronto sus propios límites: la gente no lee; es decir, lee menos de lo que industrialmente se es capaz de producir. Y no leen o leen poco porque no entienden qué tipo de satisfacción puede obtenerse de la literatura que sea comparativamente mejor que la destilada por otros tipos de entretenimiento u otras clases de aburrición. La forma más práctica de reclutar adeptos a los libros es, pues, hacerlos entretenidos. Fabricar novelas que enganchen. Producir aquellas historias que a la gente le gustaría leer. Narraciones on-the-rocks. Pelotazos que anestesien y entontezcan para así pasar mejor el rato. Novelones que, además, hagan ricos a sus autores, a sus editores, a sus distribuidores. Y para colmo, pregonarlo. Decir de Stephen King, de Ken Follet, de Michael Crichton cuánto dinero ganan, todo lo ricos que son. Hablar del autor y sus circunstancias. Novelar sus experiencias. Recopilar sus estados sentimentales. Hacer películas sobre ellos. Mitificar sus obras y al mismo artista. Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Benedetti y Vargas Llosa: fotos interesantes en las solapas de sus libros, algunos firmados en ferias del libro. Charlas y conferencias, encuentros, presentaciones, entrevistas, biografías inconclusas. Éxitos y penurias de escritores que, de tanto saber sobre ellos, nos son tan cercanos: autores modelo. Y si el razonamiento no resulta lo bastante universal, siempre podemos volver a Cervantes: plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro.

Roberto Bolaño dejó escrito que todo europeo, en tanto que lector, es escritor en potencia. «Además», dice el amigo americano de Javier Cercas en La velocidad de la luz, «ninguna persona normal lee tantas novelas como tú si no es para acabar escribiéndolas». En los pasados ochenta, una canción del grupo de heavy metal español Banzai decía «Tú puedes ser estrella del rock». Chuck Palahniuk habla con fervor minimalista en Error Humano de las clases de escritura creativa casera que recibió en la cocina de Tom Spanbauer —ponderando con entusiasmo la obra de Amy Hempel, de quien desde no hace mucho ya tenemos traducción completa; y alabando el trabajo de Spanbauer, del que Mondadori retomó hace poco la labor iniciada (y no reconocida) por Muchnik—. Hagamos un cóctel con todas estas circunstancias nada anecdóticas y lo que obtendremos será la versión lectora de la más famosa de las posturas del Kamasutra: el 69. Yo te leo, tú me lees. Un escritor le chupa la oreja a un colega que a su vez le está rascando la coronilla a él. Ambos entrando en un orgasmo compartido y multitudinario. Todos restregándoles a los demás sus páginas. Las alabanzas y parabienes son moneda de cambio corriente. La mayor crítica es la referida a faltas de ortografía y fallos gramaticales; es decir, una parte de la superficie; no busques fondo porque no lo hay.

Tras encenderse la luz, el bípedo advierte que unos centímetros más arriba de su ingle posee dos manos con un buen puñado de dedos. Aparece entonces el por qué no yo también, que es continuado por un aquí tienes los medios para aprender cómo. Todo lo cual da lugar por sí mismo a un nuevo y fabuloso nicho de mercado. Pues la fórmula viene, además, validada por esa débil justificación que es la historia. El Programa de Escritura Creativa (más conocido como Iowa Writer’s Workshop) comenzó en 1936. Y entre sus antiguos alumnos podemos encontrar figuras que alcanzaron gran reconocimiento en esto del escribir parrafadas para que las lean otros. Por ejemplo Wallace Stegner, John Cheever, Philip Roth, T. C. Boyle, Raymond Carver, John Gardner, Denis Johnson, Adam Haslett, A. M. Homes, Flannery O’Connor. Con semejantes ejemplos, ¿quién le dice a la López o al Fernández de turno que ella/él no puede también convertirse en escritor/a de éxito/s, ser admirada/o, ganar un montón de dinero/s y acostarse con muchos hombres, mujeres y viceversa? ¿Qué capullo de editor le va a quitar, con un simple rechazo de nada, la ilusión de ver impresa su obra, cuando además él/ella sabe que tiene un mercado lector cautivo en sus compañeras/os de taller literario/creativo/narrativo? En mis manos la posibilidad de recurrir a editoriales pequeñas, ansiosas de ocupar nuevos espacios. Puedo autoeditarme, sea con una editorial más práctica que las demás, sea mediante la impresión por encargo en una copistería moderna. Y si no tengo dinero, o ni aun pagándoles los editores tiquismiquis quieren publicarme el libro, tengo la opción de una timo-editorial en línea para desesperados, tipo Bubok. Sigo teniendo mi mercado interno, mis LIBs (Lectores Interiores Brutos), que me leerán e incluso me comprarán ejemplares para así ganarse una futura devolución de lectura de sus escritos. Y también ahora mis seguidores en Google, en Twitter, mis amigos en Facebook, mis fans, mis colegas de los clubs de lectura, mis amiguetes de juerga, del curro, de los partidos de los domingos, mi familia; y por supuesto todos los amigos y contactos de éstos. Con un par de ovarios/cojones la viralidad que puede alcanzar mi mierda de obra es tremenda.

Por simplificar, digamos que existen dos tipos de escritores amateur que pueden llegar a importunar las mesas de novedades de las ya castigadas librerías. Los jóvenes, desde los 14 o 15 años hasta los 50 —sí, no hay edades ya, vete dando cuenta de hasta qué punto está cambiando el panorama—, y los mayores, desde los 30 hasta los 70 o 75 años. A los primeros les mueve un afán exhibicionista. No les importan tanto las ventas como el reconocimiento. Prefieren el halago en corto, e ignoran la crítica supuestamente responsable. Son escritores coca-cola: quieren tener un millón de amigos aunque en realidad sean meras burbujas. Los segundos, por el contrario, se sienten impelidos por el modelo cervantino. Un buen día echan la mirada atrás y ven cuán largo es el camino recorrido. Al menos así se lo parece a ellos. Lo tienen todo, o es precisamente que no tienen nada y eso les impulsa a ponerse a narrar. Mientras que un buen porcentaje de los primeros basa su formación en la asistencia a academias de escritura, los segundos no creen siquiera necesitar estos rudimentos: les basta con la experiencia adquirida en la lectura de miles de periódicos, revistas, e incluso algún libro. Ninguno de los dos grupos está verdaderamente interesado en la literatura. Para ellos el término se reduce a pura cosificación material de un arte de compleja valoración. Para ellos sólo existe el libro. El libro en una librería. Con su nombre en el lomo. Escrito por ellos. La hostia.

Pero lo cierto es que venden. Organizan presentaciones. Firman ejemplares. Acuden a organismos administrativos encargados de favorecer al débil, y con el dinero de todos los contribuyentes se contribuye a que ellos ganen algo de dinero. Pero no se paran ahí. Ejercen un marketing incesante en la red. Practican el incesto lector con sus hermanos de correrías e inquietudes, lo que les proporciona un extenso punto de partida. Si han sido hábiles en la creación previa de un amplio círculo de futuros admiradores, resulta hasta factible que su libro vea más de una reedición, y entonces la viralidad aumentará gracias a las entrevistas en periódicos, revistas y radio. Se harán famosos, y su libro lo leerá todavía más gente. Ganarán más dinero, dejarán el trabajo en la fábrica de cartones y saldrán por las noches. Y no harán caso a quienes les digan que lo que han hecho no vale nada. Porque ésos serán de su misma calaña, pues ¿qué crítico serio va a perder el tiempo en leer esa montaña de infumables para, después, tener que escribir continuas crónicas de la indecencia? Los críticos de esta paraliteratura pertenecen a su propio círculo metadialéctico. Si se dedican a hacer proselitismo para lograr adeptos a sus propias subcreaciones, valorarán la obra de los demás como notable, magnífica, imprescindible. Si, por el contrario, son incapaces de producir escritos/amigos, harán grandes esfuerzos para denigrar a sus semejantes. Se trata, en definitiva, de un fenómeno idéntico a los sistemas financieros piramidales. O, si se prefiere, una fenomenal orgía kamasútrica en la que se cambia de pareja pero no de postura.

Cabría hacerse aquí reflexiones parecidas a las de Peter Sloterdijk en Normas para el parque humano, que resumo para quienes no tengan la paciencia necesaria para leérselas. Para controlar la parte bestial humana —de la que buena muestra sistémica es la situación descrita— serían necesarios un control y una selección de individuos que viniera a paliar el fatalismo del nacimiento, dando protagonismo a los nacimientos opcionales o a una política de selección prenatal. Estaríamos, pues, ante la tríada de acciones domesticación-selección-cría. Es decir, se devolvería su papel a los Maxwell, a los Herralde. Liberaríamos a los mohicanos del adjetivo último. Favoreceríamos la creación verdadera, y no las acciones de mercado disfrazadas de la falsa democracia del yo también. Limpiaríamos un espacio ahora ensuciado por impostores artísticos, aun siendo conscientes de que con ello eliminaríamos buena parte de la legión lectora actual, tan sólo dedicada a lamer orejas, a masturbar a su prójimo. Pero con ello haríamos desparecer buena parte de la confusión reinante, de los infieles literarios. Qué a gusto nos quedaríamos los verdaderos lectores.

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