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27 jun. 2010

(Per)Versión española



Providence, desde el lado de acá

Hace unas semanas escribí un texto inclasificable sobre Metamorfosis®, el magnífico conjunto de relatos de Juan Francisco Ferré, nuestro exiliado (¿expatriado?, ¿renegado?, ¿expulsado, excomulgado, hasta los huevos?) más (¿económico?, ¿social?, ¿literario?, ¿emigrante, inmigrante?) ilustre. Cabe pensar en Juan Francisco como en ese tío de América que todos tendríamos el derecho constitucional a tener. Me cabría especialmente a mí, aunque por similitudes de edad se trataría más bien de un hermanastro mayor, un primo segundo, aquel con quien hubiera hecho las guardias de esa mili que no hice por ser de clase ni demasiado baja, ni demasiado media.

Al libro de Ferré llegué a través de otro libro de Ferré, La fiesta del asno. Que luego en Providence, su última novela, se transmuta en La fiesta grande, una película dirigida por el protagonista que se desliza sin pena ni gloria por las salas de los festivales europeos. Vale decir de la incomprensible y cerril Europa. Un fiasco comercial, como era esperable. Como cabía esperar. Pero esperen, No se vayan todavía, que aún hay más. (Tan sólo acabamos de empezar.)

Ferré se fue de Málaga para dar clases en la Brown University, Providence, estado de Rhode Island, USA. (Un marrón para quienes aquí nos quedamos.) Y como Cercas hizo, Marías antes, Fowles mucho más atrás, etcétera, Ferré ideó una forma de darles en las narices a quienes no supieron o no quisieron ver lo que se nos venía encima: ese futuro que llegó como un tsunami y se convirtió en un pasado que nunca acaeció porque es ahora y cada vez más será el mañana que ya es hoy pero fue. Ferré se puso a escribir sobre la materia que mejor conoce, entretejiéndola con ese nuevo magma social que comenzaba a conocer de primera mano. Documentación in progress, on the road, first-hand, easy reach —lo que no obsta para que el atrezzo documental sorprenda y hasta apabulle—. Porque probablemente lo que más le interesaba no era la historia en sí, el argumento, la ambientación, el dato fidedigno, sino sus obsesiones: la evolución, la transformación, la metamorfosis, el cambio, etcétera, de las formas narrativas en su dos ámbitos más importantes y extendidos: la literatura y el cine. Hagamos un ceteris paribus con las demás disciplinas, y digamos entonces una (lucidísima) reflexión sobre el arte actual.

He leído un buen puñado de reseñas, recensiones, críticas y comentarios sobre Providence. Amen de la mejor o peor factura de unas y otras, podemos dividirlas entre las que cuentan o desmenuzan esa trama y la diseccionan y analizan, y las que pelan algo más la cebolla y atacan la metanarrativa de la novela. Cuestión aparte es que unas y otras acierten, o que incluso terminen no diciendo nada y aun contradiciendo el mensaje fundamental que pretende ofrecer la obra. Pero lo que casi ninguna hace es decir si blanco o negro, si sí o si no, de una forma categórica, clara, definida e inteligible para quienes de verdad importan: los lectores pagadores —los paganos de la fiesta, quienes financiamos los canapés, las copas, los puros—, los consumidores de páginas encuadernadas bajo un título resaltado. O si lo hacen, introducen una palabra o una ristra de ellas que, en un ambicioso intento de emular el esfuerzo creativo del reseñado, ponen la semilla de la duda, siembran la reticencia, desinflan las ganas, agarran el bolsillo.

Digamos, pues, inicialmente, que Providence nos encanta y apasiona. Porque es una magnífica novela, brillantemente desarrollada, escrita con indudable maestría, ingeniosa y divertida (Ferré teclearía “desopilante” o “hilarante”: el buen humor, Su pasatiempo favorito), de nuevo lúcida pero sin paréntesis, con un gran ritmo digan lo que digan aunque lo digan por decir algo feo entre mucho bueno y bonito, y, por sobre todos los demás epítetos, inteligente como sólo un inmigrante que consiguió los papeles podría pergeñar. Intentamos sonrojar así —con la sinceridad carente de toda ironía— a un Juan Francisco Ferré renuente a la adulación gratuita y, por tanto, con una epidermis refractaria al calentamiento global del Sistema. Pero lo decimos alto (aquí y no mas abajo, para al menos obligar a los buscadores de consejos a llegar hasta este punto intermedio) y claro (sin medias tintas que, como decía en el anterior párrafo, hagan rascarnos la cabeza) para ahorrar al lector buceador, al buscador de perlas como Providence —Congratulations! You’ve just got it!— lo que se avecina. Es decir,

Una hipótesis

Habrán leído El mago, de John Fowles —si no, corran rápido a la librería o a la biblioteca—, esa novela que fue best-seller y hoy es ya long-seller y, lo que importa de veras, long-reading si la expresión es pertinente, cosa que desconozco. Esa novela narra una experiencia mágico-iniciática vivida por un profesor británico en una isla griega. Maurice Conchis, el Mago, conoce (atrae) a Nicholas Urfe (el profesor) y lo involucra en un experimento de realidad virtual, ambientada en los años cincuenta, que tiene como trasfondo el arte, y en especial la literatura. Conchis y su camarilla hacen y deshacen con Urfe. Le engañan, lo inducen a enamoramientos de una chica y de su hermana gemela. Lo desenamoran. Apelan a su inteligencia, lo insultan, machacan su ego. Lo drogan. Lo seducen para luego abandonarlo a un lado. La pandilla de Conchis representa toda una suerte de complejos e inteligentes performances cuyo fin último trasciende la mera narrativa contenida en la obra de Fowles, convirtiendo al protagonista en yonqui de sus más oscuros deseos e intenciones. Y tal juego comienza en una isla (Inglaterra), sigue en otra (Phraxos, la isla griega), y aparentemente termina en su origen, la isla grande.

Qué gracia, verdad… Pero qué tiene que ver esto con Providence y con Ferré. Será casualidad o quizá sea yo mal pensado, esto es: que desbarre. Aunque el juego de los disfraces admite múltiples intervenciones, y ésta bien podría ser una de ellas, tan pertinente como otras quizá más válidas, más dialécticas y menos explosivas. Providence como El Mago tiene sus múltiples facetas: narrativa tardoiniciática, aventuras virtuales, tributos a la ornamentación insana-sexual de Bret Easton Ellis, coleccionismo de la estupidez humana (con unos Bouvard y Pécuchet metamorfoseados en sicarios de la oscuridad), terror gótico, cartuchos de entretenimiento a lo Infinite Jest, ensayos sobre la evolución de la narrativa visual, ¡y hasta un Golem! Un incontrolado e incontrolable Matrix dirigido en última instancia por personajes de George Lucas.

Y también: Alex Franco, protagonista de Providence, como trasunto de Urfe, protagonista de El mago, engañado y manipulado por múltiples vías y personajes. Introducido en una realidad virtual del siglo XXI. Saltando pantalla tras pantalla de un juego que no sabemos a dónde conduce ni cuál es el premio o si hay bonus escondido más adelante. Jack Daniels (nada que ver, por cierto, con el bourbon del mismo nombre) como borroso facsímil de Maurice Conchis. Providence en una isla, R. Island, más práctica y verosímil que Phraxos pero pequeña como esta última. Una ciudad que esconde un secreto, un mar lleno de tiburones… Nada es lo que parece, aunque todo se asemeja a algo que ya hemos visto otras veces, leído en alguna otra página, pero dónde, dónde. Hasta la novela en sí que no es novela sino algo más complejo, más grande, finaliza varias veces —es decir, sí había bonus—, pero tampoco acaba nunca.

Digamos, para apuntalar definitivamente esta hipótesis, y parafraseando a Fresán, que Providence se lee tan bien como el best-seller de Fowles, y se disfruta tanto como V. (¿Quién es V.?)

Providence, desde el lado de allá (el de ustedes)

Como un bonus-track, digamos que Providence es, al fin y a la postre, una reflexión sobre el acabamiento de las otras formas narrativas. Su decadencia, obsolescencia, anquilosamiento, esclerotización, invalidez y, finalmente, defunción y mantenimiento como piezas de museo —toda producción tardía semejante, meros ejercicios de copia para posterior diseminación comercial y puro entretenimiento masivo; o filatelia en la era de la comunicación tecnológica.

Alguien dijo que Providence era clásica en su forma. Digamos que sí porque se trata de una novela, construida mediante palabras y frases. Digamos que no porque es posible que aquel comentario fuera hecho con recelo o sin la primera sílaba. Digamos algo más y apoyemos esta excéntrica reseña con algo de jarabe de palo: muy rara vez anoto cosas de lo que leo, a no ser que pretenda hacer algo con ellas. Fue el caso con Providence. Entre las que atesoré, varias son de las últimas cincuenta páginas de la novela. Aviso que, habida cuenta del orden de opiniones tan enrarecido en el medio lector, pueden ser calificadas como escenas censuradas aun en una película snuff:

El coeficiente intelectual, lo tenía comprobado con mis alumnos más dotados, no les sirve de nada en la vida diaria. Lo emplean en sus estudios o en sus carreras profesionales mientras para la vida se reservan los estereotipos más ramplones, los que heredaron por vía familiar o los que les suministraron sus tutores universitarios, sucedáneos edípicos de papá y mamá, mezquinos parásitos que corrompen sus categorías éticas con instrucciones pragmáticas o las sustituyen por valores conformistas propagados por el sistema… Basura moral de consumo mayoritario.

Pero no todo está perdido:

[Darth a A. Franco]: “Dígame, Franco, antes de desmayarse y perder del todo el sentido de la realidad que le queda, ¿de verdad no le gustaría ser un ciudadano de pleno derecho del siglo veintiuno y no un lamentable residuo del veinte?

Con respecto a las especulaciones habidas sobre Providence y sus porqués:

[Darth a A. Franco]: “Todo espectáculo, como usted sabe, se funda en la expectativa que tengamos de él. Y ahí es donde está el negocio auténtico, en crear la expectativa, no el espectáculo, que es sólo un aderezo, un accesorio más. Lo esencial es tener a la gente expectante ante el producto. Lograda esa reacción crucial, ya controlas todo lo demás.

Ferré sabe que será difícil, pero:

[Darth a A. Franco]: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra. Como dijo el doctor Ho, uno de mis maestros: Para expandir el mensaje del amor, no dudes en hacer la guerra. A todo el mundo, si hace falta. Por cierto, ¿alguien puede prestarle algo de ropa a este inmigrante indocumentado?

Y es posible que se pregunten, ¿es que me he perdido algo?:

[Delphine a Eva Dhalgren]: “Verás, preciosa, el futuro ya existe, en cierto modo ya es. El gran problema es que vive confundido con el presente y con el pasado en una realidad promiscua repleta de trabas que le impiden avanzar como debería. En ciertos períodos se hace necesaria la aparición de figuras y escenarios capaces de forzar su advenimiento, hacer la presión suficiente sobre la realidad atascada como para desprender el futuro de sus ataduras con el presente y acelerar su plena realización, ¿me sigues?

Y al final de la novela, Ferré escribe: “Ahora, todos abajo”.

24 jun. 2010

RÜCKGRAT VON WIRKLICHKEIT (Un relato de Thomas PYNCHON)

Juan Francisco Ferré ha urdido un nuevo texto de Thomas Pynchon en esta última noche de San Juan. Nos pidió ayuda con tornillos, cables y demás utilería pynchoniana a unos cuantos conocidos suyos en red. Así nación este re(d)lato inédito cuya propragación undernet es, a estas alturas, escalofriante.

Replico las proteicas palabras de Pynchon providencialmente nacidas de los dedos de Ferré.



RÜCKGRAT VON WIRKLICHKEIT (Un relato de Thomas PYNCHON)


¿Qué es esta máquina que nos lleva adelante de un modo tan implacable? Pasamos traqueteando un día más, un año más, como si cruzáramos a medianoche una innominada ciudad desierta. No tenemos más que los recuerdos de alguna pausa en los lugares en que nos divertíamos en nuestra juventud, de las doncellas, los naipes, el clarete. Nosotros tratamos de prolongar nuestra estancia, pero ahora un silencioso funcionario vestido con oscura librea nos indica que es hora de volver a subir al coche y reanudar el viaje. Por otra parte, mucho antes de llegar a destino, esta máquina se detendrá bruscamente. Llenos de temor, abriremos la portezuela para hablar con el cochero, y entonces descubriremos que no hay cochero ni caballos, tan sólo estará la máquina, que se desvanecerá mientras permanecemos ahí en pie, y una pradera cuya inmensidad nos desespera.

El poste estaba ahora erecto, la música, a cuatro compases del final. Un terrible silencio se hizo en el auditorio; gendarmes y combatientes se volvieron todos como magnetizados para mirar al escenario. Los movimientos de la Jarretière se tornaron más espasmódicos, agónicos: la expresión del rostro, de ordinario muerta, era tal que perturbaría durante años los sueños de quienes ocupaban las primeras filas. La música de Porcépic era ahora casi ensordecedora: se había perdido toda estructura tonal, las notas chillaban simultáneamente y eran lanzadas al azar como fragmentos de bomba: viento, cuerda, metal y percusión resultaban indistinguibles mientras la sangre corría por el poste, la muchacha empalada quedaba fláccida, estallaba el último acorde, llenaba el teatro, resonaba, se alargaba, cedía. Alguien apagó todas las luces de la escena, y alguien más corrió a bajar el telón.

Anoche soñé que me metían, dentro de
un narguile altísimo y burbujeante,
momento en que, de pronto, un genio árabe
saltó guiñando un ojo.
"He venido a obedecer todos tus deseos", me dijo,
mientras yo trataba de encontrar palabras.
"Buen chico", grité, "¡Me harías un enorme favor
consiguiéndome un poco de droga!"
Me tomó la mano con una gran sonrisa,
y en un instante volamos por el cielo,
y lo primero que vi en la tierra a que me llevó
¡fue una maciza montaña de hachís!
Florecían en todos los árboles purpúreas y amarillas píldoras
junto al lugar donde corría el río, Romilar,
crecían los hongos mágicos libres como el arco iris,
tan bonitos que tuve ganas de llorar.
Todas las muchachas, dulces y de lentos movimientos
venían a saludarnos, glorias matinales
entretejidas en sus lindas cabelleras,
trayendo grandes puñados de nívea cocaína,
deseosas de hacerme compartir su droga.
Retozamos allí durante días,
sin parar de revolcarnos y fumar
en el rojo y florecido Panamá,
tomando peyote y té de nuez moscada
con aquellos duendes tan amables en mi cabeza.
Aquel buen momento podría haber durado eternamente,
en realidad había decidido quedarme,
pero, ¿sabes qué?
Aquel genio pertenecía a la brigada de estupefacientes,
y me prendió allí mismo donde estaba.
Y me trajo de nuevo a este frío, frío mundo,
y ahora estoy en prisión doquiera que me halle...
y sueño con los días pasados en Droguilandia,
y me pregunto: ¿libre voy a quedar alguna vez?

Enfilaron a toda marcha hacia Los Ángeles, de vuelta a casa, casi invisibles y muy probablemente inobservados, pues Manuel y su equipo de alquimia automovilista de Carrocerías y Pinturas Zero de Santa Rosa habían desarrollado una laca especial de microestructura cristalina capaz de modificar su índice de refracción, de modo que aunque hubiera habido vigilancia de, el Trans-Am, con excepción de unas pocas franjas irisadas, se habría confundido con un pedazo de carretera vacía.

Por entonces, ella era demasiado joven para entender lo que él creía estarle ofreciendo, un secreto sobre el poder en el mundo. Eso pensaba él que era. También porque era joven entonces. Frenesí lo tomó sólo por una parábola sobre lo que sentía por ella, una parábola que, aun sin comprender exactamente, asimiló en la vasta e invencible mirada habitual en muchos hijos de los sesenta, prácticamente sin significado alguno, útil en muchas situaciones, incluida la ignorancia.

A todo el mundo se le dice que escriba acerca de lo que conoce. El problema para muchos de nosotros es que en la juventud creemos saberlo todo o, por decirlo de un modo más útil, con frecuencia desconocemos el alcance y la estructura de nuestra ignorancia, la cual no es sólo un espacio en blanco en el mapa mental de una persona, sino que tiene contornos y coherencia y, por lo que sé, también tiene sus normas. Así pues, como corolario a ese consejo de escribir sobre lo que conocemos, quizá podríamos añadir la necesidad de familiarizarnos con nuestra ignorancia y las probabilidades que tenemos, por falta de esa familiaridad, de echar a perder un buen relato.

Al parecer se refiere al conjunto de las vías y medios por los que en aquella época los americanos podían transmitirse mensajes, y las personas que constituían esa red anunciaban y transmitían los mensajes verbalmente, mensajes que se mezclaban de vez en cuando en un plasma (como la suprema realidad anímica del hindú), y surgían aquí y allá, en senderos, laderas y riscos, por medio de destellos de farol, ruido de cascos en la noche, botes con pantoque y bergantines de esnón, criptogramas enrollados entre pelucas de currutaco, canciones, sermones, campanadas en las torres, alas de sombrero, cartas publicadas en los periódicos, hojas impresas por una sola cara repartidas en las esquinas, gritos en los límites de la ciudad orientados a lo desconocido y en pleno invierno, en medio de la noche, y se gritaba la información, siempre con la confianza de que alguien escucha en alguna parte y transmite el mensaje, por vía marítima o terrestre, a eso se dedica La Fougueuse, junto con transbordadores que van y vienen las veinticuatro horas del día, uniendo de este modo las poblaciones costeras de Connecticut, Nueva York, los Jerseys, el norte y el sur de Chesapeake, convertidos en una sola y gran criatura ramificada, y sus impulsos viajan por arroyos y calas a la velocidad del pensamiento, Virginia, las Carolinas, y llegan hasta lo más profundo de las montañas y más allá, hasta la húmeda pradera de Ohio, y desde allí...

Como residente del mundo cotidiano, Weed Atman tenía tal vez sus virtudes, pero como tanatoide se situaba sin excepción en los niveles más bajos de la mayoría de las escalas, incluidas las que medían la dedicación y el espíritu comunitario. La primera de sus muchas entrevistas con Takeshi y LD, que prosiguieron con interrupciones a lo largo de los años, había bastado para establecer una actitud de desapego, una serie de obstáculos que ninguno de ellos pudo nunca atravesar. Nos dice el Bardo Thödol, o Libro tibetano de los muertos, que el alma, en los comienzos de su transición, a menudo no reconoce gustosamente, es más, llega a negar con vehemencia, que está realmente muerta, pues ha pasado tan fácilmente a su nuevo estado que no encuentra diferencia entre lo insólito de la vida y lo insólito de la muerte, circunstancia fomentada, en opinión de Takeshi, por la televisión, cuya tradicional costumbre de frivolizar el tema con programas médicos, programas de guerra, programas de policías y programas de asesinatos había logrado trivializar hasta la misma Gran M. Si hay vidas mediadas, se decía, ¿por qué no ha de haber muertes mediadas?

La verdad es que su salida se demora más de lo que habría sido lo normal. Todos los seres vivos que hay en la zona, incluso los vegetales, interrumpen lo que están haciendo y esperan. La lombriz parece muy hambrienta. Lentamente, la lombriz se traslada hasta uno de los islotes del río, donde establece su base de operaciones. Sus necesidades son sencillas: alimento, bebida y el placer que obtiene cuando mata. Come ovejas y cerdos, extrae la leche de nueve vacas a la vez… El número nueve aparece una y otra vez en el relato, aunque el motivo no está claro, y los perros, gatos y seres humanos imprudentes no son más que ligeros tentempiés para la lombriz. A su alrededor empieza a crecer un círculo de devastación, pálido y sucio, en el que nadie penetra y del que todo el mundo ha de alejarse, un poco cada vez, a medida que se ensancha. El animal se aventura cada día un poco más lejos, hasta que finalmente el círculo de terror avanza hasta que desde él se tiene una vista directa de las almenas del castillo de Lambton; es éste un refugio definitivo, sin duda inviolable, aunque los moradores del castillo no se atreven a organizar el éxodo, pues, cuando es necesario, la lombriz puede moverse a gran velocidad, incluso con más rapidez que un caballo al galope. Los del castillo han contemplado aterrados muchas persecuciones mortales por la llanura costera, allá abajo, porque, una vez sobre aviso, la lombriz, en terreno abierto, puede interceptar fácilmente a sus víctimas, que se hallan lejos de cualquier refugio o no tienen posibilidad de huida. Empieza así la obsesión por la lombriz.

– Si es que no entendéis –dijo Driblette exasperándose–. Sois como los puritanos con la Biblia. Fanáticos de la literalidad. Tú sabes dónde está la obra, ¿verdad? No está en el archivador, ni en el libro que buscas, sino –salió una mano del vaporoso sudario de la ducha y señaló la cabeza suspendida en el aire– aquí dentro. Para eso estoy yo. Para dar corporeidad al espíritu. ¿A quién le importan las palabras? Son ruidos mecánicos para apoyar el ritmo de los versos, para penetrar la barrera ósea de la memoria de un actor, ¿no? Pero la realidad está en esta cabeza. La mía. Yo soy el proyector del planetario, todo el cerrado microcosmos que se ve en el círculo del escenario sale de mi boca, de mis ojos y a veces también de otros orificios."

—Éstas son Molly y Dolly, estudiosas de las artes eléctricas, a quienes me complazco en examinar de vez en cuando sobre el tema, sí… Por cierto, si les apetece, esta noche, caballeros, voy a dar un recital con la armónica en La Buena Ancla, que está en el muelle de los Carpinteros, más allá del Café de Londres. Es una especie de…, lo tengo en la punta de la lengua…
—Cantina —dice Molly.
—¡Fumadero de opio! —exclama Dolly.
—Señoras, señoras…
—¡Doctor, doctor!

Al parecer, los que regresan de China-Birmania-India se reúnen para jugar a las canicas con bolitas de opio. Se pueden recoger cientos de ellas si uno se espabila. El sanitario Krypton se mete el dinero en el bolsillo y deja a Bodine, que se queda pensando, retorciéndose un pulgar, en lo que acaba de oír; mientras se aleja, siente crecer en él un irreprimible impulso… Hace una pausa para beber alcohol etílico y jugo de pomelo de una vaina de proyectil, tras desmenuzar sobre ella con los dedos una de las extrañas pastillas de codeína. Es víctima de un breve episodio de paranoia cuando aparecen dos policías militares con sus gorras rojas y, acariciando sus porras, le dirigen —al menos él se lo imagina— amenazadoras miradas. Se escabulle en la noche al amparo de las paredes y del oscuro cielo. Está llegando a un estado especial muy suyo, que él podría patentar con el nombre de Superdoping Krypton.

—Por Dios, —dijo Saúl, levantando un brazo—. Deshumanizado. ¿Cuánto más humano puedo ser? Estoy preocupado, Albóndiga, de veras. Hoy en día hay europeos que deambulan por el norte de África con la lengua arrancada porque la emplearon en decir lo que no debían. Sin embargo los europeos creían que sus palabras eran correctas.
—Barrera de lenguaje —sugirió Albóndiga.
Saúl bajó de la estufa.
—Ese es un buen candidato al peor chiste del año —comentó irritado—. No, listo, no es una barrera. En todo caso es una especie de filtración. Dile a una chica: "Te quiero". Los dos elementos implicados, tú y ella, no presentan ningún problema, forman un circuito cerrado. Pero con el repugnante verbo "querer" has de tener cuidado, pues se presta a la ambigüedad, a la redundancia, incluso irrelevancia, a la filtración. Y eso es ruido. El ruido estropea tu señal, provoca la desorganización del circuito.

Está a punto de cumplirse. Para Friedrich Auguste Kekulé von Stradonitz, su sueño de 1865, el gran Sueño que revolucionó la química e hizo posible el surgimiento de la IG. Para que el material adecuado pueda encontrar su camino hacia el soñador adecuado, cada cual, cada cosa, debe estar exactamente en el lugar que ocupe en el patrón. Jung tuvo la amabilidad de darnos la idea de un mancomunidad ancestral en la que todos comparten el mismo material onírico. ¿Pero cómo es que todos somos visitados como individuos, cada uno únicamente por aquello que necesitaba? ¿Acaso esto no implica alguna maniobra o cambio de dirección en los cauces que nos traen estos sueños? ¿Algún tipo de burocracia? ¿Y si los de la IG asistieran a sesiones espiritistas? Sin duda se sentirían a sus anchas entre los burócratas del otro lado. El sueño de Kekulé se dirige ahora a lo largo de puntos que podrían arquearse a través del silencio, claramente renuentes a vivir dentro del movimiento móvil; es una luz humana, imperfecta, que interfiere aquí con las solemnes decisiones binarias de estos agentes que ahora permiten que pase la Serpiente Cósmica, con todo el esplendor violeta de sus escamas, brillando de un modo que es definitivamente no humano...

Una noche, al final del primer mandato de Roosevelt, bajó por el primer hueco de alcantarilla llevando consigo un Catecismo de Baltimore, su breviario y, por razones que nadie pudo averiguar, un ejemplar del Arte de la navegación moderna de Knight. Lo primero que hizo, según sus diarios (que fueron descubiertos meses después de su muerte) fue echar una bendición eterna y unos cuantos exorcismos sobre todas las aguas que discurrían por los albañales entre Lexington y el East River y entre las calles Ochenta y seis y Setenta y nueve. Esta es la zona que se convirtió en Fairing's Parish. Las bendiciones aseguraban un adecuado suministro de agua bendita, y también eliminaban el problema de los bautismos individuales cuando finalmente hubiera convertido a todas las ratas de la parroquia. Esperaba asimismo que otras ratas tuvieran conocimiento de lo que estaba ocurriendo en la parte superior del East Side y acudieran a convertirse también. En poco tiempo, el padre Fairing se habría convertido en el jefe espiritual de los herederos de la tierra. Consideró un sacrificio suficientemente menguado por parte de los roedores, que le proveyeran diariamente con tres miembros de su especie para su mantenimiento físico, a cambio del alimento espiritual que él les proporcionaba.

En un compás indeterminado de la resonante partitura de la noche se le ocurrió también que estaba segura, que algo la protegía, aunque tal vez fuese sólo la borrachera que se le despejaba linealmente. La ciudad, maquillada y acicalada con las palabras e imágenes de costumbre (cosmopolita, cultura, tranvías), era suya como nunca hasta entonces lo había sido; aquella noche tenía libre acceso a los ramales más lejanos de su sistema circulatorio, tanto a los capilares demasiado pequeños para ser observados, como a los vasos apelotonados y aplastados de los impúdicos granos municipales, a flor de piel para que todos salvo los turistas los vieran. Nada de la noche podía conmoverla, nada la conmovió. La reiteración de los símbolos bastaría, puede que además sin conmociones, para minimizar la noche, incluso para desgajársela de la memoria. Estaba condenada a recordar. Encaró la posibilidad como habría podido encarar la calle en miniatura desde un balcón muy alto, un viaje en la montaña rusa, la hora de la comida de los animales del zoológico; un deseo de muerte que puede satisfacerse con el mínimo ademán. Rozó el borde del área voluptuosa de dicho deseo, consciente de que sucumbir a él sin más superaría todo lo imaginable; de que la atracción gravitatoria, las leyes de la balística y la voracidad salvaje no le prometían más dulzuras. Hizo la prueba, con un escalofrío: estoy condenada a recordar. Cada indicio que se presenta tiene que poseer su propia diafanidad, sus inequívocas posibilidades de permanencia. Pero como es lógico se preguntó si estos “indicios” diamantinos no serían más que formas de compensación. Para reparar la pérdida de la Palabra directa y epiléptica, el grito que podía anular la noche.

Cuando la tierra era aún un paraíso, hace mucho, mucho tiempo, dos grandes imperios, el Mal y el Bien, lucharon por hacerla suya. Venció el Mal, y el Bien se retiró a prudente distancia. No pasó mucho tiempo sin que rebaños de ciudadanos del Reino Inferior empezaran a visitar la Tierra Ocupada con tarifas de excursión colectiva, pululando con sus turismos y camiones—vivienda de amianto por todo el paisaje, buscando en las tiendas gangas propias de una mano de obra barata, sacándose mutuamente fotos en un ambiente azul y verde invisible para las películas que se podían comprar en el Infierno... hasta que la novedad dejó de serlo, y los visitantes empezaron a percatarse de que la Tierra era igual que sus hogares, el mismo tráfico, comida desagradable, degradación del medio ambiente, etc. ¿Para qué salir de casa sólo para encontrar una versión de segunda categoría de aquello de lo que trataban de escapar? De modo que la industria turística empezó a declinar, y después el Imperio a retirar primero a sus administradores y después incluso a sus tropas, como cerrándose sobre sí mismo, más cerca de sus fuegos infernales. Transcurrido un cierto tiempo, los túneles de entrada empezaron a cubrirse de vegetación, perdiendo sus contornos y desapareciendo enterrados por avalanchas, inundados por sedimentos, hasta que sólo algunos individuos solitarios, niños, tontos del pueblo, tropezaban de vez en cuando con alguno, en un lugar desierto, pero sin atreverse a penetrar más allá de los primeros recodos, donde se acaba la luz exterior.

¿Esa es la elección? ¿Luz o coño? ¿Qué clase de elección es ésa?

Esos pobres inocentes –exclamó en un susurro afligido, como si una ceguera se hubiera sanado sola de golpe, permitiéndole por fin ver el horror que transpiraba sobre el suelo—. Antes, al principio de todo esto…, deben de haber sido unos simples chavales, muy parecidos a nosotros… Sabían que estaban ante un gran abismo cuyo fondo nadie podía ver. Pero se arrojaron a él igualmente. Dando vítores y riendo. Era su propia “Aventura” grandiosa. Eran los héroes juveniles de una Narración del mundo; irreflexivos y libres, se precipitaron a esas profundidades por decenas de millares, hasta que un día se despertaron, los que seguían con vida, y en lugar de encontrarse posando con nobleza ante cierta geografía moral dramática, se vieron arrastrándose presas del pánico en una trinchera de barro, rodeados de ratas, oliendo a mierda y a muerte.

Se necesitarían ocho vidas y muertes humanas sólo para crear una letra del nombre de ese ser... Su expediente completo podría ocupar un espacio considerable de la historia del mundo. Somos dígitos en la computadora de Dios, tarareó, más que pensó, en su fuero interno, al son de una vulgar melodía espiritual, y lo único para lo que servimos, estar muertos o vivos, es lo único que Él ve. Todo aquello por lo que lloramos, por lo que luchamos, en nuestro mundo de sangre y trabajo, le pasa desapercibido a ese intruso cibernético que llamamos Dios.

Fergus Mixolydian, el judío armenio—irlandés y hombre universal, pretendía ser la criatura más perezosa de Nueva York. Sus intentos creativos, todos ellos incompletos, iban desde western en verso libre hasta un tabique había quitado de un retrete del aseo de caballeros de la Pennsylvania Station y que presentó en una exposición de arte como lo que los viejos dadaístas llamaban «Reddy-made». La crítica no fue benevolente. Fergus se volvió tan perezoso que su única actividad (aparte de las indispensables para mantenerse fisiológicamente vivo) consistía en, una vez por semana, juguetear en el fregadero de la cocina con células secas, retortas, alambiques, soluciones salinas. Lo que estaba haciendo era generar hidrógeno, que iba a llenar un globo verde resistente con una enorme Z pintada en él. El globo lo ataría con una cuerda al borde de la cama cuando se propusiera dormir, único modo de que los que vinieran a verle supieran decir de qué lado de la conciencia se encontraba Fergus.

La chica había oído la lluvia y los pájaros incluso antes de que se despertara del todo. Se llamaba Aubade: medio francesa medio anamita, vivía en un planeta extraño y solitario, muy particular, donde las nubes y el olor de las poincianas, la acritud del vino y el contacto fortuito de unos dedos por su región lumbar o, como plumas, por sus senos, todo ello se convertía inevitablemente para ella en elementos sonoros de una música que emergía por entre los intervalos de una aulladora oscuridad de discordancia.

Porque en este punto de la obra los acontecimientos adquieren una cualidad extraña y se introduce subrepticiamente en los diálogos cierta ambigüedad, cierta inquietud. Hasta aquí, ha habido que interpretar los nombres o en sentido literal o en sentido figurado. Pero desde que el duque da la orden de matar, se impone una modalidad expresiva diferente. De ella sólo podemos decir que es una especie de desgana ritual. Queda de manifiesto que ciertas cosas no pueden decirse en voz alta; que ciertos acontecimientos no pueden representarse en escena; aunque habida cuenta de los excesos de los actos anteriores, cuesta imaginar de qué se trata. El duque no nos aclara nada, tal vez porque no puede. Cuando se pone a gritar a Vittorio, dice claramente quiénes no han de correr en pos de Niccolò: a sus propios guardias les dice en la cara que son unos gusanos, unos payasos y unos cobardes. Pero entonces, ¿quiénes han de ser los encargados de perseguir a Niccolò? Vittorio lo sabe; como lo saben todos los pelafustanes y guardacoimas de palacio que van de aquí para allá ataviados con el uniforme de Squamuglia y que intercambian «miradas de entendimiento». Es un bromazo doméstico. El público de la época lo sabía. Angelo lo sabe, pero no lo dice. No acaba de revelarlo por mucho que se aproxime.

—Rediós —dijo—, esto es un plagio, y encima nos han censurado, a Wharfinger y a mí, pero al revés.

Se refugiaba cada vez más en el problema de la función Zeta, con el cual se distraía incluso cuando la compañera de clase cuya mirada había cruzado y mantenido durante el día entraba de puntillas después del toque de queda y se metía desnuda en la estrecha cama de Yashmeen, ni siquiera en ese raro y silencioso momento podía ignorar la cuestión, casi como si él se la estuviera susurrando al oído, de por qué Riemann había planteado la cifra de un medio al principio en lugar de inferirla más adelante… “Por descontado, uno querría tener una prueba rigurosa”, había escrito el matemático, “pero he dejado la búsqueda a un lado… tras algunos fugaces y vanos intentos, porque no es necesario para el objetivo inmediato de mi investigación”.
Pero acaso eso no implicaba… la tentadora posibilidad quedaba sencillamente fuera de su alcance… e imaginemos que en Gotinga, entre sus documentos, en algún informe escrito sólo para sí mismo y todavía sin catalogar, él hubiese sido incapaz de no volver al problema, obsesionado como todos los demás desde entonces, incapaz de no volver a la serie exasperantemente sencilla que había encontrado en la obra de Gauss y ampliado para explicar por completo el mundo especular “imaginario” que incluso Ramanujan, aquí en Trinity, había pasado por alto hasta que se lo señaló Hardy…, y que lo hubiese revisitado, que en cierto sentido hubiese reiluminado la escena, posibilitando la demostración de la hipótesis con todo el rigor que desearía cualquiera…

—A ver, Pinks, estás aquí, ¿verdad?
—¿Y dónde estás tú, insolente? No parece que donde deberías, pero eso vamos a arreglarlo, ¿verdad que sí?...—dijo agarrando a la chica por el cabello rubio con bastante rudeza, y, en un único y elegante movimiento, se levantó el camisón y al mismo tiempo se sentó a horcajadas sobre la carita impertinente…

22 jun. 2010

Ángeles derrotados

Hay editoriales que rivalizan en la calidad de sus autores destacados. Mondadori y Anagrama son prueba de ello. Sin embargo pareciera que a Jorge Herralde a veces le fallara el olfato. Esta suposición se apoya en una burda sospecha de lector de a pie. Es decir, está basada en un empirismo sesgado, aunque sin prejuicios.

En cierta ocasión le preguntaron a Herralde si se había arrepentido al rechazar la novela de Ruiz Zafón La sombra del viento. Herralde se salió por la tangente, de forma elegante pero sin hacerse el sueco. Pues decir que si pudiera volver atrás sí la editaría podría suponer una especie de insulto a la imagen de alta calidad de elección literaria que persiste en la cabeza de sus más fieles consumidores. E, igualmente, de reafirmarse en su decisión, es posible que fuera esa otra legión de lectores que identifican Anagrama como la editorial de Seda o 84, Charing Cross Road la que se sintiera rebajada. Cabe dejarla, pues, como una decisión coyuntural del editor que otro fue más inteligente y supo aprovechar.

Con todo, y dejando atrás aspectos del posicionamiento de marketing de las editoriales, cabe pensar que a Herralde hay ocasiones en que su habilidad de sabueso literario le abandona. Es el caso de Dennis Johnson.

Anagrama editó su primera novela traducida al castellano, Ángeles derrotados, pero fue Mondadori quien se hizo con los derechos para Hijo de Jesús y Árbol de Humo. ¿Qué pasó? Quizá hubo enfado, Herralde tiene mucho genio y, sin ir más lejos, Javier Marías no puede ni verlo aun siendo aquél quien editó sus primeras novelas. Ese genio del dueño de Anagrama podría extenderse allende los mares, o tan sólo trasladarse a los editores norteamericanos de Johnson, cuya fama, al crecer como la espuma, es posible que hiciera subir desaforadamente —así lo hubiera considerado Herralde— su cotización más allá de sus fronteras. O quizá Mondadori le ganara por la mano, apostando más fuerte pero ya sobre seguro. O simplemente sea que Ángeles derrotados no vendiera casi ejemplares en su primera edición, y Herralde acabara —le abandonó su olfato— olvidándose de Johnson.

Pero como en economía todo actor tiene que ganar algo, la pérdida absoluta no existe, por definición axiomática, Anagrama conserva los derechos de aquella novela de juventud, y ahora ha decidido embolsarse —para regocijo nuestro, todo hay que decirlo— unos euros poniéndole una mejor letra y una portada más atractiva por nueva.

Todo esto no es sino una ejemplificación realista de escaramuzas sobre filones y productos sin explotar. La estrategia del océano azul se afianza sobre un sencillo paradigma: la oportunidad de incidir sobre un producto que sólo tienes tú y que el mercado desea. Quizá ese mercado no estaba aún maduro por aquel entonces. Como tampoco debería haberlo estado Johnson pero no: ya quisieran para sí ese supuestamente escaso grado de madurez buena parte —y mucha de la otra— de los escritores que nos circundan y agobian y hasta entierran las verdaderas perlas, los auténticos filones.

Lo que se narra aquí —allí, en la novela— es un mundo para el que nadie está preparado. De la nada hacia otra nada peor. De no saber nadar. De ahogarse a cada instante y no hacer esfuerzos ni aun para boquear y expulsar parte del salitre que se cuela por la boca, la nariz, los poros de la existencia. Una pareja fortuita reconstituida mediante pedazos de otras. Una vida común a base de despojos. No hay buenos momentos, qué decir de la felicidad, esa utopía. Johnson conoce bien de qué escribe, y cuando la caída es ya demasiado larga, demasiado profunda, lanza la narración hacia esos infinitos que son la muerte y la locura —esa otra muerte que respira—. La peor de las muertes, la más lamentada, la más ininteligible, la más pública. Y una de las peores locuras, de esas que tienen remedio clínico pero que, como todas, dejan su cicatriz verdosa y venenosa. Aparentemente curada, su portador en paz con el Sistema, libre para seguir infectando con su locura a quienes tengan la mala suerte de toparse en su camino.

Lo que se narra aquí ­—de nuevo allí, en la novela— se hace con una maestría inusual. Con una sequedad que va diluyéndose a medida que Johnson avanza hacia la conclusión de sus peores pesadillas. Un ablandamiento que tiene su reflejo en un lirismo inaceptable para unos, pero necesario tanto para soportar lo que aún hay que seguir leyendo, como para esos otros lectores, entre los que me incluyo, que hace tiempo se dieron de baja del recibo de las crónicas de sucesos. Sin él la novela sería un cómputo periodístico de la desgracia on the road, esa imagen de relleno a que hemos ido acostumbrando nuestras vidas, nuestra cotidianidad. Aunque quizá las imágenes con que Johnson lubrifica el horror no sean sino el reverso necesario para huir de ambas realidades: la virtualidad de la belleza, y el verismo de la monstruosidad.

Para saberlo hay que leerlo. Lean pues a Johnson. Pero empiecen por donde les plazca.

20 jun. 2010

Las escrituras

Seidu(na), una introducción

En sus orígenes, Seiduna fue el Amo de la Montaña, Señor de Alamut, líder de los Hassassin, expertos en asesinar poderosos, rey de la Montaña, enemigo de los persas, creador de sueños, embaucador lisérgico, ente indefinido, contrincante de la tiranía sobre las masas, defensor del Más Allá.

Seiduna fue también un nick, un pseudónimo, un avatar, la extensión cibernética de un pensamiento inaprensible, alucinación providencial de una mente individual, la creación de un grupo de pensadores de élite, la afirmación de una individualidad proteica que evoluciona en el ciberespacio, una duna que cambia de sitio, hombre de arena reconstituido, que resucitó al tercer día y está entre los vivos y los muertos, esa tierra de nadie y de todos, ese limbo multidimensional adonde también van los rebeldes de pensamiento, los magos de la palabra, los activistas de las obras, los coleccionistas de insultos, las ovejas descarriadas, las ovejas negras.

Pero Seiduna también fui yo. Seiduna fue mi hermano gemelo, engendrado treinta y tres años después de mi nacimiento para eclipsarme en este mundo. Para ocupar mi sitio en este otro mundo. Para enviarme a la cara oculta de mi yo y convertirse en mi alter ego visible. Desde esa cara oculta Seiduna recibiría pensamientos, poemas, mensajes, órdenes. Expresaría opiniones, adoptaría posturas, se contradeciría a sí mismo y desnudaría el alma de los demás, de la otredad diletante y abyecta. Después Seiduna evolucionaría hasta convertirse en maestro del disfraz, en creador de cortinas de humo, experto escapista, mostrador de las vergüenzas del vecino, profesional del sonrojo ajeno. Efervescente hasta la explosión pero también inadecuado, impropio, improcedente, intruso, indeseado, indeseable, innombrable, expulsado, separado, prohibido. Todo eso y también imposible de olvidar: inolvidable.

Indeleble.

Levantad, carpinteros, la viga del tejado (historia de una pasión)

La Providencia me dio los medios y me señaló el camino. También la recompensa: por cada alma que, por mis acciones, asiera la duda, mil días sin noches me serían entregados y a aquellas almas la casi eternidad. Para ello tendría que disfrazarme. Actuar de incógnito pero sin esconderme. Soportar el escarnio y aguantar con las heridas abiertas. Una vez conseguida la duda de una, dos almas, entonces inmolarme. Hacerme el sepuku. Y avisarlo. A los cuatro puntos cardinales, que son tres: norte y sur.

Después escribirlo. Explicarme. Y entre esas palabras, de nuevo, esconder el futuro. Y después actuar. Buscar nuevas dudas. Sembrar más semillas. Germinar en mi reverso. Crecer cada día mediante poesía rimada, inspiraciones libres, con cadencia, sin ritmo aparente. Silenciosamente hasta estallar de nuevo.

Y después vuelta a empezar.

Hechos (1)

Las burbujas de la Coca-cola, por Riendick Nopussy




Riendick no es una mujer, y tampoco un hombre. No es una cosa ni la otra porque Riendick Nopussy no existe. Es pura invención de otra invención. Es la metáfora de una postura. Una carga de profundidad disfrazada de criptograma. Una oscuridad a punto de desvelarse.

Nace en un lugar de padres extranjeros en éste y marcha a un tercero. Nopussy es hijo de la incestuosa unión entre Seiduna y yo, ninguno de los dos pertenecientes al mundo para el que su hijo fue creado. Entonces Riendick se marcha a un paraíso que no existe, como el Más Allá que el originario Seiduna prometía a sus hassassin. Allí, Riendick Nopussy escribirá en el más breve período de tiempo del mundo la que será su única obra, Las burbujas de la Coca-Cola. Unas burbujas que deberían haber estallado cuando la botella fue frotada tres veces y aquéllas expelidas al exterior. Pero no sucedió así porque sus descubridores no entendieron lo que los padres del autor quisieron decir con la obra de su asexuado hijo. Una fatalidad que llevaría a la muerte a uno de sus padres, el más joven de los dos. La desgracia siempre se ceba con los mejores.

En la única obra de Riendick se narra una utopía social. Un cambio ontológico que al final sería incomprendido por aceptación en exceso. La protagonista muere de éxito y anticipa así la desaparición de su creador. Reunidos en el templo, los lectores, que dicen leer pero se mienten a sí mismos, no comprenden y sentencian una muerte al amanecer del último viernes del solsticio de primavera.

Ser prohibido, caer en el olvido. Después, a lavarse las manos.

Hechos (2)

El asalto según Hassan Maled, por Hassan Maled




Pero antes hubo que afirmar aquella sentencia con menos disfraz, con un menor insulto a la escasa inteligencia. Con algo más explícito. Ser más burdo para así ser comprendido. Dos más dos son cuatro, o mejor, uno más uno son dos. Así más fácil. No vaya a ser que. A ver si así sí. Es que no me he explicado bien.

Hassan Maled es cabrero y participó en un asalto a una isla sin importancia real. Una isla casi imaginaria. Geografía virtual. El nombre de Hassan proviene de la unión de los sintagmas Ha (ja, onomatopeya de carcajada) y Ssan (deformación arábica de -san, tratamiento japonés), resultando la traducción castellanocastiza en ja-san, o señor de la carcajada. Y su apellido Maled es simple conjugación imposible del epíteto anglosajón male (macho) verbalizado, lo que equivaldría a decir ‘machada’.

En El asalto según Hassan Maled, Hassan Maled hubiera narrado cómo, para ser desalojado de aquella isla virtual, hubieron de emplearse a fondo los detentadores del poder en la misma con destructores, fragatas, aviones de combate y centenares de soldados. El maltrato recibido, en contra de lo que las fuentes oficiales y la prensa difundieron posteriormente. Las absurdamente patrióticas reacciones de los súbditos del otro país ante tamaña ridiculez por parte de Hassan Maled y sus cinco amigos.

Y así, Hassan anunciaba, en la caída de la noche del jueves previo a aquel viernes, cómo serían expulsados él y su creador y su asexuado hermano: con gran artificio y exceso de cañones y publicidad y patrióticas reacciones por parte de los súbditos de la dictadura de la ramplonería y la gazmoñería, de los enemigos del pensamiento, de las palabras y de las obras. Mediante juicio sumarísimo sin opción a abogado defensor.

Una tropelía cometida atropelladamente por una farisaica camarilla de iletrados bolmans.

Yearten (see Uncyclopedia)

To be continued but no more here. Seek on the net and may the force be with you.

16 jun. 2010

El canto de la espada

Ando leyendo a Mishima, El rumor del oleaje. Mi mujer prestó el libro a una madre del colegio y no nos lo devuelve. Para mí que, además de no leérselo, lo ha perdido, la muy guarra. La culpa la tiene mi mujer, que fardó en un desayuno andaluz con otras madres de haberse leído a varios asiáticos. No dijo japoneses o chinos, no. Dijo asiáticos, para dificultar aún más las cosas.

Le he dicho que, cada diez minutos, le pida que nos devuelva el libro, y ella me dice que ya lo está haciendo (ahora vuelve a hablar con la madre por el móvil, pero no del libro, me apuesto un cubalitro). (Y me juego otro cubalitro más a que no lo devuelve porque lo ha perdido y quiere encontrarlo pero no para devolvérnoslo, no, sino para leerlo y así saber por qué Mishima es más especial como forma de pasar el rato que, pongamos por caso, la telenovela Mar de Amores.)

Como llevamos así más de un mes, fui a la biblioteca y saqué prestado El rumor del oleaje. Lo estoy leyendo y compruebo que me acordaba de muy poco pero que, releyéndolo, es como volver a montar una bicicleta que hay olvidada en casa de mis padres.

Hace poco más de ese más de un mes mi mujer y yo fuimos a una “Velada sobre Literatura Coreana” en el edificio del Rectorado de la Universidad de Málaga. Los asistentes eran: Kim Hoon, novelista de 62 años; Kim Kwang-Kyu, poeta de 69 años; y Yi In-seong, novelista de 57 años. Kim Ki no pudo venir por estar rodando el capítulo de Pelotas en que se alía con el maquillador de cadáveres para hacer ver a la chica de ambos que no se puede jugar (mucho menos amar) a dos bandas. También asistieron: Francisco Ruiz Noguera, poeta; Antonio J. Doménech del Río, profesor de la UMA; y Antonio José Quesada Sánchez, poeta, profesor de Derecho Civil e íntimo amigo nuestro. Finalmente, había una traductora de coreano y unos treinta cacharros muy modernos que servían para que las más o menos treinta almas que asistimos a la Velada pudiéramos escuchar las traducciones. Todo ello gratis.

Abrió la charla Ruiz Noguera, quien dijo desconocer a los coreanos y pidió disculpas a éstos vía la traductora, aunque aclaró que antes de entrar había leído unos poemas del segundo Kim que le habían deslumbrado. Dijo algunas cosas más, aplaudimos un poco y entonces habló Doménech, quien sorpresivamente no necesitaba a la traductora para entenderse con los coreanos. En ese momento, quienes habían hecho amago de levantarse para salir de allí se lo pensaron mejor y decidieron quedarse un rato más, a ver qué tal.

Doménech dijo que le fascinaba la cultura asiática, en especial la coreana. Tanto que incluso le había dado por aprender un poco su lengua (aunque, en nuestra opinión, exageró con aquel “poco”). Presentó a los coreanos y, antes de darles la palabra a éstos, le ofreció el turno a Quesada, nuestro amigo.

El año pasado, Antonio Quesada paseaba ganduleando cerca de los tablones de anuncios de la Facultad de Derecho. Como en ese momento no tenía ningún libro a mano para abstraerse de las inocencia, indolencia e indecencia que le rodeaban, se puso a escudriñar los papelillos pegados en aquel corcho gigantesco. Y entre apartamentos y camas con derecho a caca y pis entrevió un anuncio formal del Primer Premio Mundial de Ensayo sobre Literatura Coreana. Es decir, una convocatoria. En plazo.

En la biblioteca sólo tenían un libro firmado por un coreano empadronado allí. Aunque no olvidemos que Antonio vive en Málaga y ya se sabe. El libro en cuestión era El canto de la espada. Año y pico después, la traductora de coreano, a una pregunta impertinente de un lector impenitente, aclaró que la traducción del término no era exacta, aunque sí aproximada. Pues el término original connotaba los castellanos canto y llanto a la par. Alguien preguntó que si como un fado. La traductora dijo que tampoco lo veía claro pues había una cantante de fados que sonreía mucho al cantarlos. Quizá fuera pertinente decir un llcanto o un cllanto, pero ninguna de las dos palabras existe en castellano. Así pues, canto y sigamos.

Quesada leyó el canto un par de veces, como Schopenhauer aconsejaba hacer con la música, elaboró un lúcido y divertidísimo ensayo sobre el mismo, lo presentó a concurso y, a renglón seguido, procedió con característicos soltura y donaire a ganarlo.

No recuerdo de qué habló Antonio en su intervención, pues me dediqué a hacer fotos todo el tiempo desde varias esquinas. Mi mujer tampoco se acuerda de gran cosa porque se olvidó de apagar el gadget traductivo y escuchó las palabras de nuestro amigo en el feminizado coreano de la traductora.

En otro momento cabrá hablar tanto de Kim Kwang-Kyu como de Yi In-seong y sus respectivas obras. Ahora, y centrándonos en el primer Kim, es decir el Hoon, diré tan sólo lo que otras veces y en lugares diferentes he dicho: el mercado dirige nuestros gustos. He leído a Mishima, a Kawabata, a Oé y también a Murakami. Tengo muchas ganas de leer Brothers, de Yu Hua. No he leído a Yoshimoto ni a Kirino, si tales agrupaciones son pertinentes o permisibles. De lo leído guardo buen recuerdo excepto de Murakami, aunque es posible que el problema sea mío por ver sólo praderas donde otros disfrutan de montañas. Pero a lo que voy es a que desconocemos ese mundo que hay afuera. Cada vez que entro en una librería, he de buscar lo que llevo en la cabeza como Lavoisier rastreaba los átomos ya adivinados por Demócrito o Epicuro. Recuerdo entonces la voz en off de Expediente X: “La verdad está ahí fuera”.

Y como comienza a ser habitual, aunque confío en que no os habituéis, en lugar de una crítica os pongo un extracto del libro que me he dado el trabajo de escanear, pasarle el OCR y hacerlo legible después, para que no se diga.

Extracto de El canto de la Espada, de Kim Hoon

P.S.: Miro ahora la Wikipedia para asegurarme de que la referencia a X-Files no es apócrifa y me encuentro con las siguientes perlas:

“No confíes en nadie.”
“Niégalo todo.”
“La verdad está lejos de aquí abajo.”
“Y sin embargo se mueve.”
“Cree la mentira.”
“Todas las mentiras conducen a la verdad.”
“Dios te ama.”

11 jun. 2010

Un lento aprendizaje

Aquí os pongo un trozo que traduje, en su día, del primer libro de Thomas Pynchon, Slow Learner.

Lo compré hace 5 años en Foyles, en la justamente famosa por injustos motivos Charing Cross Road. Mi edición, como es natural, es paperback malo pero suficiente para cumplir su cometido. Era lo único que me quedaba por leer de Pynchon en aquel momento. Al año siguiente compré Against the day, ya en hardbook. Ahora prefiero esperar al verano para hacerme con Inherit Vice, pues prefiero tenerla en mis manos y no pedirla vía Amazon o similar. Manías mías.

En sus respectivos momentos me costó mucho trabajo encontrar las obras de Pynchon en España. Por casualidad, hallé La subasta del lote 49 en la librería de lance que hay al lado del Ateneu, esa que identifican con el cementerio de libros olvidados de la novela de Ruíz Zafón. Estuve toda una tarde leyéndola en un parque de Motril, al final casi sin luz pero me daba exactamente lo mismo. Luego conseguí Vineland en Valencia, también de segunda mano. Mason & Dixon y El arcoiris de la gravedad gracias a la Fnac. V. costó más trabajo y apareció por correo, algo que hubiera resultado más apropiado para La subasta del lote 49. Tengo que reconocerle a la labor didáctica de Vila-Matas el conocimiento de la existencia de Pynchon. Como dije, nunca dejaré de asombrarme de mi ignorancia. Es precisamente esa capacidad de asombro la que nos mantiene jóvenes. La ignorancia el acicate par seguir adelante, sin saber qué nos encontraremos ni cuán desconocido será.

Como es natural, busqué Un lento aprendizaje, pero no lo encontré. No tuve, pues, más remedio que resignarme y leerlo en inglés. Llevaba años haciéndolo por obligación, la mayoría obras de contenido económico o empresarial, tecnológico y en escasos casos científico. Con estas temáticas, el reducido vocabulario ayuda a avanzar a lo bestia. Pero una obra narrativa es algo distinto. Más si ésta es de Pynchon. Había escrito a Tusquets pidiendo una reedición, ignorando si la desaparecida de librerías era suya o no. También a El Acantilado apelando a su sentido de la comercialidad, y de paso señalándoles alguna más de William Gass. Los primeros no respondieron. Lo segundos como si les hubiera enviado un currículum: con una fórmula de conveniencia y añadiéndome a su base de datos para futuras comunicaciones comerciales. Entonces vino lo de Foyles. Tardé bastante en leerla, intercalando otras cosas. Y cuando la terminé, comencé de nuevo, pero traduciéndola. Duré sólo un día porque, en realidad, no tenía tiempo para dedicarlo a este tipo de cosas.

Esta obra de juventud, comentada en su reedición por el mismo Pynchon, revela en la introducción el carácter de lo que se hallará páginas adelante. Merece la pena su lectura sólo sea por estas páginas que ahora os pongo. Dan una idea de lo que terminaría siendo la obra completa de Pynchon: el supermercado de ideas, conceptos, visiones y fantasías del maestro de la digresión. Pynchon rescata todo aquello abandonado por la historia como producto de consumo físico/lúdico/intelectual caduco. Sería interesante leer a una reencarnación hispano-americana suya dentro de cincuenta años. ¿Qué papel jugaría en sus historias Belén Esteban? ¿Y Oprah? ¿Sucedería parte en Irak o en el Golfo de México? ¿Habría un personaje escritor como Cormac McCarthy ayudando a los mexicanos fronterizos contra los sheriffs de Arizona?

Introducción en castellano de Slow Learner.

3 jun. 2010

Metamorfosis®

Tengo varios textos en la cabeza. Pero como he de decidirme por alguno, empiezo por este.
Conocí de la existencia de Juan Francisco Ferré buscando información en Internet sobre un autor norteamericano, David Foster Wallace. Muchos de ustedes no sabrán que Wallace se suicidó el año pasado. No por falta de éxito, que lo tuvo y mucho. Éxito de verdad. No un éxito sueco, ni templario, ni vampírico, ni un éxito tardomoderno ni aflautado. Sino un éxito pata negra. Wallace era un grandísimo escritor. Aún no ha habido tiempo suficiente para calibrar la influencia que este hombre ha tenido y tendrá (sobre todo, tendrá) sobre las actuales y venideras generaciones de escritores. Me refiero a los verdaderos escritores. Escritores como Juan Francisco Ferré. Malagueño, por cercarlo algo más.
Me encontré con su nombre, como digo, por casualidad causada por una búsqueda premeditada. Nunca dejaremos de asombrarnos de nuestra ignorancia. Leí lo que Ferré tuvo la ocurrencia de escribir sobre David Foster Wallace, y también –pues tan bien pensado y escrito estaba aquello que Ferré escribió sobre David Foster Wallace– sobre quién era Ferré, qué hacía, si había escrito y el qué. Y de aquellas tempranas y privadas investigaciones se derivaron dos consecuencias decisivas en mi vida literaria y otras dos en mi vida profesional.
Vayamos con las literarias. La primera fue que busqué y encontré la más reciente novela de Ferré, La fiesta del asno. Un libro que leí mayormente en el baño. Una novela posmoderna sobre un etarra que acaba metamorfoseado en camarero travesti en un chiringuito caribeño. Un libro del que ahora sería incapaz de hacer una buena crítica, tan bueno me pareció en su momento y aun mejor ahora, en el mero recuerdo. La segunda es que busqué con ahínco la novela de David Foster Wallace La broma infinita. La busqué y no la encontré por ningún lado. Podría haberla encargado. Pero antes quería sopesarla físicamente, ojearla, darle el visto bueno. Ya había leído otros libros de Wallace –Algo supuestamente divertido que no volvería a hacer, Entrevistas breves con hombres repulsivos, La niña del pelo raro–, y por su causa y la de Ferré, la búsqueda se convirtió en obsesión. Ferré hablaba de tal forma en su artículo sobre la novela de David Foster Wallace La broma infinita, y de los autores canónicamente influyentes sobre el posmodernismo de Wallace –haciendo además relación y recopilación detallada, una lista entonces interminable y hoy casi terminada–, que vestido de traje, lista manuscrita en mano y bajo o dentro de un calor apabullante, busqué en Málaga, Sevilla, Valencia, Castellón. En una librería de viejo de Valencia hallé En el corazón del corazón del país, de William Gass. Me lo leí en un par de días, yendo y viniendo en tren de Valencia a Castellón. Y en Castellón encontré por fin La broma infinita. Gasté tanto tiempo en estas cuitas que los plazos se me pasaron, hice mal el trabajo y, como primera consecuencia de las de orden profesional, provoqué que mi empresa perdiera un montón de dinero. Una hecatombe. Me lamentaba de mi comportamiento mientras leía a Wallace. Yo era como el drogadicto que asiente y agradece y aun comprende las reconvenciones de la madre y el padre y el médico y aun el policía o el juez mientras sigue metiéndose un pico en vena con lágrimas en los ojos.
A partir de entonces ya nada fue lo mismo. Trabajaba mejor, más concentrado, más implicado si cabe. Pero siempre leyendo, surtiéndome de la canónica lista de Ferré. Y por aquel entonces, a los pocos que conocía –y conozco, cada vez menos– que también se interesaban por la literatura, les preguntaba por Wallace, por Coover, por Abish, por Barth, por Gass, y me escandalizaba interiormente cuando tan sólo recibía evasivas por desconocimiento absoluto en lugar de interés por desconocimiento absoluto. Y preguntaba entonces por Pynchon y por DeLillo y tampoco nada. Pero lo mismo pasaba con Ferré, lo que ya me parecía inaudito. ¡Un malagueño!, ¡y les daba igual! Habían hablado de Antonio Soler, de Pablo Aranda, de ellos mismos entre ellos mismos. Pero de Ferré, nada. Cero absoluto.
Entonces, un día que estaba yo en un hotel de Punta Umbría, a las tres de la madrugada leyendo a Dostoievski por recomendación vicaria de Wallace, lo comprendí todo. Horas antes había comprobado en uno de los bares del hotel cómo una ex compañera de trabajo a la que aprecio bastante había decidido consumir parte de su vida y vitalidad en la lectura de la trilogía de Stieg Larsson. Además, esta ex compañera mía había decidido mucho antes ceder su vida a la empresa en la que ambos trabajábamos. Es decir, me encontraba ante un doble suicidio vital. Toda la vida entregada a una agrupación de intereses meramente económicos para quien ella era una pieza intercambiable. Parte de esa vida en la absorción desvaída –o acaso interesada, lo desconozco– y distraída de aventuras imaginadas por un alucinado de los thrillers en las que la ausencia de arte –eso que, además del amor, da sentido a nuestras vidas– era inversamente proporcional a la emoción que Dostoievski desplegaba en sus páginas. Evasión frente a invasión. Mi ex compañera buscaba escapar de su realidad, mientras que yo ya me encontraba fuera de ella, totalmente al margen. Fuera de sus límites. En otro mundo. El mundo de los Ferré y los Wallace.
Consecuencia profesional número dos: me marché de la empresa. Creé entonces una sociedad de responsabilidad ilimitada, una S.L.I., basada en dos sencillos conceptos: el amor y el arte. Cada uno en sí y por sí mismos, pero también combinados en sus dos posibles conjunciones: el amor al arte, y el arte del amor. Una morosa existencia dedicada a alimentar, dar cuerda y lustrar aquello que más deseamos pero siempre postergamos en favor de la estupidez y la necedad.
Para quienes me conocen, sufrí un cambio. Una metamorfosis parecida a la que Ferré experimenta a lo largo de las páginas de su libro homónimo. Un conjunto de relatos que comienzan con un estilo deliberadamente barroco, cargado, asfixiante. Pero que, con cada cambio de título, va descargándose, aliviándose, transformándose, metamorfoseándose, destilándose en lo que imaginamos un Ferré puro, sin condimentos ni aditamentos. Al principio un Ferré adiposo, inflado, estreñido; después un Ferré libre, sin más ataduras que las que él mismo se impone al rendir tributo a sus autores preferidos: Gass, Gaddis, Goytisolo, Bernhard, por supuesto David Foster Wallace, algo de Palahniuk, algo de Gibson, algo de… Más influencias se me escapan, no soy un crítico literario. Soy un lector crítico. Mi fuerte no es el discurso crítico. Dejémoselo a los verdaderos. Yo, ahora, tras experimentar la decepción de no ver Providence, la novela de Ferré que el año pasado ganó el Herralde, en un sitio destacado de los lineales de la Feria del Libro de Málaga, voy a dedicarme a lo mío. Que es leer y esperar, también quizá escribir. Leer Providence y esperar a Ferré. A que Ferré escriba otro libro.
Thomas Pynchon

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David Foster Wallace

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