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31 may. 2010

Medley

El anterior párrafo que escribí en este blog es de incontestable corte cortazariano. Lo digo para que no se diga pero también para, aprovechando la tesitura, contar el porqué de la emulación o intento de estilo. La primera de las razones, ahora que me lo pregunto, creo que tiene que ver con la reciente o recentísima lectura de un pequeño volumen de relatos de Cortázar. Se trata de “Queremos tanto a Glenda” y, aunque en la contraportada se tilda de libro inclasificable, a mí me ha parecido un ejemplar más de cuentos de Cortázar que, seguramente guiados por ánimos meramente mercantilistas, sus recopiladores, antólogos y herederos prefirieron no incluir en el primero de sus volúmenes de Cuentos Completos. Cierto que hay un tema o hilo subyacente por debajo de todos los relatos que no es otro que el amor y sus diversas formas y consecuencias. Pero, al fin y al cabo, me hubiera parecido más lógico encontrármelo dentro en los Cuentos Completos de Cortázar que poseo en propiedad, y no fuera, en la biblioteca y por fuerza he de devolverlo mañana y vaya putada (otra vez Cortázar).
A Cortázar no lo leí de joven, sino ya maduro, hace cinco o seis años. Me lo descubrió una amiga que conocí en un foro ahora desparecido. Es decir, yo sabía de este hombre y de su Rayuela y sus cronopios y famas, pero nunca se me había ocurrido leerlo, por razones puramente espurias. Luego lo compré casi todo y me leí todo lo comprado en relativamente poco tiempo. Algunas cosas no las compré por considerarlas caras para su escasa extensión. Me perdí poemas (y me dijeron que no me perdía gran cosa), Queremos tanto a Glenda, Un tal Lucas y poco más.
Hay autores dotados de un estilo propio, los menos. Así Thomas Bernhard, Julio Cortázar y Javier Marías, por poner tres ejemplos dispares pero muy relevantes. En este tipo de autores el estilo es muy marcado y fácilmente reconocible por una o varias características. Así que es fácil empaparse de ellas e incorporarlas a la escritura propia. Tan fácil como difícil desprendérselas recién terminada de leer alguna de sus obras. E igualmente complicado encontrar un estilo que sea propio y no remedo de otro que nos gusta o crisol (o popurrí o medley) de varios que nos llaman la atención.
No puedo evitar las siguientes tentaciones: 1) copiar estilos, con poca fortuna desde luego, y 2) advertir la transferencia de uno o varios estilos en las obras de escritores que no se caracterizan por un estilo propio –sin que ello deba significar que dichas obras y autores no merezcan los respectivos Eulogios por sus obras e incluso por haber copiado también el estilo de este y de aquel otro. Así Isaac Rosa con Javier Marías, descarado. No, por ejemplo, Unai Elorriaga, que ha fabricado algo propio con ligeros débitos al Boris Vian de La espuma de los días.
Si me dan a elegir, prefiero las buenas copias a esa atonalidad que, sin que el fondo se vea menoscabado por la forma, distingue a la mayoría de buenos escritores de esta época post-Idaho en que vivimos. Carver y Hemignway nos legaron magníficas obras, pero al mismo tiempo inocularon el veneno de la uniformidad en sus para entonces futuros lectores y potenciales escritores de hoy. Marcaron un canon estilístico que singulariza en su multiplexada uniformidad un elevado porcentaje de la producción literaria actual: frases cortas, escasa adjetivación, ritmos milimétricamente medidos e incluso fríos, nada imaginativos y poco animados si no se echa mano a las ya tan escasamente extravagantes inclusiones de elementos contaminantes de los formatos escritos convencionales: imágenes, extractos de noticias, fotocopias, manuscritos, mails, trozos de blogs, conversaciones en foros, etc. Los arquetipos actuales han sacrificado la belleza de la forma, igualándola con la llana canónica, en favor de dejar al descubierto el fondo, pues para algo leemos, ¿no? Textos que nos enseñan el perineo de las intenciones del autor. Textos rasurados. Textos creativamente democráticos en su estampa. Todos iguales o casi. Es decir, todos putas.
Canciones bonitas, pero también Canciones Tristes.
O Sad Songs.
Pasen y lean.
Yo seguiré por aquí.

30 may. 2010

Un blog es un blog es un blog

Es fantástico esto de los blogs, desde luego. Es una maravilla que uno pueda escribir cualquier cosa, se trate del tema de que se trate y con la hondura o superficialidad que cada uno quiera o pueda darle, y tenga la posibilidad gratuita de exponerla a los cuatro vientos a través de un cablecillo que sale del ordenador hasta el router y de ahí a la roseta al PTR a los pares de la urbanización a la central telefónica a otros cables otros ordenadores otras mentes. Como si la pegara en el poste de una farola de una calle excesivamente iluminada y brutalmente transitada, con voceadores colgados de cualquier cornisa o neón o toldo o gárgola o incluso esa misma farola, algunos con megáfonos y otros incluso con majorettes y banda y regalos para los niños y el coche del escritor o presidente del blog manejado por un hábil especialista SEO o SEM o ambas cosas. Yo nunca tuve un blog hasta hace unos días –me dio por ahí, la Wii ya la tengo, y la DS y la Blackberry, pero no el IPhone ni el IPad que aún no los necesito– pero ahora ya sí aunque nadie haya entrado en él porque a nadie le dije que ya. Mi blog es entonces como un anuncio en una farola de esa abigarrada Times Square con dimensiones de Tian'anmen en la que la gente muere atiborrada y deslumbrada, ahíta de palabras en uno y otro sentido y otro y otro más. Un anuncio en la parte baja, allí donde ni las pisadas de los que corren empujados por las opiniones y por las trends, o por los links y por las feeds, llegan a mancharlo siquiera. Un breve en la sección de Contactos, se busca lector, o más bien se busca seguidor, conéctate y estaremos en Contacto. Mi llamada es muda como si escribiera con almohadillas en los dedos, o como si las vocales fueran transparentes y las consonantes estuvieran disfrazadas de gris. Escribo en el ordenador y al final Ctrl+C y Ctrl+V y Bolmangani algo más lleno de verborrea muda pero sin sustancia, sólo cáscara o exoesqueleto porque esto es una prueba y Probando, SI , SI , Probando.

26 may. 2010

Una conversación



[…]

–Vaya. Por supuesto que el Nobel no es un premio literario usual, pero, al fin y al cabo, es un premio literario. Y bueno, claro, escritor no es sinónimo de ‘escritor’. Gente que escribe la hay a montones, profesionalmente me refiero, o esporádicamente aún más, como complemento no ya económico sino, diría yo, ‘vital’; por la pulsión de hacer cosas distintas a las del día a día. Cuántos periodistas, por ejemplo, escriben con un estilo absolutamente genial y genuino y no se dedican, por ese motivo, a publicar libros, ni siquiera recopilaciones de sus mejores artículos. Acabo de leer ‘Utopía y desencanto’, de Magris, una recopilación de artículos literarios y también no literarios, y el libro me ha encantado. Aunque este hombre no hubiera escrito y publicado sus magníficos ‘Danubio’ y ‘Microcosmos’ o sus otras obras que no le he leído, solamente por esa recopilación merecería mis más absolutos respeto y admiración. Pero entonces no sería ya lo que entendemos por un escritor, sino tan sólo un profesor de literatura que, de vez en cuando, escribe artículos y alguien, en un momento dado, le anima o presiona para que los refunda en forma de libro; magnífico, insisto.

[…]

–Tu profesor, bueno, se gana la vida escribiendo, desde luego. Pero no comprendo a qué viene el ejemplo. Ese señor es, desde todos los puntos de vista, escritor, porque, aun con menos éxito o reconocimiento de lo que seguramente merece, escribe novelas, poesía, relatos: hace literatura en definitiva. Sus demás ocupaciones no son literatura, sino algo con lo que entretener el tiempo y llenar la barriga. Y si le gusta eso otro, pues mejor. Hasta del mismo Pessoa no se puede decir enteramente y con seguridad que no le gustase su trabajo en la contaduría de Vásques. Seguramente a ambos, profesor del Ateneu y contador de libros portugués, les gusta y gustaba su trabajo aunque no dudarían ni habrían dudado un instante si un relativo reconocimiento les hubiera permitido dedicarse por entero a la producción literaria; es decir, lo que el pueblo llano, entre el cual me encuentro comprendido, entiende por producción literaria.

[…]

–Por otro lado, no estoy de acuerdo con lo que dices de Walser. Primero, Vila-Matas no conoció a Walser. En este sentido hay que estar a lo que su amigo Seelig ha dicho de él, de Walser, hay que creérselo o no creérselo y ya está. ¿O no conocéis las anécdotas relacionadas con la herencia literaria de Kafka recuperada por Brod, ese continuo (de Brod) encontrar nuevos cuentos del checo en su escritorio de Tel Aviv? Hay mucho mito ahí, o mucha mitificación, que a Vila-Matas le viene de perlas para su trabajo, en el querer desaparecer de Walser, en el pretendido ser menos que cero. Yo, antes de creer lo que dicen sobre él, empecé a leer todos sus libros, poco a poco, y ya casi no me quedan. Voy a poneros un significativo párrafo de su librito ‘El paseo’, del que quizá luego, con más tiempo, os haga una reseña y os explique mi visión de esta obra, donde podréis apreciar hasta qué punto la ironía de Walser esconde un profundo anhelo de reconocimiento:





“—Permítame decirle —dije abierta y sinceramente al impositor o alto funcionario impositivo que me prestó su autorizado oído para seguir con la debida atención el informe que le presentaba— que como pobre escritor y plumífero u homme de lettres disfruto de unos muy cuestionables ingresos. Naturalmente, en mí no se puede apreciar ni hallar rastro de cualquier acumulación patrimonial. Constato esto muy a pesar mío, sin por otra parte desesperarme ni llorar ante el lamentable hecho. Me las voy arreglando, como suele decirse. No practico lujo alguno; eso puede usted verlo con sólo mirarme. La comida que como puede calificarse de suficiente y escasa. Se le habrá ocurrido creer que soy dueño y administrador de múltiples ingresos; pero me veo obligado a salir cortés pero decididamente al paso de esta creencia y de todas estas sospechas y decir la sencilla y desnuda verdad, y ésta es en todo caso que estoy libre de riquezas, pero en cambio cargado de toda clase de pobreza, de lo que tendrá la bondad de tomar nota. Los domingos no me puedo dejar ver en la calle, porque no tengo ropa de domingo. En lo que respecta a vida sólida y ahorrativa, recuerdo a un ratón de campo. Un gorrión tiene más expectativas de convertirse en acomodado que el presente informante y contribuyente. He escrito libros que por desgracia no han gustado al público, y las consecuencias de ello son angustiosas. No dudo ni por un momento de que usted lo apreciará y en consecuencia entenderá mi situación financiera. No poseo posición ni prestigio social; esto es claro como el sol. Obligaciones para con un hombre como yo no parece haber ninguna. El vivo interés por las bellas letras se da de manera en extremo escasa, y la crítica implacable que todo el mundo cree poder ejercer y cultivar sobre nuestra obra constituye otra fuerte causa de daño y frena como una zapata la realización de cualquier modesto bienestar. Sin duda hay bondadosos benefactores y amables benefactoras que me apoyan del modo más noble de vez en cuando; pero un donativo no es un ingreso, y un apoyo no es un patrimonio. Por todas estas razones, elocuentes y sin duda convincentes, mi estimado señor, quisiera solicitarle que prescinda de todo aumento de impuestos como el que me ha anunciado, y tengo que rogarle, cuando no conminarle a ello, que estime mi capacidad de pago tan baja como sea posible.





»Ruego su lectura atenta y no diagonalmente.

[…]

–En otro orden de cosas, Vila-Matas pone ahora el ejemplo de Bove, que tampoco sirve precisamente porque su obra más conocida (de las traducidas al español), y la que dicen define mejor el carácter y circunstancias del autor, es ‘Mis amigos’: los amigos que no tiene y desea tener quizá utilizando para ello, para conseguirlos, la propia escritura: fama, moderada desde luego, pero fama en fin de cuentas. Thomas Pynchon tampoco me sirve para el ejemplo: el que no quiera relacionarse con el abominable mundo mediático no quiere decir que no haya perseguido fama y dinero. Hay otros mejores ejemplos de ese querer desaparecer que no son citados en el libro de Vila-Matas, aunque seguro que los conoce. Creo que no los menciona porque sabe perfectamente que su público está esperando que cumpla, como de hecho ha cumplido, su función didáctica, sin relanzar al mercado de las reediciones cosas que quizá pudieran ser consideradas por buena parte de sus lectores (realmente el grueso de sus lectores) como extravagantes o en extremo dificultosas o tediosas según el gusto de la época.

[…]

–Y ahora, ¿por qué denigro los Planeta y similares? Pues por la misma razón que, aunque caiga en saco roto, no me cansaré, al menos en mi círculo y sin que un aparente énfasis o vehemencia puesto en el empeño me resten ni un segundo de vida, de machacar la telebasura, a los políticos que se lo merecen y a toda la escoria social, económica y cultural que nos rodea e inunda. No me cansaré pues, aunque persiga un fin utópico y en todas las épocas haya pasado más o menos lo mismo, considero que la concesión de un premio literario es prescriptora, considero que la sociedad está en pañales y, aunque ésta seguirá eternamente igual, si se consigue influir en alguien, ese alguien estará salvado. (Siempre, cuando me refiero o hablo de esta postura, me pongo inevitablemente bíblico, entonces me acuerdo del Arca de Noé y todo lo demás…) Por lo tanto, a mí SÍ me interesan los Planeta, SÍ les hago caso, pero para lanzar contra el tipo de obras que suele predominar en ellos opiniones demoledoras. Por eso me cabreo cuando sale la o el recién millonario hablando de su poeta preferido, de cómo se documenta y escribe, de su chabacana y nada modélica vida y de su infumable y premiada novela. Y no me lo callo. Igual que cuando sale ese tipo de político, médico, opinador, periodista, músico o lo que sea a que se dedique, pontificando y lanzando opiniones absurdas e imbéciles, incluso totalitarias y sanguinarias, a una masa pública entontecida que ¡le escucha y en gran medida le cree y le hace caso!
»Decir en ese momento “Yo paso” me parece una postura incoherente con el proceso de pensamiento y con el pensamiento mismo, y tampoco me sirve que se diga que uno debe estar por encima de eso, pues la vida se compone no sólo de literatura o música o cualesquiera que sea o sean las intelectuales pasiones personales de cada uno, sino también, y por buena o mala fortuna, de esas circunstancias o pequeñeces de las que uno se dice, aunque no debería, “lo mejor es pasar de ellas”.

[…]

–Y sobre eso de que todos queremos dinero, mejor no hablo, pues igual me quedo solo, y prefiero tener amigos.

Pálido fuego

Hace cinco años que escribí esta nota. Entonces no iba al cine. Es decir, llevaba mucho tiempo no yendo. Los motivos son confusos, pero es seguro que tuvieron que ver la familia, el trabajo o el dinero o ambas cosas, la rebelión contra el antiarte y, seguro, la literatura.
En aquella época escribía yo mucho y leía más. Luego dejé la escritura por razón del trabajo o el dinero o ambas cosas. Sin embargo, la lectura no la abandoné. Porque es imposible abandonar la lectura. Quien abandone la lectura es que está muerto o próximo a la muerte. Y quien no lea, una de dos: o no sabe, o tampoco sabe. Alguno me entenderá.
Luego vino la crisis y ni me inmuté. Antes vino la amenaza de crisis y tomé medidas drásticas. Por ejemplo: dejar de comprar libros. Y también: cogerlos prestados de la biblioteca. Y otra medida que tomé fue retomar la escritura (aunque luego me he dado cuenta de que nunca la abandoné, sino que lo que hice fue sustituir la escritura física por la mental, “otra de las formas de la locura”, como dijo Bolaño). Javier, de Diario La Torre, nos regaló una Moleskine a cada uno. Un poco antes de eso yo ya había dejado de escribir físicamente, aunque fue a partir de entonces cuando comencé a convertirme en un experto en escritura mental. Lo bueno de mi método es que puedes hacer y deshacer en un visto y no visto, y como al fin y al cabo eso que escribía no eran otra cosa que pensamientos, podía borrarlos, tacharlos o enmendarlos e incluso reescribirlos siempre que me viniera en gana, a gran velocidad y sin que nadie se percatara de que cuando, por ejemplo, chupaba la cabeza de una gamba, estaba en realidad rematando una metáfora sobre la mala suerte: “Un rayo de mierda” (ésta es la primera frase que escribí, a lápiz, en la Moleskine que me regaló Javier, pero luego, también con lápiz, la taché). Otra cosa buena del método –y termino– es que, en realidad, no dejas nada por escrito, de forma que, al no haber pruebas, quedas libre de sospechas y, por tanto, de posibles acusaciones.
Ahora he vuelto a escribir. Ayer, por ejemplo, hice un examen, de cuatro horas. Como es natural, se trataba de un examen en el que las respuestas había que escribirlas a mano. Pasadas dos horas de escribir y escribir en los papeles que me dieron para ello, comenzó a dolerme la parte interna izquierda de la primera falange del dedo corazón derecho. A partir de ahí, cada pocos minutos, soltaba el bolígrafo y me soplaba esa parte. Como si me hubiera quemado. Sin embargo, el dolor era placentero. Escribir, doler, soplar. Pensar y prohibirme escribir con la mente, al menos no tanto como antes, para, al fin, poner algo por escrito, aunque sólo –en principio– sea una introducción a algo que escribí hace mucho tiempo.



Hace muchos años que no voy al cine, tantos que ni me acuerdo de cuándo fue la última vez y cuál la película que vi. Sí recuerdo en cambio esos momentos de antes de entrar a la sala, cuando me entretenía fumándome el último cigarrillo, algunas veces con un refresco en la mano al que daba apresurados sorbos o, por el contrario, reservaba con tacañería para el momento de la proyección; palpando a cada instante el boleto de entrada guardado en el bolsillo de la cazadora, con el absurdo temor de haberlo perdido; mirando a través de los cristales a la gente que iba por la calle, yo reconfortado por estar dentro y no fuera como ellos, pues casi siempre en ese recuerdo mío es invierno y llueve; ese olor a dulce manido y a moqueta vieja y a humedad rancia; la ansiedad por colocarme de los primeros para así poder elegir el mejor asiento. Hubo veces que hasta esperé más de una hora, quizá fueran días de estreno o de intensa lluvia y bajas temperaturas en los que me apetecía arrellanarme en una butaca, confortado por la oscuridad de la sala y el hipnótico sonido de la cinta sólo perturbado por alguna tos o algún jadeo. De manera que vencía la pereza a salir, me vestía con lo primero que hubiera a mano y me iba a ver una película, cualquiera que fuese su título. Ocasiones éstas en las que siempre llevaba un libro, en los últimos tiempos siempre el mismo, uno de Nabokov.

Jugaba entonces con la fantasía de que mi vida era parecida a la de aquel protagonista, Charles Kinbote, exiliado rey de Zembla, imaginario país nórdico de donde se vio obligado a huir a raíz del triunfo de una revolución instigada por gárrulos. Un asesino despiadado, aunque nunca hubiera realmente despachado a nadie, lo persigue a través de Europa y Estados Unidos con el innoble objetivo de borrarlo del mapa a tiros. Cuando finalmente lo encuentra, Gradus (el nombre de ese gusano) yerra los dos disparos —¡valiente merluzo!—, alcanzando el único mortal de éstos a John Shade, poeta amigo del monarca destronado por los indignos, con quien se encontraba éste en tal momento accediendo a la puerta de entrada de su castillo (modesto) alquilado en la Appalachia. Shade muere y Charles Xavier I sale indemne. Posteriormente, y después de haber conversado con su perseguidor (quien se desploma aturdido en los escalones de la casa tras un brutal golpe propinado con una pala por el fiel y homosexual jardinero de Kinbote), el rey de Zembla se escabulle de nuevo por temor a ulteriores intentos de asesinato. Pero no sin antes llevarse consigo, con el consentimiento documentado de la viuda de Shade, dominada ésta por el estupor, la versión definitiva (más algún borrador) de la última obra del yacente bardo: 999 decasílabos que componen su biografía poetizada. Carlos se dedicará, en una cabaña mugrienta lejos del lugar de los hechos, a anotar con detalle los cantos para la edición comentada de los mismos.
Me imaginaba, en esos momentos previos a la entrada en la sala, que era yo unas veces Kinbote y otras el propio Shade. Bien huyendo de un regicida, ocultándome en suntuosas suites de hoteles en la Riviera francesa, o bien versificando sobre mi pasado poco poético y nada novelesco. Desde luego, las condiciones del vestíbulo del cine no eran idóneas para la lectura, menos aún para el ensueño o la fantasía, pero, así y todo, conseguía yo crear a mi alrededor una capa casi impenetrable que me salvaguardaba de la grosería de los demás espectadores.
Sé que era observado con insistencia por muchos de ellos e incluso por los vendedores de bebidas y el acomodador. Sé además que si bien ahora Nabokov no es un autor desconocido, sí en aquellos tiempos, cuando su apellido era aún más ruso que ahora. Y creo que durante el último invierno, antes de que yo dejara definitivamente de ir al cine, fui quizá más de lo recomendable a ver películas con el libro bajo el brazo, y además al mismo local, en definitiva el de siempre, donde debían de conocerme ya como ese loco rojo que lee a rusos. Tan pronto comenzaba a leer los primeros versos (“Yo era el picotero asesinado…”) o alguno de los comentarios de Kinbote, por ejemplo ese en el que habla sobre la traducción al zemblano de Timón de Atenas, ya tenía encima los ojos de algún esbirro prusiano oculto tras un paquete de pipas y varias barras de regaliz. Acabé sabiendo que era observado insistentemente por causa de leer allí. Por lo tanto, ya las últimas veces tuve que refugiarme, en esos momentos de espera, en los baños que había en el vestíbulo, donde comulgaban el alivio y la tranquilidad de la lectura y el tabaco.
¡Oh, pálido fuego! Pretendían asegurarme que no había sido el nombre del autor sino el título y, sobre todo, mis gestos (“muy sospechosos…, enciende usted el mechero continuamente, aun sin necesitar lumbre para cigarro alguno… compréndalo, podría usted haber provocado una tragedia pavorosa…”; nada dijeron sobre mi atuendo, aunque yo veía que mal disimulaban sus miradas de asco) los que les indicaron que constituía yo un peligro en potencia. Por eso me detuvieron, requisaron mi libro y el encendedor, y me expulsaron del local advirtiéndome que no volviera jamás.
De qué iba la película que no vi, no lo sé. Perdí aquel día mi pasión cinéfila y la latinoamericana traducción de Nabokov. Ambos traumas –¡y la vergüenza!– provocaron que echara tierra sobre los detalles, quedándoseme grabados no obstante, con una fijación extraordinaria, los siguientes versos que creo son del poema del inexistente John: “¿Qué hay aquí? ¡Oro! ¡Oro amarillo, brillante, precioso! […] Muchos suelen volver con esto lo blanco negro; lo feo, hermoso; lo falso, verdadero; lo bajo, noble; lo viejo, joven; lo cobarde, valiente. ¡Oh dioses! ¿Por qué?”. ¡Sí! ¿Por qué esa mezquina tendencia a no preguntar, a juzgar antes de averiguar? Se duda en calificar de áureo lo que efectivamente es oro, y con ello se salva, pues el titubeo suele dar correa a la razón. Pero nos precipitamos en tildar de inmundicia a la verdadera joya si ésta está revestida de lo que se consideran escorias, si en lugar de aparecer bajo formato reconocible lo hace con tenue disfraz o con ignorado nombre. ¡Cuánta desconfianza y apresuramiento hacia lo que nos resulta extraño o desconocido!
Desde aquel día en que fui expulsado de la juventud, abdiqué de mi fila, pero no de recordar al Nabokov que, por fortuna, ya había leído un buen número de veces. Sí en cambio dejé de fumar. Ahora me dedico, pues, al recuerdo estremecido de los versos, y de aquellos cigarros, y de las pálidas esperas silabeando luminosos yambos con el pulgar sobre la ruedecilla mientras los Gradus de este tiempo se me acercaban sin yo sospecharlo o preverlo.
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