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24 ago. 2010

¿Conocéis Mis amigos?

Mis amigos es una novela de Emmanuel Bove, seudónimo de Emmanuel Bobovnikoff. Este escritor nació en 1898 y murió en 1945 en París. Sus admiradores le hicieron hace algunos años una web que resume su biografía y bibliografía, además de ofrecer fotografías y documentos diversos. No tiene entrada en castellano en la Wikipedia. Pero si buscáis información sobre él en la red, encontraréis reseñas de la novela que os recomiendo leer, y poca cosa más. Sin embargo, quienes hayan leído Doctor Pasavento, de Vila-Matas, al menos deberían reconocer el nombre. Se trata de uno de los autores fetiche mencionados en ella. Un escritor que emergió gracias a Colette, y que poco después desapareció, en el sentido no literal del término. En España, Pre-Textos publicó Mis amigos hace seis o siete años. Yo fui uno de los que compró la novela. Y además me la leí.

Dicen por ahí que Bove era un escritor para escritores —agrupe lo que agrupe este sustantivo—. Pero yo no soy escritor y recuerdo que, en su momento, valoré Mis amigos muy por encima de obras mucho más célebres. Era su estilo árido, sequísimo (publicado once años antes de que naciera Raymond Carver), de una tristeza endógena y una candidez desesperante pero asombrosamente fluido, lo que primero me llamó la atención. Pues se contrapone fuertemente a las formas narrativas de su tiempo —qué decir de muchas de las de ahora—, al menos a las más populares. Quizá en ella, en su diferencia, ya llevara implícita la posterior desgracia. Y luego estaba la historia en sí, sin centro alguno que no fuera el individuo como tal, confrontado con un entorno cuya crueldad intrínseca va asimilando como quien encaja patadas y bofetones en callejones oscuros. Recuerdo a un hombre llamado Víctor, solo, excombatiente y pobre, mutilado, dando tumbos por París. Buscando amigos. Alguien con quien compartir un vaso de vino, una habitación de hotel, un rato de conversación. Por momentos parece que logra conectar con alguno. Pero todos, sin excepción, sólo quieren de él una invitación, una noche efímera, un préstamo de retorno dudoso. Al final el protagonista termina como comenzó: solo en la habitación de un hotelucho parisino.

La ironía implícita en el título es admirable y de una vigencia total. Porque Víctor no tiene amigos. No tiene a nadie. Hoy ese hombre quizá tendría un perfil en Facebook. Puede que hubiera escrito Busco amistad en su pestaña de Información. Y un alto porcentaje de las solicitudes de relación icónica que enviara le serían correspondidas por inercia. Así iría atesorando un grupo de colegas virtuales. Iconos de tantos por cuantos píxeles, a los que con la mansa aceptación de sus invitaciones a juegos absurdos y absolutamente banales devolvería el favor de permitirle ensuciar sus Muros con anécdotas que en realidad no les importan lo más mínimo. Imagino a Víctor en Twitter, siguiendo a medio mundo y a él sólo un probablemente numeroso puñado de spammers. Víctor en Linkedin, con un currículum paupérrimo de referencias y tácitamente nulo de contactos o cartas de recomendación. Víctor respondiendo a correos basura de identidades femeninas rusas que “buscan amistad en Internet”. También lo veo subiendo fotos a Flickr. Imágenes de despojos en una carnicería, de vagabundos durmiendo al lado de cajeros electrónicos, de niños rumanos trabajando para la industria de la mendicidad. Víctor como asiduo comentarista de blogs. Y al contrario de quienes piensen que se escondería tras la habitual ausencia de identidad, él siempre conectado a múltiples cuentas de comunidades virtuales y firmando sus mensajes con un lacónico Víctor. Seguramente su perfil es de los más visitados de la red, dada su promiscuidad, su propensión a regalar afectos en sus devaneos virtuales.

No obstante, Víctor sigue sin tener verdaderos amigos. En los mundos virtuales su porcentaje de rebote, expresivo de la indiferencia que suscita, es del 400%. Y en el mundo desconectado su ranking no tiene parangón. Es decir, se arregla y sale a la calle y como respuesta a sus Buenos días generosamente repartidos recibe miradas de incomprensión. Obligándolo su trabajo seguramente a relacionarse con decenas de personas al cabo del día, rara es la ocasión en que alguien se fija en él si no es para obtener algo a cambio. Hacia Víctor el desinterés ajeno se da en toda su plenitud, pero con él nadie es desinteresado. Cada vez que, estrechando una mano, la del otro aprieta la suya más fuerte de lo normal, probablemente acabe prolongándose hasta su bolsillo. Pero como es pobre, mediante esa vía no conseguirá retener a ningún ser humano por mucho tiempo. Además, esa privación se le nota incluso en las fotografías con que prueba a amenizar su yo circulatorio en la red. Su aspecto tiene un aura cutre, sórdida —esa camisa de color apagado, la barbilla demasiado estrecha, el pelo atrasado y con una gruesa raya mustia al lado, se acaba de afeitar pero no lo parece—. Así, quienes en un momento dado podrían apreciarle por lo que simplemente es, un hombre bueno, se ven frenados por un miedo ancestral al humilde, al necesitado, al contagio de la mala suerte que su mera cercanía parece promover. Por lo tanto Víctor ve espaldas, mira nucas, se conformaría con tocar hombros, pues las manos le son negadas. Porque, reconócelo, Víctor no te gusta.

La única conclusión válida es que Víctor es un excluido. Como él los hay a millares. Mejor decir a millones. Nadie sabe cuántos, pero se sospecha que su número crece cada día en proporción al de jugadores en Farmville. Hay Víctores en cada rincón vital, virtual y real. Ese carraspeo respetuoso a tu lado, ligeramente escorzado, proviene de uno de ellos, de un Víctor. Que igual va a presentársete. A mostrarte su sonrisa de empastes. Ese señor de mediana edad que va en el autobús, con el asiento lleno de aire al lado del suyo; el otro que deja su sitio a la señora en el metro pero que luego no encuentra un mínimo trozo de barra donde agarrarse; ese que hace una compra solitaria y de pocos artículos, para así maximizar las oportunidades de contacto al cabo de la semana; aquel que nos trae un pedido cualquiera, y que nos solicita amablemente nuestra firma en una hoja de la que luego guarda celosa copia como si de una bitácora personal de conocidos se tratara: todos ellos son Víctor.

Piénsalo bien, seguro que conoces a alguno. Explora en tu olvido, y verás como los vas rescatando. Mira en tus contactos y los encontrarás a puñados. ¿Y este quién es?, te preguntas. ¿De qué lo conozco? ¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Por qué lo tengo como amigo?

No lo dudes: es Víctor. Como otro nombre cualquiera. Y tú eres uno de sus amigos.

A no ser que tú mismo seas Víctor. ¿Lo eres?

20 ago. 2010

Inception (Origen): de lo que no se habla

Entremos un momento al cine. Esta película, Inception, me llamó la atención al ver una entrevista que les hicieron en julio a Leonardo DiCaprio (Dom Cobb) y Marion Cotillard (Mal) en TF1, estando yo en Francia. En ella intercalaron diversas escenas, espectaculares tanto por los efectos como por no saber de qué se estaba hablando en realidad. Pues ni las preguntas ni las respuestas desvelaban parte alguna de la trama.

Después, Vicente Luis Mora se emocionó al verla. Luego, Juan Francisco Ferré la desmitificó un poco, pero VLM contraatacó con un post que era un gigantesco spoiler en sí. Algunos días más tarde fui a verla. Y ahora acabo de darme una vuelta por diversos lugares de plática cinéfila, algunos pseudoacadémicos, otros sesudoecuménicos, pero la mayoría amateur-cinéfilos. Entre unos y otros se puede uno hacer la idea de que, al menos en España, los espectadores se han quedado (se están quedando) a dos velas. Algo que era de esperar tras comprobar las caras a la salida del cine: detrás de nosotros el típico trío de nerds, y rodeando ese grupo de cinco (tres más dos) todo un enjambre de palomitas, huesitos y cocacolas maxi: los únicos ¡uy! que se escucharon al final de la película sólo provinieron de cinco bocas —oído que tiene uno—.

Valiente Nolan, trabajando en la idea durante quince años para recibir ahora esto. Pues ya la tímida traducción del acertado título inglés por Origen da una idea de qué esperaban los distribuidores nacionales: no Inception, más bien Incomprehension. Porque el espectador de a pie, irremisiblemente, se pierde. Mejor decir que no se halla desde el principio. Desde el origen.

Otro tipo de público (los lectores habituales de Borges, Ballard, Dick, Gibson, los fans de Matrix, los androides de Vader) se ha puesto a hacer conjeturas, o blogjeturas. Hablan de ropas (zapatos) diferentes de unos niños durante y al final de la película. Divagan sobre una peonza que no cae por sí sola en todo el desarrollo: siempre que se la tira, gira a no ser que reciba un empujón que rompa su movimiento dervichesco. Acerca de cuerdas desatadas por medio del arte del descuido del séptimo arte. Baila alrededor del transcurrir del tiempo en los sueños, y de la pertinencia narrativa de establecer una regla científica sobre su relación con el devenir, digamos, real o superficial. Asimismo, y para seguir demostrando sus capacidades perceptivas, se dedican a develar toda una retahíla de gags intelectuales que no ayudan en absoluto a comprender los fundamentos de seducción en que se basa la obra en sí. Pues si de algo puede hablarse en Inception es de narrativa seductora en estado puro.

A quien esté dudando en ir a verla porque tema perderse, le recomiendo leer antes el artículo de la Wikipedia en español. Los muy burros describen ahí todo el argumento y hasta destripan el final —si el final de una película no es bueno (es decir, feliz, para un amplio segmento poblacional; o abierto, para otro más pequeño pero aun así abundante), los espectadores renegarán de su totalidad, como si no importaran para nada los 89, 119 o 149 minutos anteriores (como no valorar El castillo por estar inconclusa) y sólo pagasen la entrada para que les mostraran sofismas narrativos falsamente ingeniosos—. Pero, después de ver la película, y de leer las wikis y otros artículos, no considero que la narración pierda atracción alguna por saber de qué va o cómo termina (es decir, el final ese tan deseado). Es más, creo que el saber con anterioridad podría relajar a más de uno/a y permitirle, por tanto, disfrutar de la verdadera valía de la película. (Sólo en el caso del espectador de thrillers, que busca lo que busca, aconsejaría que ni siquiera se tomara la molestia de comprar la entrada.)

Memento

La narrativa basal de Inception es, probablemente (se trata de una sospecha, no de una aseveración), una ósmosis del relato Las ruinas circulares de Borges. Pero también podría decirse que se complementa con ciertos excedentes de Saramago, con una novela de Tabucci, Sueños de sueños; y que además bebe de Pesadilla en Elm Street, e incluso de la metanarrativa perseguida por La playa, esa infumable cinta protagonizada por un DiCaprio mucho más joven.

Lo que podría ser calificado (y no analizado) como el pegamento sentimental de Inception es, a mi juicio, la mayor de sus virtudes. Lo que la sublima más allá de la mera idea de la especulación sobre la interacción multinivel dentro de los sueños. Pues hay en ella un pseudo(tecno)rromanticismo indudable: la historia de la pareja protagonista, ella aparentemente muerta y tan sólo presente en los sueños de Cobb (Dicaprio). Pero como los sueños son accesibles, dado el carácter mixto de ciencia ficción/especulación de la película, Mal (Cotillard) es ya no sólo visible, sino plenamente sensible, para los compañeros de sueños de aquél. Que comprueban cómo el grado de obsesión/amor de él por ella puede llegar a perjudicar fatalmente el prosaico objetivo de la misión común.

La fortaleza de esta comunión de Cobb con su esposa ha sido fraguada en un sueño compartido por ambos durante un tiempo onírico equivalente a cincuenta años. Período en el que construyeron (soñaron) un mundo en el que les gustaría vivir para siempre. Asombrosamente sin la compañía de sus hijos, que así son reducidos a mero apéndice natural de un amor que trasciende lo que normalmente entendemos como tal. La pareja perfecta de niños son la secreción formal, un subproducto, pero no el objetivo. Éste es en realidad la creación de un mundo arcádico, una utopía que se convierte en distópica para Cobb cuando su mujer se suicida a causa de la idea que él piensa ha introducido en la mente de su esposa con éxito: que cuando despierten lo harán a otra vida soñada y por lo tanto no real, haciendo necesaria una nueva muerte en éste para reaparecer en el verdadero mundo, y así dejar de soñar. La hipótesis en realidad no ha sido incepcionada en la mente de Mal, sino que es una realidad subyacente en Cobb que su subconsciente no se atreve a aceptar. Así, los hijos son otra prueba de que lo que Cobb cree realidad no es sino otro nivel de sueño, quizá el último. Pues aquéllos no existen más que en su mente. Fueron creados como proyección común de la pareja en el primer nivel de sueño a que accedieron juntos, y desde el que bajaron al siguiente, donde crearon la Arcadia. De ahí la escasa o nula atención que se les presta en la película, que no en la mente del protagonista. Es decir: Cobb está soñando, de principio a fin. Es su mujer, pues, quien lleva razón: deben suicidarse para de verdad poder despertar. De lo que se deduce que la idea de incepción, de originar un pensamiento virulento dentro de la mente de otro que al despertarse le obligue a hacer o dejar de hacer algo, resulta una falacia (al menos por esta vía de los sueños). Y para convencernos de todo ello, Nolan, que deposita poca confianza en la atención del espectador, introduce la serie de pistas a que me he referido con anterioridad (y que están siendo ampliamente desarrolladas en las blogjeturas).

Como decía, es la creación utópica realizada por la pareja, y su duración, lo que más impresiona y cohesiona la narración. Sin este contexto Inception sería una película de ciencia ficción/especulación más. Algo fantasioso y sin alma. Pero Nolan sabía que una idea ingeniosa necesita de un atractivo subliminal que la guíe. Y para eso introduce el artificio narrativo de la Creación por el hombre. Recurre al Génesis y al amor humano para sustentar su obra. De forma parecida se han hecho funcionar otras películas del género. Por ejemplo Inteligencia Artificial, por nombrar sólo una en la que el truco de los sentimientos del espectador hace soportable una trama que de otro modo estaría insoportablemente deshumanizada. De nuevo es el amor, en este caso el filial, del niño androide por su madre adoptiva, lo que da sentido al periplo narrativo.

Residuos

¿Cuánto no daríamos por poder estar de nuevo con nuestros queridos perdidos —sin que ello significara necesariamente que deban estar muertos—, aun en sueños alimentados con nuestros propios recuerdos? ¿Cuánto por poder estar en una playa desierta con quien verdaderamente amamos —y nuevamente sin exigir que ese amor fuera correspondido—, todo el tiempo que se nos antojara y sin las interferencias físicas de nuestros imperfectos cuerpos ni de la fastidiosa realidad?

La idea es incluso más atrayente que la posibilidad de visitar el futuro, o el pasado, cuantas veces queramos. Porque la construcción de esa realidad virtual dependería exclusivamente de nosotros, de nuestras actitudes y aptitudes. Y de nuestros más egoístas deseos. No estaría constreñida por el conocimiento de lo que pasó o el lamento de lo que pudo haber sido y no fue ni tampoco por el temor a lo que vendrá. Porque mediante el sueño seríamos capaces de ir probando todas las posibles bifurcaciones, quedándonos finalmente con aquella que más nos agradase, o construyendo (como Cobb y Mal) la que supiéramos para nosotros más sublime. Obviando así la realidad. Refugiándonos en nosotros mismos. Literalmente en nuestros sueños. El único inconveniente es que, como les pasó a ellos, cuando despertáramos —y cuántos desearían estar así para siempre; es decir, no despertar jamás— seríamos “unos viejos dentro de unos cuerpos jóvenes”. Claro, pero ¿para qué vivir más, si para entonces ya habríamos vivido todos nuestros sueños?

18 ago. 2010

Overbooking


A efectos de nuestro análisis —necesariamente incompleto, superficial (puesto que en las conclusiones nos moveremos en la superficie de los acontecimientos para dialogar con ellos ahí, sin pretender cambiar su sustrato sino, en la medida de nuestra creatividad y de lo posible, sumarse a él), y no fundado en la razón práctica sino en la práctica de la razón—, la tendencia se inició con la comercialización de libros decorativos. El deseo de proveer al hogar de un ambiente culto, sin abonar el caro y engorroso fielato de hacer coincidir el contenido de las estanterías con el de la propia cabeza, provocó la aparición de un incipiente mercado de lujosas encuadernaciones de aire que, mediante su colocación agregada en baldas y estantes, otorgaban un aire victoriano a salones tradicionalmente decorados con tapetes de ganchillo, figuritas de porcelana y fotografías familiares. Alguna variante de la idea confería una mayor utilidad al vacío contenido entre tapas y lomos. Por ejemplo, servir de mini mueble bar, organizador de facturas, fotografías, cartas, e incluso de costurero, de caja de herramientas, de cigarrera, etc. El dueño de boiseries así emperifolladas podía entonces disfrutar del visionado de partidos de fútbol con la conciencia estética tranquila al poder ser reconocido por sus visitantes como persona leída y, por tanto, instruida.

Investigando las verdaderas razones del auge de este Nuevo Estilo interiorista, encontramos que sus raíces descansan en un indudable deseo de abandonar la incultura. Pues la moda de renovación interiorista no se detiene en el look de las repisas, sino que extiende sus tentáculos hacia las paredes, con la compra compulsiva de alcayatas —también cáncamos, y los correspondientes tacos— y sus reproducciones pictóricas a juego, que van desde los impresionistas franceses hasta la antigua modernidad de Klee o Kandinsky; la adquisición de facsímiles escultóricos o cerámicos, con predilección hacia la alfarería porcelánica china de gran envergadura, los mármoles griegos jibarizados o, más recientemente, el conceptualismo polimaterialista; el forrado de testeros mediante tapices con escenografías de época, antes de caza y ahora bucólicas (o con fotografías de gran formato, con predilección por los edificios estilo Metrópolis), y en los suelos la superposición de alfombrados cuyas tramas de poliéster tintado son claro simulacro de topologías extraterrestres. Y así podríamos seguir durante unas cuantas frases más, adquiriendo para nuestro análisis el coleccionismo de fascículos couché, de minerales falsos, de iconos pop, de artefactos de la modernidad reproducidos a escala doméstica, de cápsulas musicales clásicas en variados formatos reproductivos, de eclécticas muestras del séptimo arte clasificadas mediante ingenuas taxonomías comerciales que suelen apelar a criterios tan dispares como el origen geográfico de la producción, su autoría, su género, las épocas en que se comercializaron, los premios obtenidos, su temática, un actor, su banda sonora, etc.

Pero ¿en qué radicó este auge de la cultura como complemento personal? ¿Qué tienen de malo las estanterías vacías, o llenas de figuritas de Lladró o imitativas de éstas, o incluso la ausencia misma de estanterías? ¿Y qué si sus dueños son reconocidos dentro de su hogar como homos no-sapiens, dado que en el exterior, fuera de sus casas, no es posible portar píldoras estéticas de esa supuesta formación? Y aunque fuera posible —mediante complementos del vestir tales como Ipods, Ipads, e-readers, o usando prendas serigrafiadas con clichés culturales, o incluso llevando en la mano o en el bolso (siempre sobresaliendo una esquina) un vulgar libro—, ¿qué sucedería cuando el estetizado como intelectual abriese la boca para decir algo? Las respuestas son obvias: el individuo, en su esquizofrénico afán de reconocimiento, siquiera figurado, cavernario (el socorrido platónico), obtiene una inmediata y permanente recompensa al rodearse ampulosamente de iconos culturales; y frente a la hipotética interrogación por parte de interlocutores curiosos —y malpensantes (de esos post-socráticos)—, siempre caben respuestas tales como: lo leí hace mucho y ya no me acuerdo (un libro), lo compró mi mujer/marido (un cuadro, una alfombra), se los dejó mi ex y no ha vuelto a por ellos (casi siempre discos o cedés), son de mi hija (las mujeres, sobre todo las más jóvenes, presa fácil de la tentación ilustrada), o el socorrido y castizo vete a la mierda. Lo cierto es que debemos reconocer estas posturas (fallidas en su intento de creación de un simulacro intelectual) como singulares variantes del síndrome de Diógenes: la acumulación de basura cultural en tanto no destinada a mejor uso que el esteticista o decorativo.

¿Alguien tiene la culpa? Es decir, ¿hay alguien o algo a quien poder echárselas? La renovación culturizante es fruto del devenir posmoderno de una modernidad ausente o reprimida. El acceso masivo a instancias de educación superior acaba superando a generaciones anteriores que no tuvieron dicha posibilidad. Los especimenes nacidos a partir de los sesenta tuvieron, en su gran mayoría, que ingeniárselas por sí mismos para salvar la prueba cotidiana de los deberes escolares, puesto que sus padres provenían de un inmediato pasado dominado por el analfabetismo. Visto así, estos niños, hoy adultos, mantienen una relación de amor-odio con la cultura, traumatizados por la soledad infantil experimentada ante soporíferos textos (vidas que son sueño) de Calderón de la Barca o incomprensibles declinaciones latinas. Y entretanto sus padres fueron los ur-promotores de la moda estética del parecer que se sabe sin saber nada, amedrentados por la talla cultural que, merced a la escolarización, iban adquiriendo sus propios hijos, y atosigados por la sensación de estar varados en el limbo de la ignorancia, dentro de una sociedad que ponderaba cada vez más las apariencias de saber y pensamiento en lugar de fútbol y cervezas (espectáculo y juerga). Eclosión revisionista maquillaincultos que el mercado, nunca ajeno a las tendencias ontológicas (aunque éstas prendan sólo en la superficie), aprovecha de múltiples maneras. Círculo de Lectores, por ejemplo, tiene el merecido honor de haber distribuido más elementos decorativos que ninguna otra cadena de complementos del hogar. Así también Ediciones Rueda, que sólo por el precio de la entrega (acto comunicativo que, junto con la persuasiva llamada telefónica al azar, constituyen los únicos que se dan en su transacción; es decir, no hay posterior uso de la mercancía entregada más allá de su mero depósito en un hueco, quizá excesivo y huérfano de glamour intelectual) acerca a los hogares biografías diversas encuadernadas en lomos combinables con la ecléctica policromía kitsch del mobiliario contemporáneo. No olvidamos los célebres libros vacíos, o libros cáscara, arranque de esta disquisición, y que por mucho más baratos y fáciles de armonizar entre sí tuvieron un importante auge comercial en las décadas de los ochenta y noventa del siglo pasado. Y ya en nuestros días —aunque en un devenir actual de un impagable pasado antiestético del interior—, la fiebre del libro está siendo sostenida por diversos lobbys mercadotécnicos. Veamos, en principio y someramente, un par de casos paradigmáticos en párrafos aparte.

Pensemos en las publicaciones dedicadas al interiorismo y la decoración, que constituyen todo un sucedáneo de la efectiva renovación de los espacios. Al actuar como proyecciones inversas de la escasa o nula imaginación de sus hojeadores (del verbo hojear, pasar hojas), consiguen grabar en sus subconscientes determinados arquetipos estéticos, uno de los cuales es la virtud del libro como objeto que viste, en más de un sentido. Paradójicamente, siendo la mejor representación empírica del querer y no poder, su gran diseminación pone de manifiesto una magnífica utilidad como placebo ante el dolor causado por la pobreza económica de quienes adquieren tales revistas: no se aprovechan tanto sus ideas de conjunto —por motivos más que evidentes— como los pequeños detalles nada azarosos: libros sobre mesas de centro, bajo mesillas de noche (rara vez encima), en repisas de falsas chimeneas de falso estuco, en estanterías cerradas para protegerlos del polvo, en abiertas estanterías de escayola o pladur (unos sencillos materiales que nunca podrán abonar la deuda que, en la expansión de su uso, tienen con la literatura decorativa), sobre hamacas al lado de sombreros de paja sutilmente olvidados, etc. Estrategia de la consolación mediante el detalle que fue llevada a su máxima expresión hiperrealista en esa publicación permanente de decoración low-cost que son los centros IKEA. (Idea que merece, de nuevo, un punto y aparte.)

Aparentemente, su acierto arranca de un marketing enfocado al acercamiento de precios a las posibilidades de bolsillos en su mayor parte llenos de aire. Pero, en contra de lo que pueda pensarse, no ha sido la venta de estructuras desmontadas y empaquetadas al vacío la causa del éxito de IKEA, sino más bien los factores que hacen veraz su inicial política comunicativa: lámparas a 2 euros, juguetes a uno y medio, woks a 4, albóndigas suecas a tan sólo uno, etc. Estos precios irrisorios atraen al turista interiorista quien, al comprobar que ni lleva idea definida de lo que necesita o quiere ni tampoco dinero suficiente, acaba adquiriendo un par de chucherías inservibles y, eso sí, llevándose en la cabeza un nebuloso concepto acerca de la preponderancia del detalle sobre la mera superficie del artefacto que complementa. O sea, es el contenido lo que valúa el continente, pero entendido éste como el mueble en sí y aquél como lo que se pone encima. Objeto de investigación a este respecto debería ser el reciente esplendor internacional de la literatura sueca: ¿cuántos visitantes de cualquier establecimiento IKEA, al serles negada la adquisición de los libros suecos que, sobre baldas BILLY, decoran sus exposiciones —y que no haría falta traducir, porque no van a ser leídos—, no habrán terminado por acudir a otra multinacional menos quisquillosa (por ejemplo la FNAC) para quitarse el deseo de colocar sobre sus propios soportes MERKAMUEBLE un libro de, digamos, Mankell o de cualquier autor/a de la ubicua dinastía Larsson?

Como puede verse, la razón estética prevalece sobre la cultural, pues son más visibles los huecos en el mobiliario que los espacios cerebrales de contenido ausente. Pero ¿qué ocurre cuando la más o menos esporádica agregación humana exige a sus integrantes un mínimo conocimiento de los interiores del acontecer cultural? Trasladada la pregunta a nuestro devenir topológico más actual: ¿qué ocurriría —nótese el uso del condicional— en la calle, cuando no se tuvieran a mano Google y la Wikipedia, ni tampoco se dispusiese de la diacronía que sustenta las conversaciones en red, sino que se estuviera en la más prosaica y aterradora de las sincronías? La respuesta, obviamente, está en la aparición de un nuevo gregarismo, nueve puntos por debajo de la intelectualidad pero uno o uno y medio por encima del iletradismo. Aunque todavía en pequeño porcentaje sobre la totalidad humana, el fenómeno de la lectura no obligada por entornos formativos favoreció la irrupción comercial de los fast-books: libros que, al igual que sus homólogos comestibles, son fácilmente adquiribles y digeribles y, lo que quizá sea más importante, favorecedores de la plática sobre sí mismos —el libro, menos vehículo de placer intelectual que objeto de intercambio de los acontecimientos en él narrados—. Nace así una pseudointelectualidad basada en la paraliteratura, que encuentra un suculento mercado en las hordas de sujetos con mayor formación que sus progenitores y con nuevas necesidades de intercambios supuestamente divergentes de la vulgaridad más pedestre. Con todo, ambas necesidades convergen en una misma raíz: ser lo que no se es, aparentar un saber que no se posee más que por las vías vicarias de la narrativa de repetición, del coaching psicológico puesto por escrito (mutación de los consultorios sentimentales radiofónicos) y de la divulgación de una ciencia destilada.

Los promotores de mercado, conscientes del filón económico que supone la tendencia, se han dedicado a reclutar, a golpe de talonario, adeptos a esta nueva irrealidad literaria y filosófica —distopía que trae de cabeza a los autores de verdaderas literatura y pensamiento—. Hasta el punto de crear un gran núcleo productivo en torno a las figuras de sus autores y los géneros que trasciende el mero espacio contenido entre encuadernaciones. En un mundo absolutamente mediatizado, la falta de referencias narrativas actuales deviene pecado contra la moda de lo más leído, de lo más vendido. La no-actitud ante la literatura de quien no lee nada huele más a posición reaccionaria que a simple indiferencia ante la letra impresa (hay que ser muy burro para ser tan burro). Y los detractores de este estado de cosas —de este estado de objetos— son vistos como una pequeña nube de insectos entontecidos por el matamoscas de las superventas ajenas. Ganan, pues, la aventura de sujeto-verbo-predicado, la anécdota trivial y facilona, la superficie poéticamente enardecida (entre nardos), la ausencia imaginativa y el sentimiento de supermercado (siento, luego existo), pues logran comulgar con esa mayoría cuya suma de cualidades vencen; alcanzan tal nivel de empatía con ella porque de ella nacen, con ella se reproducen y en ella mueren.

Así las cosas, quizá quepa reflexionar sobre las posibilidades reales de extra-difusión (vale decir ventas —pero también lecturas— fuera de los círculos de la auténtica intelectualidad) de las verdaderas literaturas, sobre todo de las apellidadas nuevas. Hacer uso de las mismas trampas comerciales que las falsas es una opción nada desdeñable. Nos viene a la memoria aquel título del grupo Mojinos Escozíos, Más de 8 millones de discos vendidos, fácilmente extrapolable a figuras retórico-comerciales impresas en fajas ad-hoc tales como: 500.000 lectores no pueden estar equivocados (siendo más modestos que los Mojinos, o sea, sin exagerar tanto en la cifra, y no dando pistas de por qué esos 500.000 lectores no están equivocados ni respecto de qué), o 10ª edición (y que no tenga por qué ser mentira, pues las primeras nueve ediciones podrían haber constado de un solo ejemplar cada una —rarezas bibliográficas, además—), o también comentarios elogiosos de, por ejemplo, blogs amigos creados con intención comercial (y con nombres algo equívocos como Bavelia, El Kultural, Las Vanguardias, El Seminal, Ké Leer, etc.), etc. Pero también innovando en el formato de presentación: poemas dentro de una lata con la forma del Ipod (es decir, ir aprovechando los iconos tecnológicos de cada momento), o impresos en servilletas desechables (y comercializados no sólo en librerías, sino también a través del canal HORECA), libros con formas figurativas y decorativas, libros que son mitad en blanco (Moleskine), mitad impresa (la obra), y de nuevo etc. Qué decir de la distribución alternativa (esos mundos paralelos que procuran la visibilidad del objeto mercadeado), del coaching post-literario, del aprovechamiento a fondo de los fetichismos, de las posibilidades de la publicidad líquida, del no explotado concepto del livre-à-porter…, último etcétera .

Nota: Estos grumosos fragmentos (aquí resumidos) forman parte de una obra aún no intitulada pero ya subtitulada Yo he venido aquí a hablar de mi libro (en homenaje a Francisco Umbral, su mediático proferidor —se recomienda visitar en la wikicuote la completa nota sobre sus citas más célebres: http://es.wikiquote.org/wiki/Francisco_Umbral—). Su autor sostiene la necesidad de coger las riendas de la Caverna como único medio de sustentar, en el medio y largo plazo, las auténticas producciones artísticas (es decir, de alimentar a sus famélicos productores para que puedan seguir obrando con tranquilidad ventral), desplazadas por la manufactura automatizada e indiscriminada de los opios pseudoculturales comúnmente aceptados, tolerados.

(Versión en pdf de la revista Nuevo Stylo, especial CULTURA QUE VISTE, pinchando aquí.)


Próximo análisis: Sistemas piramidales.

14 ago. 2010

Nocilla Lab


Culebrón Nocilla (Capítulo CUATRO)

En casa de un vecino de urbanización se ha suscitado hace poco una discusión cuyas calidades de respuesta y niveles de participación ya la quisieran para sí algún que otro corrillo supuestamente literario. Mi participación en ella se ha reducido a decir, cándidamente —es decir, de modo casual, llegando de otra fiesta en donde perdí los zapatos—, que con las pajas mentales no se vende literatura. Y que estando de acuerdo casi al ciento por ciento con las conclusiones a que, cada uno/a a su manera, iban llegando, echaba en falta una licuefacción —nótese el ruido de cubitos de hielo sobre fondo de vaso alto— de sus textos e investigaciones con el fin de que éstos pudieran transferirse al pueblo llano, vago por naturaleza (y abstemio de vanguardias), pero hambriento por cada día ser algo más culto —por ser algo que, entendedme, puede una/o ponerse, como un bolso o una corbata—.

Aludo a la necesaria y necesitada (por los lectores) labor didáctica de la crítica. La conversación se refería, también, a la crítica verdadera, y no a la divulgativa efectuada por la prensa, capaz de cualquier acción destinada a: conservar el puesto de trabajo, contentar a las editoriales propiedad del grupo de comunicación en donde se escriba, alabar bodrios de amiguetes (a los amiguetes en sí me parecería lícito), destrozar obras por envidia, obrar envidias por encargo, envidiar cargos (¿o era abonos?) por obras, y encargar o cagar u obrar birrias en forma de reseñas. La verdadera crítica se dedica a construir, según dicen, con rigor y fundamento, es decir, desde el conocimiento y la experiencia y sin otro objetivo que el puramente filológico, semiótico, referencial, literario. Pero yo sigo sin estar convencido.

Una paja mental en sí, por muy fundamentada que esté y más rigurosa sea, por mucho que ayude a afianzar los basamentos de la literatura mediante su puesta por escrito —o se convierta ella misma en literatura por derecho propio y no como mera adenda o nota a los pies, es decir, se haga autónoma y se independice del fin para el que fue eyaculada—, si sólo es alimento o pasto de dioses, ¿me pueden decir entonces para qué cojones sirve? Sin excluir para nada la finalidad objetiva, no termino de ver, en estos albores de la muerte de la literatura por empacho (aunque también por envenenamiento, distrofias, esclerotización, envejecimiento cultural, primitivismo lector y escritor, y por difuminación y adulteración tanto de sus medios como de sus fondos), el empecinamiento de los verdaderos críticos en una actuación formalmente decimonónica. El pienso luego existo —esa realidad lo subyacente bajo el mantenimiento artificial de estas actitudes—, en su mayoría subvencionado con fondos públicos, y mantenido durante siglos como paradigma de la función cultural, es tan contrario al devenir posmoderno como los ecos recordatorios proustianos, aunque éstos sí merecedores por derecho y arte propios de su blasón colgado en la exposición permanente de óleos. El laboratorio como fin y no como medio. La figura del investigador literario tras libros como alambiques y probetas, ávido de un, por definición, minúsculo reconocimiento por el producto de su labor, que pasará a mejor vida de anaqueles universitarios ávidos de referencias de realidad ausente.

(Mucho me temo que pronto deba desdecirme de todo esto, punto por punto.)

Pero lo cierto es que la verdad debería estar ahí afuera y no en una estantería de consulta, y ahí afuera no hay más que publicidad, panfletos, sedantes, ibuprofeno para unos cerebros atrofiados por el desuso. Si los críticos saben que Dios existe, deberían contárnoslo a los lectores, demostrarlo con menos esdrújulas y más llanas. Y no, como casi siempre sucede, a la inversa: es la presión lectora la que, adelantándose a la crítica, en ocasiones encuentra perlas bajo la basura radioactiva de las mesas de Novedades. Quiénes, si no los lectores, fueron los que empujaron al cambio editorial de Agustín Fernández-Mallo desde Candaya a Alfaguara. Quiénes, si no ellos, mediante un boca a boca ya no tan complicado, consiguieron que se sucedieran las ediciones de Nocilla Dream. Nos dirán que fueron dos, tres críticos. Pero deberemos responder que fueron los traductores o simplificadores de esos críticos quienes señalaron el camino a los siguientes lectores. Que fueron la honestidad de Candaya en sus envíos sin pago por adelantado, la rapidez en la circulación de préstamos inter-lectores, el oye tú, el no lo has leído no sabes lo que te pierdes, el saber de algo distinto, diferente, nuevo e incontaminado y, sobre todo, el leerlo: este magma de factores fue el desencadenante; los efectos fueron las ventas, el cambio editorial, Nocilla Experience y Nocilla Lab.

Centrémonos en el último, el apellidado Lab, sólo sea por el paralelismo metafórico entre el arranque de esta nota y su título. En Lab no se cuenta nada, puesto que todo, de alguna forma, ya estaba ahí, esperando a ser puesto por escrito. Lo más significativo y aparente es su estructura, que el mismo autor, dentro de la novela, define como rizomática. Se trata de un aviso para navegantes críticos, o mejor de una concesión del científico a la crítica literaria. Una aclaración de por qué esto es así y no de otra forma. Un rizoma es un tallo subterráneo (Wikipedia) con varias yemas que crece de forma horizontal emitiendo raíces y brotes herbáceos de sus nudos. La forma de narrar esa nada preexistente de Agustín es, pues, mediante el rizo que va reencontrándose consigo mismo en puntos determinados, repitiéndose en ellos, rozando pasados y futuros y arrancando desde ahí hacia otras direcciones o yemas narrativas. Fernández-Mallo riega esas yemas, esos nudos, que crecen siguiendo direcciones imprevisibles, aumentando a bulto y, según yo lo veo, nunca explotando ni implosionando, sino más bien adueñándose del espacio hasta colmarlo.

Sin lugar a dudas, de las cuatro partes en que se divide la obra, la mejor y más lograda desde el punto de vista estilístico es la primera: un único párrafo de más de setenta páginas con total ausencia de puntos y paréntesis, sólo comas y un par de corchetes. Éste es el rizoma ideal, la raíz del resto de bulbos. Agustín riza rizos y fija puntos de referencia: una pareja en una isla del mediterráneo, una funda de guitarra con material para un Proyecto cuya verdadera identidad no se revelará, un bar y una llamada para avisar de una muerte, un artículo de Vila-Matas sobre otro bar en otra isla, otro bar en Galicia donde un estudiante hace una pregunta absurda a unos comunistas, un hotel en Las Vegas y una novela de Paul Auster traducida al portugués, un coche alquilado, cuatro caminos a elegir, una penitenciaria italiana reconvertida en hotel de agroturismo. Todo ello narrado en un continuum verbal que tiende puentes espacio-temporales entre sucesos y pensamientos y lugares para desembocar en la siguiente parte: una especie de embalse narrativo dentro de un camping —simulacro topológico— que después riza de nuevo hacia la penitenciaria. Luego, cima tensional, dispersión a modo de ecos o residuos y desenlace en forma de cómic.

No esconde Agustín la deuda de Nocilla Lab con el relato Casa Tomada, de Julio Cortázar, raíz narrativa que va engordando y emergiendo y, de esta forma, tomando las riendas del relato, apropiándoselo. Sin embargo, mientras en el cuento de Cortázar hemos de suponer la victoria de los intrusos, en la novela de Agustín no está claro quién está invadiendo a quién, cuál de las dos realidades presentadas es la falsa y cuál la verdadera, vale decir quién el bueno y quién el malo, quién debería salir victorioso por mor del buen fin de la narración. Como tampoco se enmascara la presencia de una tendencia metaliteraria puesta de manifiesto por Enrique Vila-Matas, escritor cuyo Mal de Montano emerge con nitidez tanto en referencias directas como indirectas, dada la soledad cada vez mayor en que el narrador de Lab se va introduciendo hasta llegar a la más pura, con un doble asesinado —que bien podría ser Pierre Menard— criando bichos en la arena, mientras Vila-Matas aguarda entre bastidores la llegada de Agustín, que lleva consigo el deseo citado (de cita) de desaparecer.

Sin embargo, con todas las referencias ofrecidas por el autor, de manera honesta y transparente, Nocilla Lab resulta una novela de difícil interpretación aunque fácil lectura. Sería sencillo definirla desde un punto de vista simple, basado en el aspecto lúdico de su lectura, algo fácil de concluir: cómprala, no te arrepentirás. La idea de analizarla centrándose en su estructura es seductora, pero la reduce a meras mallas y bloques constructivos: unos planos en Autocad más o menos complejos. Entrar en el argumento no deja de ser, también, un ejercicio meramente descriptivo, usurpador del papel de la propia novela, parasitario de su desarrollo, gestor envilecedor de su brillante contenido. Y valorar la inclusión de elementos excéntricos a la narrativa secular, tales como fotografías o viñetas de cómic, a estas alturas de la película literaria sería como vanagloriarse o asombrarse de la aparición de la versificación libre. Lab es algo más: es un Proyecto, el proyecto del que constantemente se habla pero no se desvela su objetivo ni características básicas.

Como parece que no me gusta ninguna de las opciones señaladas, voy a aventurarme por esos callejones de la hipótesis (de laboratorio), tan peligrosos por poco transitados y oscuros y por la elevada probabilidad de tropezar y dar de bruces con el suelo.

¿Y si Nocilla Lab, a la vez que culminación de la trilogía comenzada con Nocilla Dream, fuera también una reivindicación de la autoría conceptual de un movimiento literario, el de la generación nocilla? ¿Una llamada de atención que no busca tanto la atribución de la génesis de un movimiento, como la autoinculpación y, por tanto, la eximición de responsabilidad alguna sobre los otros integrantes del heterogéneo grupo? ¿Es Lab, por tanto, un sacrificio? ¿Mata con ella Agustín al Fernández-Mallo nocillero, lo hace desaparecer del mapa literario, como fuera el deseo metaliterario de Vila-Matas, y con ello entierra toda una performance cultural que ha sido vilipendiada por malentendida? Es decir, ¿se acabó Fernández-Mallo, o sólo se cerró una etapa —muerto el perro se acabó la rabia—? ¿Y los demás, es esto el final del Culebrón Nocilla? ¿Habrá secuelas, o precuelas? ¿O ya no es necesario el término como artefacto, ahora que por ejemplo desapareció Berenice, ahora que ya se consiguieron ciertos objetivos, cuando la agrupación puede acabar perjudicando a los agrupados y quizá sea mejor la diáspora, el spin-off?

No lo sé, voy a reunirme con el productor de esta serie para celebrar una sesión creativa e intentar dilucidar en qué puede desembocar todo esto. Si en una continuación artificiosa, o si en documentales singulares sin más relación entre ellos que un gusto común: el del que esto escribe con el de quienes esto leen.



Acta de la reunión entre productores del Culebrón Nocilla en Bolmangani TV

Se alcanza acuerdo en seguir retransmitiendo la obra de los mejores autores españoles e internacionales, pero procurando su no adscripción gratuita, imitativa y/o caprichosa a movimiento alguno. Además:

—Uno de los reunidos dice que ayer por la noche, en plenos fuegos artificiales de la Feria de Málaga, vendió un Foster Wallace (Algo supuestamente divertido que no volvería a hacer) y un Orejudo (Ventajas de viajar en tren).
—Otro asistente comenta que la gente sólo lee best-sellers, a lo que se contesta con resoplidos y gruñidos de hastío. El asistente dice que no por cansino puede obviarse el tema; dice que, aprovechando el inopinado tirón mediático de BTV, podrían lanzarse algunas propuestas paraliterarias encaminadas a paliar la falta de lectores serios y a purificar la raza escritora.

Tras dos rondas de gintónics, y el mayoritario descarte de varias mociones que nacían de la violencia (verbal y física, pero también escrita), se ponen sobre una servilleta las siguientes iniciativas:

1. La creación de una clínica de desintoxicación para lectores de best-sellers y de sus sucedáneos menos vendidos e incluso invendibles.
2. La creación de academias de lectura, y de cursillos de literatura por correspondencia.
3. Una clínica de curación de compulsiones escribidoras.
4. La promulgación de una ley prohibiendo la autoedición sin mediación de editores que merezcan ser reconocidos como tales por un cónclave de lectores sin mácula alguna en su conciencia curricular.
5. El cierre de un porcentaje más bien alto que bajo de imprentas y la reconversión de sus trabajadores en lectores furibundos de novelas primero decimonónicas, después modernas y, por último y antes de pasar a asuntos de mayor trascendencia, posmodernas.
6. El destierro de los/las dueños/as de las academias de escritura creativa, procurando su cierre o traspaso como cafeterías, o su reconversión nominal en escuelas de alfabetización para adultos con diploma universitario o en vías de obtención.
7. La restricción del uso de los procesadores de textos a aquellos que, como en los casinos, sean incluidos en una lista negra por jugar en exceso con el tiempo, dinero e inteligencia de los lectores.
8. La creación de centros, diurnos y nocturnos, para entretenimiento de escritores despojados, mediante una o varias de las medidas anteriores —al parecer la mutación ha dado lugar a cepas especialmente recalcitrantes—, de su principal medio de deyección.

Finalmente se firma el acta de la reunión por los asistentes que aún poseen ciertas facultades psicomotrices y, ya en la puerta de BTV, se reafirman todos en la intención de continuar con el Culebrón Nocilla (escondiendo los capítulos siguientes entre anuncios publicitarios y algún que otro documental, y sin descartar los reality shows, que tanta audiencia generan), habida cuenta de la importante nómina de grandes autores pendientes de comentario, y de la misma incompletitud de las hagiografías de los ya retratados, lo que desencadenará en el futuro los oportunos y menos costosos revivals.

Y entonces o después nos fuimos a dormir la mona.

12 ago. 2010

¿Es necesario leer a William Gass?

El post que sigue es bastante antiguo y, aunque escrito por un amigo, no puedo estar de acuerdo con el tono ni con parte del contenido. A quien quiera conocer mejor parte de la obra de William Gass, le recomiendo este otro, más actualizado y con un texto del propio Gass traducido al español: http://bolmangani.blogspot.com/2012/03/vida-entre-estanterias.html

Los que no somos científicos, sabios o entendidos en algo (en nada, añadiría para hablar con propiedad) podemos tomarnos la licencia de plantear las cuestiones como si fuésemos niños de diez años (o de menos). Vaya eso por delante. Estás a tiempo todavía, amable lector, de seguir leyéndome, después de esta inicial aseveración, pues esto no ha hecho más que comenzar: eres libre de seguir buceando en estas modestas líneas sobre literatura o de aprovechar tu tiempo por algún otro rincón del ciber-espacio, por ejemplo, buscando fotos de Shakira, descargándote películas o música de Internet (algo que no sintoniza ni con la ley vigente ni con los planteamientos sempiternos de Ramoncín) o jugando al tetris.  

Si sigues todavía aquí, amable lector, sólo me queda agradecerte la confianza que depositas en mí y confiar en no defraudarla. No pretendo grandes cosas con este escrito, debes saberlo: a lo mejor, simplemente, pensar con los dedos, que es como otro modo de pensar. Es razonar pero, para ello, escribir, aunque no sé si es bueno tener el gatillo tan ligero. Vamos al grano, en cualquier caso. No hace mucho acabó en mis manos “En el corazón del corazón del país”, de William Gass, autor al que ni conocía (sí, amable lector, tengo algunas lagunas tan impresionantes que floto en ellas como si de un Mar Muerto literario se tratara). El libro no cayó del cielo, como solían hacer las maldiciones bíblicas. No. Lo depositó en mis manos una mano nada inocente: la siempre inteligente mano izquierda de José Luis Amores, buen amigo, lector poliédrico y auténtico sabio de la cosa literaria. Sabedor de que intento emborronar papeles con algo así como poemas, relatos y no sé qué cosas más, supo encontrar un banderín de enganche inigualable para convencerme y animarme a la lectura de Gass: alguien que emborrona textos debe conocer los escritos de Gass. Dicho y hecho. La experiencia fue positiva y, por eso, me animo a contar mis sensaciones con la lectura. Sensaciones discutibles, a lo mejor erróneas, fruto de mi imaginario personal (a lo mejor no existen libros, sino que los que existen son los lectores...), pero que considero sinceras y, por ello, las escribo aquí. Adelanto que todavía no estoy en edad de embaucar: podré estar equivocado, pero todavía no soy malvado. 

“En el corazón del corazón del país” (1958) está compuesto por cinco relatos: “El chico de Pedersen”, “La señora Ruin”, “Carámbanos”, “Del orden de los insectos” y el que da título al libro, “En el corazón del corazón del país”. Si uno lee la solapa del libro espera ciertos experimentos formales y una temática claramente norteamericana. La duda parece legítima: ¿merecerá la pena, con todo lo que ha llovido, dedicarle tiempo a Gass, hoy? ¿Aquí y ahora, Gass? ¿Seguro? ¿No llevamos ya mucha mili yanqui a la espalda para estar con esto ahora: mucho Dos Passos, mucho Capote, mucho Faulkner, mucho Twain, mucho Scott Fitzgerald, mucho Kerouac, mucho Miller, mucho Poe, mucho Williams, mucho Wolffe, mucho Hemingway, incluso, etc.? ¿Aportará algo? ¿Es necesario leer a William Glass, a estas alturas del partido, después de haber metabolizado a tantos, de antes y de después? 

Sí, es necesario, existe un valor añadido interesante en sus trabajos. La lectura es provechosa como fin, pero también como medio. Como fin proporciona placer estético al lector, esa especie de lector-macho del que hablara Cortázar, en terminología que nunca me convenció. Los temas que aparecen o sugieren son los típicos del imaginario norteamericano, ya se pueden imaginar: nieve en el Medio Oeste norteamericano, el “corazón del país”, individualismo y, a lo mejor, darwinismo social más o menos travestido, vecinos cotillas y con tiempo para husmear, pollo de Kentucky, rifles y a(r)mas de casa más o menos aburridas, animales de compañía o casi, relaciones personales, amorosos asientos de atrás del coche y cosas así. Norteamérica me hizo así. Norteamérica se hizo así: es, posiblemente, la soportable levedad del ser norteamericano. Todo eso que tenemos tan archiconocido, no se puede negar, pero escrito algo antes o de modo diferente, lo que tiene su mérito. Otros vendrán luego y nos calentarán la cabeza con todo eso y más, pero Gass será quien dé la vez a algunos. Hay que valorarlo.  

Además, no sólo es destacable lo que cuenta (juega con el imaginario propio), sino cómo lo cuenta. La forma es digna de ser destacada, pues para mí es lo más sugerente: los exitosos experimentos de Gass en sus relatos deben ser destacados, pues otros vendrán colgándose medallas que no siempre están limpias de óxido. Uno piensa sobre algunos temas y, a toro pasado, retroactivamente, se da cuenta de que tal o cual andamio ya estaba por aquí. Mamma mia! Creíamos estar descubriendo la tortilla de patatas y resulta que ya la cocinaban desde hace años. Como sucede con casi todo en la vida… Si en lo que toca a los temas el mérito de Gass es sistematizar algo de aquello sobre lo que otros volverán con los años (algunos lo trataron también antes), pues es parte del imaginario colectivo, en lo que toca a la forma, Gass es aire fresco que no puede dejarse pasar. No podemos no leerle. Su experimentalismo sirve para parir textos que no sólo ofrece temas muy norteamericanos, sino que se nos cuenta todo de un modo muy especial.  

En este sentido, cada relato tiene sus virtudes particulares, claro está: así, “El chico de Pedersen”, con ciertos ecos de Poe, tras congelar a un niño nos congela el alma entre la nieve, la ventisca y las disquisiciones de una familia media norteamericana de la región, con problemas de alcohol incluidos. Uno imagina al padre de familia con la camisa de cuadros, saliendo con la botella de alcohol al exterior de la casa, donde le espera un coche todoterreno y, en su caso, un sombrero vaquero colgado de un clavo. El rifle lo tendrá dentro, pero siempre a mano, y no quiere líos con gente semi-congelada o fresca. Problemas de la vida: cómo una familia puede intentar escurrir el bulto, después de verse enfangada en un problema humano, y es que el alma se termina planteando problemas universales. 

“La señora Ruin” o el tiempo y ánimo para seguir la vida de las demás personas, intentando mantener intacta la propia (puede que esto no sea posible…). “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”, que le hubiesen contestado a Juan de Mairena. Al menos, en las rúas yanquis, todo sea dicho. En Estados Unidos también existe una Norteamérica profunda, como en todos sitios, sólo que aquí esa tierra profunda lleva camisa de cuadros, rifle, chicle y vigila la normalidad de sus vecinos desde detrás de los visillos (entre visillos, que escribiera alguna gran escritora española). Siento repetir lo de la camisa de cuadros y el rifle, pero no soy yo el insistente, sino la realidad. No maten al mensajero (o, al menos, no le agredan por motivos ajenos a su voluntad). Soy un simple Notario aséptico. ¿No será la realidad la que nos aburre? 

“Carámbanos” incide en esa tierra profunda, atrincherada entre sus cuatro paredes, en una sociedad que a lo mejor se cae, pero que es la nuestra, y posiblemente nos hundamos con ella (no se sabe si arrastrando a todo el vecindario). La camisa de cuadros la dejaremos ahora tendida en los cordeles, para que no me critiquen por incidir siempre en lo mismo. Posiblemente sea lo único que el vendedor de casas deja fuera de sus cuatro paredes: la pérdida de identidad entre la nieve provoca que sea mejor atrincherarse entre los propios carámbanos, pues aunque no deje de ser una celda, es nuestra celda protectora. 

“Del orden de los insectos” me resultó, como lector, el más delicioso y poético de los relatos. Va más allá: esa cosa cuasi-insulsa que llamamos existencia y que se caracteriza por la levedad de su ser, no sabemos si soportable o insoportable, puede llevarnos a la necesidad de construir paraísos artificiales, en este caso cargados de animalitos y de clasificaciones (como pudo haberse cargado de otras cosillas). En el cuento, la belleza del animal nos obnubila. ¿Será que necesitamos obsesionarnos con algo? ¿Será que nuestra vida a veces está demasiado vacía de contenido? Mírense el ombligo, por si acaso. En cualquier caso, obsesionarse con la belleza me parece una de las mejores obsesiones. 

Por último, “En el corazón del corazón del país” es un bello homenaje al amor, a un amor que, como todas las más bellas pasiones, no puede terminar bien. La lluvia de ideas que nos lanza el autor hace que un tema tan antiguo como el mundo, el amor, suene a novedoso. A lo mejor la buena literatura debe ser algo así: lograr que lo de siempre suene como novedoso. Habrá que pensarlo. 

En fin, amigos, no les caliento la cabeza más con estas brillantes historias de personas grises. También los seres grises somos hijos de Dios, y Gass así lo reconoce. Si siempre me gustó el agua con gas, ahora también quiero disfrutar de Norteamérica “con Gass”.



Primera breve pero necesaria aclaración

Antonio Quesada es el amigo a quien utilizaba como medio de entrada a una mala reseña, puramente anecdótica y totalmente prescindible, publicada aquí. Sus circunstancias profesionales están, más o menos, radiadas en esa nota. Sin embargo el mero dato biográfico en una persona de su edad, por su parquedad, acota injustamente al sujeto, reduciéndolo a mero inicio y, con algo de suerte, a un ya se verá. 

Le echaba yo en cara la índole de sus lecturas, que él hace en todo tiempo y lugar (incluso a pie, es decir: andando), pervirtiendo la teoría de la relatividad. Pues cuanto más corre él por las páginas, más nos deja atrás a los demás en conocimiento y experiencia, esos dos atributos que suelen alejar a quienes los poseen del fundamentalismo de la ignorancia. Pero su parcialidad excluidora de casi todo lo mal llamado experimental consideraba yo que podía estar esclerotizándolo, restándole algún grado a su siempre magnífica capacidad de perspectiva y toma de referencias, impidiéndole ver ese óxido que menciona en muchas de las medallas de rastrillo que les colgamos a nuestros falsos ídolos. Y estaba equivocado, pues aunque el criterio sea pervertible, no lo son en cambio la inteligencia ni la capacidad metafórica, que en él florece incluso a raíz de leer un texto en el que predomina la despersonalización, la ausencia básica del yo, y donde es difícil descubrir la poesía de las camisas a cuadros y los rifles en los porches. 

Lástima que esté Antonio un poco en off pública, y que no se prodigue más a golpe de tecla —algo que, por otro lado, él y nuestros comunes llevan (de manera indirecta Antonio, más explícita lo demás) señalándome y afeándome durante casi seis años—. O puede que no encuentre espacio, pero esto que digo es absurdo. 

Acabo diciendo que con la escritura de estos cuatro párrafos estoy transgrediendo oblicuamente un par de absurdas reglas escritas hace más de una década en mis actos: no hablar de los amigos en público, y no leer poesía. Pues como es él el que habla de sí mismo, a través de su experiencia como lector, y también él quien hizo poesía con su texto sobre otro eminentemente posmoderno, no me puedo autoinculpar de abolir, siquiera de manera eventual, esos límites. Pero, claro, ars oblige. En este caso el de Antonio.

Segunda breve pero necesaria aclaración

1. Filiación: En el corazón del corazón del país (In the heart of the heart of the country, 1958). Autor: William Gass. Editorial en España: Alfaguara. Año: 1985. Páginas: 256. Descatalogadísimo, pero encontrable en bibliotecas, librerías de viejo, préstamos personales, etc. 

2. Sobre la ignorancia (no la novela de Kundera La ignorancia, sino lo que ahora viene): “William Gaddis tiene unos cuentos maravillosos (En el corazon del corazon del país) sobre gente gris de vida gris” (sic). De una entrevista a Rosa Montero, en su respuesta a la pregunta trece de la misma.


Nota del 12/09/2011: Artículo complementado con este.

7 ago. 2010

El marketing de la necesidad

Hay un mutilado en Málaga al que le faltan los dos brazos. Es joven y bastante alto. Lo conocí en la puerta de El Corte Inglés, donde ejerce la mendicación. Su arte de pedir consiste en sujetar un pequeño cubo infantil con los dientes y agitar la cabeza varias veces seguidas, ora hacia ambos lados, ora arriba y abajo. Con estos movimientos las monedas que ya hay en el cubo provocan un sonido peculiar, como de maracas pero mucho más fuerte. El cubo es azul celeste. Tras varios movimientos seguidos, su guión o partitura del pedir le dice que debe lanzar un mensaje a quienes pasan por su lado. Lo malo es que, como tiene el cubo entre los dientes, sólo es posible comprender la primera palabra de un retahíla de por lo menos cuatro o cinco. Se le entiende “¡Oye!” Una mañana le di un euro. Quiero decir que lo eché en el cubo. Entonces me guiñó. Hoy he vuelto a verlo en calle Larios, la más céntrica y visitada de la ciudad. Cubo hacia los lados, maracas rápidas. Cubo arriba y abajo, maracas más lentas. Debe de tener el cuello destrozado. Decido, pues, darle otro euro pero por mediación de mi hija. Ella se acerca y deja la moneda en el cubo, para lo cual él debe agacharse un poco, ya dije que era alto. Lo curioso es que al levantar la cabeza, a quien ha guiñado ha sido a mí.

Bitácora del desextrañamiento


Edito para conservar el análisis, necesariamente espontáneo:

1. Aclaración pertinente. La fotografía está tomada de este texto. Por lo que se ve, el protagonista de mi anécdota cambia de lugar más a menudo de lo que compruebo, que no de táctica.
2. Liliana siente una gran curiosidad por conocer un porqué que admite puede ser múltiple: el del mendigo, el de la metáfora escondida, el mío propio, algún metaporqué, digamos, arquetípico que a su vez dé lugar a otros aplicables a situaciones totalmente antitéticas pero idénticas en lo fundamental.
3. Carlos, mediante una hipótesis más que acertada, adjunta un término económico (y por lo tanto nada excéntrico) a la discusión: el de la domiciliación. Pero éste abre una vía perpendicular de nuevos porqués: ¿domiciliación del afecto, o del agradecimiento?, ¿domiciliación del nuevo emplazamiento de la actividad, ya no ElCorteInglés sino calle Larios?, ¿domiciliación de eventuales y futuras monedas?

5 ago. 2010

Aire nuestro

Culebrón Nocilla (Capítulo TRES)

Imagino a un poeta encerrado en el silencio ronroneante generado por los 150 caballos de su Mazda 6. Atravesando valles, surcando vallas publicitarias, mojones kilométricos, indicaciones de salida, advertencias de peligro, desvíos alternativos, avisos de infracciones. Frenando ante el tapón vespertino de vuelta a la ciudad.

Imagino a ese mismo poeta frente a la soledad de su pantalla, ante una hoja emborronada, mirando por una ventana que no da a ninguna parte que no conozca, con la imaginación vagando entre anuncios publicitarios, referencias culturales, música de fondo, luces que se despliegan y se reflejan como manchas grises en su cerebro.

Pienso en el poeta haciendo zapping frente al televisor, sin emitir más veredictos que los clásicos y tópicos de todo televidente (gilipollas, imbécil, vaya mierda, qué asco, no hay nada, cada día esto es peor, etc.), se defina o no como poeta, comprobando cómo las imágenes que otros pensaron se adueñan de un devenir tan íntimo como su pensamiento. Cómo el cuasi aleatorio acto de pulsar un botón le permite la visión de mundos tan irreales por hiperreales y simulados. Cómo aceptamos ese teatro del absurdo —en el que también intervenimos como creadores al componer un collage imposible entre programaciones—, dedicando un precioso tiempo vital a visionarlo a diario.

Veo a un poeta cambiando de canal mientras se va quedando dormido y sueña con un viaje en un Seat 850, y con la llegada de un cantante americano a España, y con unos poetas en el Purgatorio que hablan de sus tendencias sexuales y automovilísticas, y también con Elvis Presley y con un carnicero al que le da miedo la sangre, y el cantante enseñándole la polla y él transmutado en poetisa como claro caso de vaginitis. Mientras sueña, el poeta no puede evitar dar un repullo cuando el volumen de la televisión encendida sube más de lo normal, será por los anuncios. Lo cierto es que aún tiene el mando en la mano y pulsa por mero instinto el botón Prog▲ unas veces, y otras el Prog▼, con lo que los canales vuelan y él sigue soñando. El objeto de sus sueños no es ahora el concierto de Johny, sino el coche de otro músico, Tony Lomas, cantante español. El protagonista es el coche; el argumento su viaje, el del coche. Ha cambiado el sujeto de la narrativa, que ahora es objeto, que da vueltas por España, recala en Ceuta, es abandonado, sirve de lugar de violación, de paritorio de perros, de discoteca y se convierte en objeto del deseo por parte de traficantes de armas, de narcotraficantes; muere más gente en él, por él, por su música y termina en manos del escritor Paul Bowles quien lo factura por barco a Nueva York, donde años después acaba en manos de un nicaragüense que lo compra por diez dólares. El coche termina estrellándose contra un Buick mientras se escucha Blue Moon en cartucho cantada por Elvis Presley, con la mujer del nicaragüense y un mexicano llamado Lomas dentro. Es posible que el poeta sueñe muchas más cosas, o que las imagine ya despierto, o incluso que las vea en la televisión y las adapte al pequeño formato de un libro, a su gran formato narrativo. También es probable que ese poeta traduzca directamente del mañana al presente, y lo que leemos sea lo que en un futuro veremos, con nuestros propios ojos, por la televisión.

Leo finalmente al poeta que decide un día expresar esa realidad cotidiana de salón y mando a distancia y comienza con un poema basado en aquellos pedazos de sueño pero le sale en prosa, y además con capítulos. Quiero decir programas. Es decir, le sale un poema con zapping incorporado. O sea, una forma narrativa de lo visual traída a la página tradicional. Como si se hubiera dedicado a recortar de las páginas de un día de programación cualquiera del TP y hubiera ido pegando los títulos en folios sueltos, desarrollando además los scripts e incluso el contenido y los diálogos, las actitudes, las miradas, los enfoques, lo que no se expresa pero se siente porque se está viendo. Y no desestructurando más el texto resultante que si lo hubiéramos hecho nosotros mismos, los lectores televidentes, en la superpoblada soledad de nuestro sofá frente al televisor.

No quieren darse cuenta quienes critican a Manuel Vilas que Aire Nuestro es más nuestro que suyo, de Vilas. Porque nosotros somos muchos y él —por mucho que se desdoble y se vaginice en la ficción onírica, y mantenga presencia ubicua frente a casi las mismas realidades sociales, profesionales y prosaicas de cada hijo de vecino— uno sólo. Sólo que ha sido él quien ha puesto por escrito una tarde-noche cualquiera de un día de diario o de fin de semana (al fin y al cabo todos son iguales en términos televisivos: nos sentamos y la caja habla, se mueve, canta, llora, ríe, grita y folla). Ha sido Vilas quien, sin entrar en discusiones, ha adaptado la pequeña pantalla al libro, invirtiendo los términos y el orden natural de las cosas. Ha interpretado el papel inverso de productores, guionistas, realizadores, cámaras, directores, ayudantes y toda esa parafernalia necesaria para poner una programación televisiva en antena. Trocando roles, esta vez de varios a uno (no E unibus pluram, sino E pluram unibus, esté o no permitida la expresión), ha caligrafiado magistralmente la imagen estructural de esa sociedad del espectáculo sagazmente analizada por los sociólogos franceses, y literaturizada por los expertos estadounidenses en ficción posmoderna.

La novela —si es necesaria una definición, definámosla así— da vida a un universo que bebe de las estructuras del fast food televisivo, incardinando en ellas una serie de relatos cuyo entrelazamiento o correlatividad es la propia del medio que eligen para ser puestos en antena, on the air. La cadena elegida por Manuel Vilas para la retransmisión de su narrativa, Aene TV, en su declaración inicial (a modo de de los misión, visión, valores del mundo empresarial) dice, entre otras: “Somos el periodismo que retransmite el pasado porque el pasado no tuvo la oportunidad televisiva que le correspondía en justicia”, y con esta declaración se aproxima al pensamiento del Jean Baudrillard de La ilusión del fin. Aproximación que casi roza la estática de los cuerpos en la frase “Todo es tan televisable. Parece mentira que la Historia siga vigente sin un repertorio audiovisual en condiciones”. Una historia que tanto Vilas como el sociólogo francés dan por terminada por esa anticipación del futuro que todos querríamos ver hecha realidad, aquí y ahora. De ahí la retransmisión de la muerte de Juan Carlos III en 2398, novecientos años después de que Cristóbal Colón iniciara su tercer viaje al nuevo mundo que acabaría deparándonos el televisivo orden de cosas actual. Una historia que continúa retransmitiéndose aun después del fallecimiento de los sujetos objeto de su programación; hay que reconocer que en esto Aene TV es pionera. Aene TV posee la mejor de las programaciones posibles porque Aene TV no se financia con publicidad ni recibe subvenciones gubernamentales. Es decir, no necesita rendir culto a los poderes fácticos económicos ni a los políticos. De hecho, si se los menciona es para ponderar sus posibilidades mediáticas: “Queremos televisar un discurso de Lenin en directo. Queremos a Lenin en un plató de televisión. Queremos mejorar su imagen. Porque Lenin es un monstruo televisivo todavía sin explotar […] Lenin se merece un regreso televisivo. Cristo también”. Y como todo tiene cabida en Aene TV, pueden permitirse el lujo de segmentar la audiencia hasta el número primo menos divisible de todos: “Filmaremos tu vida entera y la retransmitiremos eternamente”.

Y sigue. La condensación de ideas es fenomenal y altamente atractiva (también adictiva). El número de páginas de la novela engaña; su cuarto de millar son en realidad algo más de 2.500, sin anuncios. Cada frase del principio es un iceberg del pensamiento vilasiano. Cada escena posterior, la condensación de horas de ensayo y rodaje. Es mejor leerla haciendo moviola constantemente. Repitiendo las mejores jugadas. Si la lees, adorarás el slow-motion de Vilas, pero también su aceleración en momentos decisivos, cuando la acción lo requiere. Todo es acción porque todo está delante de las cámaras.

Léela, y cuando la termines, mira al cielo. Verás una pantalla. “El aire” se habrá “convertido en una pantalla”. Ese Aire nuestro. Contigo dentro.

Reflexión televisiva basada en hechos reales.

Hoy he recibido un encargo profesional maravilloso por el personaje que me lo ha hecho. Se trata de innovar en la estrategia de marketing de un estudio musical que es mucho más que un mero estudio de grabación. Su propietario (cuyo apellido entenderéis que no deba escribir aquí) es todo un referente del impulso y posterior mantenimiento artístico de la principal fuente de turismo musical de nuestro país. Leyendo su biografía profesional se tiene la sensación de estar ante una crónica resumida de los genuinos hits musicales españoles desde los años setenta en adelante. Además, fue abanderado poético de las necesidades de libertad y democracia en aquellos tiempos difíciles en que cantar con mensaje era como pintar grafittis en las orejas de los demás; vale decir, en el imaginario colectivo. Es decir: un figura tal y como se entendía la expresión en pasados años más castizos.

Por desgracia, los artistas que han berreado en sus estudios se erigen en verdaderos monumentos nacionales impulsados, además de por su arte intrínseco y seguramente indiscutible, por dos de los medios más acaparadores de la realidad de todos los tiempos: la radio y la televisión. Sus clientes naturales, encumbrados por las artes del marketing practicadas a través de ondas hertzianas; deformados por la avidez de imágenes íntimas y exentas de arte alguno, por parte de periodistas constreñidos por las cadenas televisivas que les permiten su espacio de gloria (y además les pagan por ello), y éstas a su vez coaccionadas por el mercado implacable de las audiencias que sólo entiende de ratings económicos: esos clientes suyos son auténticos símbolos público-mediáticos en tanto que objetos de banales discusiones narrativas de alcance nacional e, incluso, transnacional. La ubicua televisión hizo posible su traslación desde sonidos viajantes por el aire hasta las mágicas imágenes que, todos los días, recomponen los procesadores de nuestros televisores en la intimidad de nuestras casas. Son parte de nuestros recuerdos de ayer, de hoy y de mañana. Ya es posible adelantarse a lo que la televisión dirá de ellos dentro de uno, dos, diez años. Sería imperdonable perdernos sus funerales, los debates que generarán sus herencias, sus polémicos testamentos y sus resucitados amores.

Sin embargo, no todos estaremos aquí para poder verlo en televisión. Esta imperfecta televisión nuestra no emite el futuro, ni la vida de los muertos —sí la de los muertos en vida—, ni siquiera el pasado real sino el inventado y escenificado. Para ello figuramos zombies, calculamos los posibles derroteros de la historia y construimos ficciones sobre nuestros devaneos futurológicos.

Pero todo es mentira. Tan sólo lo que puede ser cantado es cierto. El verso es más verdadero que la prosa. Y las imágenes valen mucho menos que mil palabras.

Nadie podrá rebatirme esto.

3 ago. 2010

Publicidad agresiva: libreros que se vuelven velociraptors

Llevo unos días navegando por la red a ratos, entre trabajo y trabajo y funciones básicas y funciones básicas. Además de —como cada vez más españoles— leer el periódico, he ido entrando en decenas de blogs de letraheridos más o menos confesos, mejor o peor dispuestos a salir del armario. Cada uno hace de su capa un sayo y escribe sobre lo que le parece, en variada forma y diverso fondo. Pero lo que más me ha satisfacido de esta caótica investigación ha sido ver confirmadas mis anteriores conclusiones basadas en una, digamos, observación desvaída de las tendencias lectoras: se lee de todo y al buen tuntún; se considera la leche lo que no es más que mera banalidad encuadernada (ahora es fácil perpetrar estas desaforadas y apresuradas críticas sin gastar ni un euro, pues las editoriales tienen a bien ofrecer un trozo del principio del libro —¡ah, qué principios! — para enganchar al cándido lector —no me explico cómo todavía a ningún distribuidor se le ha ocurrido vender libros en los puestos de helados de las playas, en los chiringuitos, ofrecerlos como packs junto con las tumbonas (para dormir mejor la siesta), las cremas solares y los artículos de playa; como souvenirs exóticos en la tiendas de recuerdos (typical spanish, oiga), lleve dos y pague tres o al revés; e-books en los estancos para quienes utilicen el kindle o similar, junto con las recargas del móvil o del bonobús; libros ofrecidos a voces por esas arenas de obra que achicharran los pies urbanos (más negocio para los del top-manta); cómo aún no ha ideado nadie la explotación in situ, a pie de orilla y en toda situación favorable, de la aburrición del veraneante, de la necesidad del ligón de mostrarse culto ante la maciza que lee en topless, de rellenar con palabras ajenas las noches en blanco por defecto de protección solar o escándalo vecinal; cómo no haber creado aún máquinas expendedoras de literatura, o adaptar el formato de bolsillo a las ya caducas de tabaco; por qué no haber aprovechado el tirón de ventas del Ipad para cargarlo con la mitad de un libro y esperar a que el lector compre el resto; o ya puestos, por qué nadie hace toallas playeras con el primer capítulo de un libro impreso, o camisetas, o incluso sombrillas para ir girándolas y leer los poemas estampados en cada triángulo de tela mientras estamos tumbados… no me explico esto ni tantas otras malas historias—).

Hay una librera de Cambrils, Natália Zarco, que, harta de comprobar cómo el primitivismo inunda las estanterías supuestamente dedicadas a la literatura, ha decidido pasar a la acción y autodenominarse librera velociraptora. Y le han hecho una entrevista en un periódico, en la dice considerarse fundamentalista, estar harta de la literatura de supermercado, y dispuesta a luchar por (no contra) la literatura sumergida (el término, sobre todo en estos tiempos, me parece genial). Coincido con ella en que “la ambición intelectual del lector se ha perdido totalmente”. El artículo está en catalán, lengua que leo y entiendo pero que, por pereza y torpeza, no hablo. Como guinda recomienda en su página de Facebook, para leer en plena canícula, Breves entrevistas con hombres repulsivos, de David Foster Wallace.

Venga, con un par.

2 ago. 2010

Vicente Luis Mora

Culebrón Nocilla (capítulo DOS)

Hay desde no hace mucho una interesante —y dura— serie de conclusiones metaempíricas sobre el analfabetismo digital relacionado con la edad de los sujetos. Quienes nacieron después de 1990 han crecido y, por lo tanto, vivido inmersos en la cultura digital. Para ellos las, así llamadas en los rancios círculos administrativos, nuevas tecnologías son lo que la luz eléctrica para el común de los mortales: algo cuyos perfectos uso y conocimiento se da por descontado; algo cuya presencia no puede ni podrá obviarse en su vida diaria. Como la televisión, o cultura de la imagen, para los nacidos después de 1960 —la reflexión está tomada del sujeto objeto de esta nota—. Para estos jóvenes de ahora, como para los de entonces la televisión, la cultura tecnológica es una condición ambiental más con la que tienen que convivir. Respiran bytes como quien escribe estas líneas esnifaba capítulos televisivos. Y para quienes nacimos antes de esa década novecentista la disyuntiva es brutalmente binaria: o te alfabetizas tecnológicamente y aceptas zambullirte —con todas las consecuencias— en ese nuevo magma aparentemente irreal, o desapareces para el mundo, náufrago de una realidad social que te repele a ti, no tú a ella. Esta bifurcación sociológica tiene un interesante aunque, a mi entender, parco desarrollo en la novela Cero absoluto, de Javier Fernández, otro cubito, otro nocilla.

Vicente Luis Mora (en adelante VLM) comprendió hace años este cambio ontológico, esta acumulación, quizá como ningún otro literato joven en España. Existes en la medida en que Google devuelve resultados indexados y asociados a tu nombre. Eres siempre y cuando tu identidad sea reconocida por un buscador sin necesidad de entrecomillarte. Comentas y te comentan, floreces en referencias y enlaces, en tu nombre germinan filas y columnas e imágenes y hasta sonido y movimiento. Qué mejor antología, pues, que esta nueva madre de todas las antologías. Así, VLM comenzó una vía de proselitismo literario en uno de los innumerables canales de esa realidad escrita de hoy en día que son los blogs. O la blogosphere (término acuñado en 1999 como una broma que devendría infinita). Su Diario de Lecturas —al que estoy abonado— fue convirtiéndose poco a poco en el medio de referencia para debatir el que quizá sea el cambio literario más importante en nuestro país desde la irrupción en escena de aquellos poetas del 27 —permitidme que me permita alguna que otra exageración—. Sin embargo, y esto es lo maravilloso de los blogs, la mejor de sus potencialidades, VLM parece surgir como un espontáneo. En efecto, al no brotar bendecido por premio importante alguno —quiero decir en el imaginario colectivo: un Planeta, un Primavera, un Herralde; algo de dinero o de relumbrón—, ni estar apadrinado o ungido por un mecenas reconocido —ABC, El País, El Mundo, como periódicos o en sus suplementos— lo suyo es una autopresentación en la sociedad de masas —antes ya se le conocía en cenáculos literarios, más o menos al alcance de cualquiera pero lejos, sin embargo, del gran público, tanto por distribución como por forma y contenido—. Un buen día aparca un rato los libros y, quizá harto de que la literatura que pondera sólo obtenga espacios marginales en los canales tradicionales, decide crear un tubo (tube) propio, exclusivo y, no en la forma pero sí en el fondo, diferente; seamos justos, seamos rancios, y digamos que, también, novedoso.

Recuerdo que desemboqué en su blog buscando semejantes que pusieran a parir la novela Doctor Pasavento, de Vila-Matas. Vicente lo hacía, como García Viñó con Javier Marías o con Antonio Muñoz Molina: punto por punto, concienzudamente pero sin atender a los aspectos infantiles e insustanciales manoseados por el crítico de la Fiera Literaria contra Marías, centrándose en cambio en la ausencia de mensaje y repetición temática ad nauseam de EVM. Coincidía con VLM en sus apreciaciones, algo para celebrar. Pero lo que él no supo o no quiso reconocer en aquel post, ni en primera instancia tampoco yo, es la labor didáctica emprendida, no sé si como objetivo principal o secundario, por Vila-Matas en el terreno literario. A estos efectos, la misma que Vicente lleva ejerciendo desde que conozco su blog aunque con otros autores y otros escenarios. Una didáctica que en el caso de Vila-Matas persigue (entre otros fines) una ósmosis con las decenas de personajes apropiados en sus textos, pero que en el de VLM se trata de una vindicación de la autenticidad novedosa de un grupo de autores (poetas, pensadores, narradores) cuya mugre es arrinconada con, quizá, los mismos mimbres retóricos con que la crítica ortodoxa enlució, enluce y no sabemos si enlucirá las múltiples prosas repetitivas que, a modo de novedosas obras, se presentan semanalmente como revelaciones y obras maestras en nuestro sombrío panorama literario español.

Voy a explicarme mejor. Vicente inaugura su blog en mayo de 2005 con una entrada en la que da a conocer sus naturales desviaciones, compartidas por quien así las califica ahora. A saber: la literatura posmoderna, mediante una reseña de una novela de 1963 de Leonardo Sciascia, raíz de la mucho más conocida de Italo Calvino Si una noche de invierno un viajero; la valoración y análisis de una obra poética de César Antonio Molina; y dos ensayos que disertan sobre los cambios ontológicos que nuestra sociedad afronta y experimenta y, en mayor o menor medida, sufre. Al final ofrece un breve semblante suyo en el que informa de edad, lugar de nacimiento, condición profesional actual, méritos públicos y acción cultural más significativa. Tiene esta reseña un único comentario: saludos vicente ! (sic). Hay que seguir siendo justos y aclarar que Vicente informa de su condición de crítico en revistas literarias de amplia distribución (los cenáculos). Es decir, se trata de un tipo, al menos en teoría —es decir, sobre el papel—, conocido en ciertos círculos y que presenta, analiza, da su opinión sobre obras literarias de unos determinados tipos y condición. Vicente define y delimita su mundo literario, el que le interesa, casi desde el principio de su vida pública —alguna excepción hay—. Sin embargo el feedback es escaso. Sólo el paso del tiempo, el asentamiento temático de sus artículos y, por supuesto, su voluntarismo van convirtiéndole en figura reconocida en Internet, en referente para un sector de la cultura española incómodo con la masiva aquiescencia general con los intereses editoriales mayoritarios. Es decir, VLM consigue —además de otros logros beneficiosos para sí mismo, de lo que debemos y queremos alegrarnos— atraer al entorno de su dialéctica (o ética, o poética, como él dice) a ese pequeño sector de lectores, críticos y escritores representantes de una parte de la vanguardia literaria española que se ve normalmente empequeñecido por el acaparamiento focal de diferentes grados de vulgaridad comúnmente tolerada, aceptada y consumida.

El tono de VLM es, desde esos primeros momentos, intelectual, erudito, mayestático en ocasiones —me refiero al uso ocasional de la primera persona del plural, como hacía aquel Luis, rey de Francia—, mordaz e hiriente cuando denosta, soberbio en su expreso desdeñamiento de quienes mejor ni hablar (innombrables por tan nombrados, ahora ninguneados), doblemente locuaz y asertivo cuando realiza las apologéticas de sus espacios electos y autores predilectos —algunos de los cuales, como errabundos cubitos, se van añadiendo a la pasta cremosa y marronácea que aún está por florecer—. Es decir, si despojamos su prosa crítica de su fondo, nos quedamos con lo de siempre. Lo cual sería improcedente y caprichoso porque así desvirtuamos la receta: el principal logro de VLM ha sido, hasta el momento, y mediante la poderosa combinación de talento y contenido, hacer converger en su blog, no sólo a sus reconocidos acólitos ganados a pulso y letra, sino a todo un conjunto de lectores insatisfechos con el orden natural y secular de las cosas que buscaban, ahora sí, una Luz Nueva. La didáctica de VLM es por tanto, como la de Vila-Matas, incontrovertible. Caminos y figuras disímiles, desde luego. Comparación, en cierto modo, antitética, también. Pero su relativo éxito hasta el momento no se debe —no solamente— a la adoración de ese pequeño sector de la cosa literaria o cultural que actúa simbióticamente con él mismo. VLM, aun imbuido en un mecanismo de relojería en apariencia estanco, dejó, siquiera por la mera apertura y gratuidad del medio elegido, una puerta abierta a la entrada de otros jadeos; o mejor sería decir al más puro y elemental voyeurismo, callado y ramplón, de quienes, no teniendo nada que decir o no atreviéndose a ello, han ido convirtiendo al objeto de sus miradas (los posts de Diario de Lecturas) en el sujeto autor de los mismos; han ido creando al VLM que, hoy por hoy, consta en el imaginario colectivo del lector de blogs o noticiarios sobre literatura. La paradoja es que, aun abierto al diálogo con cualquiera que lo inquiera, apetezca o necesite, lo engrandecen quienes con él no hablan pero de él hablan.

Encontramos, así, otra diferencia más frente a la didáctica de autores como Vila-Matas: Vicente tiene la posibilidad diaria de dialogar con sus lectores, y la exprime. El medio potencia el acercamiento. Ya no es necesario esperar a una charla, una conferencia o una mesa redonda para poder uno asignarse un rol varios grados por encima del de lector llano y esclavizado por la clásica dictadura del negocio editorial. El blog arrima al autor a su texto por medio de los feedbacks y los comentarios. No hay intermediación de editores, imprentas, distribuidores y librerías. El autor es por primera vez parte indisoluble de su obra y, como el antiguo Peter Gabriel en sus conciertos, se lanza al público pero no de espaldas sino de frente; expone su jeta para que incluso se le pueda dar de hostias. El propio Vicente ha admitido en su blog el temor que le inspiran los venideros comentarios de cierto grupo de lectores asiduos cuando está redactando un post. Es decir, este tipo de literatura que él hace está verdaderamente influida por la imagen que sabe —no piensa que sabe, sino que positivamente conoce— que sus lectores (los que dan la cara) tienen de él en sus mentes por mediación de sus escritos. Ejerce su literatura, que practica tal y como adjetivaron a las críticas de Sebald: literatura sobre literatura; la ejerce, decía, como una verdadera escritura sobre la marcha (work in progress cabría decir) en su comentarios y aclaraciones a los comentarios de sus lectores. VLM se asoma a la entrada de la caverna, hace allí un dibujo en la cara externa de la roca, los lobos de afuera la ven, la olfatean y lamen, todos a la vez pero sin verse entre ellos mientras lo hacen, como si estuvieran —lo están— en dimensiones distintas; algunos de esos lobos en realidad son corderos, otros están mudos, pero un grupo de ellos, sin ser manada, deja allí sus propios dibujos, sus secreciones, y VLM sale de nuevo, a ratos, algunas veces con temor, pero siempre agradecido (actitud sabia), para responderlas y comentarlas, en muchas ocasiones, otra vez, con nuevos dibujos que van superponiéndose al original, perfilándolo pero, eso creo, nunca emborronándolo.

Hay entonces un VLM crítico, conocido en su principal medio de difusión o diseminación (la red), polémico por sus enfoques, apreciado por eso mismo. Si bien no faltan quienes lo califiquen de intruso. Aunque le achaquen una falta de base, de estudios (Vicente es jurista), aunque lo tilden de academicista diletante, a éstos les mueve, probablemente y envidias aparte, el convencimiento consolador de que las maneras y temática de VLM son impostadas, forzadas y espurias. Piensan que sólo pretende llamar la atención en beneficio propio y de sus acólitos y compañeros de fatigas —cuyos futuros éxitos seguramente sabrán retribuir el empujón que en su momento supo darles VLM—. Es en esto último en lo que en algún caso acierten, pero ello no puede ser considerado demérito de la obra de Vicente: son cosas de la amistad, que en ocasiones (seguro pocas en VLM) nos nubla el juicio. Su criticismo en los no pocos momentos en que se enfrenta a la obra de un amigo sigue siendo riguroso, sin la vergonzante apariencia de devolución de posibles débitos. Un ejemplo: Vicente, en su blog, tira de las orejas al cubito Agustín por no haber leído El imitador de voces, de Thomas Bernhard, cuya estructura, dice —pero yo creo que su analogía en este caso es aleatoria, hay muchos más casos, bastante más claros, que podría haber puesto—, es similar a la de Nocilla Dream; y como se trata de quien se trata, pone un ejemplo de sí mismo, de caída en idéntico desliz con un relato propio, similar en su tratamiento a uno de Cortázar que admite no haber leído. O sea, no se arredra, pero se justifica mejor ante su amigo con una mínima dosis de autoflagelación. Y tanta importancia le da al suceso como para duplicar la existencia escrita del mismo mediante su inclusión en su libro La luz nueva, del que hablaremos un poco más adelante.

Existe, pues, admitámoslo, una marca V&L&M en la crítica literaria de nuestro país, centrada en la creación, mediante su discusión, de un espacio narrativo distinto, en la refundación de una post-narrativa de principios de siglo que, absorbiendo materiales anteriores (reciclaje de textos) y mezclando mundos paralelos al de lo puramente escrito entre las tapas de un libro (narrativa audiovisual, periodística, publicitaria, los propios idiomas y recursos de la red…), recoge —o no, no terminan de aclararse del todo las cosas— el testigo del posmodernismo y continúa hacia delante, hacia ese allá que, quién sabe, quizá nos devuelva al punto de partida, convertido ya en camposanto o en su reflejo.

Una única cosa le afearía yo a VLM en este sentido, el de su crítica. Estamos de acuerdo en que, como dice Germán Sierra en su novela Intente usar otras palabras, “de lo que no se habla no existe”. Es por ello por lo que, por encima de la forma, lo valuable en los posts de VLM sea el acercamiento explícito de otras (nuevas) literaturas —aunque también hay que reconocer que, sin esa forma, ese acercamiento no se hubiera producido con tal éxito entre determinadas calañas pues, parafraseando a Gombrowicz, somos esclavos de la forma; primero reconocemos el valor estético y después puede, quizás, a lo mejor, quién sabe, nos detengamos a examinar el ético—. Sin embargo, cómo decirlo, esa didáctica podría ser mejor puesta en valor despojándola, aun con el dolor que ello implica, de unas cuantas capas de forma que acaban escondiendo el fondo para el común de los lectores, oscureciendo el mensaje que Vicente, en su empeño por darlo al conocer al mundo vestido con lo que considera las mejores galas posibles, termina arrinconando por culpa del uso abusivo de las enemigas más acérrimas de todo esfuerzo didáctico: la dialéctica y la retórica. Este aspecto y su densidad lo igualan, en sus esfuerzos, a las oscuridades reinantes en los mundos seculares de los más rancios analistas. Digamos que su belleza lo estropea, mata a quien no la soporta por no entenderla —o porque no le dé la gana de esforzarse para entenderla—. Sin saberlo VLM, acaso sospechándolo, estos años en que ha estado predicando ante un grupúsculo literario que se ha ido ensanchando poco a poco, también ha habido unas cuantas abejas que han ido libando sus textos para fecundar otros campos, otras flores en las que germinarían nuevos lectores de las propuestas por él recogidas (acogidas). Esta intermediación es la que verdaderamente ha subido su cotización, no como crítico, sino como descubridor en sus reseñas de alternativas literarias a los facsímiles dominantes. Digo que no como crítico porque en la vida real, en la calle, los lectores sólo aceptan propuestas binarias: ¿qué hago con esto?, ¿lo busco y lo leo, o no?, dime. Todo lo demás, para ellos, son florituras, explicaciones que quizá buscarán después, no antes, para satisfacer una curiosidad; o por el simple placer de leer literatura sobre la literatura a la que acaban de adherirse. Así, una postura aún más inteligente por parte de VLM sería establecer dos niveles de crítica: una, expansiva y densa, para su grey habitual; otra, líquida, destilada e incluso gaseosa para el vulgo lector, ensanchado éste en los últimos tiempos por causa de la democratización del acceso a la cultura, por la puesta en valor de las inteligencias que siempre estuvieron ahí pero no salieron del campo o las fábricas sino para hurgar en los basurales de las novelas de kiosco y los periódicos deportivos —no nos engañemos, no constituyen gran masa, pero existen, hay público potencial, pues, susceptible de ser captado—. Es decir, Vicente, podrías ejercer, tú que sabes y nosotros sabemos que sabes, una verdadera acción de marketing de largo recorrido, utilizando para ello, en su aspecto visible, las más elementales armas de la publicidad de masas: el impacto y la sencillez, la ironía y el humor, los afectos y las tentaciones, la inteligencia y la candidez. Los otros comentaristas, esa gran mayoría que escribe sobre quienes escriben, ejercen según estas quizá burdas técnicas, con mayor o menor fortuna y mejores o peores mimbres, pero con el espectro de autores que no necesita precisamente de ese esfuerzo o aliento porque ya tienen el suficiente impulso mediático convencional para ser. Obtienen (buscan) la audiencia fácil por medio de un producto fácil porque así es fácil. Pero no nos equivoquemos, parte de su audiencia no quiere encontrar, una y otra vez, el producto fácil: simplemente busca; hay una búsqueda continua y permanente que no esconde un sincero deseo de escapar del bucle de autores y obras bendecidos por los ancient media, por esas técnicas de marketing asentadas por un empirismo pavloviano. En realidad, quieren hacer un camino de Santiago a la inversa. Aparcar al falso santo y acompañar a otros caminantes en busca de algo que no sean túmulos y tumbas. Ahí tienes, pues, un espacio más para la crítica. Úsalo. Colonízalo y busca a quienes puedan ayudarte en el envite. Deja de mirarte el ombligo y desmárcate de simples propuestas vestidas con la mitra de lo complejo para pasar a verdaderas acciones. En una palabra, vende. Porque la literatura que predicas no es compleja, ni densa, ni abstrusa, ni difícil, ni incomprensible sino, muy al contrario, llena de vida, de luz y de sangre y, sobre todo, nueva y magnífica.

Post-scriptum after-reading: Leo un nuevo texto uvelemiano al que llego a través de su blog. En éste se anuncia la intención de hablar sobre Alba Cromm. Sin embargo Vicente no quiere escribir sobre su novela, aunque haya llegado hasta allí “para hablar de su libro”. Por el contrario, define un nuevo término, Pantpágina, para recoger en su definición todos aquellos textos que utilizan materiales excéntricos a los comúnmente utilizados en derecho, digo narrativa. De paso arremete contra los críticos pagados con nuestro dinero, el de los lectores. Sigue actuando, por tanto, como judío contra romanos, en lugar de utilizar la ancestral táctica de aquéllos contra éstos: asimilarse para de esta forma, desde dentro y sin renegar de sus verdaderas creencias, quedarse con todo lo que poseen —lectores conversos— y entonces, una vez las cosas en su sitio, derribar decorados y ofrecer la verdad desnuda.

(Sólo UN ANUNCIO y volvemos.)
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